Pusherillos era
un gitano fiero, curtío en todas las guerras, guerritas y guerrazas de los
contornos. Segundo del celebérrimo e ínclito Capaguardias con Ojén se había
lucido pero bien en todas las fiestas y fregaos de los últimos dos años. No
entraré en detalles, después de algunos cataclismos de aquellos que ya me saben
uds, se había quedao aislado en su barrio de Montoro, emboscado en un piso
capturao a golpes de garrote. Estaba solo; sin bando, sin suministros, sin
amigos ni familiares: tan sólo su vieja Astra del 9 corto, que más que nada era
una antigüedad caduca, y su navaja corta-chorizos. Allí no estaba bien. Por lo
tanto, se dispuso a largarse a los barrios bajos de San Adrián, más allá de la
Autopista donde, según le habían dicho, había más posibilidades al establecerse
allí una copiosa colonia cuáquero-mormonita. Pero ¡Ay!, en medio del Barrio de
Montoro, centro del feudo de Pep Ventura, corría mucho peligro si le veían
asomar el pelo alguno de los sectarios de los sucesivos señores de
Badalona-Centro. Pusherillos era ferocísimo y gilipollas, eso en cuanto a lo
moral, en lo físico era un simio antropoide de 1,52, y de 205 Kg de peso, ágil
como una pantera o un galgo, todo músculo y capacidad cerebral. Su negra
melena, como de jívaro, le delataba. El flequillo le cubría toda la cara,
excepto los belfos colgantes y negruzcos quemaos de tanta cazalla y tantos
pimientillos-guindillas, se cortó las melenas y se vistió desente. Completando
su atuendo con unas gafas negras, le pareció que estaba completamente
enmascarado. De esta guisa, salió a la Plaza de Badalona, dispuesto a llegar a
la parada del autobús y huír así a San Adrián. Si no podía llegar y era
descubierto antes, debería: o huír por los desmontes aledaños a los Cañones de
Navarón o adquirir a punta de pistola algún vehículo que lo llevara de buenas o
de malas a su meta: San Adrián.
Atravesó la
plaza, demostrando estar tranquilo. No vio a naide de los de Pep Ventura, que
lo perseguían a muerte. En un rincón del descampao, a punta de pistola,
desposesionó a un viejo de toda su calderilla. Al viejo le dio un mal golpe, y
a los niños que le acompañaban, les compró unos globitos, y felices y
contentos, los llevó, como parte de su disfraz, con él en su fuga hacia la
parada del autobús. Se le escapa un niño, riendo y correteando. Están cerca de
la carretera que atraviesa elevada, la Autopista. El niño sube por un bordillo,
a un lado hay un precipicio: cae al hoyo. El otro, abstraído en su globito,
sigue dócil al gitano hijoputa. Nadie. Todo va bien, piensa Pusherillos. Llegan
a la fábrica de caramelos. Se le escapa ahora este niño. Se mete en un taller
gigante, al otro lado de la calle. Le sigue el gitano. Todo está lleno de
chatarra. Agarra al niño. ¡Ay! Cae el infante a un horno de fundición. Se
acercan dos obreros ¡Asesino! le gritan, dispara el gitano, cae uno al horno,
el otro sobre una montaña de ferralla de 20 metros de altura.
Pusherillos,
luego de cepillarse a los dos obreros, bajó del alto donde hacían las
fundiciones de ferralla y hierrajos. Uno de los obreros gemía, aún vivo, para
su desgracia, desde el hoyo de hierros y limaduras donde había caído. Parecía
cubierto de pies a cabeza por un ejército de hormigas negras y brillantes,
devoradoras. No sufran por él: Pusherillos lo remató con su tajona
corta-chorizos. Sale del taller, pasa de nuevo a la banda de la fábrica de
caramelos. Sigue andando. Llega a la esquina. Al parecer, lo peor ya ha pasado.
Sigue andando por la carretera. De un Bar salen varios sectarios de Pep
Ventura. Se mete Pusherillos en una papelería. Pasan de largo sus compañeros de
raza y enemigos a muerte. El tipo de la papelería, un rojo laboralista venido a
menos, le pregunta qué quiere. Falló, pues Pusherillos está muy, pero que muy
nervioso. Y al barbas se le cae encima una estantería de hierro y frascos de
chinchetas. Luego, Pucherishos lo patea bien y le llena la boca con revistas hasta
que se produce la muerte clínica y efectiva por asfíxia.
Puso de nuevo, el
gitano hijoputa los pies en la calle. Siguió andando a lo largo de toda aquella
manzana. Justo al llegar a la esquina de la calle Cervantes, si no me equivoco:
le salieron cinco o seis pepventureros. Le reconocieron y se echaron hacia él,
esgrimiendo sendos alfanjes. Le cogió a uno el alfanje y proyectó al tipo
contra una luna de la tienda de muebles anexa. Los otros recibieron cuchilladas
en el cuello y abdomen, tan rápido, hábil y ágil era el gitano Pusherillos.
Por suerte, era
una hora en que las calles están desiertas. Quedaron los cinco cadáveres en la
acera. En un minuto estuvo en la parada, debióse extrañar el conductor de la
guagua al ver, en la manzana anterior, a los muertos de Pep Ventura.
Pusherillos no daba muestras de nada sospechoso. Subió y pagó su billete-¿Cómo
bebe la gente, eh, jefe? No mucho después de 15 minutos, estaba en San Adrián.
¡Por fin podía respirar! Pero aún no estaba del todo a salvo: debía atravesar
toda la villa a orillas del umbrío y ominoso Besós, para llegar a la Autopista.
Mas debajo de ésta, hacia el mar, era la zona de seguridad absoluta que le
habían prometido. Allí se reponía el Chamorro, reclutando una nueva Grande
Armée, que pensaba financiar de las desvalijamientas y latrocinios y peajes e
impuestos que pensaba imponer a los cuáquero-mormonitas, que abundaban como
setas por aquella zona.
Pusherillos ya
estaba en San Adrián, ¡Qué plácido le pareció todo! ¡Qué ambiente, tan distinto
de los suyos habituales: San Roque y el Barrio de Montoso! P´a que se sitúen,
diré que se bajó en la parada del Frankfurt. Hacía un día espléndido, quizás el
aire que canalizaba la cuenca del Besós contribuía a ello, despejando los
nubarrones de contaminación que, según le había parecido, cubrían Montoro y San
Roque, totalmente.
También podía ser
que le hubiera parecido todo gris por la tensión nerviosa de la venturosa
huída. Mas no piensen que el gitano pensaba en algo ¡qué va!: en atizarse un
copazo es en lo único que puso voluntad: entró en el bar del Cinto Aunque
modernizado, conservaba un aspecto más clásico que el Frankfurt de al lado;
para Pusherillos, la elección era clara: se hinchó de cazalla a placer, luego,
emboscado otra vez tras sus gafas negras, cruzó no sin cierto tambaleo y
tembleque la carretera general. Ya tenemos a nuestro hombre en la esquina del
quiosco, frente por frente con los mini-almacenes El Tranvía, siempre
pintarrajeados de fucsia. Avanzó por la banda izquierda de la calle mayor de San
Adrián; por el camino encontró otros dos bares, a los que entró en busca de
contactos, y de los que salió totalmente ebrio ¡Discúlpenlo: es que había
pasado muchos nervios el pobre!.
Las 6 de la tarde
le vieron tumbado en un banco de la calle mayor del que su aspecto amenazador
le había salvado de ser desalojado. Pero la noche era otra cosa. Se levantó del
hierro verde, giró por la esquina del Blau hacia el Colegio de Los Hermanos y la
Piscina Municipal. En pleno pasaje Blume, hizo su elección. A la izquierda,
siempre a la izquierda. Era justo salidos los niños de las clases, por lo que
estaban abiertas, aún, las puertas del edificio. Entró en el vestíbulo, que
decora un Cristo gigante de mosaico neo-románico-folk-años 60. Entró en la
Recepción o Secretaría. Le atendió la secretaria, que acudió al mostrador desde
su despacho de la derecha. El despacho de la izquierda estaba vacío a esa hora.
Pusherillos, insisto en que lo disculpen: no había catado hembra hacía ya más
de tres días, y…aunque alta y amarimachada, no dejaba la secretaria, rubita y
lesbiana, de ser un tanto apetitosa. Le colocó en el cuchillo en el cuello.
Pasó, amenazándola, por encima del pesado mostrador de madera negra para
disimular los vómitos de tantos niños, y el semen de tantos enculamientos
libertinos, lujuriosos y subrepticios como allí habían ocurrido. La hizo pasar
al despacho. Echó la persiana, cerró con pestillo el gitano. Luego, ¡para qué
contarles! Brutalidad, lujuria, violación, tortura, desgarramiento a
botellazos, violación posterior y anterior con el cuchillo y la pistola del 9
corto…¡Una filigrana de sadismo acamboriao! Cuando la hubo despachado, le dio
un golpe de karate en la garganta y un patadón en el bajo vientre que hicieron
caer a la secretaria deshonrada por la zoofilia. La cerró con llave por fuera.
Por el olor a chumino, se dijo Pusherillos, eso era normal en aquella
institución, donde se daban tales puteríos. Pero ¡Ay, señores: Qué equivocado estaba
Pusherillos!: el olor y los puteríos eran debidos, no a las prácticas de la
secretaria o de otras mujeres, sino a las prácticas homosexuales de gran parte
del profesorado con los alumnos tiernos y rosados. Al salir del primer
despacho, vio Pusherillos que había alguien, ahora, en el otro, que antes
aparecía desierto.
Se oían gemidos y
la puerta estaba medio cerrada. Abrió de una patada. Allí se encontró con el
Hermano Aarón (no con el Bola, que estaba de vacaciones en Burgos), encargado
de la disciplina, en compañía de dos tiernos efebos; a uno de ellos lo
sodomizaba con sus exiguos atributos viriles, y al otro con la pata de una
silla. Del éxtasis amoroso le sacó Pusherillos de un navajazo que le hincó en
la cara, haciéndole prorrumpir en sollozos y gritos. Otra cuchillada separó al
hermano Aarón de su alumno sodomizado, quedando el cercenado pene en el
interior del cuerpo infantil. Empezó a extenderse la sangre por la habitación.
Antes de que pudiera chillar, recibió el castrado Aarón una cuchillada en la
tráquea, que puso fin a sus días. Los niños se subían como podían los calzones
y se arreglaban las batas. Uno de ellos, con tirabuzones obviamente teñidos,
notaba, angustiado, en su ano, el pene cercenado de su amante, vomitando sangre
y manchándole la ropa.¡Vana preocupación! ¡Zaste!.
¡Cayó desnucado
al recibir un patadón en el cuello! ¡Aquellas botazas! El otro niño fue
ejecutado por el somero procedimiento de agarrarlo por los pies y golpear su
cabeza contra el mueble de metal gris. Como estaban algunos cajones y ficheros
medio abiertos, se llenó todo de sesos y sangre. R.I.P por los infantes y el
Hno Aarón, sodomitas pero mártires de la barbarie indostana. Pusherillos,
aunque obtuso, comprendió que no podía seguir en aquel Colegio, por lo tanto,
puso pies en polvorosa. Pero era un día aciago: se encontró con que estaban
cerradas todas las puertas exteriores del Colegio Nuevo, donde se hallaba.
Salió, por lo tanto, al Patio de los Coches. Entró en el Colegio Viejo. Era el
salón de actos, oscuro, desierto. Estaban todas las sillas apiladas. Apenas
entrar, oyó un ruido en la puerta que daba al Patio de los Coches, y por la que
acababa de entrar. Se pegó a la negrura y los montones de sillas de ésas de
espalderas, y cajas de coca-cola. Vio pasar a un barbudo Hermano Gabrielista,
echando espuma por las orejas y con la mano en un bolsillo abultado.
Obviamente, iba
armado. El cura se paró delante de la puerta medio pintada con plástico gris y
opaco. Lloraba de rabia. Echó abajo la puerta el gabrielista. No oyó
Pusherillos ningún disparo, pero adivinó la escena: se oyeron dos o tres, o
diez, flops-flops. Luego, el barbudo salió por donde había entrado, llorando o
mesándose las barbas de chivo o de rojazo. Echó su arma, caliente aún, a la
negrura de la sala de actos. Pusherillos esquivó el proyectil. El cura salió de
nuevo al Patio de los Coches. Oyó como se alejaba. Entonces, Pusherillos
atravesó la sala y se introdujo en la clase cuyos muros habían presenciado la
escena de horror y asesinato pasional. En la tarima, bajo un gran Cristo de
papel de plata, yacían dos frailes de aquellos, los dos con barba. Uno no
llevaba pantalones, el otro los llevaba bajados. Al segundo le goteaba su
fláccido pene: se había formado un charquito blanco y espesillo (no
excesivamente). Corrió de nuevo Pusherillos al salón de actos. Justo a la mitad
de la sala, se abrió el portón que daba al Patio de los Coches, y entraron dos
viejos gabrielistas, sin bata y con cara de asustados e inquietos. Pusherillos
se pegó al suelo, no le vieron.
Oyó unas
exclamaciones ¡Santo Dios!, etc…Luego, sin atreverse a tocar ninguno de los dos
cadáveres, se fueron otra vez. Estaba claro que la cosa se complicaba y aún no
habían descubierto los otros tres cadáveres del despacho ¡Tate! Pusherillos
prefirió proseguir por el interior del edificio: abrió la puerta que daba al
corredor central. Era como un gran claustro monástico. A un lado y otro estaban
las clases. Salió Pusherillos de la negrura y pasó a la penumbra agradable. Al
pasar al lado de la clase de quinto, pudo ver los cadáveres de los dos
infortunados amantes. Corrió, aunque no sin sigilo, hasta llegar al Patio de
Párvulos, al otro lado. Salió al exterior, no sin antes asegurarse, saltó el
muro que daba a la calle. Si alguien le vió, le relacionarían con los sucesos
sangrientos. ¡Pero que le echaran un galgo! Luego se hizo la luz en su cerebro
alcoholizado y vio clara la situación: había contemplado un asesinato pasional.
El barbas había confesado su crimen y por eso habían ido los dos viejos ¡Ja! Al
maricón se le había caído el pelo.
Joâo Fassbinder
era un tipo alto y rubiote, brasileño de pura raza germánico-nórdica. Era
pastor desde hacía veinte años, en el tiempo de nuestro héroe: Pusherillos,
gasta 47-de la Iglesia Testículo-Mormonita. Casado, sin hijos, habían adoptado,
él y su mujer, Andrea, a un lindo huérfano conguito de diez años. (Entre
nosotros, más putero que las gallinas y los gallos gallináceos). Feliz, regentaba
con gusto la Iglesia que esta confesión protestante tenía enfrente, más o
menos, del sitio que llaman Can Bourier. Los vecinos, hartos de tanto puterío y
tanto cante jondo y el cura de la parroquia, el cual parecía deberse a los
tazones de chocolate con churros que la poco atractiva Andrea Fassbinder servía
a todos los que ingresaban en la Logia. A los que preferían la paella, se les
hacía una comilona especial en la sacristía de la Logia protestante que, como
la Iglesia propiamente dicha, ocupaba los bajos, se hallaba en el propio piso
donde vivía tan a gustito Joâo Fassbinder, el pastor protestante mormonita.
¡Qué espirituales eructos y fanfarrias a las dos de la madrugada! Según esta versión, se explica que los vecinos le quemaran la puerta de ambero, en cierta ocasión, con vitriolo.
¡Qué espirituales eructos y fanfarrias a las dos de la madrugada! Según esta versión, se explica que los vecinos le quemaran la puerta de ambero, en cierta ocasión, con vitriolo.
Finalizadas las
sesiones, aquel viernes por la noche, Joâo Fassbinder, el pastor, se demoró
contando el dinero que habían dejado sus ovejas en el cepillo de la Logia
protestante. Mil, dos mil, tres mil…un millón de pesetas en oro. ¡Bien! ¡Ya
podía comprarse aquel yate que anhelaba desde hacía tanto! ¡Qué suerte no tener
superiores en la Secta! Luego de cargar la caja fuerte, se aseguraba bien y se
iba a dormir, nada libidinosamente, con la virtuosa Andrea, su amantísima esposa,
púdica hasta el extremo de usar cofia modelo Laura-de-la-Casita-de-las-Montañas
y usar trajes de saco y bragas de esparto. ¡Hála,qué felicidad!
Cae la noche como
un fantasma negro sobre la parte de San Adrián trans-Autopista. Viernes, 13 de
Agosto: la brisa nocturna trae efluvios cloaqueros, y también sombras
enmarañadas que sugieren siluetas imprecisas de maleantes emboscados; todo el
asfalto que envuelve el pavimento y el cemento aluminoso que recubre los
edificios se presenta ante los ojos del espectador como los borrones
encharcados de un boceto garabateado a tinta. Dos sombras se acercan a la
puerta de la Logia Testículo-Mormonita ¡Cling-Clock! Se rompe el cerrojo y sube
la persiana sin un ruido. Se meten los dos gitanos. Cierran. Abren la luz de la
Logia ¡Qué fachas! Uno es el conocido Manivela, sublugarteniente de Chamorro si
bien es verdad que en esta época iba de capa caída, actuando en sus horas
libres p´a ganarse un sobresueldo con que mantener a sus 150 churumbeles. El
otro es el heroico Pusherillos, tipo cirebral donde los haya, aventurero sin
par, rechazado al intentar colocarse en la banda del Chamorro, por no tener el
“Gitano de Terciopelo” fondos p´a mantener tantas tropas. Esto era cuando al
Chamorro lo jirieron en la playa de San Adrián, se le dio por muerto, lo
llevaron a Barcelona-al Chino-a que se reponiese, y se sacaban los ojitos por
quitarle al Viejo sus posesiones sanroqueñas ¡Éa!
Deslízanse cual
sombras los indostanos feroces. El uno tiene la cara negra, bigotudo, rizoso,
tipo Sadat o Pelé; ante todo, flamenco y con escopetón de seis cañones cargao
con postas, cadenas y latas de sardinas. El otro, navaja en mano y pistola Colt
45 automático. Apagan la luz de la logia, llena de bancos y púlpito luterano
lleno de figurones. (A saber qué entiende por luterano) Pasan a la Sala de
Tabernáculo, donde está la caja fuerte de metal verde y cerradura así de gorda,
y donde están las botellas de vinillo de Nüremberg, sacan las tenazas, risitas…
Algo debió sentir
el protestantita, pero pensó que era su mujer, que reía en sueños al sentirse
poseída por Lutero, Zwinglio, Calvino y todos sus sectarios. Se durmió otra vez
Joâo Fassbinder. Abajo, no habían podido abrir la caja fuerte por medios insonoros.
Así que el Manivela propuso utilizar dinamita. No estuvo de acuerdo
Pusherillos, ya digo, tipo cerebral…
-Ardiñemos fetén
a orundar al sueco ése, luego acarabeamos.
-Güeno, pero yo
orobro que…
-Tú maquela ¿Eh?
El lindo negrito
los miraba sorprendido. Aclaremos que, el negrito, amén de putero, le gustaba
el alpiste cosa mala y bajaba cada día a pegarle un tanto al Lágrima Christi
ése de Nüremberg, o mejor, cada noche.
Descanse en paz.
Los sesos, blancos, chorreaban en el canto de la caja verde. De un patadón
había sido.
-Aaanda valgame:
si s´a quedao como un pajariyo talmente.
-¡Qué se le va a
hasé! Amos p´arriba a buscar al sueco.
Despertaron a
Fassbinder: el pastor, por el metodo retuercegüevos. Lástima de sueño
interrumpido; el traje de Lutero le sentaba tan bien…
-Oigan ¿Con qué
derecho?…¡Plas!: tortazo que te crió.
-Abaho leñe: amo
pabaho.
En eso que se
despertaba la patrona, gorda como rubensiana o asá. Ni corto ni perezoso,
Pusherillos la mandó con los santos venerados y con los martires.
Bajaron a la Sala
del Tabernáculo los tres hombres: el hereje y los dos negros. Allí, en dos
minutos, el pastor les abrió la caja fuerte a los dos gitanos. El silenciador
fue una almohada.
Tenían los
gitanos 1 millón de ptas, pero El Manivela era muy bruto y no se conformaba.
Así, le prendió fuego a la Logia, y por ende, al edificio entero. Hasta el
último momento tuvo la Logia de vicio aquella que joder al vecindario güapa la
fiesta de los mormonitas. Lástima que no estuvieran todos allí para verlo,
olerlo y sentirlo y echarse dentro.
Las autoridades
investigaron el suceso criminal con regusto, pues ¡oh iniquidad, oh
injusticia!, tampoco eran simpáticos a nadie los mormonitas de la guarida de
vicio y corruptelas y gitanería. Otra cosa fueron los veintiséis vecinos, que
no les dio ningún gusto quedarse sin viviendas. Al final, todo se solucionó y
todos fueron felices.Y a Pusherillos y el Manivela que les echen un galgo.
Pusherillos estaba contento. Con medio millón de pesetas, podría situarse bien,
y además en el Barrio de sus preferencias: La Mina; atrás quedaban los tiempos
de “No hi hesho ná, señor guardias”; clásico indeleble por estas latitudes. Ni
qué decir del progreso alcanzado desde aquella copla que comenzaba con la
consabida coletilla:“ Ahhh: que no me dehán de cantah” en Pep Ventura. Y no
digamos desde que fuera sitiado, escasos dos días antes, en los pisos de
Montoro, rodeao de enemigos y pobre como una rata, con su navaja como única
fortuna.
Apenas una semana
después de su llegada a San Adrián, tenemos al susodicho convertido en el
cacique, o uno de los principales caciques de La Mina. Ante todo, aclaremos
ciertos puntos: lo que había en la caja fuerte eran seis millones, que El
Manivela quiso escamotear a Pusherillos mientras éste se cepillaba al
protestantita sueco, diciéndole que sólo había uno.
Como recordarán,
Joâo Fassbinder tenía suficiente para comprarse un yate. Aquel millón era sólo
la recaudación del último día. Al salir, una vez hecho el reparto en una de
aquellas callejuelas que se asemejan a Dublín en 1916, Pusherillos siguió al
Manivela, que volvió hacia la Iglesia Mormonita que ardía como una tea. Apenas
dos calles del edificio, rodeado de gente, bomberos y policía, estaba el saco
con los cinco millones restantes. Saltó, cuchillo en mano, Pusherillos como un
tigre. Al minuto, un tajón le había borrado al Manivela los ojos de la cara, y
otro, los escrotos pelúos.
-A mí no me se
changua, Manivela: profirió Pusherillos. El Manivela gemía.
Al alejarse unos
pasos, el Manivela empezó a dar voces. Se volvió Pusherillos y lo acabó para
siempre de una puñalada tras la oreja, del mismo modo que Dorian Gray acaba a
su amigo Basilio, el pintor. Luego, desapareció entre la negrura. No hay nadie
como Pusherillos pa huir de noche. Al minuto la policía, y los curiosos, entre
los que había gitanos, descubrieron al pobre Manivela desjuaringao.
Mas tarde,
alguien le dijo al Chamorro que al Manivela lo habían visto compadreando
últimamente con el Pusherillos. Esa sospecha y el que Pusherillos hubiera
militado con los enemigos de Badalona del abuelo del Gitano de Terciopelo
hicieron que fuese a parar a la Lista Negra de Chamorro el Joven, sultán de los
negros demonios indostanos del vicio mohoso y purulento. Al Chamorro lo
jirieron al día siguiente. Sus huestes se deshicieron, perecieron o fueron
capturadas por la policía sitiadora, paya y opresora de los pacíficos diablos
cobrizos. La cuenta quedaba pendiente…No obstante, sin que lo supiera ni
siquiera el Chamorro, al que le esperaban meses de reponerse, oculto, en el
Chino de Barcelona, mientras era dado por muerto, uno de sus tenientes había
sobrevivido al combate pegado al terreno. Era Achuro-achuraé-calé
caló-paé-pahé, hermano del Manivela (hermano de padre), y conocido como el
Caló-paé. Éste sabía de Pusherillos y le pareció que no merecía vivir como un
pachá en La Mina, territorio natural de su señor depuesto, mientras éste había
muerto. Pues creía muerto a su jefe el Chamorro; aunque el que no apareciera el
cadáver le daba esperanzas. Además ¡Qué coño ni qué chipote, er hóben Shamorro
tié siete vías! Pero de todos modos, Pusherillos, er arvenedisso debía pagar.
Un cuchillo empezó a afilarse en honor del veterano pepventurero. Luego se
adhirieron otros tres tíos al juramentado lugarteniente chamorrero, y fueron ya
cuatro los cuchillos que se empezaron a afilar, y cuatro las escopetas de
postas, que acechaban al interfecto. Este, mientras, se había instalado a lo
grande en La Mina, que era su Meca, y con gran cantidad de oropel. Tres meses
vivió a gusto en un bloque céntrico, tó cemento, con mucha clase, y es que seis
millones daban p´a musho (La vida humana iba a 25 pesetas) Pronto tuvo poder,
mucho poder como prestamista, capo y jefe de negocios. Se compró dos coches y
seis motos. Se agenció seis mojeres güenas como trenes, y contrató a veinte mercenarios
expertos, una guardia personal de las mejor equipadas en todo el mundo vicioso.
Rey práctico de La Mina, despreocupado y temido por todos, no vaciló en pasear
sus joyas y sus ajuares, y alguna vez su harén, por San Adrián. Al final, acabó
haciéndose asiduo del Copacabana, donde comenzó a ser respetado y a ser tenido
por un cliente de peso. Era asiduo también de la parte superior del local,
donde trabajaban treinta putas, las tías más güenas y más guarras de tó San
Adrián.
Pasear sus
pilchas (voz argentina) ante las narpias del Ayuntamiento era algo gozoso;
lanzado como estaba, era un gusto del que no se iba a privar. En sitios así, se
entablan relaciones interesantes. Pronto, estuvo relacionado con algunos de los
tíos grandes de San Adrián, que veían la oportunidad de extender su dominio
hasta La Mina y sus inversiones monopolísticas, mano a mano con el ex de Pep
Ventura. Pero no todo es Jauja: la policía estaba escamada. Todos los capos de
San Adrián le envidiaban. ¡Mala señal y pésimos augurios! Y no todos los tíos
grandes de San Adrián son benevolentes con aquellos a los que suelen llamar:
alumnos aventajados; ya me entienden. Total: que alguien le dijo a alguien que
soltara a cuatro gitanos convictos de presunta violación. Alguien paga a alguien
y se retiran unos ciertos cargos. Alguien les da ciertas facilidades y dinero a
los cuatro gitanos, vengadores del Honor. Y los cuatro juramentados, ante el
visto bueno de la policía y parte de los ricachos, y el beneplácito de todo el
hampa, naturalmente pro-chamorrera y enemiga de los advenedizos que suben como
la espuma, se dispusieron a darle el golpe de gracia a Pusherillos.
Noviembre. En una
suntuosa “suite” de los altos del Copacabana, Salón Kitty de San Adrián, yacía
en una cama lujosísima Pusherillos. La chica, que estaba buenísima, alta, rubia
y nada vulgar, se levantó. No la retuvo Pusherillos. Estaba satisfecho y
contento. La mullidez de todo aquel mundo de cartón piedra eran como maravillas
para el mercenario del hampa. Estaba seguro como en su fortaleza. Fuera estaban
apostados dos de sus mejores hombres. La chica había desaparecido en el lavabo.
Se oía sólo la ducha. Saboreaba Pusherillos el coñac del güeno, veintiséis
estrellas, mezclado con zumo de perejil, mejunje que era su bebida favorita
desde que cierto gentleman que parecía estar colocao, adrianense (para más
señas el ex contable y ex jefe del Sóviet de los Talleres Bolós, y sí, estaba
bien colocao en CCOO) le convenciera de que era la bebida de moda. Pusherillos,
deslumbrado por la elegancia del aristócrata, le había creído a pies juntillas.
Un error había
cometido Pusherillos. Los mercenarios de un jefe nuevo, por poderoso que sea,
no son fiables. Apenas hacía dos semanas que los tenía a su servicio. Debía
haberse acordado de su época de traicionero. El dueño del local estaba untao
pero bien por los enemigos de Pusherillos. En eso que se abre la puerta de la
habitación, violentamente. Penetran cuatro gitanos feroces, cuchillos en mano.
Un error cometieron los atentadores, no tener en cuenta que Pusherillos era
rapidísimo disparando. Una ráfaga los atravesó a todos. Pasaron por encima de
él y fueron, rompiendo una ventana, a estrellarse contra el pavimento, dos
pisos más abajo. El tiempo de vestirse, coger a un botones y entregarle esta nota,
dirigida al jefe del local ”Como digas que estaba aquí y me relaciones con ésos
muertos, te cortaré los güevos” Corrió Pusherillos luego hasta una claraboya,
por la que salió. Y desapareció en la negrura ¡Que le echen un galgo!.
La intentona de
acabar con el expepventurero había fallado, y había fallado hasta el intento de
pringarlo en un turbio asunto que lo sacara de la circulación, cosa que tenían
prevista los preparadores del hecho si fallaba el asesinato de alguna manera. Respecto a
este incidente, al día siguiente, durante la comida, Oms, uno de los tíos
grandes de San Adrián, amigo y socio” de “Pusherillos (todo lo amigo y socio
que puede ser un hombre de una bestia) le dijo al otro tío grande, responsable
del intento de acabar con él:
-¿Qué? ¿Farrijaló,
eh? A la próxima…No te precipites al finiquitarlo, que quiero negociar con él.
-Je, je, Enric:
no sé qué aquelas Je, je, si yo no enjibo chí, ya chanas...
Y riéndose,
pasaron a devorar la langosta.
Los dos
mercenarios que traicionaron a Pucherishos aparecieron muertos y mutilados, y
desfigurados con vitriolo, en Hospitalet, donde habían huído tras su acto
deleznable. Pusherillos, envalentonado, intuyó la jugada de los poderes
fácticos de San Adrián, sobre todo de la policía, por lo que se preparó para
estar en guardia respecto a los polis y los decentes. No cortó, sin embargo, su
relación con los ricachos de San Adrián, que, a la corta, se dividían al
pretender unos cargárselo y otros sacarle jugo, y que, a la larga, eran
unánimes en su deseo de borrarlo del mapa…Mientras tanto, llegaban las
Elecciones, y el negocio descubierto por Pusherillos de vender los votos de sus
cinco mil súbditos a veinte duros por papeleta, era esencial para el partido de
Oms, Blasqué y Borreras.
Prosigue la
historia: este fue el 1er. atentado que sufrió nuestro héroe, Pusherillos. Como
dije, continuó estrechando sus relaciones respecto a los tíos grandes de San
Adrián. Las gabelas, corveas, diezmos y en especial el impuesto sobre las
pollerías de pollos a l´ast eran especialmente lucrativos; tanto como, el
impuesto sobre las películas de Bruce Lee. Cobrar el impuesto de herencias y
sucesiones en lugar del Estado e imponer un impuesto a los violadores y sobre
el cepillo de las Iglesias, no fue, sin embargo, factible, por diversas causas.
Y ahora sitúense
ustedes en la época en que Pusherillos lograba el cetro de La Mina y disputaba
a brazo partido con el duro clan de los Chamorros, tan entrampado, por otra
parte, y la intervención de los “tíos grandes” de San Adrián complicaba hasta
el súmmum la trama de éstas guerras bajeras en su segunda etapa. Recuerden que
Pusherillos es, si no me falla la memoria, el ínclito robador y verdugo de los
Mormonitas, compañero del traidor Manivela y en fin, el que organizó aquel
estropicio en Los Hermanos, tan sonado, que acabaron achacándole a un mísero
Hermano Gabrielista, que, pobre de él, no era responsable más que de 2 de entre
todas las muertes como allí hubo. Bien. Pues sepan que de la bravía estirpe de
Pusherillos otro bravo apuntaba ya en aquellos momentos: su primo Juan Gómez,
el que por álias esgrimía, como tantos otros, el popular álias de El Pringao,
pues como sabrán: la carrera de Pusherillos comienza en el fastuoso barrio de
Montoro pues bien, la puesta de largo de Juan Gómez empezó también allí, con el
grado de matón barato, pero luego, por enemistarse, dada su zafiedad, con todas
las bandas del barrio, y, por fin, por haber sido puesto en la lista negra
tanto del Campansha como de los Chamorro, tuvo que huír a pastos más propicios,
como los de Sta Coloma, Tiana, y, más tarde, el mismísimo Vallvidrera, que está
en las puertas del hampa verdadera de Barcelona.
De allí,
ascendido pronto a jefe de cinco matones, pasó al Chino donde tuvo ocasión de
curtirse pero bien y luego, siendo ya independiente “condottiero” de prestar
cierta ayuda importantísima al Chamorro Joven en el momento en que tuvo que
dejar sus feudos por prescripción facultativa y buscar amparo en el cosmopolita
Barrio Chino. En fin, aquel servicio le valió para que los Chamorro le borraran
de su lista y pudiera, poderoso como el que más, hecho ya todo un Boss, husmear
de nuevo en Badalona, que era, en fin, su objetivo y sus ambientes de toda la
vida, sin otro veto que el del Campansha, el cual, como recordarán, fue pronto barrido
del mapa en el curso de las guerras badalonesas del Chamorro Viejo, aquel
último y grandísimo pulso a dos manos que se echó el anciano, al mismo tiempo,
con sus parientes traidores y con la poli y los hampones badaloneses, aliados
por una vez, en una jugada similar a la que echó temporalmente del vecino San
Adrián a su sobrino y nieto, el Chamorro Joven.
Sin vetos,
reconciliado ya con sus antiguos enemigos, hubo cierto día en que Juan Gómez,
afamado “Boss” de un sector del Chino, álias El Pringao, supo que podía volver
a sus lares ancestrales de Montoro ¡Cómo había cambiado la situación! de matón
barato a Boss del Chino. Había transcurrido un año, exactamente, desde su
salida por pies de Badalona. No descuidando sus negocios del Chino, se dejó ver
como condottiero por San Roque. Pronto entró en tratos con un teniente del
Viejo Chamorro, que buscaba gente fiable y dura para acabar con un rival que no
acababa de desaparecer, para acabar con un moscón que impedía al viejo
Emperador del Vicio ocuparse de sus querellas dinásticas en las que la policía
andaba de por medio. Así, Juan Gómez inició, por cuenta del Chamorro, su guerra
particular con Mac el Hijoputa, un viejo chacal de Montcada i Reixac, astuto en
grado sumo. Acudió él mismo al campo de operaciones con un puñado de buenos
tipos. Pero Mac era duro de pelar y pronto se vio obligado Juan Gómez a traer
más gente. Entonces, un ataque sorpresa de sus enemigos del Chino le desposeyó
súbitamente de sus feudos barceloneses, de su base. Y se encontró ante el
dilema de irse de nuevo al Chino, defraudando al Chamorro, lo que le cerraría
definitivamente las puertas de Badalona, o quedarse y renunciar a sus bases de
Barcelona. Y optó, jugándoselo todo, por esto último. Al fin y al cabo, ser
condottiero al servicio del Emperador de Badalona, había sido siempre su máxima
aspiración. Recogió los restos de su ejército privado, estableció su base en
unos pisos de la Plaza de Badalona, enfrente de Los Cañones, y se dispuso a
acabar por siempre jamás con Mac el Hijoputa.
Permítaseme,
antes de continuar, describir brevemente a Juan Gómez en este momento de su
vida: 27 años, 1,52; negrísimo y agitanado hasta los topes, vestido de forma
chillona, totalmente campanone. Y rebozado de brazaletes, llaves inglesas,
cueros protectores y cartucheras de las seis pistolas mágnum que acostumbraba a
llevar encima, junto con tres cuchillos Bowie y su navajón, herencia de
familia, que, cuidadosamemnte plegado, forrado de grasa y sangre seca, guardaba
en un bolsillo de su amplio chaleco. La cara semejante a la de ciertos enanos,
muy arrugada y curtida, como si hubiera sido reducida por los jívaros. Y una
melenaza como la que gastara otrora el hijo de Lola Flores, acompañado de
sendos frondosos patillones casi, casi modelo Monturiol o Engelbert Humperdinck
¡Eh,garbosso! Este es el hombre. Y su opositor no tiene problema: Mac el
Hijoputa, Málaga, 1889, pura raza gitana, con luengas melenas blancas,
hirsutas, y con los engarfiados dedos con tres anillos de oro macizo en cada
mano ¡Otro figurín!.
El Pringao podía
reunir de una vez, en el campo de batalla, a 26 luchadores armados y fieros,
provistos de un hábil camouflage que les mimetizaba perfectamente con el Barrio
en que actuaban: iban vestidos a su aire, de la forma más hortera posible.
Aparte dejaba siempre a otros diez en un refugio seguro, con un par de coches,
y a otros cinco los tenía siempre de contactos en Bares y sitios así,
dispuestos a ayudarle en una posible desbandada de sus fuerzas, y la
consecuente huída veloz. Se decidió, tras unos pocos choques sin importancia,
pues Mac había rehuido siempre el contacto, por un ataque en los mismísimos
cojones del enemigo: a la base de Mac en cierto café obsoleto de la conocida
Carrera Royalette, arteria del Vicio de los Barrios de Badalona.
Primero, El
Pringao dejó transcurrir una semana de tregua unilateral, como avisando al
enemigo que se preparaba una de gorda. Luego, movilizando a su reserva, atentó
certeramente contra una hija de Mac (de 56 años) a la que borró del mapa junto
a toda su familia por el somero método del bazukazo, método, además, fino donde
los haya. Un par de horas más tarde, justo habiendo dado tiempo a que las
noticias llegaran a Mac, en una salvaje ola de encarnizamiento, colocó dos
cócteles de vitriolo con lanzagranadas, en el escaparate del Bar, el cual
reventó por los cuatro costados. En el interior habian cerca de 20 personas, de
las cuales cerca de 15 eran fieles de Mac. Este, se suponía, se encontraba
dentro. Saltando, vertiginosamente, sobre las llamas, los 26 del Pringao
barrieron con sus metralletas la ruina, y luego huyeron velozmente. Cuando
llegó la policía, no había ni rastro de los agresores.
Habían sido
certeros: De las 20 personas que había en el interior del Bar no se había
salvado ni uno, antes bien, habían muerto, además, 7 viandantes y otros tantos
habían sido heridos. Pero Mac no estaba, en aquel momento, en el Bar ¡Qué potra
la suya! 10 años sin moverse apenas de su Bar y, el día que se lo destruyen, él
se halla en un piso ignoto su dirección era un verdadero enigma, aquejado de
diarrea senil. Pero el viejo era duro, ya lo he dicho, y el domicilio de Juan
Gómez no era todo lo secreto que hubiera sido de desear. Pero esto ya lo había
previsto El Pringao y abandonó su conocida sede por otra desconocida, esto no
impidió que un coche-bomba, situado en los garajes, destruyera en gran parte el
edificio pocas horas después de que Juan Gómez lo abandonara, matándole a unos
cuantos de sus hombres y haciéndole perder tres de sus autos.
Luego, tanto uno
como otro tuvieron que vivir escondidos, sin dar señales de vida, pues en su
guerra se habían excedido con el despliegue de medios y la policía andaba loca
detrás de ellos. Loca y rabiosa. Una fortuita coincidencia hizo que El Pringao
se enterara del domicilio secreto del viejo Mac. Temerariamente, se presentó
allí con tres de los suyos, armados todos ellos de pistolas con silenciador y
cuchillos. Acabaron, magistralmente, con los siete guardaespaldas de Mac y
luego, en su propia cama, degollaron al viejo. Luego, echaron los cuerpos al
cielo abierto del edificio y se dio El Pringao al bote con la cabeza y las
enjoyadas manos de Mac, que le presentó en un paquete al Chamorro, dándole una
gran alegría. En cuanto a los hombres de Mac o huyeron, o fueron asesinados, o
acabaron fichando por alguna filial del Chamorro en Badalona-Centro. En dos
meses de operaciones, el objetivo se había cumplido. Desmontando su
organización, ya demasiado conocido en Montoro Village, se replegó El Pringao a
San Roque, poniendo en reserva, fuera de circulación, a sus matones más
conocidos. Y así es como entró, en calidad de teniente de un teniente, en las
filas del vicio Sanroqueño, era un elemento brillante...los cinco fieros hijos
de Mac, exiliados en Tiana, hubieran deseado de verdad que lo fuera aún más,
que fuera fluorescente, para poder cazarlo hasta de noche. Pero eso no
eran sino vanos sueños de venganza. Sí, vanos, puesto que, por el momento, ”El
Pringao” estaba en la cresta de la ola (pared ascendente) y podía empezar a
considerarse un mimado de la Fortuna. Las luchas de los Chamorros contra
Pusherillos en San Adrián, no eran estables, puesto que lo mismo un día
pactaban y se unían Chamorros y Pusherillos contra otro capo como se hacían la
guerra con saña. A la larga, los intereses del más joven de los Chamorro, que
aspiraba a reconstituír su Imperio de San Adrián, y los del Rey de La Mina, que
aspiraba a extender su dominio a la ciudad del Besós, eran encontrados, pero,
por el momento, dados los múltiples bandos e liza, coexistían, sino
pacíficamente, sí lo menos belicosamente posible. De todas formas, el Chamorro,
al viejo me refiero, siempre tuvo buen cuidado de no poner al Pringao en
situación de escoger bando, uniéndose o no a su primo, el poderoso de La Mina.
Al Pringao lo tuvo siempre dedicado al frente del Centro de Badalona, pugnando
a brazo partido con los enemigos que, por ésos lares, tenía desde siempre o se
había echado el Imperio del vicio Sanroqueño.
Así, Juan Gómez
pudo durante un año repetir varias veces, hasta la saciedad, su hazaña de
borrar del mapa a Mac el Hijoputa: tantos fueron los capos badaloneses que
vieron desaparecer su dominio o que, incluso, perecieron en sus manos. Juan
Gómez aspiraba a “adelantado” del Chamorro en el Centro de Badalona p´a que se
sitúen, desde la Calle del Mar hasta Los Cañones, del Ayuntamiento a Pep
Ventura, pero ésos títulos, y otros, los ocupaban altos capitostes familiares
de los Chamorro, o pertenecientes a alguna de las ramas alejadas de la
prolífica familia imperial.
Por aquellos días
finiquitaba la famosa querella dinástica que puso en jaque a la mitad del hampa
badalonesa, a la policía en pleno y a todos los recursos chamorreros de ésa
parte de Badalona, y aún en Badalona entera. Exterminada la rama podrida de la familia
Chamorro (Gens Chamorra) restablecido a duras penas el status quo entre el
hampa, de nuevo monopolizada por el viejo sanroqueño y la policía, demasiados
lions en curso ascendente se contaban entre las filas de San Roque, y no había
prebendas para todos. La mayor parte de éstos fueron a parar a la tropa del
Chamorro Joven, que se infiltraba en San Adrián por la parte del Mar y por La
Mina, pero unos cuantos, sólo los precisos: restaron con diferentes puestos de
importancia en Badalona, y uno de ellos: obviamente, Juan Gómez, fue encargado,
junto con sus hombres, de llevar a cabo una misión especial. Verán: el negocio
de la droga en Badalona lo controlaban muchos desde afuera, y la droga entraba
en Badalona por, al menos tres puntos diferentes, por tres fuentes. De la droga
sacaban tajada todo el mundo, hasta la Guardia Civil y, claro, el Emperador (el
Faraón, según algunos), no podía ser menos.
Con la droga se
sacaba, en peajes y demás, sus buenas fanegas de billetes, y de los de verdad,
no los que imprimían algunos kiyos suyos, un poco gamberretes en la calle
Cáceres con su Jomakín, bueno, algo perfeccionado. Pero el viejo era ambicioso
y se dio cuenta de que el negocio caballar podía adoptar formas más lucrativas
que la crianza de percherones en el lecho selvático y radiactivo del río Besós,
si cambiaba de especie de Caballo, cosa legítima en un criador de pro como él:
tras un largo estudio determinó que controlar una de ésas fuentes desde
Badalona era factible, sólo había que sustituír al intermediario de turno por
un hombre fiel. Eso, desde luego, trastocaría el equilibrio de poder, ya muy
escorado hacia él desde Badalona. Eso le haría rey coronado del municipio,
luego pretendía escalar ésa pirámide del negocio droguero hasta llegar a lo más
alto, y, siempre, desde un escalón superior inmediatamente, neutralizar toda
oposición de los escalones más bajos…El primer paso era fácil de dar: los
escalones más bajos de toda la pirámide droguera estaban controlados por,
digamos, arrendatarios no gente a sueldo directamente del Centro, del Gang,
cuyas ramificaciones iban a parar a Turquía y Colombia pasando por Palermo y la
Modelo de Barcelona, sino por chulos baratos o jefecillos, o reyezuelos con una
concesión ¿Investidura, homenaje? de la gran Compañía, concesión, además,
obtenida de intermediarios de intermediarios.
En fin: que en
menos de un año, podía hacerse con todos los arrendamientos drogueros de la
comarca entera. Barcelona, ciudad, ya eran palabras mayores. Pero los
Barrios…estaban en el bote. Al hombre fiel, ya lo tenía el Chamorro dispuesto:
tenía fichado a un experto, pero el punto inicial tenía que ser conquistado con
sutileza. Y mucha dureza machacona. Para desalojar al fulano de turno hacía
falta que Juan Gómez, con sus hombres, acabara con todas las resistencias y se
impusiera en el radio de acción del fulano en cuestión. Y, además, todo debía
parecer cosa independiente, no debía saberse que era el Chamorro quien
pretendía hacerse con el tráfico y la venta de drogas de Badalona. La fuente
estaba en cierto barrio de Sta. Coloma de Gramanet, pero mantenía estrechos
contactos, al mismo nivel, con otra fuente, otra de las tres famosas fuentes
situada en Tiana. Tiana: tierra de muerte para Juan Gómez, alias El Pringao, la
tercera fuente era vía Barcelona y estaba completamente diferenciada de las
otras dos.
Juan Gómez, con
un par de fieles guardaespaldas, inició su penetración en los ambientes
propicios de ésa parte de Sta Coloma, ciertos bares y tascas, ciertas juergas
flamencas…ciertas casas de putas. El tipo con el que se enfrentaba era bastante
inepto, es decir: en su negociete era capaz, pero fuera del horario de trabajo,
era de lo más llamativo y gilindrao, devoto creyente en una inminente invasión
OVNI. Lo primero fue entenderse con la policía, la cual, obviamente, debía
tener su pequeña tajada en el asunto (revertida al ascético concejal comunista)
prometiéndole una tajada mayor. Al fin y al cabo, era dinero santificado por el
paso de la droga, generando riqueza, por la idílica Albania de Enver Hoxha.
Luego se hizo todo rápido. Sus tres mejores gorilas desaparecieron
misteriosamente (para encontrarlos hubieran tenido que mirar en el fondo de las
cubetas de cal viva), dejando a todo el mundo con la duda de si los tres heavys
se habían ido a Ummo, o habían venido a por ellos los Hombres de Negro.Y luego
al tipo, un hábil secuestro y, quemado a fondo con soplete, cantó lo que tenía
que cantar…hasta que le cortaron la lengua. Se le concedió la vida, una triste
vida sin hijos. La misión estaba cumplida. El Chamorro podía estar contento y
mandar a su hombre. Pronto se pudo comprobar de qué forma el tráfico de drogas
continuó sin que a los de más arriba les importara un pimiento la suerte del
anterior intermediario.
Pero Juan Gómez
era muy ambicioso, y sabía de las conexiones de la 1ª fuente con la 2ª. Sin
decir nada al Chamorro (quizá fingiendo para sus adentros que una vez hecho el
trabajo, le pondría los frutos en bandeja al Emperador, quizás acariciando la
idea de quedarse con la concesión para él, personalmente acaso esperando que el
Chamorro lo reconociera como capo independiente y válido interlocutor en los
negocios): se dispuso a repetir la operación de Sta. Coloma, pero ahora, en
Tiana. Pero en Tiana, por desgracia para él, fue pronto reconocido. La información
fue pronto a parar a los cinco fieros hijos de Mac el Hijoputa. Pero tuvo
tiempo sobrado de hacerse, observado muy de cerca por los vengativos Cinco-del
concesionario de la 2ª fuente. Uno de los cinco hijos de Mac vió la posibilidad
de matar dos pájaros de un tiro, eliminando al Pringao y haciéndose la familia
del difunto Mac con la concesión droguera. Y fueron a por el Pringao.
El Pringao había
sido audaz: había llevado a buen término la operación: Tiana en un tiempo
récord, una semana, y con sólo cuatro hombres. El resto de los suyos los había
dejado en el piso de Sta Coloma que constituía su nueva base de operaciones.
Sonreía pensando que, nada falazmente, podía considerarse Adelantado del
Chamorro en Sta. Coloma. Estaba feliz, sólo cabía esperar la llegada de otro
cargamento de droga, que éste llegara sin novedad, como muestra de que los
intermediarios superiores estaban de acuerdo en tratar con él. Y llegó el
cargamento, se distribuyó a los pequeños distribuidores y, en parte, tomó el
camino de Badalona, para deleite de los párvulos de diversos jardines de
infancia, que hay crear Cantera hombre, si lo hace Marta Mata con la Inmersión
Lingüística, tú les das la Cultura y yo las Golosinas. Le hizo gracia pensar
que algunos de aquellos camellos que dependían de él tendrían que pagar su
peaje al Chamorro. El dinero pertinente fue a parar a sus manos ávidas. Ese día
bajó un poco la guardia, y fue ése día cuando los hijos de Mac y su gente
decidieron atacar. Fué una acción combinada. Cuando El Pringao salía de su casa
de Tiana, dirigiédose a su coche en compañía de sus dos guardaespaldas, otros
dos autos iban a pararse delante y detrás de él. Antes de que los dos
guardaespaldas tuvieran tiempo de reaccionar, ya tenían, uno, un balazo
silenciado en la nuca y, el otro, una ráfaga en la boca. En cuanto al Pringao,
era duro de pelar, pero un chorro de vitriolo en la cara y los palos de cinco
tíos lo redujeron al instante. Al mismo tiempo, otro grupo daba buena cuenta de
los otros dos guardaespaldas, que Juan Gómez había dejado en el piso. Con éstos
fueron crueles: los introdujeron en una bañera con ácido. Los de la calle
recogieron los cuerpos sin vida de los guardaespaldas y el cuerpo sin sentido
de Juan Gómez. También se llevaron el coche y, desde luego, los casi seis
millones de pesetas del cargamento fueron a parar íntegramente a los bolsillos
de la dolorida familia de Mac el Hijoputa. No dejaron el más leve rastro.
Cuando El Pringao
volvió en sí, estaba en pelotas, atado a una silla de madera basta, con gruesas
cuerdas, rodeado de gitanos: los cinco hijos de Mac, cuyas edades oscilaban
entre los 50 y los 65 años, y varios de sus sicarios. La habitación estaba en
penumbra y un fuerte foco había sido situado encima de su cabeza. Detrás de la
muralla de personajes, dos rectángulos de movible claridad delataban dos
ventanas. Por las ventanas se vislumbraba, más allá de las abigarradas cortinas
violáceas, que el día iba ya en descenso, acercándose la noche. Comprobó que no
veía con el ojo izquierdo. Pero nada. Y la cara le ardía. No hacía falta que se
tocara para saber que no le habían curado. La marca del vitriolo estaría aún,
espontánea y quemadora, estampada en su rostro. Los gitanos habían visto que su
prisionero había ya despertado y se fueron hacia él. Reconoció las caras de los
dos o tres más viejos: eran la viva estampa del viejo Mac, entrevió varias
mujeres, viejas, gordas, feas, gitanas, muy gastadas, vestidas con estrafalario
gusto, y adivinó a las hijas de Mac, una de las cuales había mandado él,
directamente, a la tumba con todos sus churumbeles, estaba perdido. Comenzó el
interrogatorio. Querían saber lo que él le había sonsacado al intermediario.
Tragó saliva, horrorizado, al pensar en lo que él había hecho con aquel
desgraciado. Se negó a hablar y les habló, en cambio, de su pertenencia a las
filas chamorreras. Se rieron y uno de ellos le dio un revés. Le golpearon. Le
arrancaron las tetillas con tenazas al rojo. Le arrancaron los labios y las
patillas, pelo a pelo. Le golpearon y le quemaron con cigarrillos. Luego, con
un hierro al rojo, le quemaron de nuevo. Le echaron vitriolo por la cabeza y se
desmayó.
Cuando volvió en
sí, los hombres miraban, satisfechos, en segundo plano, y las mujeres, en
cambio, sentadas en taburetes, le rodeaban. Había, a sus pies, un capazo con
herramientas. Entre sus muslos habían puesto una palangana. Reían, diabólicas.
Sintió que sus manos tocaban su sexo. Una, de 70 años, le miró y le dijo:
Cuando acabe contigo, no serás un hombre. Y acto seguido, con minuciosidad,
cauterizando a cada corte que hacían, con el hierro al rojo, le castraron.
Antes de desmayarse de nuevo, pudo darse cuenta de que tenía la boca llena de
pañuelos y estaba amordazado. También vio los deos de las mujeres manchados de
sangre y la palangana roja, flotando en ella pedazos de carne humana tumefactos
y tostados, semejantes a albóndigas. El dolor le hizo volver en sí. Alguien
gritaba y le presentó, a escasos centímetros de sus ojos, unas manos de dedos
extrañamente cortos, negruzcas y sangrantes. Eran las suyas, destrozadas: le
habían desatado y le habían cortado la primera y segunda falange de todos los
dedos.
-¡Habla de una
vez!: oyó decir a una voz.
No podía. Vió
como los cinco hijos de Mac hablaban entre sí. Uno de ellos dijo: Matarlo ahora
sería hacerle un favor. No: pensandolo mejor, creo que le dejaremos vivir, no
notó cuando le cortaban la lengua. Ni tampoco cuando le acercaban el soplete a
la cara. Hoy, Juan Gómez El Pringao vende iguales. Hasta que se harte y,
torpemente, se descerraje un tiro en la sien.

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