Plaza Pep
Ventura. A despecho de la lluvia, de dos zancadas saltó fuera del autobús medio
en marcha. Una cohorte de gruesos gotones se clavaron en su coronilla, en su
espalda, en sus hombros…
Abrió el
paraguas. Dentro, el sutil mecanismo de Sbadulud entró en acción. Apenas un
segundo después, estalló la carga explosiva reduciendo a cachos sangrientos al
conocido infractor de la Ley. Requiescat in Pace, que dirían los finolis,
pensó, por contra, el dinamitero armenio.
Francisquito Hijopútez,
álias el Charrasquito Chungáo, pagó así su traición
al omnipotente Chamorro, príncipe de los Chorizos y dinamiteros antisociales,
nabab sensual, rey de gitanos y mercenarios sin cuento. Es conocida por los que
estén al tanto la sórdida Guerra del Hampa que enfrentó al Chamorro y a Fachón,
dos cerebros preclaros y finos; a la rastra fueron todos los demás caudillos
choriceros. Especialmente, del policía, que pagaba más y no humillaba tanto.
Vistas estas cosas, es fácil saber, asimismo, que cuando se desató la guerra
abierta y el Gitano de Terciopelo puso en juego todo su poderío, empezaron a
caer los hampones traidores. Muchos huyeron, aunque bastantes sin suerte. Si
no, que se lo pregunten a los veintisiete de la Rambleta, capados y
electrificaos. El Charrasquito Chungáo tuvo la mala suerte de huír a un feudo
fronterizo con los dominios sanrroqueños de los Chamorro, abuelo y nieto, o tío
y sobrino, las versiones son varias.
Protegido por un
capo poderoso que actuaba en combinación con el Ayuntamiento corrupto, creyó
que con cambiar a uno o dos (o cinco) kilómetros de residencia, se acababan sus
problemas. Siempre armado, era difícil asaltarle en el feudo en que lo
protegieran. Hubo que recurrir a la maña y a los servicios de Sbadulud, máscara
de a pie de primer orden y veterano de guerras extranjeras y locales; buscado
por la Tercera Bandera de la Legión, diezmada en Sidi Ifni el cincuenta y seis,
para cortarle las pelotas o hacerle algo aun mas peor.
El caso, no nos
desviemos del tema, es que Francisquito Hijopútez se fue directo al Vallhala de
los malevos adrianenses, región mágica posiblemente situada en Tiana. (Parte
básica de la mitología de esta amplia obra Entre San Adrián y Badalona-N.del
Editor. ¡Eran de ver sus restos, pringaos en medio de un barrizal y sacaos con
rasqueta! Sbadulud, a una cierta distancia, lió el petate y puso pies en
polvorosa.¡Vano intento! lo habían localizado, y precisamente, el Achungo:
primo hermano del Charrasquito Chung y a la postre, siervo matón del Rata;
protector y mecenas del muerto del paraguas-bomba.
Sbadulud no pudo
sino darse cuenta de que iban a por él, con las navajas levantadas en los
bolsillos y los pistolones de postas ceñidos en riñones y braguetas, vuelvo a
decir que esto ocurre en la zona de Plaza Pep Ventura, al atentado me refiero.
Los dos mocetones
se le fueron encima al cojitranco medio ciego del maletín negro, hacia el atajo
cercano a la autopista, una zona encantadora, con una Iglesia de uralita,
basura y mugre. Uno lo agarra y el otro le pincha un huevo. Le tapan la boca,
le pegan en el cogote y sacan el cuchillo capador para cortarle las orejas y
hacérselas comer, antes, se entiende, de darle el pasaporte o el madrugón, si
se prefiere.
Vista la muerte
tan de cerca, tras sus gafas verdosillas, el armenio se agitó, logrando
soltarse de la presa de los matones, luego, echó mano a su pistola sobaquera.
Tiro va y tiro viene, tiroteándose los tíos a dos metros o tres estilo James
Cagnéy. Cuando hubo tanto humo que ni se veían los contendientes, cesó el
tiroteo por un momento. Sudaba como un cerdo el armenio. No podía desclavarse
el cuchillo que le habían hincáo en el fondillo, colocó otro cargador. Se
acabó de disipar la brisa de pólvora. Un chorizo yacía en la acera ancha
del pasadizo asqueroso, apoyado en un mojón. Un chorro de sangre salía de
su cuello. Los dedos, crispados, delataban que la muerte empezaba ya a
acartonarlos para siempre. El otro, que era el Achungo, se le echaba encima al
armenio esgrimiendo su navajón albaceteño. Al pie, téngase en cuenta, estaba el
caído maletín lleno de explosivos, propiedad del armenio. Un tiro, pensó el
armenio, y se acabó el gitano hijoputa.
La explosión no
fue muy fuerte, aun asín: El Achungo apareció un trozo aquí, la cabeza acá, los
cojones a una manzana y el tronco encima del altar de la Iglesia inmediata,
atravesada la uralita en el rebote del bombazo. Sbadulud sintió una quemazón en
todo su cuerpo. La pistola se le cayó de las manos. Se desclavó el cuchillo
como pudo. Arrastrándose hasta la carretera, tomó un taxi y a casita, en los
dominios de su patrón, el espléndido Chamorro, vengador incansable, Adonis o
Apolo si no fuera un gitano con jeta de orangután.
Usíase,
imagínense un aduar bárbaro, vandalesco, turquesco y afiligranao. Pero esto,
eso sí, en unos pisos como los de San Roque, pero cerca de la Plaza de
Badalona, más bien tirando p´al mar. A un par de manzanas de estos
acontecimientos que se acaban de relatar, con gran derroche de escenas sangrientas,
que son las güenas y bonicas.
Ya sin cachondeo:
la tarde transcurría plácida para el conocido capo pagao por los rojos del
Ayuntamiento, es decir, el voluminoso, baboso y pedorro-exhalador de alcohol
vomitoso Rata; Caña va y caña viene, de manzanilla o vinillo Lama, conciliaba
su permanente eructar regüeldoso con un mus mano a mano con su lugarteniente
principal, Er Campansha. Las dos explosiones, con intervalo de diez minutos o
así, no ocasionaron sino que mandara a un sicario a ojear. No quería
terrorismos en su feudo, puesto que estropean el negocio. Sonrió al
acordarse de aquel comando etarra que quería volar el Pont del Petroli. No
estaba mal la chavala, y resistente: se la tiraron todos los de la banda. Y es
que era cosa seria. Hasta uno de los etarras condenados pidió unirse a los
captores que violaban a su compañera. Próbar me la dejaríais. El Rata era
generoso; a los vascos les cortaron el gaznate, tratamiento usual, éste
degüello, en la nómina de tratamientos a aplicar en los prisioneros de las
guerras choriceras.
La vuelta del
lacayo enviado a ver le sacó de estos agradables pensamientos y cavilaciones.
Cuando llegó er Pringao, devoraba apenas su trescientasava salchicha de la
sobremesa-mus.
-¡Endeve lo ca
pasao hefe: ar Achungo, er Paquiro y er Charrasquito Chungáo, los han
tabasao a tós, a bombasos mismamente!
El cacique
escupió un cacho de salchicha que parecía un cipote recién cortao, luego, se
levantó entre achaques y regüeldando sin parar, y apretando el puño alzado con
dificultad: profirió la siguiente vibrante alocución:
-Yo mardigo ar
Shamorro y a toa su rasa, y juro por la leshe que man dao que los ví a matá a
tós.
Fueron saliendo a
la calle todos los miembros de la guardia pretoriana del cacique: ahora
pasa la acción al Bar Hitano, tu ere er mehon, radicado en San Roque, en pleno
feudo personal de Chamorro I el Venerable, y por extensión, territorio adicto
al Chamorro, que ése día estaba llevando a cabo su campaña anti-policial cerca
de La Mina con una buena parte de sus adictos. Mientras chocaban las lanzas
guerreras en La Mina, docenas de manos callosas entonaban, al son de melodías
barbáricas, el monótono son del taka-taka palmeros, palmeros ehehé, arsa, ésas
palmas que te dio Dios, amo payá.
Dentro del local
giran parsimoniosamente los ventiladores del techo, el calor es espantoso;
ahora ya no llueve. El olor también es espantoso. Más de cuatro han vomitao ya
los copazos del desayuno. Olé cómo güele esa cuadra, llena de burros, llena de
burros.
Está todo el Alto
Mando del Chamorro Viejo, garboso y flamenco, engalanao pa las fiestas de la
Corte. Tó de coplistas y guitarreros, incluso un argentino virguero que toca el
acordeón y que reclutó el Chamorro en Corfú en 1940-Aquí güele a niño chico: se
oye por el fondo; buena señal, la fiesta va subía ¡Qué de coplas y vidas
ejemplares, qué luengo parto de varones virtuosos; qué de valientes camperos y
rateros con graciejo y tronío ¡Qué de héroes que van a morir quemaos!.
En ausencia,
también, del Chamorro Viejo, se refocila como un pachá su primo-hermano: Mañoño
Pórrez Chamorro, alias Capaguardias con Ojén. El mando ocasional de este día no
le sabrá a ná. Veinte años esperando p´acabar quemao como un pollito al horno con
canela.
A cincuenta
metros escasos, dos coches negros y polvorientos acechan sesgamente cargaos de
pretorianos de Pep Ventura. Entre ellos, dos que son “Alguien”: el cacique
apodado El Rata y su lugarteniente Er Campansha, rizosos y flamencos, rientes y
ahítos del bebercio del torero.
-¡Venga p´acá la
artillería! exclamó el cacique gordo y cebón mientras apañaba el ángulo,
moviendo el coche.
Un poco de
estrategia y puntería, y dale que te pego un castañazo en tóa la vidriera del
Bar, pegada con cinta aislante y chicle. Se esparce en un millón de cristales
la luna gigante y ante diluviana, salen unas llamas de diez metros del nicho
mortal. Un minuto y no queda ni uno vivo.
A uno que sale
hecho un torrezno lo rematan a patadas que lo reducen a polvo de tizón. Uno más
que se vaya, con todos los otros, al Paraíso de los Chorizos.¡Enhorabuena!
Desaparecen prestos los dos cochazos cargados de asesinos. En tó el barrio se
queda la gente acoquiná. No obstante, alguien le dirá al viejo de las
patillas blancas quién le ha declarao la guerra por las bravas. El Rata ha sido
reconocido. Su suerte, como no se adelante acabando a sus enemigos, está
echada.
El Chamorro Viejo
estaba enfermo, y no pudo hacerse con la represalia. Encomendó tal misión a su
lugarteniente: el joven primo-hermano del Chamorro Joven: Juan Pérez Chamorro,
sin álias. Saliendo del alcázar de su abuelo, su jefe, se le pudo ver
preparándose para la guerra, para aplastar de una vez al Rata; esto es al día
siguiente del primer atentado, ya hacia el ocaso. Es un tipo tremendo de durito
y elegante-un metro treinta y seis de músculos en plena forma, 100 kilos de
fuerza motriz e inteligencia cerebral; un guerrero formidable, sangriento y
cabal. Licenciado en Nitro y en dinamita, en asesinato y atracos, en el tirón y
en Clásicas por la Universidad del Barrio de La Salú, por Los Cañones y La
Mina, ojos de azabache, pelo negro como ala de cuervo chino, dedos gordos
ensortijados, un paquete así, una nariz ganchuda asá y una boca burlona y
sensual, con ésa mueca de inteligencia visible en todos los apaches
de San Roque y Los Cañones de Navarón.
Cuando Er Campero
pisó la calle aquel día soleado, en agosto de 198…puede decirse que se labró la
tumba. Y es justo que así seriese. Dos circunstancias iban a hacer que no
hallase sepultura su cuerpo pecador: una, la escasez de medios de sus
familiares (que se gastaban las rubias en escopetones y tachuelas) otra, que
sus restos iban a quedar esparcidos en un radio de veinte o treinta metros a la
redonda, reducidos a confeti o sopa de letras avecrem flotando en charcos de
tomate frito solís.
Lo que digo: mú
contento, arreglao y trajeao de fiesta caló, untao y bien untao de brillantina,
airosas las patillas y marrón la cara, como mandan los cánones gitanos, paseaba
Er Campero por San Roque en dirección al aduar de su amo, el Chamorro, al viejo
Chamorro, me refiero: al patriarca del vicio, ya que su nieto era el Emperaór.
La hora del
mercaillo. Ole: qu´elegante va mi niño, si paeces un señorito camborio; olé mi
arma: endevé qué guapetón va er malahe, ¿Quiere un clavé? anda con garbo
resalao ¿Te leo la buenaventura?
A diez metros de
los restos del Bar-Cuartel General que había sido el suyo hasta hacía una
semana, no importa el desastre: los responsables lo pagaron caro, él iba
a contribuir también al hoyo de las venganzas. Diez kilos de
tachuelas, dos frascos de vitriolo, todo metido en un tambor de dixan lleno de
dinamita y enterrado a tres palmos debajo de la acera ¡Contacto! se fue volando
el teniente del fastuoso anciano y nunca se le volvió a ver en figura de
persona. Con él, se fueron diez metros de acera y varios niños de ésos que hay
tantos, siempre vagando por las callejuelas sanroqueñas.
En la Cábila de
los Chamorro fue día, y semana de luto. En un mes ya eran demasiados días de
negro. El mismísimo Chamorro I El Venerable se levantó del lecho donde lo tenía
postrado la cirrosis crónica e hincó su facón en su mesa de ébano. La guerra
sería a muerte. No obstante, él mismo no podía tomar el mando, y sus
principales lugartenientes criaban malvas. Su nieto y los suyos estaban siendo
diezmados en La Mina y en las playas del Besós y apenas podían con sus asuntos.
Por tanto, confió en un churumbel nuevo, de magnífica prestancia y familia
ilustrísima; sobrino nieto lejano: Agustinisho el Cuentacorrientes, álias Er
niño de Cancanáles, por ser ése el Bar de su preferencia. Veintidós años de
experiencia choricera y trapisondista, dos años huido en la Francia aprendiendo
tácticas de los corsos y los napolitanos de la Camorra, un metro cincuenta de
músculo y nervios de acero como todos sus hermanos, diecinueve en total,
sifilítico crónico y proyectista audaz de atracos a Fort Knox y al Banco de
España.
En una ceremonia
no exenta de teatralidad, en presencia de todos los patriarcas de aquella tribu
guerrera, desclavó la faca de su tío-abuelo, que le estampó dos bofetones
amistosos que le saltaron un par de dientes. Luego, le entregó a dos de sus
nietas más sabrosonas como esposas: ya era Capitán General de la Banda.
Orgulloso, se
dispuso al combate con ardor, maña y tronío. En la Cábila del Rata era fiesta el
día que se cargaron al Campero. Hecho un fardo napalmoso y churrascao, su
herido jefe, el antes obeso y ahora raspa de sardina, dio, asimismo la
alternativa a un sobrino suyo, responsable del atentado ar Campero y de otras
mil fechorías, no sin suscitar la envidia y el despecho de sus otros
lugartenientes. El pollo en cuestión era Luis Fernando Márquez Gómez y Díez de
Camborio-Chunguito, un aristócrata de la gitanería, conocido como el negro del
diablo por la Benemérita y como Er niño de Cancanáles por todos los suyos. Al
darse la coincidencia en los motes, los dos generales tenían una muy importante
cuenta que saldar. Seguramente por eso, los enfrentaron así sus respectivos
jefes de familia.
Alto para gitano,
hermosote y fortachón, doble de Manzanita si no fuera por la oreja de menos y
la mejilla atravesada de un lanzazo. Un metro ochenta de inteligencia y
cerebelo, cien kilos de empuje y capacidad para deshacer cráneos a puñetazos y
puntapiés.
Estamos a dos
semanas vista del asesinato de Er Campero. Más de un mes y medio del otro
asesinato que originó la guerra, ésta guerra, llevado a cabo por Sbadulud el
dinamitero. Después de múltiples escaramuzas, que dieron un saldo de diez
muertos, en total, por los chamorreros y otros siete u ocho por los sectarios
del cacique quemao, se fue perfilando la necesidad por ambos bandos de dar
alguna batalla definitiva que labrara en ónice el prestigio de los generales
que ya veían peligrar su mando ante la impaciencia de sus jefes respectivos.
Por cierto ¡qué jodidos estaban, los pobres!. Este Agosto de 198…el viejo
Chamorro, el héroe de tantas batallas en tantos sitios (Grecia, Corfú, Buenos
Aires, Barcelona, La Mina, Sidi Ifni, Beirut…podrían ser botones de muestra)
chorizo y ladrón, artista de los tirones, mercenario inteligente y hábil
desertor, factor en fin, del Vasto y Prolijo Imperio de su familia, pareció
querer decir adiós a este mundo. Pasó la crisis más grande de estos últimos
años. Dió el efecto de que había que llamar al joven héroe de San Adrián para que
se llevase a cabo el mecanismo sucesorio; de que iba a rendir, por fin, cuenta
de sus culpas al Altísimo. No es quitarle misterio a la cosa el decir que al
final se salvó. Pero entonces la cosa estaba negra: el Gitano de Terciopelo
había sido derrotado en la Batalla de la Fécsa por un cacique a sueldo de
Fachón y estaba en paradero desconocido. De morir el Viejo, el Imperio quedaba
destrozado, desapareciendo, previsiblemente entre luchas intestinas y disputas
entre los numerosos, pues eran docenas y docenas de familiares del prolífico
patriarca del Hampa. Nota: Tampoco es quitar ninguna ilusión o
aumentarla decir que el joven Chamorro también saldría del mal trance. A
disposición de los estudiosos está el Romance de Chamorro que cuenta con pelos
y señales, la trayectoria del fascinante condottiero.
Bueno, sigamos:
En los domínios
del Rata, la cosa era también fea: quemao como se sabe, en represalia por la
demolición del Bar Hitano: tú ere er mehón, sede social del Alto Mando
Chamorrero (con todos sus ocupantes dentro, unos cincuenta, escogidos
paladines, flor y nata de la Corte del venerable anciano patillero) disminuía
visiblemente de tamaño. Postrado en un diván con ruedas, o en una otomana sacado
a tomar el sol, su vida puramente vegetal no podía sino atormentar hasta grados
indecibles de tortura a un cerebro ágil y despierto como el suyo, siempre
dispuesto a hacer, a actuar y a trabajar…Así tanto uno como otro capo, con esta
comezón de no poder actuar personalmente y viendo la muerte encima o a las
puertas, como se prefiera: self made literature of gitans, pinchaban
contínuamente y amenazaban con destituciones, a sus generales respectivos, que
no hacían desde dos semanas o tres atrás más que tantear al contrario con
timidez casi rayana en la gilipollez o la cobardía, delito castigado con la
muerte entre los miembros de ésa distinguida capa social a la que nos referimos
todo el rato.
Vistas las
circustancias, tanto Agustinisho er Cuentacorrientes, niño de Cancanáles, como
Luis Fernando Márquez Gómez y Díez de Camborio-Chunguito, el otro niño de
Cancanáles, se dispusieron a la bélica trabazón que los aupara p´a siempre más,
hicieron acopio de hombres y medios guerreros, salieron de sus bases y tomaron
posiciones acechándose, y oportunamente: provocándose. A continuación, relataré
antes, de la campal conflagración, un incidente que iba a decidir en gran parte
la batalla subsiguiente: el día anterior de la batalla que tomaría el nombre de
Batalla de la Casa de Cultura (injustamente, como se verá) es decir: el 30 de
Agosto de 198…un grupo nutrido de Chamorreros, gente de San Adrián, fueron
citados para medirse con vistas a lo del Servicio Militar. Casi quinientos
mozos se dieron cita en el patio del Pulidor, anexo al Ayuntamiento viejo. Allí
había de todo, ende pisaverdes y finolis a mormones y heavy métals; había
también mods y punks, y, por supuesto: gitanos; diez tíos de la estirpe de los
Amaya, clan aliado del Chamorro, habían sido llamados junto con otros
compañeros de las tropas de San Roque (de choque). Era de ver cómo fueron
también sus familias respectivas ¡Para qué enumerarlos prolijamente! había unos
cien gitanos del clan Amaya. El incidente comenzó por una cosilla sin
importancia. Paco Amaya Chúrrez disputó con un heavy que se le ponía chulo, y
lo tumbó de una cuchillada ¡Qué revuelo!
Allí mismo fue detenido por la policía, que en el follón abatió a dos
viejas del Ejército de los Amaya. Aquello fue de verse; tuvo que venir la
Guardia Civil. Saldo: 3 mozos payos muertos, 3 gitanos, 2 policías nacionales,
3 municipales heridos graves, 40 heridos varios; todo el clan, en masa,
detenido y puesto a buen recaudo por una Compañía de Antidisturbios.
Una vez
investigados uno a uno, se vió que sólo debían soltar a diez mujeres viejas y a
los bebés de pecho (aunque éstos pasaron con sus madres a prisión) Los demás:
mozos, hombres, viejos, niñas, mozas, Kiyos…todos surtían sus bolsillos de
objetos robados. Salía a un par de carteras por cabeza, de media ¡Hala, a
nutrir la Modelo el clan de los valientes Amaya! (Aún hoy, a la 2ª Galería, se
la llama El Piso de los Amaya) Lo grave del caso es que en ese momento,
Agustinisho er Cuentacorrientes ya había iniciado la maniobra envolvente, y
esperaba con candela (y con el clan de los Candela, que iba en pleno con él)
los refuerzos de los Amaya. Sólo la necesidad de tranquilidad para moverse
había inducido a los Chamorros Amayas a conjurar el peligro de ser tachados de
prófugos y buscados como tales, pero su falta de maña (que no de inteligencia;
eran todos de tipo cerebral, Ironía. Valga cerebral por bestia feroz, había
dejado con el culo al aire al Generalísimo, o Duce, o Dux, de los Ejércitos
Sanrroqueños, puesto que no habían podido comunicarle la desgracia al no saber
ni los Amaya el paradero de Agustinisho ni éste el paradero de la tribu
porrera, una vez que Agustinisho pasó del punto de concentración al despliegue.
Esta circunstancia previa a la batalla, iba a ser fatal para los inconscientes
Amaya: tiempo después, el mismo Chamorro el Joven los exterminaría casi
completamente, en venganza por ése desafortunado inicidente, poco antes de ser
cazado como un pollito el Nuevo Alejandro del Maresme, nabab de Mysore-San
Roque, maharajá de Buduár-Omdurmán-Santa Coloma.
El 31 de Agosto
amaneció sonriente a los guerreros: el clan del Rata había tomado posiciones
trans-autopista, cerca de la montaña de Los Cañones. Exactamente, en la
vertiente Norte del Turó dels Canóns. Los sanrroqueños se situaban cerca de la
Plaza de Badalona. El primer encuentro tuvo lugar a las seis, en el Bar
Deportivo, al darse la circunstancia de toparse dos malevos, uno de cada bando,
a comprar tabaco y botellones de cazalla p´a sus jefes. Quizá, y es una
suposición nada aventurada, sin ese primer chispazo las cosas hubieran
evolucionado de forma muy diferente. El caso es que los dos tíos empezaron a
tirotearse, acabando así la carrera delictiva del dueño del Bar, contrabadista
y porrero. Se levantó un humo tremendo de pólvora, y al final, Pepillo Mierda,
el malevo de los del quemao, cayó con la cabeza reventada en el umbral del
antro vicioso. Al salir el otro, tópase con tres enemigos que lo acaban a
patadas. Así empieza la lucha en torno al Bar Deportivo.
A las 12 de la
mañana, veinte chamorreros y veintiséis soldados del aristócrata “negro del
diablo” disputaban duramente cada palmo del terreno de la Plaza de Badalona. La
lluvia de navajas fue impresionante. Los arbolillos se partían en dos, en
siete, en veinte partes, merced a las ráfagas de ametralladora. Aquí
aparecieron por primera vez los famosos Kalashnikov AK-47 que sugerirían una
entente entre hampones y etarras ¡Craso error!
A eso de la una,
los del Rata se retiraron dejando ocho muertos, hacia una estructura cercana,
el Jardí de Natura, o Mansión del Indiano, que todos conocían como Casal de la
Cultura del Barrio de Montoro (aquella manzana fatal de pisos baratos, como una
inmensa Cábila-Acantilado) Enfervorizados, los chamorreros los
persiguieron para acabarlos de una puta vez, pero hacia los parterres de la
Masía rosa, el número de los del Rata, aumentó a cincuenta, y los chamorreros,
sólo veinte, fueron diezmados con saña. Entre dos coches, Er Cuentacorrientes
se defendía con su Wínchester recortao, de esperando el concurso de los Amaya, que
no aparecían (hasta las dos) y cagándose en los muertos de este clan después de
esta hora, cuando vió que no aparecerían nunca que; lo habían dejado a su
suerte.
A las dos y
quince, los chamorreros tenían quince muertos tiraos por las inmediaciones de
la Casa de Cultura, que empezaba a mostrar multitud de orificios de bala,
entonces aparecieron dos tíos de refuerzo p´a los de Agustinisho er
Cuentacorrientes, con un mortero y una caja de bombas. Desde la torrecilla de
la Masía del Indiano podrían, sin duda, barrer al enemigo salvaje y gilipollas.
Vistos cuando saltaban una rejilla de obras, la lucha se trasladó al interior
de la construcción, rosada como revés de naipe. Les siguieron al interior seis
de los sicarios del cacique quemao. A la cabeza del grupo, el mismo negro del
diablo, con una Thompson asín de grande. Un minuto
después, una explosión demolía la mitad de la Mansión del Indiano, entre otras
cosas, siete ancianitos de Hogares de la 3ª Edad y dos o tres funcionarios del
Ayuntamiento tururú. Así, los cuarenta y tantos pretorianos de Pep Ventura se
lanzaron sobre los cinco o seis chamorreros que quedaban. Sus cabezas adornan
los prestaches de Er Campansha. Del gusto, el Rata murió aquella noche.
La muerte de
Agustinisho er Cuentacorrientes, álias Er niño de Cancanáles, aquel
conquistador sin par, aquel heróico sifilítico, aquel metro cincuenta de
músculos y nervios de acero, el proyectista audaz de atracos a Fort Knox y el
Banco de España, según cuentan, fue horrenda: lo mataron con un soplete. La policía
tímida, sólo se atrevió a intervenir cuado todo había acabado. En total:
dieciocho muertos por parte de los de Pep Ventura, veintidós por parte de los
Chamorreros, luego la gente de la Masía del Indiano: cincuenta muertos. Sin
embargo, increíblemente, el niño de Cancanáles de Pep Ventura había sobrevivido
a la explosión de la Casa de Cultura, que no fue sino la de la caja de bombas
de mortero de los sanrroqueños al ser alcanzada por los tiros del propio negro
del diablo, apodo que fue profético.
Jefe del feudo de
Pep Ventura, er Campansha eliminó a este héroe ciego y quemado por considerar
que p´a quemaos, ya habían tenido bastante con su jefe, el Rata. Triste
desagradecimiento hacia un general que demostró ser capaz R.I.P Luis Fernando
Márquez Gómez y Díez de Camborio-Chunguito, negro del diablo (y por cierto que
quedó negro) niño de Cacanáles, compañero en el Valhalla de Tiana del otro niño
decapitado.
Aunque ganada, la
campaña había sido desastrosa. Por lo tanto, Er Campansha intentó buscar la paz
con los Chamorreros. Nunca había simpatizado con el Charrasquito Chungáo, cuya
muerte había originado la guerra con los de San Roque y por tanto, quería
disfrutar ahora el puesto tan duramente conseguido. Los Chamorreros, como se
sabe, entre lo de los Amaya y la Batalla de la Casa de Cultura estaban más que
desplumaos, y los dispendios de la guerra también habían sido cuantiosos, así
se reunieron los jefes en zona neutral, en Santa Coloma, e hicieron un pacto de
no-agresión. Cada uno a lo suyo y pelillos a la mar. El Chamorro viejo, con
cara de póker, selló el tratado con una caña de manzanilla. La procesión iba
por dentro y Er Campansha, prácticamente, estaba condenado a muerte.
Corre Septiembre
de 198… Sólo una cosa mantenía vivo al Chamorro Venerable: eliminar al jefe de
Pep Ventura. La intervención en San Adrián, una y otra vez, para ayudar a los
asediados partidarios de su sobrino (o nieto) impedía desarrollar su plan. Pero
¡Qué coñe! el viejo rejuveneció veinte años con el asunto. Cuando el diez de
Septiembre dio de nuevo señales de vida el Chamorro, su sobrino, para
celebrarlo: decidió no hacer esperar más a Manuel Lama, álias Er Campansha.
Antes aclararé que, frente a los muros de la Fécsa había sido herido el
Chamorro. Recogido por un par de partidarios, por mar había sido trasladado a
Barcelona. En un tugurio del Barrio Chino había pasado su desaparición,
reponiéndose y buscando apoyos, reclutando mercenarios fieros en
Hospitales y los bajos fondos de la Ciudad Condal.
Pero pasemos al
Campansha. Ametrallamientos, bombazos…todo eso estaba muy visto, coches
trucados y paraguas, sombreros y botas rellenas de explosivos o vitriolo…todo
mú vulgarote: pensó el anciano pero activo ex-guerrillero nacionalista en
Grecia. Y decidió: al Campansha lo iban a secuestrar y a matar después de
torturas sin cuento. Eufórico y confiando plenamente en la consecución efectiva
del hecho, mandó preparar a sus criadas su viejo juego de agujas, tantas veces
protagonista de escenas de divertimento en su aduar de San Roque.
Por cierto, que a
éste no hay que subestimarlo en absoluto. De fiarse del Chamorro…¡Ná de ná!
Para los dos firmantes, el tratado era papel mojado. Manuel Lama tenía
ambiciones, ambiciones muy ambiciosas. Y tenía planes: apoderarse del Imperio
de San Roque, con lo que se convertiría en virtual árbitro del Poder en
Badalona. Y por supuesto: pez gordo de San Adrián y La Mina, que ambicionaba
más que a las niñas de sus ojos.
Para hacerse con
ello había entablado contactos secretos con Rafael Gómez Chamorro, caudillo de
la rama Gómez de la familia Chamorro, aspirante al trono imperial desde hacía
años. Había elegido a este clan por ser el menos premiado con puestos altos en
la Corte chamorrera, y por tanto, por ser la más intocada en las guerras. Las
otras tres ramas importantes estaban muy diezmadas. Si el cacique de Pep
Ventura apoyaba a los Gómez Chamorro, era segura la ascensión de éstos a la
púrpura cuando muriera el viejo que estaba mú malamente, pero al que se podía
ayudar a ir al Cielo. Otros pretendientes: el Chamorro, siempre ocupado en sus
guerras contra Fachón, muy debilitado ahora y al que había que impedir la
ascensión al trono pues juntaría San Roque y San Adrián convirtiéndose en
árbitro del poder en Badalona, puesto ambicionado por Manuel Lama. De todas formas,
podía llegarse a un acuerdo con Fachón, reproduciendo los pactos con los
Comunistas que tenía firmados su jefe el Rata, el cacique pagao por los rojos
del Ayuntamiento en Badalona; con lo que el arrogante Gitano de Terciopelo
acabaría su carrera presto.
Otro aspirante:
Juan Pérez, laureado general muy bien visto por el Viejo, que podía darle la
alternativa si “madrugaban” a su favorito, el Emperador del Vicio. Además, a
este último lo apoyaban otras dos ramas, de aquellas tres, de la familia
Chamorro. Los otros tres aspirantes lo eran sin fundamento, a título personal,
y no tenían importancia.
Quizá Er Campero
o Mañoño Chamorro hubieran podido aspirar al trono del Viejo, pero los tapaba
la tierra hacía rato.
Una vez
encumbrados los Gómez Chamorro, Er Campansha contaba con eliminarlos y
encumbrarse, siempre, claro está, casándose con alguna mujer del clan dueño de
San Roque. Todo debía hacerse discretamente. Aunque resignados a obedecer y
pagar tributo a los Chamorro (a todo el clan), hay que tener en cuenta que en
San Roque habían otras múltiples familias dedicadas al vicio; y,
ocasionalmente, la púrpura sanroqueña podía tentar a algún aventurero con
agallas del exterior. Las tensiones de Septiembre no auguraban un tranquilo mes
de Octubre.
Desde el ángulo
de los de Pep Ventura (e incluyo aquí a los Gómez Chamorro) el Viejo tardaba
demasiado en irse al hoyo. Dado que se desconocía su inteligencia con el
enemigo, los Gómez tenían acceso directo, como los otros nobles de la Corte, al
cuartel superfortificado de Chamorro I el Venerable. Unas gotas de esto o
de lo otro, una cuchillada subrepticia, una almohada que le impide respirar al
Viejo; un tiro, ya sin ambages, y dar un golpe de Estado en toda regla, tomando
el poder por las bravas e imponer esta circunstancia a los desprevenidos
cabecillas de las otras ramas. Incluso podía llevarse a cabo un ataque
combinado, descabezando a todas las otras familias del Clan Chamorro,
asesinando a sus principales jefes. Siempre quedaría, no obstante, la
posibilidad de que El Chamorro Joven, se vengara como había hecho ya tantas
veces. Quedaban pues dos opciones: una: cargarse al Joven en San Adrián,
subrepticiamente y teniendo que atravesar los territorios del Viejo; o dejar
para más adelante, una vez instalados en el trono de San Roque, acabarlo
colaborado con Fachón. En esta disyuntiva estaban los de Pep Ventura sin
decidirse: el 1 de Octubre (y de momento) por ninguno de ellos, lo único que
era seguro era el proyecto de acabar con los dos Chamorros: el Viejo y el Joven. Ignorante de
todo esto, el Chamorro Viejo preparaba con minuciosidad el secuestro y la
muerte de Er Campansha, junto con su principal capitán vivo y a mano: Juan
Pérez, el acto se fijó para un día: el 1 de Octubre.
Ambos bandos
ignoraban que en juego había entonces un tercer apostador: Juan Fachón, jefe de
la policía de San Adrián (municipales, marrones y sapos verdes) Hacía ya un año
que tendía sus hilos o expandía sus tentáculos el hábil policía. Era preciso,
para limpiar San Adrián y derrotar a los Chamorreros, cortarles los suministros
de San Roque. Para Octubre tenía preparada una operación de corte de fronteras.
Pero antes, para el 1 de Octubre, tenía preparado un plan: exterminar a los
Gómez Chamorro, y puesto que sabía los manejos que se traían con los de Pep
Ventura, prefería en el trono al agotado anciano obcecado, apoyado por familias
diezmadas que, a esa familia intocada y con ganas de hacer, apoyada por el capo
de Pep Ventura.
En combinación
con el Ayuntamiento de Badalona, al que había pasado toda su información,
preparaba una redada fatal el día 1 de Octubre en que también los Chamorreros
preparaban una acción. No caigamos en la trampa de suponer inepto
al Ayuntamiento de Badalona. Si habían apoyado al Rata, jefe de Pep
Ventura, era porque éste era un mal menor y era dócil, no llevando a cabo,
además, muchas acciones choriceras, conformándose muchas veces con hacerse el
Poderoso distribuyendo los bonos de comida que conseguía del Ayuntamiento y con
los que mantenía, cual nabab, a varios miles de personas, que sabían que o le
obedecían o no comían. Este jerifato sustentado en CCOO (que lo había heredado
en derecha línea feudal del Sindicato Vertical) contrastaba fuertemente con las
intenciones que se le percibían al sucesor. Er Campansha, por el contrario,
había esperado mucho tiempo y quería hacerse millonario en un momento. Y
pretendía, cada vez más distanciado de los municipales, y envalentonado,
restablecer incluso la Bolsa del Crimen de Badalona, erradicada duramente un
par o tres de años atrás con gran efusión de sangre. Así las cosas, sólo
esperaban la ocasión para echarlo del mapa.
Imagínense el
aduar bárbaro de Er Campansha, que es el mismo, con los mismos lujos
vandálicos, alcohólicos y puteros del anterior cabecilla, el gordo quemao. Más
o menos los mismos pretorianos, los mismos parroquianos en el Bar, porque es un
Bar; y los mismos pisos de San Roque en la parte del mar, al lado de Pep
Ventura. A las doce, Er Campansha esperaba al cabeza de los Gómez-Chamorro:
Rafael, para fijar de una puta vez la estrategia a seguir. Con este Chamorro
traidor y ambicioso, tenían que venir sus principales tenientes, unos seis o
siete tíos con escopetones, su Guardia de Honor. A las diez y media, por un
error de información o por un cambio a última hora del momento de la reunión,
preparaba Juan Pérez, personalmente, el secuestro de Manuel Lama. Cabe aclarar
que se había enterado aquella mañana de los manejos de éste con los traidores
Gómez. La prisa por llevar a cabo la acción le había impedido dar cuenta al
Viejo Chamorro, que, ignorante: seguía preparando sus agujas de tortura y sus
cuchillos capadores. Juan Pérez, así, tenía que procurar exterminar, de paso
que mataba o secuestraba ar Campansha (que eso ya se vería) a los traidores
Gómez-Chamorro. Y luego, avisar con tiempo a su Emperador para que no
sucumbiese a alguna acción desesperada del resto de la familia traidora y
descubierta. No es de extrañar que estuviera nervioso al máximo. Él y sus doce
hombres, en tres coches negros cargaos de metralletas y bazookas.
Manuel Lama, en
ése momento, se afeitaba tranquilo y se acicalaba convenientemente para la
reunión, canturreando aires flamencos y viéndose ya dueño de Badalona, Ras de
San Adrián y propietario de La Mina, enclave para futuras operaciones en Barcelona
¡Que tiemblen los hampones del Chino: pensaba-Y el Ayuntamiento de Narcís
Serra, esto sitúa convenientemente la acción: cuando la idiocia empezó a
embadurnar de color huevo-fábrica de un amiguete los grises y eternos edificios
de Barcelona, garantía de la Solidez del Mundo, más tarde echándolos abajo,
imitando Dresden, para empezar a reescribir la Historia, cambiando el
escenario, y cambiando la lengua y el panorama humano, creados a medida con
psicología cheka dirigida al noble fin de transformar seres humanos orgánicos
en Cliks de Famobil de plástico inorgánico, subrepticiamente, fuerzas
policiales de más de sesenta agentes, entre azules, marrones y Guardia Civil, y
muchos secretas, se dirigían por tres caminos distintos al aduar de Er Campansha…Es
una dirección fatídica: Calle del Pez, Doce. Al solar de su cuartel general se
le conoce como Casa del Quemao.
En ese momento
están en el local, de entre los hombres de Pep Ventura, unos veinte chorizos.
La mitad, más o menos, de la banda de Manuel Lama. Se avecina un
encuentro en la cumbre, a palos y tiros. Una segunda Batalla de la Casa de
Cultura, pero elevada a la centésima potencia. Mandaba las fuerzas
policiales Pedro Fernández Avellana, comandante de la Polisía Nasioná. A las
once se decidió Juan Pérez a cargarse ar Campansha, que se estaba levantado en
ése momento, antes de que, a las doce, llegaran los traidores Gómez-Chamorro.
Si había suerte, confiaba Juan Pérez en cepillárselos mientras fueran viniendo.
El movimiento de
los tres coches no pasó desapercibido a los primeros vehículos policiales, que
establecieron contacto visual con el convoy chamorrero y negro a las 11,02. Dos
Land Rover de la Guardia Civil se atrancaron en medio de la calle Pepe Caca,
sita a dos manzanas de la del Pez. El primer auto negro, que conducía el
inexperto hijastro de Juan Pérez: José, no pudo enderezar y chocó de lleno.
Antes de que explotaran los tres vehículos pudieron los sapos verdes retirarse,
pero de los gitanos, una vez estalló el conjunto, que parecía un polvorín
rodante, no quedaron ni las pavesas. El segundo coche negro donde iba Juan
Pérez dio la vuelta en redondo, intentando tomar por otra calle. No sabía bien
Juan Pérez el porqué de tantos polizontes. Aún no había decidido si seguir o
dejar correr el asunto. Cosa que no llegó a hacer jamás. Desde un Z abrió fuego
un policía nacional. La ráfaga reventó el parabrisas en un millón de
fragmentos. El coche de Juan Pérez Chamorro se estampó contra uno de ésos
cilindros verdes para anuncios. Juan Pérez salió con las manos en el rostro,
disparando sin tino. Cayeron dos guardias. De los otros hampones, dos subieron
en el restante coche negro, que huyó hacia San Roque a continuación, otros dos
se parapetaron en un quiosco, luchando diez minutos con el retén de la Guardia
Civil. Saldo: los dos gitanos, apresados, dos dueños del quiosco muertos; un
niño gravemente herido; tres Guardias Civiles heridos y cuatro policías muertos
¡Una masacre que hacía prever otras mayores!
Juan Pérez,
huyendo, se coló por una escalera cualquiera, la primera que encontró. Dos
agentes marrones se apearon de su única moto y le siguieron, prestos los
naranjeros. Un par de intercambios de tiros en la escalera de vecinos,
afortunadamente vacía, y llegaron los Templarios al terrado del inmueble. Ni
rastro de Juan Pérez. Seguramente había escapado por los tejados. No le vieron
por ningún lado. Entre un par de arbolillos, en un patio inmediato, empalado en
uralita, se desangraba aquella promesa de la choricería. Fue descubierto su
cadáver por los propietarios, unos viejecillos, a las cuatro de la tarde. A las
siete, reposaba en la Morgue.
Aquello no
resultó inadvertido a los ojeadores de la banda de Er Campansha, que,
sobresaltado, mandó prepararse a todos los suyos. Sacaron todo el armamento y
esperaron a los ojeadores. Las noticias llegaron prestas. Casi cuarenta coches
policiales y una tanqueta de la Guardia Civil se hallaban en las inmediaciones.
Era inútil resistir en el Bar. Como sólo tenían a mano un coche, el 600 butano
de Manuel Lama, decidió éste que, para despistar, fuera hacia el cordón
policial cargado de hampones. Cogió a los tres más tontos de los suyos, y al
primer viandante (al que vistió con su traje más llamativo) y les dio
orden de burlar el cordón policial. El resto de la banda debería huir en tres
grupos, para pasar desapercibidos. En el primero, hacia el mar, iba el mismo
Manuel Lama con cinco más. El plan suponía que, tras la evacuación, en el Bar
no quedarían rastros de su banda, sería un local normal, y el propietario
atendería a la policía como si nada pasase. La cosa iba a ser muy diferente.
Justo huido el jefe, el barman no quiso que lo dejaran solo; estalló la pelea
entre los presentes. Cuando se dieron cuenta, estaban sitiados dentro del
local. Quince chorizos armados hasta los dientes en un bloque fortificado
contra el impresionante despliegue de fuerzas policiales ¡Menuda fiesta!
El tapón color
butano se topó con el coche donde iba el comandante Avellana, jefe de las
fuerzas de policía. Parados en una calle solitaria, sólo estaban los dos
coches, frente a frente. Sus ocupantes entablaron un nutrido tiroteo. Visto que
los polis no cedían, el chorizo retrasado mental Quique Camborio Taranto,
cabecilla de los otros dos, embistió contra el R-8 del comandante de la poli
nacional. Se apartaron los policías, pasó el 600. Balas del calibre cincuenta,
en número aterrador, tachonaron el vehículo. El inocente viandante reclutado a
la fuerza resultó muerto, junto con el gitano de detrás. Luego, el 600 estalló
en un horror ardiente, como una antorcha humana, salió Quique Camborio. Llamada
una ambulancia, fue trasladado a la Clínica del Carmen. Murió un mes más tarde
a causa de las heridas.
Manuel Lama,
alias er Campansha tuvo más suerte: sin toparse con un guardia, logró llevar a
su grupo hasta el mar. En eso les salió una parejita de azules, que no estaban
apercibíos. Ver a seis chorizos con escopetones sin duda les sobresaltaría. No
les dio tiempo de más. Quedaron como pajarillos con ali-oli. Pero como llevaban
la radioencendida, en la centralita y en varios coches cercanos del despliegue
policial, oyeron los tiros, sabiendo dónde se producían: dos gitanos
insistieron en tirarse a la tía, deseo contra el cual Manuel Lama nada pudo
hacer. Dejó a los dos lujuriosos y que no sabían por qué agujero darle a la
tipa, pues era un colador, y se fue corriendo con los otros dos, que miraban de
reojo no muy convencidos de irse. En la playa, llegaron hasta la vía del tren:
no sabían adónde ir. Uno se fue p´a Badalona, otro p´a Barcelona y dejaron a su
jefe allí tirao. Pero su jefe era más listo. Er Campansha tiró su Kalashnikov
AK-47 detrás de una duna, se quitó la ropa, y sólo armado con su Colt 45 y su
navaja de Albacete se dedicó a buscar bañistas para hacerse con un bañador ¡Qué
tonto, pero qué tío más tonto!
Como era octubre,
sólo encontró, nadando entre el petróleo, a una pareja de ancianos jubilados.
Le quitó al tío el bañador (venga p´acá ese bañador) y se lo puso. Tras
amenazarlos para que no hablaran,se echó,con el bañador que le iba como un
pantalón de ésos campanone tan de su gusto,al agua. El rastro de
Er Campansha se pierde aquí (Aunque sólo sea de momento). Del que se fue
p´a Barcelona, nada se sabe. Al de Badalona, lo pillaron robando una semana
después a los niños de un colegio de Monjas, reposa en la Modelo.
A los dos de la
tía hecha colador los pillaron in fraganti dos Land-Róvers de la Guardia Civil.
Subiéndose los pantalones, intentaron huír. Uno se atrevió a disparar. Error
craso. Quedaron como un colador. En el Sumario del caso se lee: Ajuste de
Cuentas, los quince (no dieciséis: al culpable del retraso en la evacuación
lo habían matado a pisotones en los cojones) oyeron, dispuestos a todo la
proclama, o aviso de la policía que los sitiaba, todos querían rendirse, pero
ninguno se atrevía a decirlo. Hicieron oídos sordos. Antonio Manuel Taranto
González, guardaespaldas de Er Campansha, tomó el mando. Dijo que sin orden
judicial no podían entrar en su domicilio (fallo: estaban en un Bar) y se
acogió a la Quinta Enmienda. Avellana contestó con el megáfono que si no se
rendían en 30 segundos no iba a quedar de ellos ni las suelas. Silencio:
Avellana entonces, hizo avanzar la tanqueta de la Benemérita Institución de los
Sapos Verdes, al mando del sargento Cerreño y del cabo Cerril. Avanzó el
blindado cautelosamente. Como la calle era estrecha, no podía ir de frente
hacia el Bar; tenía que ir a lo largo de la callejuela hasta el local
revoltoso, que quedaba a un lado del vehículo. Llevaban girada la torreta
e inclinado el cañoncillo de agua y la ametralladora pesada.
El cabo
tricornudo vió por una aspillera salir del Bar, a despecho de los
francotiradores policiales apostados en las casas de enfrente a un chorizo
llevando en la mano un cóctel molotóv. El tipo echó rodando la botella ardiente
y se volvió a meter indemne. El vehículo, por si no se sabe, era del
tipo francés B-160,de ocho ruedas, que lleva debajo una trampilla para ir
saltando por la panza del blindado, que quedaba a tres palmos del suelo,
agentes que pueden ir bajando, así, protegidos por la mole del vehículo y
tomando posiciones. Es un tipo de vehículo fabricado para la lucha urbana.Tres
agentes, con naranjeros, esperaban en ese momento, con la trampilla abierta,
para ir dejándose caer. Sin comerlo ni beberlo, una explosión de fuego les
pilló sin protección por debajo. La explosión interior conmovió la tanqueta,
que dio un salto de dos palmos. Luego, la mole verde oliva quedó quieta,
asomando llamas y humo por las aspilleras. Se abrió la trampilla superior,
saliendo una figura tricornuda con la espalda negruzca ardiendo con llama azul.
En el suelo, intentaba apagar, rodando, el fuego de su espalda. En cuanto se
levantó, segundos después, apagado el fuego, cayó muerto de un tiro de los
chorizos del Bar. Seis muertos, una tanqueta inutilizada.
Varios GEO
llegaron entonces. Su misión era actuar desde el tejado del edificio y bajar
hasta la planta baja acabando con los resistentes. Iban dotados de bombas de
mano, bombas lumínicas (que pueden cegar definitivamente al que se expone a
ellas sin protección) y bombas de gases. Asimismo, llevaban dos ametralladoras
M60 y fusiles de asalto CETME. Los agentes especiales eran diez en total.
Avellana vio los
movimientos de aproximación de los GEO. Por fin, desde el bloque inmediato,
pasaron al edificio del Bar. Los chorizos estaban juntos, todos, en el local.
El resto del edificio estaba vacío, pues los vecinos habían huido ante los
requerimientos de la policía. Sin más problemas, los GEO bajaron los cinco
pisos. Se situaron, dentro de un piso cuya puerta habían forzado, justo encima
del Bar: colocaron cargas restringidas para hacer saltar parte del suelo del
piso. Mientras, se pusieron en comunicación con las fuerzas policiales sitas en
los edificios del otro lado de la calle. En la explosión y el despeñarse
consiguiente murieron cinco chorizos sitiados. En aquel pozo, los GEOS,
convenientemente protegidos, lanzaron media docena de bombas lumínicas; además,
introducen entre la humareda dos ametralladoras M60 y una tanda de bombas de
gases asfixiantes, mostaza, en concreto, algo por lo que se le hubiera caído el
pelo al jefe de los GEOS si no fuera por la vista gorda de la policía de
Badalona. Las ráfagas de ametralladora barrieron concienzudamente el antiguo
aduar del cacique, tras cinco minutos de fuego intenso, los GEOS tiraron bombas
lumínicas y se echaron dentro del infierno de luz y gas mostaza, disparando sus
CETME. Uno, incluso había calado bayoneta.
En la calle, un
semicírculo de policías esperaba a los que salieran huyendo. Nadie salió, todos
kaputt. Antonio Manuel Taranto González, para su fortuna, estaba en el wáter
del Bar cagando. Mas cuando salió, lo trincaron como a un pollito. No obstante,
la inhalación y la exposición al gas mostaza, junto con una ráfaga de M60 que
se les escapó a los guardias, lo dejaron bastante mal. Lo internaron aquella
tarde en la Clínica del Carmen. Quedaría tuerto. Reposa tranquilo en la Modelo.
Hace años que no para de toser. Así acaba la batalla del Pez, Doce, a las Once.
Pero a las Doce,
cuando aún estaban desplegadas en las inmediaciones las fuerzas policiales,
llegan a la reunión con Er Campansha los diez Gómez-Chamorro en dos autos color
huevo. Llegados a la esquina de la calle del Pez, por la banda de arriba,
fueron parados por un control de dos marrones. Pedidas las licencias, dado lo
sospechoso de los ocupantes gitanos, éstos contestaron a tiros, aún ignorantes
de la ensalada de tiros que había tenido lugar una hora antes. Dieron vuelta
por la calle del Pez, viendo los restos de la batalla. La tanqueta quemada que
obstruía la calle no los dejó pasar. Allí quedaron sitiados por los marrones y
la Guardia Civil. Avellaneda ya había vuelto a su oficina habitual. El capitán
de la Guardia Civil, Fernando Yáñez, ya no estaba para ostias y mandó
tirar a dar. Los dos coches fueron objeto de una granizada de balas
impresionante. Los gitanos, a los diez minutos, ya estaban detenidos. No habían
tenido bajas. A la 1, estaban a disposición judicial, algo llorosos, junto con
las correspondientes hojas en blanco firmadas por ellos para que el juez
escribiese lo que le diese la gana.
Rafael Gómez
Chamorro y sus cinco hermanos, y otros cuatro machos de la estirpe
Gómez-Chamorro, flor de la ganadería, para su suerte, fueron a parar a
una prisión que no era la Modelo. Pues ésta está llena de Chamorreros, y su
traición para entonces ya se sabía. Al hacerles la policía eso, les salvó
conscientemente la vida. Reposan (por así decirlo) en la prisión de Gerona por
escándalo público, exhibicionismo, y uno de ellos por no hablar cristiano y
llevar patillas de boca de hacha. Quince años y un día.
Reforzado, como
he dicho, tras el incidente, el Virrey de Pep Ventura con los cuarenta
chorizos de la banda del Playero, cesó prácticamente la guerra en Badalona.
Muchas de las bandas pequeñas de Badalona, envalentonadas por los éxitos de los
que se habían aliado a las autoridades, ahuecaron el ala de las filas
municipales. Otras, las más recalcitrantes, siguieron al pie del cañón
anti-Chamorrero, debiendo forzosamente, no obstante, mantenerse al margen
o emigrar a San Adrián para poder luchar contra los Gitanos de Terciopelo: los
Chamorro.
E incluso otras
bandillas mínimas se pasaron al lado de los de San Roque. El Virrey de Pep
Ventura, ahora, era por sí solo un cacique más grande y poderoso que el
mismísimo Rata lo había sido en su tiempo. El excedente de fuerzas para el
mantenimiento del Virreinato de Pep Ventura fue enviado a San Roque. Y de ahí,
a San Adrián, donde sirvieron al esfuerzo para la gran ofensiva que daría unos
meses después el Joven Chamorro, en el curso de la cual juraría no dejar piedra
sobre piedra del moderno Ayuntamiento Adrianense.
Las acciones
policiales de Badalona languidecieron junto a la ofensiva anti-chamorrera que,
en Badalona dejó de existir sobre el tapete. No se puede decir que Fachón,
cuando se enteró del afianzamiento de los Chamorro en Badalona, se sintiera muy
contento. Pero es un lince, el tipo…¡Dejémosle pues en sus cavilaciones y
planes maquiavélicos!
La guerra general
en Badalona había acabado, puesto que los líos que se traían los de Tiana
no nos interesan por el momento, en absoluto ¡Otro gallo es la situación
interior del Imperio Chamorrero! Siendo todos los gitanos éstos de la misma
idiosincrasia y particular espesor occipital, José Pérez, Virrey de Pep
Ventura, tras éstos triunfos, se creyó a su vez, Rey del Mundo, o por lo menos,
de Pep Ventura. En principio, retuvo con él a más chorizos de los necesarios
para el mantenimiento del feudo. Siendo necesarios en la Guerra adrianense, el
viejo Chamorro I se los pidió. Al negarse, pretextando cuatro chorradas, el
Virrey de Pep Ventura, ahora capo importante de veinticinco años, puede decirse
que estalló un conato de guerra civil chamorrera. Se produjo apenas en la
semana siguiente al vuelo de Hijopútez el Playero, tan fastuoso y bonito.
José Pérez,
sobrino de Juan Pérez y hermano de Juan Pérez Júnior, asesinado bárbaramente a
lunazos de cristal, se declaró poco menos que en Secesión del Imperio, suplantando
en jefe de Pep Ventura al último señor del feudo independiente: er Campansha.
Como los Chamorros estaban ocupados con sus intereses en San Adrián, que iban
para rato, calculó José Pérez Chamorro que no podían distraer fuerzas para
obligarle a volver al redil. Así, José Pérez intentó aproximarse al
Ayuntamiento. Pero no llegó a entendimiento alguno puesto que los comunistas ya
estaban escarmentados o escaldados, entonces se confió en sus propias fuerzas,
que eran muchas, intentando llevar a Pep Ventura a gran parte de su familia,
los Pérez Chamorro. Su plan era éste: tres reinos choriceros emparentados y en
pie de igualdad, aliados contra todo y contra todos. Pep Ventura, gobernado por
él mismo. San Roque por el Viejo o su sucesor (que él quería que no fuese el
Joven Chamorro) y San Adrián gobernado por éste último. Era, frente al
Centralismo del Viejo y Joven Chamorros, una especie de federalismo. Sólo
consiguió llevarse a su feudo a un hermano suyo pequeño, Antonio, álias Er
mariquisha. Su opción no sería aceptada por nadie más de la estirpe de los
Chamorro. No obstante, las creencias de José Pérez eran erróneas. Si en menos
de una semana había pasado de virrey a rey por derecho propio, en el plazo de
otra semana iba a tener que soportar una ofensiva dirigida por los de San
Roque.
Sbadulud, fiel
siempre al Viejo Chamorro I el Venerable, quien le salvara la vida en
Sidi-Ifni, donde lo entuertaron y donde lo querían capar (con toda razón) una
jauría de legionarios feroces figuraba entre los miembros de la expedición, más
o menos subrepticia, como todas las de estos estrategos de barrio y arrabal. El mismo
padre de José y Antonio Pérez Chamorro, hermano mayor del heroicamente
fallecido Juan Pérez, que ostentó el alto rango de lugarteniente del abuelo del
Clan, votó unánimemente con el resto de su prole (otros veinte hijos) la muerte
de los traidores secesionistas. Pero prefiriendo no forzar a sus fieles,
el Viejo Chamorro destinó a este Clan fiel y guerrero a la campaña adrianense,
encomendando a otros la represión y ejecución de los descarriados, y el
restablecimiento de la autoridad Sanrroqueña en Pep Ventura. La estúpida
ambición del jovenzuelo José Pérez ponía en peligro el Imperio Chamorrero en
Badalona, y por ende, la posición de fuerza tan duramente conseguida. Había que
actuar con precisión y rapidez, sin dar tiempo al Ayuntamiento y a sus aliados
(por suerte, ya pocos), que debían estar aún a la que salta. Existía, claro
está, el peligro de que estallara de nuevo la guerra en Badalona. Como José Pérez
había intentado contactar con los municipales, ya debía saberse hasta en los
mínimos tugurios la nueva de las peleas internas de la familia Chamorro.
Como siempre, el
objetivo era descabezar la rebelión, al enemigo. Había que eliminar a José
Pérez y al Mariquisha, que aunque sarasa era feroz como un perro rabioso o una
rata así de gorda, negra y vengativa. Excepcionalmente, Chamorro I citó a sus
aposentos lujosos a Sbadulud el dinamitero.
Cuando entró el
renqueante y medio ciego experto en bombas, lo recibió una vaharada de olíbano
e incienso que lo tiró de espaldas. A resplandecer, nadie le ganaba al anciano
león, su salvador.
Habló el
Emperador-Armenio: Bonasilo en te, sino sos me mulelo y na ezo manejar a los
men. Mi anacero, mi sobrino o nieto, ne sina a ba. Desibas brequenar e obedecer
a mi lugarteniente er Manguitos, que es capaz y cabal, e mandará la expedición
de sanisco. Na os pireis sar remilgos. Acabad a la uan y ejersilénmente, con
ésos sobrinos; nietos míos. Na les teneláis piedá. Bonansilo en te, Sbadulud.
Puedes retirarte. Y salió el armenio dispuesto a todo. Había leído en las pupilas del
viejo patillero el brillo de una futura recompensa a tantos años de servicios.
¿Quizá un feudo? Al armenio también le gustaba resplandecer.

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