jueves, 16 de abril de 2015

Pusherillos



Pusherillos era un gitano fiero, curtío en todas las guerras, guerritas y guerrazas de los contornos. Segundo del celebérrimo e ínclito Capaguardias con Ojén se había lucido pero bien en todas las fiestas y fregaos de los últimos dos años. No entraré en detalles, después de algunos cataclismos de aquellos que ya me saben uds, se había quedao aislado en su barrio de Montoro, emboscado en un piso capturao a golpes de garrote. Estaba solo; sin bando, sin suministros, sin amigos ni familiares: tan sólo su vieja Astra del 9 corto, que más que nada era una antigüedad caduca, y su navaja corta-chorizos. Allí no estaba bien. Por lo tanto, se dispuso a largarse a los barrios bajos de San Adrián, más allá de la Autopista donde, según le habían dicho, había más posibilidades al establecerse allí una copiosa colonia cuáquero-mormonita. Pero ¡Ay!, en medio del Barrio de Montoro, centro del feudo de Pep Ventura, corría mucho peligro si le veían asomar el pelo alguno de los sectarios de los sucesivos señores de Badalona-Centro. Pusherillos era ferocísimo y gilipollas, eso en cuanto a lo moral, en lo físico era un simio antropoide de 1,52, y de 205 Kg de peso, ágil como una pantera o un galgo, todo músculo y capacidad cerebral. Su negra melena, como de jívaro, le delataba. El flequillo le cubría toda la cara, excepto los belfos colgantes y negruzcos quemaos de tanta cazalla y tantos pimientillos-guindillas, se cortó las melenas y se vistió desente. Completando su atuendo con unas gafas negras, le pareció que estaba completamente enmascarado. De esta guisa, salió a la Plaza de Badalona, dispuesto a llegar a la parada del autobús y huír así a San Adrián. Si no podía llegar y era descubierto antes, debería: o huír por los desmontes aledaños a los Cañones de Navarón o adquirir a punta de pistola algún vehículo que lo llevara de buenas o de malas a su meta: San Adrián.
Atravesó la plaza, demostrando estar tranquilo. No vio a naide de los de Pep Ventura, que lo perseguían a muerte. En un rincón del descampao, a punta de pistola, desposesionó a un viejo de toda su calderilla. Al viejo le dio un mal golpe, y a los niños que le acompañaban,  les compró unos globitos, y felices y contentos, los llevó, como parte de su disfraz, con él en su fuga hacia la parada del autobús. Se le escapa un niño, riendo y correteando. Están cerca de la carretera que atraviesa elevada, la Autopista. El niño sube por un bordillo, a un lado hay un precipicio: cae al hoyo. El otro, abstraído en su globito, sigue dócil al gitano hijoputa. Nadie. Todo va bien, piensa Pusherillos. Llegan a la fábrica de caramelos. Se le escapa ahora este niño. Se mete en un taller gigante, al otro lado de la calle. Le sigue el gitano. Todo está lleno de chatarra. Agarra al niño. ¡Ay! Cae el infante a un horno de fundición. Se acercan dos obreros ¡Asesino! le gritan, dispara el gitano, cae uno al horno, el otro sobre una montaña de ferralla de 20 metros de altura.
Pusherillos, luego de cepillarse a los dos obreros, bajó del alto donde hacían las fundiciones de ferralla y hierrajos. Uno de los obreros gemía, aún vivo, para su desgracia, desde el hoyo de hierros y limaduras donde había caído. Parecía cubierto de pies a cabeza por un ejército de hormigas negras y brillantes, devoradoras. No sufran por él: Pusherillos lo remató con su tajona corta-chorizos. Sale del taller, pasa de nuevo a la banda de la fábrica de caramelos. Sigue andando. Llega a la esquina. Al parecer, lo peor ya ha pasado. Sigue andando por la carretera. De un Bar salen varios sectarios de Pep Ventura. Se mete Pusherillos en una papelería. Pasan de largo sus compañeros de raza y enemigos a muerte. El tipo de la papelería, un rojo laboralista venido a menos, le pregunta qué quiere. Falló, pues Pusherillos está muy, pero que muy nervioso. Y al barbas se le cae encima una estantería de hierro y frascos de chinchetas. Luego, Pucherishos lo patea bien y le llena la boca con revistas hasta que se produce la muerte clínica y efectiva por asfíxia.
Puso de nuevo, el gitano hijoputa los pies en la calle. Siguió andando a lo largo de toda aquella manzana. Justo al llegar a la esquina de la calle Cervantes, si no me equivoco: le salieron cinco o seis pepventureros. Le reconocieron y se echaron hacia él, esgrimiendo sendos alfanjes. Le cogió a uno el alfanje y proyectó al tipo contra una luna de la tienda de muebles anexa. Los otros recibieron cuchilladas en el cuello y abdomen, tan rápido, hábil y ágil era el gitano Pusherillos.
Por suerte, era una hora en que las calles están desiertas. Quedaron los cinco cadáveres en la acera. En un minuto estuvo en la parada, debióse extrañar el conductor de la guagua al ver, en la manzana anterior, a los muertos de Pep Ventura. Pusherillos no daba muestras de nada sospechoso. Subió y pagó su billete-¿Cómo bebe la gente, eh, jefe? No mucho después de 15 minutos, estaba en San Adrián. ¡Por fin podía respirar! Pero aún no estaba del todo a salvo: debía atravesar toda la villa a orillas del umbrío y ominoso Besós, para llegar a la Autopista. Mas debajo de ésta, hacia el mar, era la zona de seguridad absoluta que le habían prometido. Allí se reponía el Chamorro, reclutando una nueva Grande Armée, que pensaba financiar de las desvalijamientas y latrocinios y peajes e impuestos que pensaba imponer a los cuáquero-mormonitas, que abundaban como setas por aquella zona.
Pusherillos ya estaba en San Adrián, ¡Qué plácido le pareció todo! ¡Qué ambiente, tan distinto de los suyos habituales: San Roque y el Barrio de Montoso! P´a que se sitúen, diré que se bajó en la parada del Frankfurt. Hacía un día espléndido, quizás el aire que canalizaba la cuenca del Besós contribuía a ello, despejando los nubarrones de contaminación que, según le había parecido, cubrían Montoro y San Roque, totalmente.
También podía ser que le hubiera parecido todo gris por la tensión nerviosa de la venturosa huída. Mas no piensen que el gitano pensaba en algo ¡qué va!: en atizarse un copazo es en lo único que puso voluntad: entró en el bar del Cinto Aunque modernizado, conservaba un aspecto más clásico que el Frankfurt de al lado; para Pusherillos, la elección era clara: se hinchó de cazalla a placer, luego, emboscado otra vez tras sus gafas negras, cruzó no sin cierto tambaleo y tembleque la carretera general. Ya tenemos a nuestro hombre en la esquina del quiosco, frente por frente con los mini-almacenes El Tranvía, siempre pintarrajeados de fucsia. Avanzó por la banda izquierda de la calle mayor de San Adrián; por el camino encontró otros dos bares, a los que entró en busca de contactos, y de los que salió totalmente ebrio ¡Discúlpenlo: es que había pasado muchos nervios el pobre!.
Las 6 de la tarde le vieron tumbado en un banco de la calle mayor del que su aspecto amenazador le había salvado de ser desalojado. Pero la noche era otra cosa. Se levantó del hierro verde, giró por la esquina del Blau hacia el Colegio de Los Hermanos y la Piscina Municipal. En pleno pasaje Blume, hizo su elección. A la izquierda, siempre a la izquierda. Era justo salidos los niños de las clases, por lo que estaban abiertas, aún, las puertas del edificio. Entró en el vestíbulo, que decora un Cristo gigante de mosaico neo-románico-folk-años 60. Entró en la Recepción o Secretaría. Le atendió la secretaria, que acudió al mostrador desde su despacho de la derecha. El despacho de la izquierda estaba vacío a esa hora. Pusherillos, insisto en que lo disculpen: no había catado hembra hacía ya más de tres días, y…aunque alta y amarimachada, no dejaba la secretaria, rubita y lesbiana, de ser un tanto apetitosa. Le colocó en el cuchillo en el cuello. Pasó, amenazándola, por encima del pesado mostrador de madera negra para disimular los vómitos de tantos niños, y el semen de tantos enculamientos libertinos, lujuriosos y subrepticios como allí habían ocurrido. La hizo pasar al despacho. Echó la persiana, cerró con pestillo el gitano. Luego, ¡para qué contarles! Brutalidad, lujuria, violación, tortura, desgarramiento a botellazos, violación posterior y anterior con el cuchillo y la pistola del 9 corto…¡Una filigrana de sadismo acamboriao! Cuando la hubo despachado, le dio un golpe de karate en la garganta y un patadón en el bajo vientre que hicieron caer a la secretaria deshonrada por la zoofilia. La cerró con llave por fuera. Por el olor a chumino, se dijo Pusherillos, eso era normal en aquella institución, donde se daban tales puteríos. Pero ¡Ay, señores: Qué equivocado estaba Pusherillos!: el olor y los puteríos eran debidos, no a las prácticas de la secretaria o de otras mujeres, sino a las prácticas homosexuales de gran parte del profesorado con los alumnos tiernos y rosados. Al salir del primer despacho, vio Pusherillos que había alguien, ahora, en el otro, que antes aparecía desierto.
Se oían gemidos y la puerta estaba medio cerrada. Abrió de una patada. Allí se encontró con el Hermano Aarón (no con el Bola, que estaba de vacaciones en Burgos), encargado de la disciplina, en compañía de dos tiernos efebos; a uno de ellos lo sodomizaba con sus exiguos atributos viriles, y al otro con la pata de una silla. Del éxtasis amoroso le sacó Pusherillos de un navajazo que le hincó en la cara, haciéndole prorrumpir en sollozos y gritos. Otra cuchillada separó al hermano Aarón de su alumno sodomizado, quedando el cercenado pene en el interior del cuerpo infantil. Empezó a extenderse la sangre por la habitación. Antes de que pudiera chillar, recibió el castrado Aarón una cuchillada en la tráquea, que puso fin a sus días. Los niños se subían como podían los calzones y se arreglaban las batas. Uno de ellos, con tirabuzones obviamente teñidos, notaba, angustiado, en su ano, el pene cercenado de su amante, vomitando sangre y manchándole la ropa.¡Vana preocupación! ¡Zaste!.
¡Cayó desnucado al recibir un patadón en el cuello! ¡Aquellas botazas! El otro niño fue ejecutado por el somero procedimiento de agarrarlo por los pies y golpear su cabeza contra el mueble de metal gris. Como estaban algunos cajones y ficheros medio abiertos, se llenó todo de sesos y sangre. R.I.P por los infantes y el Hno Aarón, sodomitas pero mártires de la barbarie indostana. Pusherillos, aunque obtuso, comprendió que no podía seguir en aquel Colegio, por lo tanto, puso pies en polvorosa. Pero era un día aciago: se encontró con que estaban cerradas todas las puertas exteriores del Colegio Nuevo, donde se hallaba. Salió, por lo tanto, al Patio de los Coches. Entró en el Colegio Viejo. Era el salón de actos, oscuro, desierto. Estaban todas las sillas apiladas. Apenas entrar, oyó un ruido en la puerta que daba al Patio de los Coches, y por la que acababa de entrar. Se pegó a la negrura y los montones de sillas de ésas de espalderas, y cajas de coca-cola. Vio pasar a un barbudo Hermano Gabrielista, echando espuma por las orejas y con la mano en un bolsillo abultado.
Obviamente, iba armado. El cura se paró delante de la puerta medio pintada con plástico gris y opaco. Lloraba de rabia. Echó abajo la puerta el gabrielista. No oyó Pusherillos ningún disparo, pero adivinó la escena: se oyeron dos o tres, o diez, flops-flops. Luego, el barbudo salió por donde había entrado, llorando o mesándose las barbas de chivo o de rojazo. Echó su arma, caliente aún, a la negrura de la sala de actos. Pusherillos esquivó el proyectil. El cura salió de nuevo al Patio de los Coches. Oyó como se alejaba. Entonces, Pusherillos atravesó la sala y se introdujo en la clase cuyos muros habían presenciado la escena de horror y asesinato pasional. En la tarima, bajo un gran Cristo de papel de plata, yacían dos frailes de aquellos, los dos con barba. Uno no llevaba pantalones, el otro los llevaba bajados. Al segundo le goteaba su fláccido pene: se había formado un charquito blanco y espesillo (no excesivamente). Corrió de nuevo Pusherillos al salón de actos. Justo a la mitad de la sala, se abrió el portón que daba al Patio de los Coches, y entraron dos viejos gabrielistas, sin bata y con cara de asustados e inquietos. Pusherillos se pegó al suelo, no le vieron.
Oyó unas exclamaciones ¡Santo Dios!, etc…Luego, sin atreverse a tocar ninguno de los dos cadáveres, se fueron otra vez. Estaba claro que la cosa se complicaba y aún no habían descubierto los otros tres cadáveres del despacho ¡Tate! Pusherillos prefirió proseguir por el interior del edificio: abrió la puerta que daba al corredor central. Era como un gran claustro monástico. A un lado y otro estaban las clases. Salió Pusherillos de la negrura y pasó a la penumbra agradable. Al pasar al lado de la clase de quinto, pudo ver los cadáveres de los dos infortunados amantes. Corrió, aunque no sin sigilo, hasta llegar al Patio de Párvulos, al otro lado. Salió al exterior, no sin antes asegurarse, saltó el muro que daba a la calle. Si alguien le vió, le relacionarían con los sucesos sangrientos. ¡Pero que le echaran un galgo! Luego se hizo la luz en su cerebro alcoholizado y vio clara la situación: había contemplado un asesinato pasional. El barbas había confesado su crimen y por eso habían ido los dos viejos ¡Ja! Al maricón se le había caído el pelo.

Joâo Fassbinder era un tipo alto y rubiote, brasileño de pura raza germánico-nórdica. Era pastor desde hacía veinte años, en el tiempo de nuestro héroe: Pusherillos, gasta 47-de la Iglesia Testículo-Mormonita. Casado, sin hijos, habían adoptado, él y su mujer, Andrea, a un lindo huérfano conguito de diez años. (Entre nosotros, más putero que las gallinas y los gallos gallináceos). Feliz, regentaba con gusto la Iglesia que esta confesión protestante tenía enfrente, más o menos, del sitio que llaman Can Bourier. Los vecinos, hartos de tanto puterío y tanto cante jondo y el cura de la parroquia, el cual parecía deberse a los tazones de chocolate con churros que la poco atractiva Andrea Fassbinder servía a todos los que ingresaban en la Logia. A los que preferían la paella, se les hacía una comilona especial en la sacristía de la Logia protestante que, como la Iglesia propiamente dicha, ocupaba los bajos, se hallaba en el propio piso donde vivía tan a gustito Joâo Fassbinder, el pastor protestante mormonita.
¡Qué espirituales eructos y fanfarrias a las dos de la madrugada! Según esta versión, se explica que los vecinos le quemaran la puerta de ambero, en cierta ocasión, con vitriolo.
Finalizadas las sesiones, aquel viernes por la noche, Joâo Fassbinder, el pastor, se demoró contando el dinero que habían dejado sus ovejas en el cepillo de la Logia protestante. Mil, dos mil, tres mil…un millón de pesetas en oro. ¡Bien! ¡Ya podía comprarse aquel yate que anhelaba desde hacía tanto! ¡Qué suerte no tener superiores en la Secta! Luego de cargar la caja fuerte, se aseguraba bien y se iba a dormir, nada libidinosamente, con la virtuosa Andrea, su amantísima esposa, púdica hasta el extremo de usar cofia modelo Laura-de-la-Casita-de-las-Montañas y usar trajes de saco y bragas de esparto. ¡Hála,qué felicidad!
Cae la noche como un fantasma negro sobre la parte de San Adrián trans-Autopista. Viernes, 13 de Agosto: la brisa nocturna trae efluvios cloaqueros, y también sombras enmarañadas que sugieren siluetas imprecisas de maleantes emboscados; todo el asfalto que envuelve el pavimento y el cemento aluminoso que recubre los edificios se presenta ante los ojos del espectador como los borrones encharcados de un boceto garabateado a tinta. Dos sombras se acercan a la puerta de la Logia Testículo-Mormonita ¡Cling-Clock! Se rompe el cerrojo y sube la persiana sin un ruido. Se meten los dos gitanos. Cierran. Abren la luz de la Logia ¡Qué fachas! Uno es el conocido Manivela, sublugarteniente de Chamorro si bien es verdad que en esta época iba de capa caída, actuando en sus horas libres p´a ganarse un sobresueldo con que mantener a sus 150 churumbeles. El otro es el heroico Pusherillos, tipo cirebral donde los haya, aventurero sin par, rechazado al intentar colocarse en la banda del Chamorro, por no tener el “Gitano de Terciopelo” fondos p´a mantener tantas tropas. Esto era cuando al Chamorro lo jirieron en la playa de San Adrián, se le dio por muerto, lo llevaron a Barcelona-al Chino-a que se reponiese, y se sacaban los ojitos por quitarle al Viejo sus posesiones sanroqueñas ¡Éa!
Deslízanse cual sombras los indostanos feroces. El uno tiene la cara negra, bigotudo, rizoso, tipo Sadat o Pelé; ante todo, flamenco y con escopetón de seis cañones cargao con postas, cadenas y latas de sardinas. El otro, navaja en mano y pistola Colt 45 automático. Apagan la luz de la logia, llena de bancos y púlpito luterano lleno de figurones. (A saber qué entiende por luterano) Pasan a la Sala de Tabernáculo, donde está la caja fuerte de metal verde y cerradura así de gorda, y donde están las botellas de vinillo de Nüremberg, sacan las tenazas, risitas…
Algo debió sentir el protestantita, pero pensó que era su mujer, que reía en sueños al sentirse poseída por Lutero, Zwinglio, Calvino y todos sus sectarios. Se durmió otra vez Joâo Fassbinder. Abajo, no habían podido abrir la caja fuerte por medios insonoros. Así que el Manivela propuso utilizar dinamita. No estuvo de acuerdo Pusherillos, ya digo, tipo cerebral…
-Ardiñemos fetén a orundar al sueco ése, luego acarabeamos.
-Güeno, pero yo orobro que…
-Tú maquela ¿Eh?
El lindo negrito los miraba sorprendido. Aclaremos que, el negrito, amén de putero, le gustaba el alpiste cosa mala y bajaba cada día a pegarle un tanto al Lágrima Christi ése de Nüremberg, o mejor, cada noche.
Descanse en paz. Los sesos, blancos, chorreaban en el canto de la caja verde. De un patadón había sido.
-Aaanda valgame: si s´a quedao como un pajariyo talmente.
-¡Qué se le va a hasé! Amos p´arriba a buscar al sueco.
Despertaron a Fassbinder: el pastor, por el metodo retuercegüevos. Lástima de sueño interrumpido; el traje de Lutero le sentaba tan bien…
-Oigan ¿Con qué derecho?…¡Plas!: tortazo que te crió.
-Abaho leñe: amo pabaho.
En eso que se despertaba la patrona, gorda como rubensiana o asá. Ni corto ni perezoso, Pusherillos la mandó con los santos venerados y con los martires.
Bajaron a la Sala del Tabernáculo los tres hombres: el hereje y los dos negros. Allí, en dos minutos, el pastor les abrió la caja fuerte a los dos gitanos. El silenciador fue una almohada.
Tenían los gitanos 1 millón de ptas, pero El Manivela era muy bruto y no se conformaba. Así, le prendió fuego a la Logia, y por ende, al edificio entero. Hasta el último momento tuvo la Logia de vicio aquella que joder al vecindario güapa la fiesta de los mormonitas. Lástima que no estuvieran todos allí para verlo, olerlo y sentirlo y echarse dentro.
Las autoridades investigaron el suceso criminal con regusto, pues ¡oh iniquidad, oh injusticia!, tampoco eran simpáticos a nadie los mormonitas de la guarida de vicio y corruptelas y gitanería. Otra cosa fueron los veintiséis vecinos, que no les dio ningún gusto quedarse sin viviendas. Al final, todo se solucionó y todos fueron felices.Y a Pusherillos y el Manivela que les echen un galgo. Pusherillos estaba contento. Con medio millón de pesetas, podría situarse bien, y además en el Barrio de sus preferencias: La Mina; atrás quedaban los tiempos de “No hi hesho ná, señor guardias”; clásico indeleble por estas latitudes. Ni qué decir del progreso alcanzado desde aquella copla que comenzaba con la consabida coletilla:“ Ahhh: que no me dehán de cantah” en Pep Ventura. Y no digamos desde que fuera sitiado, escasos dos días antes, en los pisos de Montoro, rodeao de enemigos y pobre como una rata, con su navaja como única fortuna.
Apenas una semana después de su llegada a San Adrián, tenemos al susodicho convertido en el cacique, o uno de los principales caciques de La Mina. Ante todo, aclaremos ciertos puntos: lo que había en la caja fuerte eran seis millones, que El Manivela quiso escamotear a Pusherillos mientras éste se cepillaba al protestantita sueco, diciéndole que sólo había uno.
Como recordarán, Joâo Fassbinder tenía suficiente para comprarse un yate. Aquel millón era sólo la recaudación del último día. Al salir, una vez hecho el reparto en una de aquellas callejuelas que se asemejan a Dublín en 1916, Pusherillos siguió al Manivela, que volvió hacia la Iglesia Mormonita que ardía como una tea. Apenas dos calles del edificio, rodeado de gente, bomberos y policía, estaba el saco con los cinco millones restantes. Saltó, cuchillo en mano, Pusherillos como un tigre. Al minuto, un tajón le había borrado al Manivela los ojos de la cara, y otro, los escrotos pelúos.
-A mí no me se changua, Manivela: profirió Pusherillos. El Manivela gemía.
Al alejarse unos pasos, el Manivela empezó a dar voces. Se volvió Pusherillos y lo acabó para siempre de una puñalada tras la oreja, del mismo modo que Dorian Gray acaba a su amigo Basilio, el pintor. Luego, desapareció entre la negrura. No hay nadie como Pusherillos pa huir de noche. Al minuto la policía, y los curiosos, entre los que había gitanos, descubrieron al pobre Manivela desjuaringao.
Mas tarde, alguien le dijo al Chamorro que al Manivela lo habían visto compadreando últimamente con el Pusherillos. Esa sospecha y el que Pusherillos hubiera militado con los enemigos de Badalona del abuelo del Gitano de Terciopelo hicieron que fuese a parar a la Lista Negra de Chamorro el Joven, sultán de los negros demonios indostanos del vicio mohoso y purulento. Al Chamorro lo jirieron al día siguiente. Sus huestes se deshicieron, perecieron o fueron capturadas por la policía sitiadora, paya y opresora de los pacíficos diablos cobrizos. La cuenta quedaba pendiente…No obstante, sin que lo supiera ni siquiera el Chamorro, al que le esperaban meses de reponerse, oculto, en el Chino de Barcelona, mientras era dado por muerto, uno de sus tenientes había sobrevivido al combate pegado al terreno. Era Achuro-achuraé-calé caló-paé-pahé, hermano del Manivela (hermano de padre), y conocido como el Caló-paé. Éste sabía de Pusherillos y le pareció que no merecía vivir como un pachá en La Mina, territorio natural de su señor depuesto, mientras éste había muerto. Pues creía muerto a su jefe el Chamorro; aunque el que no apareciera el cadáver le daba esperanzas. Además ¡Qué coño ni qué chipote, er hóben Shamorro tié siete vías! Pero de todos modos, Pusherillos, er arvenedisso debía pagar. Un cuchillo empezó a afilarse en honor del veterano pepventurero. Luego se adhirieron otros tres tíos al juramentado lugarteniente chamorrero, y fueron ya cuatro los cuchillos que se empezaron a afilar, y cuatro las escopetas de postas, que acechaban al interfecto. Este, mientras, se había instalado a lo grande en La Mina, que era su Meca, y con gran cantidad de oropel. Tres meses vivió a gusto en un bloque céntrico, tó cemento, con mucha clase, y es que seis millones daban p´a musho (La vida humana iba a 25 pesetas) Pronto tuvo poder, mucho poder como prestamista, capo y jefe de negocios. Se compró dos coches y seis motos. Se agenció seis mojeres güenas como trenes, y contrató a veinte mercenarios expertos, una guardia personal de las mejor equipadas en todo el mundo vicioso. Rey práctico de La Mina, despreocupado y temido por todos, no vaciló en pasear sus joyas y sus ajuares, y alguna vez su harén, por San Adrián. Al final, acabó haciéndose asiduo del Copacabana, donde comenzó a ser respetado y a ser tenido por un cliente de peso. Era asiduo también de la parte superior del local, donde trabajaban treinta putas, las tías más güenas y más guarras de tó San Adrián.
Pasear sus pilchas (voz argentina) ante las narpias del Ayuntamiento era algo gozoso; lanzado como estaba, era un gusto del que no se iba a privar. En sitios así, se entablan relaciones interesantes. Pronto, estuvo relacionado con algunos de los tíos grandes de San Adrián, que veían la oportunidad de extender su dominio hasta La Mina y sus inversiones monopolísticas, mano a mano con el ex de Pep Ventura. Pero no todo es Jauja: la policía estaba escamada. Todos los capos de San Adrián le envidiaban. ¡Mala señal y pésimos augurios! Y no todos los tíos grandes de San Adrián son benevolentes con aquellos a los que suelen llamar: alumnos aventajados; ya me entienden. Total: que alguien le dijo a alguien que soltara a cuatro gitanos convictos de presunta violación. Alguien paga a alguien y se retiran unos ciertos cargos. Alguien les da ciertas facilidades y dinero a los cuatro gitanos, vengadores del Honor. Y los cuatro juramentados, ante el visto bueno de la policía y parte de los ricachos, y el beneplácito de todo el hampa, naturalmente pro-chamorrera y enemiga de los advenedizos que suben como la espuma, se dispusieron a darle el golpe de gracia a Pusherillos.
Noviembre. En una suntuosa “suite” de los altos del Copacabana, Salón Kitty de San Adrián, yacía en una cama lujosísima Pusherillos. La chica, que estaba buenísima, alta, rubia y nada vulgar, se levantó. No la retuvo Pusherillos. Estaba satisfecho y contento. La mullidez de todo aquel mundo de cartón piedra eran como maravillas para el mercenario del hampa. Estaba seguro como en su fortaleza. Fuera estaban apostados dos de sus mejores hombres. La chica había desaparecido en el lavabo. Se oía sólo la ducha. Saboreaba Pusherillos el coñac del güeno, veintiséis estrellas, mezclado con zumo de perejil, mejunje que era su bebida favorita desde que cierto gentleman que parecía estar colocao, adrianense (para más señas el ex contable y ex jefe del Sóviet de los Talleres Bolós, y sí, estaba bien colocao en CCOO) le convenciera de que era la bebida de moda. Pusherillos, deslumbrado por la elegancia del aristócrata, le había creído a pies juntillas.
Un error había cometido Pusherillos. Los mercenarios de un jefe nuevo, por poderoso que sea, no son fiables. Apenas hacía dos semanas que los tenía a su servicio. Debía haberse acordado de su época de traicionero. El dueño del local estaba untao pero bien por los enemigos de Pusherillos. En eso que se abre la puerta de la habitación, violentamente. Penetran cuatro gitanos feroces, cuchillos en mano. Un error cometieron los atentadores, no tener en cuenta que Pusherillos era rapidísimo disparando. Una ráfaga los atravesó a todos. Pasaron por encima de él y fueron, rompiendo una ventana, a estrellarse contra el pavimento, dos pisos más abajo. El tiempo de vestirse, coger a un botones y entregarle esta nota, dirigida al jefe del local ”Como digas que estaba aquí y me relaciones con ésos muertos, te cortaré los güevos” Corrió Pusherillos luego hasta una claraboya, por la que salió. Y desapareció en la negrura ¡Que le echen un galgo!.
La intentona de acabar con el expepventurero había fallado, y había fallado hasta el intento de pringarlo en un turbio asunto que lo sacara de la circulación, cosa que tenían prevista los preparadores del hecho si fallaba el asesinato de alguna manera. Respecto a este incidente, al día siguiente, durante la comida, Oms, uno de los tíos grandes de San Adrián, amigo y socio” de “Pusherillos (todo lo amigo y socio que puede ser un hombre de una bestia) le dijo al otro tío grande, responsable del intento de acabar con él:
-¿Qué? ¿Farrijaló, eh? A la próxima…No te precipites al finiquitarlo, que quiero negociar con él.
-Je, je, Enric: no sé qué aquelas Je, je, si yo no enjibo chí, ya chanas...
Y riéndose, pasaron a devorar la langosta.
Los dos mercenarios que traicionaron a Pucherishos aparecieron muertos y mutilados, y desfigurados con vitriolo, en Hospitalet, donde habían huído tras su acto deleznable. Pusherillos, envalentonado, intuyó la jugada de los poderes fácticos de San Adrián, sobre todo de la policía, por lo que se preparó para estar en guardia respecto a los polis y los decentes. No cortó, sin embargo, su relación con los ricachos de San Adrián, que, a la corta, se dividían al pretender unos cargárselo y otros sacarle jugo, y que, a la larga, eran unánimes en su deseo de borrarlo del mapa…Mientras tanto, llegaban las Elecciones, y el negocio descubierto por Pusherillos de vender los votos de sus cinco mil súbditos a veinte duros por papeleta, era esencial para el partido de Oms, Blasqué y Borreras.
Prosigue la historia: este fue el 1er. atentado que sufrió nuestro héroe, Pusherillos. Como dije, continuó estrechando sus relaciones respecto a los tíos grandes de San Adrián. Las gabelas, corveas, diezmos y en especial el impuesto sobre las pollerías de pollos a l´ast eran especialmente lucrativos; tanto como, el impuesto sobre las películas de Bruce Lee. Cobrar el impuesto de herencias y sucesiones en lugar del Estado e imponer un impuesto a los violadores y sobre el cepillo de las Iglesias, no fue, sin embargo, factible, por diversas causas.
Y ahora sitúense ustedes en la época en que Pusherillos lograba el cetro de La Mina y disputaba a brazo partido con el duro clan de los Chamorros, tan entrampado, por otra parte, y la intervención de los “tíos grandes” de San Adrián complicaba hasta el súmmum la trama de éstas guerras bajeras en su segunda etapa. Recuerden que Pusherillos es, si no me falla la memoria, el ínclito robador y verdugo de los Mormonitas, compañero del traidor Manivela y en fin, el que organizó aquel estropicio en Los Hermanos, tan sonado, que acabaron achacándole a un mísero Hermano Gabrielista, que, pobre de él, no era responsable más que de 2 de entre todas las muertes como allí hubo. Bien. Pues sepan que de la bravía estirpe de Pusherillos otro bravo apuntaba ya en aquellos momentos: su primo Juan Gómez, el que por álias esgrimía, como tantos otros, el popular álias de El Pringao, pues como sabrán: la carrera de Pusherillos comienza en el fastuoso barrio de Montoro pues bien, la puesta de largo de Juan Gómez empezó también allí, con el grado de matón barato, pero luego, por enemistarse, dada su zafiedad, con todas las bandas del barrio, y, por fin, por haber sido puesto en la lista negra tanto del Campansha como de los Chamorro, tuvo que huír a pastos más propicios, como los de Sta Coloma, Tiana, y, más tarde, el mismísimo Vallvidrera, que está en las puertas del hampa verdadera de Barcelona.
De allí, ascendido pronto a jefe de cinco matones, pasó al Chino donde tuvo ocasión de curtirse pero bien y luego, siendo ya independiente “condottiero” de prestar cierta ayuda importantísima al Chamorro Joven en el momento en que tuvo que dejar sus feudos por prescripción facultativa y buscar amparo en el cosmopolita Barrio Chino. En fin, aquel servicio le valió para que los Chamorro le borraran de su lista y pudiera, poderoso como el que más, hecho ya todo un Boss, husmear de nuevo en Badalona, que era, en fin, su objetivo y sus ambientes de toda la vida, sin otro veto que el del Campansha, el cual, como recordarán, fue pronto barrido del mapa en el curso de las guerras badalonesas del Chamorro Viejo, aquel último y grandísimo pulso a dos manos que se echó el anciano, al mismo tiempo, con sus parientes traidores y con la poli y los hampones badaloneses, aliados por una vez, en una jugada similar a la que echó temporalmente del vecino San Adrián a su sobrino y nieto, el Chamorro Joven.
Sin vetos, reconciliado ya con sus antiguos enemigos, hubo cierto día en que Juan Gómez, afamado “Boss” de un sector del Chino, álias El Pringao, supo que podía volver a sus lares ancestrales de Montoro ¡Cómo había cambiado la situación! de matón barato a Boss del Chino. Había transcurrido un año, exactamente, desde su salida por pies de Badalona. No descuidando sus negocios del Chino, se dejó ver como condottiero por San Roque. Pronto entró en tratos con un teniente del Viejo Chamorro, que buscaba gente fiable y dura para acabar con un rival que no acababa de desaparecer, para acabar con un moscón que impedía al viejo Emperador del Vicio ocuparse de sus querellas dinásticas en las que la policía andaba de por medio. Así, Juan Gómez inició, por cuenta del Chamorro, su guerra particular con Mac el Hijoputa, un viejo chacal de Montcada i Reixac, astuto en grado sumo. Acudió él mismo al campo de operaciones con un puñado de buenos tipos. Pero Mac era duro de pelar y pronto se vio obligado Juan Gómez a traer más gente. Entonces, un ataque sorpresa de sus enemigos del Chino le desposeyó súbitamente de sus feudos barceloneses, de su base. Y se encontró ante el dilema de irse de nuevo al Chino, defraudando al Chamorro, lo que le cerraría definitivamente las puertas de Badalona, o quedarse y renunciar a sus bases de Barcelona. Y optó, jugándoselo todo, por esto último. Al fin y al cabo, ser condottiero al servicio del Emperador de Badalona, había sido siempre su máxima aspiración. Recogió los restos de su ejército privado, estableció su base en unos pisos de la Plaza de Badalona, enfrente de Los Cañones, y se dispuso a acabar por siempre jamás con Mac el Hijoputa.
Permítaseme, antes de continuar, describir brevemente a Juan Gómez en este momento de su vida: 27 años, 1,52; negrísimo y agitanado hasta los topes, vestido de forma chillona, totalmente campanone. Y rebozado de brazaletes, llaves inglesas, cueros protectores y cartucheras de las seis pistolas mágnum que acostumbraba a llevar encima, junto con tres cuchillos Bowie y su navajón, herencia de familia, que, cuidadosamemnte plegado, forrado de grasa y sangre seca, guardaba en un bolsillo de su amplio chaleco. La cara semejante a la de ciertos enanos, muy arrugada y curtida, como si hubiera sido reducida por los jívaros. Y una melenaza como la que gastara otrora el hijo de Lola Flores, acompañado de sendos frondosos patillones casi, casi modelo Monturiol o Engelbert Humperdinck ¡Eh,garbosso! Este es el hombre. Y su opositor no tiene problema: Mac el Hijoputa, Málaga, 1889, pura raza gitana, con luengas melenas blancas, hirsutas, y con los engarfiados dedos con tres anillos de oro macizo en cada mano ¡Otro figurín!.
El Pringao podía reunir de una vez, en el campo de batalla, a 26 luchadores armados y fieros, provistos de un hábil camouflage que les mimetizaba perfectamente con el Barrio en que actuaban: iban vestidos a su aire, de la forma más hortera posible. Aparte dejaba siempre a otros diez en un refugio seguro, con un par de coches, y a otros cinco los tenía siempre de contactos en Bares y sitios así, dispuestos a ayudarle en una posible desbandada de sus fuerzas, y la consecuente huída veloz. Se decidió, tras unos pocos choques sin importancia, pues Mac había rehuido siempre el contacto, por un ataque en los mismísimos cojones del enemigo: a la base de Mac en cierto café obsoleto de la conocida Carrera Royalette, arteria del Vicio de los Barrios de Badalona.
Primero, El Pringao dejó transcurrir una semana de tregua unilateral, como avisando al enemigo que se preparaba una de gorda. Luego, movilizando a su reserva, atentó certeramente contra una hija de Mac (de 56 años) a la que borró del mapa junto a toda su familia por el somero método del bazukazo, método, además, fino donde los haya. Un par de horas más tarde, justo habiendo dado tiempo a que las noticias llegaran a Mac, en una salvaje ola de encarnizamiento, colocó dos cócteles de vitriolo con lanzagranadas, en el escaparate del Bar, el cual reventó por los cuatro costados. En el interior habian cerca de 20 personas, de las cuales cerca de 15 eran fieles de Mac. Este, se suponía, se encontraba dentro. Saltando, vertiginosamente, sobre las llamas, los 26 del Pringao barrieron con sus metralletas la ruina, y luego huyeron velozmente. Cuando llegó la policía, no había ni rastro de los agresores.
Habían sido certeros: De las 20 personas que había en el interior del Bar no se había salvado ni uno, antes bien, habían muerto, además, 7 viandantes y otros tantos habían sido heridos. Pero Mac no estaba, en aquel momento, en el Bar ¡Qué potra la suya! 10 años sin moverse apenas de su Bar y, el día que se lo destruyen, él se halla en un piso ignoto su dirección era un verdadero enigma, aquejado de diarrea senil. Pero el viejo era duro, ya lo he dicho, y el domicilio de Juan Gómez no era todo lo secreto que hubiera sido de desear. Pero esto ya lo había previsto El Pringao y abandonó su conocida sede por otra desconocida, esto no impidió que un coche-bomba, situado en los garajes, destruyera en gran parte el edificio pocas horas después de que Juan Gómez lo abandonara, matándole a unos cuantos de sus hombres y haciéndole perder tres de sus autos.
Luego, tanto uno como otro tuvieron que vivir escondidos, sin dar señales de vida, pues en su guerra se habían excedido con el despliegue de medios y la policía andaba loca detrás de ellos. Loca y rabiosa. Una fortuita coincidencia hizo que El Pringao se enterara del domicilio secreto del viejo Mac. Temerariamente, se presentó allí con tres de los suyos, armados todos ellos de pistolas con silenciador y cuchillos. Acabaron, magistralmente, con los siete guardaespaldas de Mac y luego, en su propia cama, degollaron al viejo. Luego, echaron los cuerpos al cielo abierto del edificio y se dio El Pringao al bote con la cabeza y las enjoyadas manos de Mac, que le presentó en un paquete al Chamorro, dándole una gran alegría. En cuanto a los hombres de Mac o huyeron, o fueron asesinados, o acabaron fichando por alguna filial del Chamorro en Badalona-Centro. En dos meses de operaciones, el objetivo se había cumplido. Desmontando su organización, ya demasiado conocido en Montoro Village, se replegó El Pringao a San Roque, poniendo en reserva, fuera de circulación, a sus matones más conocidos. Y así es como entró, en calidad de teniente de un teniente, en las filas del vicio Sanroqueño, era un elemento brillante...los cinco fieros hijos de Mac, exiliados en Tiana, hubieran deseado de verdad que lo fuera aún más, que fuera fluorescente, para poder cazarlo hasta de noche. Pero eso no eran sino vanos sueños de venganza. Sí, vanos, puesto que, por el momento, ”El Pringao” estaba en la cresta de la ola (pared ascendente) y podía empezar a considerarse un mimado de la Fortuna. Las luchas de los Chamorros contra Pusherillos en San Adrián, no eran estables, puesto que lo mismo un día pactaban y se unían Chamorros y Pusherillos contra otro capo como se hacían la guerra con saña. A la larga, los intereses del más joven de los Chamorro, que aspiraba a reconstituír su Imperio de San Adrián, y los del Rey de La Mina, que aspiraba a extender su dominio a la ciudad del Besós, eran encontrados, pero, por el momento, dados los múltiples bandos e liza, coexistían, sino pacíficamente, sí lo menos belicosamente posible. De todas formas, el Chamorro, al viejo me refiero, siempre tuvo buen cuidado de no poner al Pringao en situación de escoger bando, uniéndose o no a su primo, el poderoso de La Mina. Al Pringao lo tuvo siempre dedicado al frente del Centro de Badalona, pugnando a brazo partido con los enemigos que, por ésos lares, tenía desde siempre o se había echado el Imperio del vicio Sanroqueño.
Así, Juan Gómez pudo durante un año repetir varias veces, hasta la saciedad, su hazaña de borrar del mapa a Mac el Hijoputa: tantos fueron los capos badaloneses que vieron desaparecer su dominio o que, incluso, perecieron en sus manos. Juan Gómez aspiraba a “adelantado” del Chamorro en el Centro de Badalona p´a que se sitúen, desde la Calle del Mar hasta Los Cañones, del Ayuntamiento a Pep Ventura, pero ésos títulos, y otros, los ocupaban altos capitostes familiares de los Chamorro, o pertenecientes a alguna de las ramas alejadas de la prolífica familia imperial.
Por aquellos días finiquitaba la famosa querella dinástica que puso en jaque a la mitad del hampa badalonesa, a la policía en pleno y a todos los recursos chamorreros de ésa parte de Badalona, y aún en Badalona entera. Exterminada la rama podrida de la familia Chamorro (Gens Chamorra) restablecido a duras penas el status quo entre el hampa, de nuevo monopolizada por el viejo sanroqueño y la policía, demasiados lions en curso ascendente se contaban entre las filas de San Roque, y no había prebendas para todos. La mayor parte de éstos fueron a parar a la tropa del Chamorro Joven, que se infiltraba en San Adrián por la parte del Mar y por La Mina, pero unos cuantos, sólo los precisos: restaron con diferentes puestos de importancia en Badalona, y uno de ellos: obviamente, Juan Gómez, fue encargado, junto con sus hombres, de llevar a cabo una misión especial. Verán: el negocio de la droga en Badalona lo controlaban muchos desde afuera, y la droga entraba en Badalona por, al menos tres puntos diferentes, por tres fuentes. De la droga sacaban tajada todo el mundo, hasta la Guardia Civil y, claro, el Emperador (el Faraón, según algunos), no podía ser menos.
Con la droga se sacaba, en peajes y demás, sus buenas fanegas de billetes, y de los de verdad, no los que imprimían algunos kiyos suyos, un poco gamberretes en la calle Cáceres con su Jomakín, bueno, algo perfeccionado. Pero el viejo era ambicioso y se dio cuenta de que el negocio caballar podía adoptar formas más lucrativas que la crianza de percherones en el lecho selvático y radiactivo del río Besós, si cambiaba de especie de Caballo, cosa legítima en un criador de pro como él: tras un largo estudio determinó que controlar una de ésas fuentes desde Badalona era factible, sólo había que sustituír al intermediario de turno por un hombre fiel. Eso, desde luego, trastocaría el equilibrio de poder, ya muy escorado hacia él desde Badalona. Eso le haría rey coronado del municipio, luego pretendía escalar ésa pirámide del negocio droguero hasta llegar a lo más alto, y, siempre, desde un escalón superior inmediatamente, neutralizar toda oposición de los escalones más bajos…El primer paso era fácil de dar: los escalones más bajos de toda la pirámide droguera estaban controlados por, digamos, arrendatarios no gente a sueldo directamente del Centro, del Gang, cuyas ramificaciones iban a parar a Turquía y Colombia pasando por Palermo y la Modelo de Barcelona, sino por chulos baratos o jefecillos, o reyezuelos con una concesión ¿Investidura, homenaje? de la gran Compañía, concesión, además, obtenida de intermediarios de intermediarios.
En fin: que en menos de un año, podía hacerse con todos los arrendamientos drogueros de la comarca entera. Barcelona, ciudad, ya eran palabras mayores. Pero los Barrios…estaban en el bote. Al hombre fiel, ya lo tenía el Chamorro dispuesto: tenía fichado a un experto, pero el punto inicial tenía que ser conquistado con sutileza. Y mucha dureza machacona. Para desalojar al fulano de turno hacía falta que Juan Gómez, con sus hombres, acabara con todas las resistencias y se impusiera en el radio de acción del fulano en cuestión. Y, además, todo debía parecer cosa independiente, no debía saberse que era el Chamorro quien pretendía hacerse con el tráfico y la venta de drogas de Badalona. La fuente estaba en cierto barrio de Sta. Coloma de Gramanet, pero mantenía estrechos contactos, al mismo nivel, con otra fuente, otra de las tres famosas fuentes situada en Tiana. Tiana: tierra de muerte para Juan Gómez, alias El Pringao, la tercera fuente era vía Barcelona y estaba completamente diferenciada de las otras dos.
Juan Gómez, con un par de fieles guardaespaldas, inició su penetración en los ambientes propicios de ésa parte de Sta Coloma, ciertos bares y tascas, ciertas juergas flamencas…ciertas casas de putas. El tipo con el que se enfrentaba era bastante inepto, es decir: en su negociete era capaz, pero fuera del horario de trabajo, era de lo más llamativo y gilindrao, devoto creyente en una inminente invasión OVNI. Lo primero fue entenderse con la policía, la cual, obviamente, debía tener su pequeña tajada en el asunto (revertida al ascético concejal comunista) prometiéndole una tajada mayor. Al fin y al cabo, era dinero santificado por el paso de la droga, generando riqueza, por la idílica Albania de Enver Hoxha. Luego se hizo todo rápido. Sus tres mejores gorilas desaparecieron misteriosamente (para encontrarlos hubieran tenido que mirar en el fondo de las cubetas de cal viva), dejando a todo el mundo con la duda de si los tres heavys se habían ido a Ummo, o habían venido a por ellos los Hombres de Negro.Y luego al tipo, un hábil secuestro y, quemado a fondo con soplete, cantó lo que tenía que cantar…hasta que le cortaron la lengua. Se le concedió la vida, una triste vida sin hijos. La misión estaba cumplida. El Chamorro podía estar contento y mandar a su hombre. Pronto se pudo comprobar de qué forma el tráfico de drogas continuó sin que a los de más arriba les importara un pimiento la suerte del anterior intermediario.
Pero Juan Gómez era muy ambicioso, y sabía de las conexiones de la 1ª fuente con la 2ª. Sin decir nada al Chamorro (quizá fingiendo para sus adentros que una vez hecho el trabajo, le pondría los frutos en bandeja al Emperador, quizás acariciando la idea de quedarse con la concesión para él, personalmente acaso esperando que el Chamorro lo reconociera como capo independiente y válido interlocutor en los negocios): se dispuso a repetir la operación de Sta. Coloma, pero ahora, en Tiana. Pero en Tiana, por desgracia para él, fue pronto reconocido. La información fue pronto a parar a los cinco fieros hijos de Mac el Hijoputa. Pero tuvo tiempo sobrado de hacerse, observado muy de cerca por los vengativos Cinco-del concesionario de la 2ª fuente. Uno de los cinco hijos de Mac vió la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro, eliminando al Pringao y haciéndose la familia del difunto Mac con la concesión droguera. Y fueron a por el Pringao.
El Pringao había sido audaz: había llevado a buen término la operación: Tiana en un tiempo récord, una semana, y con sólo cuatro hombres. El resto de los suyos los había dejado en el piso de Sta Coloma que constituía su nueva base de operaciones. Sonreía pensando que, nada falazmente, podía considerarse Adelantado del Chamorro en Sta. Coloma. Estaba feliz, sólo cabía esperar la llegada de otro cargamento de droga, que éste llegara sin novedad, como muestra de que los intermediarios superiores estaban de acuerdo en tratar con él. Y llegó el cargamento, se distribuyó a los pequeños distribuidores y, en parte, tomó el camino de Badalona, para deleite de los párvulos de diversos jardines de infancia, que hay crear Cantera hombre, si lo hace Marta Mata con la Inmersión Lingüística, tú les das la Cultura y yo las Golosinas. Le hizo gracia pensar que algunos de aquellos camellos que dependían de él tendrían que pagar su peaje al Chamorro. El dinero pertinente fue a parar a sus manos ávidas. Ese día bajó un poco la guardia, y fue ése día cuando los hijos de Mac y su gente decidieron atacar. Fué una acción combinada. Cuando El Pringao salía de su casa de Tiana, dirigiédose a su coche en compañía de sus dos guardaespaldas, otros dos autos iban a pararse delante y detrás de él. Antes de que los dos guardaespaldas tuvieran tiempo de reaccionar, ya tenían, uno, un balazo silenciado en la nuca y, el otro, una ráfaga en la boca. En cuanto al Pringao, era duro de pelar, pero un chorro de vitriolo en la cara y los palos de cinco tíos lo redujeron al instante. Al mismo tiempo, otro grupo daba buena cuenta de los otros dos guardaespaldas, que Juan Gómez había dejado en el piso. Con éstos fueron crueles: los introdujeron en una bañera con ácido. Los de la calle recogieron los cuerpos sin vida de los guardaespaldas y el cuerpo sin sentido de Juan Gómez. También se llevaron el coche y, desde luego, los casi seis millones de pesetas del cargamento fueron a parar íntegramente a los bolsillos de la dolorida familia de Mac el Hijoputa. No dejaron el más leve rastro.
Cuando El Pringao volvió en sí, estaba en pelotas, atado a una silla de madera basta, con gruesas cuerdas, rodeado de gitanos: los cinco hijos de Mac, cuyas edades oscilaban entre los 50 y los 65 años, y varios de sus sicarios. La habitación estaba en penumbra y un fuerte foco había sido situado encima de su cabeza. Detrás de la muralla de personajes, dos rectángulos de movible claridad delataban dos ventanas. Por las ventanas se vislumbraba, más allá de las abigarradas cortinas violáceas, que el día iba ya en descenso, acercándose la noche. Comprobó que no veía con el ojo izquierdo. Pero nada. Y la cara le ardía. No hacía falta que se tocara para saber que no le habían curado. La marca del vitriolo estaría aún, espontánea y quemadora, estampada en su rostro. Los gitanos habían visto que su prisionero había ya despertado y se fueron hacia él. Reconoció las caras de los dos o tres más viejos: eran la viva estampa del viejo Mac, entrevió varias mujeres, viejas, gordas, feas, gitanas, muy gastadas, vestidas con estrafalario gusto, y adivinó a las hijas de Mac, una de las cuales había mandado él, directamente, a la tumba con todos sus churumbeles, estaba perdido. Comenzó el interrogatorio. Querían saber lo que él le había sonsacado al intermediario. Tragó saliva, horrorizado, al pensar en lo que él había hecho con aquel desgraciado. Se negó a hablar y les habló, en cambio, de su pertenencia a las filas chamorreras. Se rieron y uno de ellos le dio un revés. Le golpearon. Le arrancaron las tetillas con tenazas al rojo. Le arrancaron los labios y las patillas, pelo a pelo. Le golpearon y le quemaron con cigarrillos. Luego, con un hierro al rojo, le quemaron de nuevo. Le echaron vitriolo por la cabeza y se desmayó.
Cuando volvió en sí, los hombres miraban, satisfechos, en segundo plano, y las mujeres, en cambio, sentadas en taburetes, le rodeaban. Había, a sus pies, un capazo con herramientas. Entre sus muslos habían puesto una palangana. Reían, diabólicas. Sintió que sus manos tocaban su sexo. Una, de 70 años, le miró y le dijo: Cuando acabe contigo, no serás un hombre. Y acto seguido, con minuciosidad, cauterizando a cada corte que hacían, con el hierro al rojo, le castraron. Antes de desmayarse de nuevo, pudo darse cuenta de que tenía la boca llena de pañuelos y estaba amordazado. También vio los deos de las mujeres manchados de sangre y la palangana roja, flotando en ella pedazos de carne humana tumefactos y tostados, semejantes a albóndigas. El dolor le hizo volver en sí. Alguien gritaba y le presentó, a escasos centímetros de sus ojos, unas manos de dedos extrañamente cortos, negruzcas y sangrantes. Eran las suyas, destrozadas: le habían desatado y le habían cortado la primera y segunda falange de todos los dedos.
-¡Habla de una vez!: oyó decir a una voz.

No podía. Vió como los cinco hijos de Mac hablaban entre sí. Uno de ellos dijo: Matarlo ahora sería hacerle un favor. No: pensandolo mejor, creo que le dejaremos vivir, no notó cuando le cortaban la lengua. Ni tampoco cuando le acercaban el soplete a la cara. Hoy, Juan Gómez El Pringao vende iguales. Hasta que se harte y, torpemente, se descerraje un tiro en la sien.



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