jueves, 16 de abril de 2015

La Guerra de Badalona



Plaza Pep Ventura. A despecho de la lluvia, de dos zancadas saltó fuera del autobús medio en marcha. Una cohorte de gruesos gotones se clavaron en su coronilla, en su espalda, en sus hombros…
Abrió el paraguas. Dentro, el sutil mecanismo de Sbadulud entró en acción. Apenas un segundo después, estalló la carga explosiva reduciendo a cachos sangrientos al conocido  infractor de la Ley. Requiescat in Pace, que dirían los finolis, pensó, por contra, el dinamitero armenio.
Francisquito Hijopútez, álias el Charrasquito Chungáo, pagó así su traición al omnipotente Chamorro, príncipe de los Chorizos y dinamiteros antisociales, nabab sensual, rey de gitanos y mercenarios sin cuento. Es conocida por los que estén al tanto la sórdida Guerra del Hampa que enfrentó al Chamorro y a Fachón, dos cerebros preclaros y finos; a la rastra fueron todos los demás caudillos choriceros. Especialmente, del policía, que pagaba más y no humillaba tanto. Vistas estas cosas, es fácil saber, asimismo, que cuando se desató la guerra abierta y el Gitano de Terciopelo puso en juego todo su poderío, empezaron a caer los hampones traidores. Muchos huyeron, aunque bastantes sin suerte. Si no, que se lo pregunten a los veintisiete de la Rambleta, capados y electrificaos. El Charrasquito Chungáo tuvo la mala suerte de huír a un feudo fronterizo con los dominios sanrroqueños de los Chamorro, abuelo y nieto, o tío y sobrino, las versiones son varias.
Protegido por un capo poderoso que actuaba en combinación con el Ayuntamiento corrupto, creyó que con cambiar a uno o dos (o cinco) kilómetros de residencia, se acababan sus problemas. Siempre armado, era difícil asaltarle en el feudo en que lo protegieran. Hubo que recurrir a la maña y a los servicios de Sbadulud, máscara de a pie de primer orden y veterano de guerras extranjeras y locales; buscado por la Tercera Bandera de la Legión, diezmada en Sidi Ifni el cincuenta y seis, para cortarle las pelotas o hacerle algo aun mas peor.
El caso, no nos desviemos del tema, es que Francisquito Hijopútez se fue directo al Vallhala de los malevos adrianenses, región mágica posiblemente situada en Tiana. (Parte básica de la mitología de esta amplia obra Entre San Adrián y Badalona-N.del Editor. ¡Eran de ver sus restos, pringaos en medio de un barrizal y sacaos con rasqueta! Sbadulud, a una cierta distancia, lió el petate y puso pies en polvorosa.¡Vano intento! lo habían localizado, y precisamente, el Achungo: primo hermano del Charrasquito Chung y a la postre, siervo matón del Rata; protector y mecenas del muerto del paraguas-bomba.
Sbadulud no pudo sino darse cuenta de que iban a por él, con las navajas levantadas en los bolsillos y los pistolones de postas ceñidos en riñones y braguetas, vuelvo a decir que esto ocurre en la zona de Plaza Pep Ventura, al atentado me refiero.
Los dos mocetones se le fueron encima al cojitranco medio ciego del maletín negro, hacia el atajo cercano a la autopista, una zona encantadora, con una Iglesia de uralita, basura y mugre. Uno lo agarra y el otro le pincha un huevo. Le tapan la boca, le pegan en el cogote y sacan el cuchillo capador para cortarle las orejas y hacérselas comer, antes, se entiende, de darle el pasaporte o el madrugón, si se prefiere.
Vista la muerte tan de cerca, tras sus gafas verdosillas, el armenio se agitó, logrando soltarse de la presa de los matones, luego, echó mano a su pistola sobaquera. Tiro va y tiro viene, tiroteándose los tíos a dos metros o tres estilo James Cagnéy. Cuando hubo tanto humo que ni se veían los contendientes, cesó el tiroteo por un momento. Sudaba como un cerdo el armenio. No podía desclavarse el cuchillo que le habían  hincáo en el fondillo, colocó otro cargador. Se acabó de disipar la brisa de pólvora. Un chorizo yacía en la acera ancha del pasadizo asqueroso, apoyado en un mojón. Un chorro de sangre  salía de su cuello. Los dedos, crispados, delataban  que la muerte empezaba ya a acartonarlos para siempre. El otro, que era el Achungo, se le echaba encima al armenio esgrimiendo su navajón albaceteño. Al pie, téngase en cuenta, estaba el caído maletín lleno de explosivos, propiedad del armenio. Un tiro, pensó el armenio, y se acabó el gitano hijoputa.
La explosión no fue muy fuerte, aun asín: El Achungo apareció un trozo aquí, la cabeza acá, los cojones a una manzana y el tronco encima del altar de la Iglesia inmediata, atravesada la uralita en el rebote del bombazo. Sbadulud sintió una quemazón en todo su cuerpo. La pistola se le cayó de las manos. Se desclavó el cuchillo como pudo. Arrastrándose hasta la carretera, tomó un taxi y a casita, en los dominios de su patrón, el espléndido Chamorro, vengador incansable, Adonis o Apolo si no fuera un gitano con jeta de orangután.
Usíase, imagínense un aduar bárbaro, vandalesco, turquesco y afiligranao. Pero esto, eso sí, en unos pisos como los de San Roque, pero cerca de la Plaza de Badalona, más bien tirando p´al mar. A un par de manzanas de estos acontecimientos que se acaban de relatar, con gran derroche de escenas sangrientas, que son las güenas y bonicas.
Ya sin cachondeo: la tarde transcurría plácida para el conocido capo pagao por los rojos del Ayuntamiento, es decir, el voluminoso, baboso y pedorro-exhalador de alcohol vomitoso Rata; Caña va y caña viene, de manzanilla o vinillo Lama, conciliaba su permanente eructar regüeldoso con un mus mano a mano con su lugarteniente principal, Er Campansha. Las dos explosiones, con intervalo de diez minutos o así, no ocasionaron sino que mandara a un sicario a ojear. No quería terrorismos en su feudo, puesto que estropean el negocio. Sonrió al acordarse de aquel comando etarra que quería volar el Pont del Petroli. No estaba mal la chavala, y resistente: se la tiraron todos los de la banda. Y es que era cosa seria. Hasta uno de los etarras condenados pidió unirse a los captores que violaban a su compañera. Próbar me la dejaríais. El Rata era generoso; a los vascos les cortaron el gaznate, tratamiento usual, éste degüello, en la nómina de tratamientos a aplicar en los prisioneros de las guerras choriceras.
La vuelta del lacayo enviado a ver le sacó de estos agradables pensamientos y cavilaciones. Cuando llegó er Pringao, devoraba apenas su trescientasava salchicha de la sobremesa-mus.
-¡Endeve lo ca pasao hefe: ar Achungo, er  Paquiro y er Charrasquito Chungáo, los han tabasao a tós, a bombasos mismamente!
El cacique escupió un cacho de salchicha que parecía un cipote recién cortao, luego, se levantó entre achaques y regüeldando sin parar, y apretando el puño alzado con dificultad:  profirió la siguiente vibrante alocución:
-Yo mardigo ar Shamorro y a toa su rasa, y juro por la leshe que man dao que los ví a matá a tós.
Fueron saliendo a la calle todos los miembros de la guardia  pretoriana del cacique: ahora pasa la acción al Bar Hitano, tu ere er mehon, radicado en San Roque, en pleno feudo personal de Chamorro I el Venerable, y por extensión, territorio adicto al Chamorro, que ése día estaba llevando a cabo su campaña anti-policial cerca de La Mina con una buena parte de sus adictos. Mientras chocaban las lanzas guerreras en La Mina, docenas de manos callosas entonaban, al son de melodías barbáricas, el monótono son del taka-taka palmeros, palmeros ehehé, arsa, ésas palmas que te dio Dios, amo payá.
Dentro del local giran parsimoniosamente los ventiladores del techo, el calor es espantoso; ahora ya no llueve. El olor también es espantoso. Más de cuatro han vomitao ya los copazos del desayuno. Olé cómo güele esa cuadra, llena de burros, llena de burros.
Está todo el Alto Mando del Chamorro Viejo, garboso y flamenco, engalanao pa las fiestas de la Corte. Tó de coplistas y guitarreros, incluso un argentino virguero que toca el acordeón y que reclutó el Chamorro en Corfú en 1940-Aquí güele a niño chico: se oye por el fondo; buena señal, la fiesta va subía ¡Qué de coplas y vidas ejemplares, qué luengo parto de varones virtuosos; qué de valientes camperos y rateros con graciejo y tronío ¡Qué de héroes que van a morir quemaos!.
En ausencia, también, del Chamorro Viejo, se refocila como un pachá su primo-hermano: Mañoño Pórrez Chamorro, alias Capaguardias con Ojén. El mando ocasional de este día no le sabrá a ná. Veinte años esperando p´acabar quemao como un pollito al horno con canela.
A cincuenta metros escasos, dos coches negros y polvorientos acechan sesgamente cargaos de pretorianos de Pep Ventura. Entre ellos, dos que son “Alguien”: el cacique apodado El Rata y su lugarteniente Er Campansha, rizosos y flamencos, rientes y ahítos del bebercio del torero.
-¡Venga p´acá la artillería! exclamó el cacique gordo y cebón mientras apañaba el ángulo, moviendo el coche.
Un poco de estrategia y puntería, y dale que te pego un castañazo en tóa la vidriera del Bar, pegada con cinta aislante y chicle. Se esparce en un millón de cristales la luna gigante y ante diluviana, salen unas llamas de diez metros del nicho mortal. Un minuto y no queda ni uno vivo.
A uno que sale hecho un torrezno lo rematan a patadas que lo reducen a polvo de tizón. Uno más que se vaya, con todos los otros, al Paraíso de los Chorizos.¡Enhorabuena! Desaparecen prestos los dos cochazos cargados de asesinos. En tó el barrio se queda la gente acoquiná. No obstante, alguien  le dirá al viejo de las patillas blancas quién le ha declarao la guerra por las bravas. El Rata ha sido reconocido. Su suerte, como no se adelante acabando a sus enemigos, está echada.
El Chamorro Viejo estaba enfermo, y no pudo hacerse con la represalia. Encomendó tal misión a su lugarteniente: el joven primo-hermano del Chamorro Joven: Juan Pérez Chamorro, sin álias. Saliendo del alcázar de su abuelo, su jefe, se le pudo ver preparándose para la guerra, para aplastar de una vez al Rata; esto es al día siguiente del primer atentado, ya hacia el ocaso. Es un tipo tremendo de durito y elegante-un metro treinta y seis de músculos en plena forma, 100 kilos de fuerza motriz e inteligencia cerebral; un guerrero formidable, sangriento y cabal. Licenciado en Nitro y en dinamita, en asesinato y atracos, en el tirón y en Clásicas por la Universidad del Barrio de La Salú, por Los Cañones y La Mina, ojos de azabache, pelo negro como ala de cuervo chino, dedos gordos ensortijados, un paquete así, una nariz ganchuda asá y una boca burlona y sensual, con ésa mueca de inteligencia visible en  todos  los apaches de San Roque y Los Cañones de Navarón.
Cuando Er Campero pisó la calle aquel día soleado, en agosto de 198…puede decirse que se labró la tumba. Y es justo que así seriese. Dos circunstancias iban a hacer que no hallase sepultura su cuerpo pecador: una, la escasez de medios  de sus familiares (que se gastaban las rubias en escopetones y tachuelas) otra, que sus restos iban a quedar esparcidos en un radio de veinte o treinta metros a la redonda, reducidos a confeti o sopa de letras avecrem flotando en charcos de tomate frito solís.
Lo que digo: mú contento, arreglao y trajeao de fiesta caló, untao y bien untao de brillantina, airosas las patillas y marrón la cara, como mandan los cánones gitanos, paseaba Er Campero por San Roque en dirección al aduar de su amo, el Chamorro, al viejo Chamorro, me refiero: al patriarca del vicio, ya que su nieto era el Emperaór.
La hora del mercaillo. Ole: qu´elegante va mi niño, si paeces un señorito camborio; olé mi arma: endevé qué guapetón va er malahe, ¿Quiere un clavé? anda con garbo resalao ¿Te leo la buenaventura?
A diez metros de los restos del Bar-Cuartel General que había sido el suyo hasta hacía una semana, no importa el desastre: los responsables lo pagaron caro, él iba a  contribuir también al hoyo de las venganzas. Diez kilos de tachuelas, dos frascos de vitriolo, todo metido en un tambor de dixan lleno de dinamita y enterrado a tres palmos debajo de la acera ¡Contacto! se fue volando el teniente del fastuoso anciano y nunca se le volvió a ver en figura de persona. Con él, se fueron diez metros de acera y varios niños de ésos que hay tantos, siempre vagando por las callejuelas sanroqueñas.
En la Cábila de los Chamorro fue día, y semana de luto. En un mes ya eran demasiados días de negro. El mismísimo Chamorro I El Venerable se levantó del lecho donde lo tenía postrado la cirrosis crónica e hincó su facón en su mesa de ébano. La guerra sería a muerte. No obstante, él mismo no podía tomar el mando, y sus principales lugartenientes criaban malvas. Su nieto y los suyos estaban siendo diezmados en La Mina y en las playas del Besós y apenas podían con sus asuntos. Por tanto, confió en un churumbel nuevo, de magnífica prestancia y familia ilustrísima; sobrino nieto lejano: Agustinisho el Cuentacorrientes, álias Er niño de Cancanáles, por ser ése el Bar de su preferencia. Veintidós años de experiencia choricera y trapisondista, dos años huido en la Francia aprendiendo tácticas de los corsos y los napolitanos de la Camorra, un metro cincuenta de músculo y nervios de acero como todos sus hermanos, diecinueve en total, sifilítico crónico y proyectista audaz de atracos a Fort Knox y al Banco de España.
En una ceremonia no exenta de teatralidad, en presencia de todos los patriarcas de aquella tribu guerrera, desclavó la faca de su tío-abuelo, que le estampó dos bofetones amistosos que le saltaron un par de dientes. Luego, le entregó a dos de sus nietas más sabrosonas como esposas: ya era Capitán General de la Banda.
Orgulloso, se dispuso al combate con ardor, maña y tronío. En la Cábila del Rata era fiesta el día que se cargaron al Campero. Hecho un fardo napalmoso y churrascao, su herido jefe, el antes obeso y ahora raspa de sardina, dio, asimismo la alternativa a un sobrino suyo, responsable del atentado ar Campero y de otras mil fechorías, no sin suscitar la envidia y el despecho de sus otros lugartenientes. El pollo en cuestión era Luis Fernando Márquez Gómez y Díez de Camborio-Chunguito, un aristócrata de la gitanería, conocido como el negro del diablo por la Benemérita y como Er niño de Cancanáles por todos los suyos. Al darse la coincidencia en los motes, los dos generales tenían una muy importante cuenta que saldar. Seguramente por eso, los enfrentaron así sus respectivos jefes de familia.
Alto para gitano, hermosote y fortachón, doble de Manzanita si no fuera por la oreja de menos y la mejilla atravesada de un lanzazo. Un metro ochenta de inteligencia y cerebelo, cien kilos de empuje y capacidad para deshacer cráneos a puñetazos y puntapiés.
Estamos a dos semanas vista del asesinato de Er Campero. Más de un mes y medio del otro asesinato que originó la guerra, ésta guerra, llevado a cabo por Sbadulud el dinamitero. Después de múltiples escaramuzas, que dieron un saldo de diez muertos, en total, por los chamorreros y otros siete u ocho por los sectarios del cacique quemao, se fue perfilando la necesidad por ambos bandos de dar alguna batalla definitiva que labrara en ónice el prestigio de los generales que ya veían peligrar su mando ante la impaciencia de sus jefes respectivos. Por cierto ¡qué jodidos estaban, los pobres!. Este Agosto de 198…el viejo Chamorro, el héroe de tantas batallas en tantos sitios (Grecia, Corfú, Buenos Aires, Barcelona, La Mina, Sidi Ifni, Beirut…podrían ser botones de muestra) chorizo y ladrón, artista  de los tirones, mercenario inteligente y hábil desertor, factor en fin, del Vasto y Prolijo Imperio de su familia, pareció querer decir adiós a este mundo. Pasó la crisis más grande de estos últimos años. Dió el efecto de que había que llamar al joven héroe de San Adrián para que se llevase a cabo el mecanismo sucesorio; de que iba a rendir, por fin, cuenta de sus culpas al Altísimo. No es quitarle misterio a la cosa el decir que al final se salvó. Pero entonces la cosa estaba negra: el Gitano de Terciopelo había sido derrotado en la Batalla de la Fécsa por un cacique a sueldo de Fachón y estaba en paradero desconocido. De morir el Viejo, el Imperio quedaba destrozado, desapareciendo, previsiblemente entre luchas intestinas y disputas entre los numerosos, pues eran docenas y docenas de familiares del prolífico patriarca del Hampa. Nota: Tampoco es quitar ninguna ilusión o aumentarla decir que el joven Chamorro también saldría del mal trance. A disposición de los estudiosos está el Romance de Chamorro que cuenta con pelos y señales, la trayectoria del fascinante condottiero.
Bueno, sigamos:
En los domínios del Rata, la cosa era también fea: quemao como se sabe, en represalia por la demolición del Bar Hitano: tú ere er mehón, sede social del Alto Mando Chamorrero (con todos sus ocupantes dentro, unos cincuenta, escogidos paladines, flor y nata de la Corte del venerable anciano patillero) disminuía visiblemente de tamaño. Postrado en un diván con ruedas, o en una otomana sacado a tomar el sol, su vida puramente vegetal no podía sino atormentar hasta grados indecibles de tortura a un cerebro ágil y despierto como el suyo, siempre dispuesto a hacer, a actuar y a trabajar…Así tanto uno como otro capo, con esta comezón de no poder actuar personalmente y viendo la muerte encima o a las puertas, como se prefiera: self made literature of gitans, pinchaban contínuamente y amenazaban con destituciones, a sus generales respectivos, que no hacían desde dos semanas o tres atrás más que tantear al contrario con timidez casi rayana en la gilipollez o la cobardía, delito castigado con la muerte entre los miembros de ésa distinguida capa social a la que nos referimos todo el rato.
Vistas las circustancias, tanto Agustinisho er Cuentacorrientes, niño de Cancanáles, como Luis Fernando Márquez Gómez y Díez de Camborio-Chunguito, el otro niño de Cancanáles, se dispusieron a la bélica trabazón que los aupara p´a siempre más, hicieron acopio de hombres y medios guerreros, salieron de sus bases y tomaron posiciones acechándose, y oportunamente: provocándose. A continuación, relataré antes, de la campal conflagración, un incidente que iba a decidir en gran parte la batalla subsiguiente: el día anterior de la batalla que tomaría el nombre de Batalla de la Casa de Cultura (injustamente, como se verá) es decir: el 30 de Agosto de 198…un grupo nutrido de Chamorreros, gente de San Adrián, fueron citados para medirse con vistas a lo del Servicio Militar. Casi quinientos mozos se dieron cita en el patio del Pulidor, anexo al Ayuntamiento viejo. Allí había de todo, ende pisaverdes y finolis a mormones y heavy métals; había también mods y punks, y, por supuesto: gitanos; diez tíos de la estirpe de los Amaya, clan aliado del Chamorro, habían sido llamados junto con otros compañeros de las tropas de San Roque (de choque). Era de ver cómo fueron también sus familias respectivas ¡Para qué enumerarlos prolijamente! había unos cien gitanos del clan Amaya. El incidente comenzó por una cosilla sin importancia. Paco Amaya Chúrrez disputó con un heavy que se le ponía chulo, y lo tumbó de una cuchillada ¡Qué revuelo!  Allí mismo fue detenido por la policía, que en el follón abatió a dos viejas del Ejército de los Amaya. Aquello fue de verse; tuvo que venir la Guardia Civil. Saldo: 3 mozos payos muertos, 3 gitanos, 2 policías nacionales, 3 municipales heridos graves, 40 heridos varios; todo el clan, en masa, detenido y puesto a buen recaudo por una Compañía de Antidisturbios.
Una vez investigados uno a uno, se vió que sólo debían soltar a diez mujeres viejas y a los bebés de pecho (aunque éstos pasaron con sus madres a prisión) Los demás: mozos, hombres, viejos, niñas, mozas, Kiyos…todos surtían sus bolsillos de objetos robados. Salía a un par de carteras por cabeza, de media ¡Hala, a nutrir la Modelo el clan de los valientes Amaya! (Aún hoy, a la 2ª Galería, se la llama El Piso de los Amaya) Lo grave del caso es que en ese momento, Agustinisho er Cuentacorrientes ya había iniciado la maniobra envolvente, y esperaba con candela (y con el clan de los Candela, que iba en pleno con él) los refuerzos de los Amaya. Sólo la necesidad de tranquilidad para moverse había inducido a los Chamorros Amayas a conjurar el peligro de ser tachados de prófugos y buscados como tales, pero su falta de maña (que no de inteligencia; eran todos de tipo cerebral, Ironía. Valga cerebral por bestia feroz, había dejado con el culo al aire al Generalísimo, o Duce, o Dux, de los Ejércitos Sanrroqueños, puesto que no habían podido comunicarle la desgracia al no saber ni los Amaya el paradero de Agustinisho ni éste el paradero de la tribu porrera, una vez que Agustinisho pasó del punto de concentración al despliegue. Esta circunstancia previa a la batalla, iba a ser fatal para los inconscientes Amaya: tiempo después, el mismo Chamorro el Joven los exterminaría casi completamente, en venganza por ése desafortunado inicidente, poco antes de ser cazado como un pollito el Nuevo Alejandro del Maresme, nabab de Mysore-San Roque, maharajá de Buduár-Omdurmán-Santa Coloma.
El 31 de Agosto amaneció sonriente a los guerreros: el clan del Rata había tomado posiciones trans-autopista, cerca de la montaña de Los Cañones. Exactamente, en la vertiente Norte del Turó dels Canóns. Los sanrroqueños se situaban cerca de la Plaza de Badalona. El primer encuentro tuvo lugar a las seis, en el Bar Deportivo, al darse la circunstancia de toparse dos malevos, uno de cada bando, a comprar tabaco y botellones de cazalla p´a sus jefes. Quizá, y es una suposición nada aventurada, sin ese primer chispazo las cosas hubieran evolucionado de forma muy diferente. El caso es que los dos tíos empezaron a tirotearse, acabando así la carrera delictiva del dueño del Bar, contrabadista y porrero. Se levantó un humo tremendo de pólvora, y al final, Pepillo Mierda, el malevo de los del quemao, cayó con la cabeza reventada en el umbral del antro vicioso. Al salir el otro, tópase con tres enemigos que lo acaban a patadas. Así empieza la lucha en torno al Bar Deportivo.
A las 12 de la mañana, veinte chamorreros y veintiséis soldados del aristócrata “negro del diablo” disputaban duramente cada palmo del terreno de la Plaza de Badalona. La lluvia de navajas fue impresionante. Los arbolillos se partían en dos, en siete, en veinte partes, merced a las ráfagas de ametralladora. Aquí aparecieron por primera vez los famosos Kalashnikov AK-47 que sugerirían una entente entre hampones y etarras ¡Craso error!
A eso de la una, los del Rata se retiraron dejando ocho muertos, hacia una estructura cercana, el Jardí de Natura, o Mansión del Indiano, que todos conocían como Casal de la Cultura del Barrio de Montoro (aquella manzana fatal de pisos baratos, como una inmensa Cábila-Acantilado) Enfervorizados, los chamorreros los persiguieron para acabarlos de una puta vez, pero hacia los parterres de la Masía rosa, el número de los del Rata, aumentó a cincuenta, y los chamorreros, sólo veinte, fueron diezmados con saña. Entre dos coches, Er Cuentacorrientes se defendía con su Wínchester recortao, de esperando el concurso de los Amaya, que no aparecían (hasta las dos) y cagándose en los muertos de este clan después de esta hora, cuando vió que no aparecerían nunca que; lo habían dejado a su suerte.
A las dos y quince, los chamorreros tenían quince muertos tiraos por las inmediaciones de la Casa de Cultura, que empezaba a mostrar multitud de orificios de bala, entonces aparecieron dos tíos de refuerzo p´a los de Agustinisho er Cuentacorrientes, con un mortero y una caja de bombas. Desde la torrecilla de la Masía del Indiano podrían, sin duda, barrer al enemigo salvaje y gilipollas. Vistos cuando saltaban una rejilla de obras, la lucha se trasladó al interior de la construcción, rosada como revés de naipe. Les siguieron al interior seis de los sicarios del cacique quemao. A la cabeza del grupo, el mismo negro del diablo, con una Thompson asín de grande. Un minuto después, una explosión demolía la mitad de la Mansión del Indiano, entre otras cosas, siete ancianitos de Hogares de la 3ª Edad y dos o tres funcionarios del Ayuntamiento tururú. Así, los cuarenta y tantos pretorianos de Pep Ventura se lanzaron sobre los cinco o seis chamorreros que quedaban. Sus cabezas adornan los prestaches de Er Campansha. Del gusto, el Rata murió aquella noche.
La muerte de Agustinisho er Cuentacorrientes, álias Er niño de Cancanáles, aquel conquistador sin par, aquel heróico sifilítico, aquel metro cincuenta de músculos y nervios de acero, el proyectista audaz de atracos a Fort Knox y el Banco de España, según cuentan, fue horrenda: lo mataron con un soplete. La policía tímida, sólo se atrevió a intervenir cuado todo había acabado. En total: dieciocho muertos por parte de los de Pep Ventura, veintidós por parte de los Chamorreros, luego la gente de la Masía del Indiano: cincuenta muertos. Sin embargo, increíblemente, el niño de Cancanáles de Pep Ventura había sobrevivido a la explosión de la Casa de Cultura, que no fue sino la de la caja de bombas de mortero de los sanrroqueños al ser alcanzada por los tiros del propio negro del diablo, apodo que fue profético.
Jefe del feudo de Pep Ventura, er Campansha eliminó a este héroe ciego y quemado por considerar que p´a quemaos, ya habían tenido bastante con su jefe, el Rata. Triste desagradecimiento hacia un general que demostró ser capaz R.I.P Luis Fernando Márquez Gómez y Díez de Camborio-Chunguito, negro del diablo (y por cierto que quedó negro) niño de Cacanáles, compañero en el Valhalla de Tiana del otro niño decapitado.
Aunque ganada, la campaña había sido desastrosa. Por lo tanto, Er Campansha intentó buscar la paz con los Chamorreros. Nunca había simpatizado con el Charrasquito Chungáo, cuya muerte había originado la guerra con  los de San Roque y por tanto, quería disfrutar ahora el puesto tan duramente conseguido. Los Chamorreros, como se sabe, entre lo de los Amaya y la Batalla de la Casa de Cultura estaban más que desplumaos, y los dispendios de la guerra también habían sido cuantiosos, así se reunieron los jefes en zona neutral, en Santa Coloma, e hicieron un pacto de no-agresión. Cada uno a lo suyo y pelillos a la mar. El Chamorro viejo, con cara de póker, selló el tratado con una caña de manzanilla. La procesión iba por dentro y Er Campansha, prácticamente, estaba condenado a muerte.
Corre Septiembre de 198… Sólo una cosa mantenía vivo al Chamorro Venerable: eliminar al jefe de Pep Ventura. La intervención en San Adrián, una y otra vez, para ayudar a los asediados partidarios de su sobrino (o nieto) impedía desarrollar su plan. Pero ¡Qué coñe! el viejo rejuveneció veinte años con el asunto. Cuando el diez de Septiembre dio de nuevo señales de vida el Chamorro, su sobrino, para celebrarlo: decidió no hacer esperar más a Manuel Lama, álias Er Campansha. Antes aclararé que, frente a los muros de la Fécsa había sido herido el Chamorro. Recogido por un par de partidarios, por mar había sido trasladado a Barcelona. En un tugurio del Barrio Chino había pasado su desaparición, reponiéndose y buscando apoyos, reclutando mercenarios fieros en Hospitales y los bajos fondos de la Ciudad Condal.
Pero pasemos al Campansha. Ametrallamientos, bombazos…todo eso estaba muy visto, coches trucados y paraguas, sombreros y botas rellenas de explosivos o vitriolo…todo mú vulgarote: pensó el anciano pero activo ex-guerrillero nacionalista en Grecia. Y decidió: al Campansha lo iban a secuestrar y a matar después de torturas sin cuento. Eufórico y confiando plenamente en la consecución efectiva del hecho, mandó preparar a sus criadas su viejo juego de agujas, tantas veces protagonista de escenas de divertimento en su aduar de San Roque.
Por cierto, que a éste no hay que subestimarlo en absoluto. De fiarse del Chamorro…¡Ná de ná! Para los dos firmantes, el tratado era papel mojado. Manuel Lama tenía ambiciones, ambiciones muy ambiciosas. Y tenía planes: apoderarse del Imperio de San Roque, con lo que se convertiría en virtual árbitro del Poder en Badalona. Y por supuesto: pez gordo de San Adrián y La Mina, que ambicionaba más que a las niñas de sus ojos.
Para hacerse con ello había entablado contactos secretos con Rafael Gómez Chamorro, caudillo de la rama Gómez de la familia Chamorro, aspirante al trono imperial desde hacía años. Había elegido a este clan por ser el menos premiado con puestos altos en la Corte chamorrera, y por tanto, por ser la más intocada en las guerras. Las otras tres ramas importantes estaban muy diezmadas. Si el cacique de Pep Ventura apoyaba a los Gómez Chamorro, era segura la ascensión de éstos a la púrpura cuando muriera el viejo que estaba mú malamente, pero al que se podía ayudar a ir al Cielo. Otros pretendientes: el Chamorro, siempre ocupado en sus guerras contra Fachón, muy debilitado ahora y al que había que impedir la ascensión al trono pues juntaría San Roque y San Adrián convirtiéndose en árbitro del poder en Badalona, puesto ambicionado por Manuel Lama. De todas formas, podía llegarse a un acuerdo con Fachón, reproduciendo los pactos con los Comunistas que tenía firmados su jefe el Rata, el cacique pagao por los rojos del Ayuntamiento en Badalona; con lo que el arrogante Gitano de Terciopelo acabaría su carrera presto.
Otro aspirante: Juan Pérez, laureado general muy bien visto por el Viejo, que podía darle la alternativa si “madrugaban” a su favorito, el Emperador del Vicio. Además, a este último lo apoyaban otras dos ramas, de aquellas tres, de la familia Chamorro. Los otros tres aspirantes lo eran sin fundamento, a título personal, y no tenían importancia.
Quizá Er Campero o Mañoño Chamorro hubieran podido aspirar al trono del Viejo, pero los tapaba la tierra hacía rato.
Una vez encumbrados los Gómez Chamorro, Er Campansha contaba con eliminarlos y encumbrarse, siempre, claro está, casándose con alguna mujer del clan dueño de San Roque. Todo debía hacerse discretamente. Aunque resignados a obedecer y pagar tributo a los Chamorro (a todo el clan), hay que tener en cuenta que en San Roque habían otras múltiples familias dedicadas al vicio; y, ocasionalmente, la púrpura sanroqueña podía tentar a algún aventurero con agallas del exterior. Las tensiones de Septiembre no auguraban un tranquilo mes de Octubre.
Desde el ángulo de los de Pep Ventura (e incluyo aquí a los Gómez Chamorro) el Viejo tardaba demasiado en irse al hoyo. Dado que se desconocía su inteligencia con el enemigo, los Gómez tenían acceso directo, como los otros nobles de la Corte, al cuartel superfortificado de Chamorro I el Venerable.  Unas gotas de esto o de lo otro, una cuchillada subrepticia, una almohada que le impide respirar al Viejo; un tiro, ya sin ambages, y dar un golpe de Estado en toda regla, tomando el poder por las bravas e imponer esta circunstancia a los desprevenidos cabecillas de las otras ramas. Incluso podía llevarse a cabo un ataque combinado, descabezando a todas las otras familias del Clan Chamorro, asesinando a sus principales jefes. Siempre quedaría, no obstante, la posibilidad de que El Chamorro Joven, se vengara como había hecho ya tantas veces. Quedaban pues dos opciones: una: cargarse al Joven en San Adrián, subrepticiamente y teniendo que atravesar los territorios del Viejo; o dejar para más adelante, una vez instalados en el trono de San Roque, acabarlo colaborado con Fachón. En esta disyuntiva estaban los de Pep Ventura sin decidirse: el 1 de Octubre (y de momento) por ninguno de ellos, lo único que era seguro era el proyecto de acabar con los dos Chamorros: el Viejo y el Joven. Ignorante de todo esto, el Chamorro Viejo preparaba con minuciosidad el secuestro y la muerte de Er Campansha, junto con su principal capitán vivo y a mano: Juan Pérez, el acto se fijó para un día: el 1 de Octubre.
Ambos bandos ignoraban que en juego había entonces un tercer apostador: Juan Fachón, jefe de la policía de San Adrián (municipales, marrones y sapos verdes) Hacía ya un año que tendía sus hilos o expandía sus tentáculos el hábil policía. Era preciso, para limpiar San Adrián y derrotar a los Chamorreros, cortarles los suministros de San Roque. Para Octubre tenía preparada una operación de corte de fronteras. Pero antes, para el 1 de Octubre, tenía preparado un plan: exterminar a los Gómez Chamorro, y puesto que sabía los manejos que se traían con los de Pep Ventura, prefería en el trono al agotado anciano obcecado, apoyado por familias diezmadas que, a esa familia intocada y con ganas de hacer, apoyada por el capo de Pep Ventura.
En combinación con el Ayuntamiento de Badalona, al que había pasado toda su información, preparaba una redada fatal el día 1 de Octubre en que también los Chamorreros preparaban una acción. No caigamos en la trampa de suponer inepto al Ayuntamiento de Badalona. Si habían apoyado al Rata,  jefe de Pep Ventura, era porque éste era un mal menor y era dócil, no llevando a cabo, además, muchas acciones choriceras, conformándose muchas veces con hacerse el Poderoso distribuyendo los bonos de comida que conseguía del Ayuntamiento y con los que mantenía, cual nabab, a varios miles de personas, que sabían que o le obedecían o no comían. Este jerifato sustentado en CCOO (que lo había heredado en derecha línea feudal del Sindicato Vertical) contrastaba fuertemente con las intenciones que se le percibían al sucesor. Er Campansha, por el contrario, había esperado mucho tiempo y quería hacerse millonario en un momento. Y pretendía, cada vez más distanciado de los municipales, y envalentonado, restablecer incluso la Bolsa del Crimen de Badalona, erradicada duramente un par o tres de años atrás con gran efusión de sangre. Así las cosas, sólo esperaban la ocasión para echarlo del mapa.
Imagínense el aduar bárbaro de Er Campansha, que es el mismo, con los mismos lujos  vandálicos, alcohólicos y puteros del anterior cabecilla, el gordo quemao. Más o menos los mismos pretorianos, los mismos parroquianos en el Bar, porque es un Bar; y los mismos pisos de San Roque en la parte del mar, al lado de Pep Ventura. A las doce, Er Campansha esperaba al cabeza de los Gómez-Chamorro: Rafael, para fijar de una puta vez la estrategia a seguir. Con este Chamorro traidor y ambicioso, tenían que venir sus principales tenientes, unos seis o siete tíos con escopetones, su Guardia de Honor. A las diez y media, por un error de información o por un cambio a última hora del momento de la reunión, preparaba Juan Pérez, personalmente, el secuestro de Manuel Lama. Cabe aclarar que se había enterado aquella mañana de los manejos de éste con los traidores Gómez. La prisa por llevar a cabo la acción le había impedido dar cuenta al Viejo Chamorro, que, ignorante: seguía preparando sus agujas de tortura y sus cuchillos capadores. Juan Pérez, así, tenía que procurar exterminar, de paso que mataba o secuestraba ar Campansha (que eso ya se vería) a los traidores Gómez-Chamorro. Y luego, avisar con tiempo a su Emperador para que no sucumbiese a alguna acción desesperada del resto de la familia traidora y descubierta. No es de extrañar que estuviera nervioso al máximo. Él y sus doce hombres, en tres coches negros cargaos de metralletas y bazookas.
Manuel Lama, en ése momento, se afeitaba tranquilo y se acicalaba convenientemente para la reunión, canturreando aires flamencos y viéndose ya dueño de Badalona, Ras de San Adrián y propietario de La Mina, enclave para futuras operaciones en Barcelona ¡Que tiemblen los hampones del Chino: pensaba-Y el Ayuntamiento de Narcís Serra, esto sitúa convenientemente la acción: cuando la idiocia empezó a embadurnar de color huevo-fábrica de un amiguete los grises y eternos edificios de Barcelona, garantía de la Solidez del Mundo, más tarde echándolos abajo, imitando Dresden, para empezar a reescribir la Historia,  cambiando el escenario, y cambiando la lengua y el panorama humano, creados a medida con psicología cheka dirigida al noble fin de transformar seres humanos orgánicos en Cliks de Famobil de plástico inorgánico, subrepticiamente, fuerzas policiales de más de sesenta agentes, entre azules, marrones y Guardia Civil, y muchos secretas, se dirigían por tres caminos distintos al aduar de Er Campansha…Es una dirección fatídica: Calle del Pez, Doce. Al solar de su cuartel general se le conoce como Casa del Quemao.
En ese momento están en el local, de entre los hombres de Pep Ventura, unos veinte chorizos. La mitad, más o menos, de la banda de Manuel Lama. Se avecina un encuentro en la cumbre, a palos y tiros. Una segunda Batalla de la Casa de Cultura, pero elevada a la centésima potencia. Mandaba las fuerzas policiales Pedro Fernández Avellana, comandante de la Polisía Nasioná. A las once se decidió Juan Pérez a cargarse ar Campansha, que se estaba levantado en ése momento, antes de que, a las doce, llegaran los traidores Gómez-Chamorro. Si había suerte, confiaba Juan Pérez en cepillárselos mientras fueran viniendo.
El movimiento de los tres coches no pasó desapercibido a los primeros vehículos policiales, que establecieron contacto visual con el convoy chamorrero y negro a las 11,02. Dos Land Rover de la Guardia Civil se atrancaron en medio de la calle Pepe Caca, sita a dos manzanas de la del Pez. El primer auto negro, que conducía el inexperto hijastro de Juan Pérez: José, no pudo enderezar y chocó de lleno. Antes de que explotaran los tres vehículos pudieron los sapos verdes retirarse, pero de los gitanos, una vez estalló el conjunto, que parecía un polvorín rodante, no quedaron ni las pavesas. El segundo coche negro donde iba Juan Pérez dio la vuelta en redondo, intentando tomar por otra calle. No sabía bien Juan Pérez el porqué de tantos polizontes. Aún no había decidido si seguir o dejar correr el asunto. Cosa que no llegó a hacer jamás. Desde un Z abrió fuego un policía nacional. La ráfaga reventó el parabrisas en un millón de fragmentos. El coche de Juan Pérez Chamorro se estampó contra uno de ésos cilindros verdes para anuncios. Juan Pérez salió con las manos en el rostro, disparando sin tino. Cayeron dos guardias. De los otros hampones, dos subieron en el restante coche negro, que huyó hacia San Roque a continuación, otros dos se parapetaron en un quiosco, luchando diez minutos con el retén de la Guardia Civil. Saldo: los dos gitanos, apresados, dos dueños del quiosco muertos; un niño gravemente herido; tres Guardias Civiles heridos y cuatro policías muertos ¡Una masacre que hacía prever otras mayores!
Juan Pérez, huyendo, se coló por una escalera cualquiera, la primera que encontró. Dos agentes marrones se apearon de su única moto y le siguieron, prestos los naranjeros. Un par de intercambios de tiros en la escalera de vecinos, afortunadamente vacía, y llegaron los Templarios al terrado del inmueble. Ni rastro de Juan Pérez. Seguramente había escapado por los tejados. No le vieron por ningún lado. Entre un par de arbolillos, en un patio inmediato, empalado en uralita, se desangraba aquella promesa de la choricería. Fue descubierto su cadáver por los propietarios, unos viejecillos, a las cuatro de la tarde. A las siete, reposaba en la Morgue.
Aquello no resultó inadvertido a los ojeadores de la banda de Er Campansha, que, sobresaltado, mandó prepararse a todos los suyos. Sacaron todo el armamento y esperaron a los ojeadores. Las noticias llegaron prestas. Casi cuarenta coches policiales y una tanqueta de la Guardia Civil se hallaban en las inmediaciones. Era inútil resistir en el Bar. Como sólo tenían a mano un coche, el 600 butano de Manuel Lama, decidió éste que, para despistar, fuera hacia el cordón policial cargado de hampones. Cogió a los tres más tontos de los suyos, y al primer viandante  (al que vistió con su traje más llamativo) y les dio orden de burlar el cordón policial. El resto de la banda debería huir en tres grupos, para pasar desapercibidos. En el primero, hacia el mar, iba el mismo Manuel Lama con cinco más. El plan suponía que, tras la evacuación, en el Bar no quedarían rastros de su banda, sería un local normal, y el propietario atendería a la policía como si nada pasase. La cosa iba a ser muy diferente. Justo huido el jefe, el barman no quiso que lo dejaran solo; estalló la pelea entre los presentes. Cuando se dieron cuenta, estaban sitiados dentro del local. Quince chorizos armados hasta los dientes en un bloque fortificado contra el impresionante despliegue de fuerzas policiales ¡Menuda fiesta!
El tapón color butano se topó con el coche donde iba el comandante Avellana, jefe de las fuerzas de policía. Parados en una calle solitaria, sólo estaban los dos coches, frente a frente. Sus ocupantes entablaron un nutrido tiroteo. Visto que los polis no cedían, el chorizo retrasado mental Quique Camborio Taranto, cabecilla de los otros dos, embistió contra el R-8 del comandante de la poli nacional. Se apartaron los policías, pasó el 600. Balas del calibre cincuenta, en número aterrador, tachonaron el vehículo. El inocente viandante reclutado a la fuerza resultó muerto, junto con el gitano de detrás. Luego, el 600 estalló en un horror ardiente, como una antorcha humana, salió Quique Camborio. Llamada una ambulancia, fue trasladado a la Clínica del Carmen. Murió un mes más tarde a causa de las heridas.
Manuel Lama, alias er Campansha tuvo más suerte: sin toparse con un guardia, logró llevar a su grupo hasta el mar. En eso les salió una parejita de azules, que no estaban apercibíos. Ver a seis chorizos con escopetones sin duda les sobresaltaría. No les dio tiempo de más. Quedaron como pajarillos con ali-oli. Pero como llevaban la radioencendida, en la centralita y en varios coches cercanos del despliegue policial, oyeron los tiros, sabiendo dónde se producían: dos gitanos insistieron en tirarse a la tía, deseo contra el cual Manuel Lama nada pudo hacer. Dejó a los dos lujuriosos y que no sabían por qué agujero darle a la tipa, pues era un colador, y se fue corriendo con los otros dos, que miraban de reojo no muy convencidos de irse. En la playa, llegaron hasta la vía del tren: no sabían adónde ir. Uno se fue p´a Badalona, otro p´a Barcelona y dejaron a su jefe allí tirao. Pero su jefe era más listo. Er Campansha tiró su Kalashnikov AK-47 detrás de una duna, se quitó la ropa, y sólo armado con su Colt 45 y su navaja de Albacete se dedicó a buscar bañistas para hacerse con un bañador ¡Qué tonto, pero qué tío más tonto!
Como era octubre, sólo encontró, nadando entre el petróleo, a una pareja de ancianos jubilados. Le quitó al tío el bañador (venga p´acá ese bañador) y se lo puso. Tras amenazarlos para que no hablaran,se echó,con el bañador que le iba como un pantalón de ésos campanone tan de su gusto,al agua. El rastro de Er Campansha se pierde aquí (Aunque sólo sea de momento). Del que se fue p´a Barcelona, nada se sabe. Al de Badalona, lo pillaron robando una semana después a los niños de un colegio de Monjas, reposa en la Modelo.
A los dos de la tía hecha colador los pillaron in fraganti dos Land-Róvers de la Guardia Civil. Subiéndose los pantalones, intentaron huír. Uno se atrevió a disparar. Error craso. Quedaron como un colador. En el Sumario del caso se lee: Ajuste de Cuentas, los quince (no dieciséis: al culpable del retraso en la evacuación lo habían matado a pisotones en los cojones) oyeron, dispuestos a todo la proclama, o aviso de la policía que los sitiaba, todos querían rendirse, pero ninguno se atrevía a decirlo. Hicieron oídos sordos. Antonio Manuel Taranto González, guardaespaldas de Er Campansha, tomó el mando. Dijo que sin orden judicial no podían entrar en su domicilio (fallo: estaban en un Bar) y se acogió a la Quinta Enmienda. Avellana contestó con el megáfono que si no se rendían en 30 segundos no iba a quedar de ellos ni las suelas. Silencio: Avellana entonces, hizo avanzar la tanqueta de la Benemérita Institución de los Sapos Verdes, al mando del sargento Cerreño y del cabo Cerril. Avanzó el blindado cautelosamente. Como la calle era estrecha, no podía ir de frente hacia el Bar; tenía que ir a lo largo de la callejuela hasta el local revoltoso, que quedaba a un lado del vehículo. Llevaban  girada la torreta e inclinado el cañoncillo de agua y la ametralladora pesada.
El cabo tricornudo vió por una aspillera salir del Bar, a despecho de los francotiradores policiales apostados en las casas de enfrente a un chorizo llevando en la mano un cóctel molotóv. El tipo echó rodando la botella ardiente y se volvió a meter indemne. El vehículo, por si no se sabe, era del tipo francés B-160,de ocho ruedas, que lleva debajo una trampilla para ir saltando por la panza del blindado, que quedaba a tres palmos del suelo, agentes que pueden ir bajando, así, protegidos por la mole del vehículo y tomando posiciones. Es un tipo de vehículo fabricado para la lucha urbana.Tres agentes, con naranjeros, esperaban en ese momento, con la trampilla abierta, para ir dejándose caer. Sin comerlo ni beberlo, una explosión de fuego les pilló sin protección por debajo. La explosión interior conmovió la tanqueta, que dio un salto de dos palmos. Luego, la mole verde oliva quedó quieta, asomando llamas y humo por las aspilleras. Se abrió la trampilla superior, saliendo una figura tricornuda con la espalda negruzca ardiendo con llama azul. En el suelo, intentaba apagar, rodando, el fuego de su espalda. En cuanto se levantó, segundos después, apagado el fuego, cayó muerto de un tiro de los chorizos del Bar. Seis muertos, una tanqueta inutilizada.
Varios GEO llegaron entonces. Su misión era actuar desde el tejado del edificio y bajar hasta la planta baja acabando con los resistentes. Iban dotados de bombas de mano, bombas lumínicas (que pueden cegar definitivamente al que se expone a ellas sin protección) y bombas de gases. Asimismo, llevaban dos ametralladoras M60 y fusiles de asalto CETME. Los agentes especiales eran diez en total.
Avellana vio los movimientos de aproximación de los GEO. Por fin, desde el bloque inmediato, pasaron al edificio del Bar. Los chorizos estaban juntos, todos, en el local. El resto del edificio estaba vacío, pues los vecinos habían huido ante los requerimientos de la policía. Sin más problemas, los GEO bajaron los cinco pisos. Se situaron, dentro de un piso cuya puerta habían forzado, justo encima del Bar: colocaron cargas restringidas para hacer saltar parte del suelo del piso. Mientras, se pusieron en comunicación con las fuerzas policiales sitas en los edificios del otro lado de la calle. En la explosión y el despeñarse consiguiente murieron cinco chorizos sitiados. En aquel pozo, los GEOS, convenientemente protegidos, lanzaron media docena de bombas lumínicas; además, introducen entre la humareda dos ametralladoras M60 y una tanda de bombas de gases asfixiantes, mostaza, en concreto, algo por lo que se le hubiera caído el pelo al jefe de los GEOS si no fuera por la vista gorda de la policía de Badalona. Las ráfagas de ametralladora barrieron concienzudamente el antiguo aduar del cacique, tras cinco minutos de fuego intenso, los GEOS tiraron bombas lumínicas y se echaron dentro del infierno de luz y gas mostaza, disparando sus CETME. Uno, incluso había calado bayoneta.
En la calle, un semicírculo de policías esperaba a los que salieran huyendo. Nadie salió, todos kaputt. Antonio Manuel Taranto González, para su fortuna, estaba en el wáter del Bar cagando. Mas cuando salió, lo trincaron como a un pollito. No obstante, la inhalación y la exposición al gas mostaza, junto con una ráfaga de M60 que se les escapó a los guardias, lo dejaron bastante mal. Lo internaron aquella tarde en la Clínica del Carmen. Quedaría tuerto. Reposa tranquilo en la Modelo. Hace años que no para de toser. Así acaba la batalla del Pez, Doce, a las Once.
Pero a las Doce, cuando aún estaban desplegadas en las inmediaciones las fuerzas policiales, llegan a la reunión con Er Campansha los diez Gómez-Chamorro en dos autos color huevo. Llegados a la esquina de la calle del Pez, por la banda de arriba, fueron parados por un control de dos marrones. Pedidas las licencias, dado lo sospechoso de los ocupantes gitanos, éstos contestaron a tiros, aún ignorantes de la ensalada de tiros que había tenido lugar una hora antes. Dieron vuelta por la calle del Pez, viendo los restos de la batalla. La tanqueta quemada que obstruía la calle no los dejó pasar. Allí quedaron sitiados por los marrones y la Guardia Civil. Avellaneda ya había vuelto a su oficina habitual. El capitán de la Guardia Civil, Fernando Yáñez,  ya no estaba para ostias y mandó tirar a dar. Los dos coches fueron objeto de una granizada de balas impresionante. Los gitanos, a los diez minutos, ya estaban detenidos. No habían tenido bajas. A la 1, estaban a disposición judicial, algo llorosos, junto con las correspondientes hojas en blanco firmadas por ellos para que el juez escribiese lo que le diese la gana.
Rafael Gómez Chamorro y sus cinco hermanos, y otros cuatro machos de la estirpe Gómez-Chamorro, flor de la ganadería, para su suerte, fueron a parar  a una prisión que no era la Modelo. Pues ésta está llena de Chamorreros, y su traición para entonces ya se sabía. Al hacerles la policía eso, les salvó conscientemente la vida. Reposan (por así decirlo) en la prisión de Gerona por escándalo público, exhibicionismo, y uno de ellos por no hablar cristiano y llevar patillas de boca de hacha. Quince años y un día.
Reforzado, como he dicho, tras el incidente, el Virrey  de Pep Ventura con los cuarenta chorizos de la banda del Playero, cesó prácticamente la guerra en Badalona. Muchas de las bandas pequeñas de Badalona, envalentonadas por los éxitos de los que se habían aliado a las autoridades, ahuecaron el ala de las filas municipales. Otras, las más recalcitrantes, siguieron al pie del cañón anti-Chamorrero, debiendo forzosamente, no obstante, mantenerse  al margen o emigrar a San Adrián para poder luchar contra los Gitanos de Terciopelo: los Chamorro.
E incluso otras bandillas mínimas se pasaron al lado de los de San Roque. El Virrey de Pep Ventura, ahora, era por sí solo un cacique más grande y poderoso  que el mismísimo Rata lo había sido en su tiempo. El excedente de fuerzas para el mantenimiento del Virreinato de Pep Ventura fue enviado a San Roque. Y de ahí, a San Adrián, donde sirvieron al esfuerzo para la gran ofensiva que daría unos meses después el Joven Chamorro, en el curso de la cual juraría no dejar piedra sobre piedra del moderno Ayuntamiento Adrianense.
Las acciones policiales de Badalona languidecieron junto a la ofensiva anti-chamorrera que, en Badalona dejó de existir sobre el tapete. No se puede decir que Fachón, cuando se enteró del afianzamiento de los Chamorro en Badalona, se sintiera muy contento. Pero es un lince, el tipo…¡Dejémosle pues en sus cavilaciones y planes maquiavélicos!
La guerra general en Badalona había acabado, puesto que los  líos que se traían los de Tiana no nos interesan por el momento, en absoluto ¡Otro gallo es la situación interior del Imperio Chamorrero! Siendo todos los gitanos éstos de la misma idiosincrasia y particular espesor occipital, José Pérez, Virrey de Pep Ventura, tras éstos triunfos, se creyó a su vez, Rey del Mundo, o por lo menos, de Pep Ventura. En principio, retuvo con él a más chorizos de los necesarios para el mantenimiento del feudo. Siendo necesarios en la Guerra adrianense, el viejo Chamorro I se los pidió. Al negarse, pretextando cuatro chorradas, el Virrey de Pep Ventura, ahora capo importante de veinticinco años, puede decirse que estalló un conato de guerra civil chamorrera. Se produjo apenas en la semana siguiente al vuelo de Hijopútez el Playero, tan fastuoso y bonito.


José Pérez, sobrino de Juan Pérez y hermano de Juan Pérez Júnior, asesinado bárbaramente a lunazos de cristal, se declaró poco menos que en Secesión del Imperio, suplantando en jefe de Pep Ventura al último señor del feudo independiente: er Campansha. Como los Chamorros estaban ocupados con sus intereses en San Adrián, que iban para rato, calculó José Pérez Chamorro que no podían distraer fuerzas para obligarle a volver al redil. Así, José Pérez intentó aproximarse al Ayuntamiento. Pero no llegó a entendimiento alguno puesto que los comunistas ya estaban escarmentados o escaldados, entonces se confió en sus propias fuerzas, que eran muchas, intentando llevar a Pep Ventura a gran parte de su familia, los Pérez Chamorro. Su plan era éste: tres reinos choriceros emparentados y en pie de igualdad, aliados contra todo y contra todos. Pep Ventura, gobernado por él mismo. San Roque por el Viejo o su sucesor (que él quería que no fuese el Joven Chamorro) y San Adrián gobernado por éste último. Era, frente al Centralismo del Viejo y Joven Chamorros, una especie de federalismo. Sólo consiguió llevarse a su feudo a un hermano suyo pequeño, Antonio, álias Er mariquisha. Su opción no sería aceptada por nadie más de la estirpe de los Chamorro. No obstante, las creencias de José Pérez eran erróneas. Si en menos de una semana había pasado de virrey a rey por derecho propio, en el plazo de otra semana iba a tener que soportar una ofensiva dirigida por los de San Roque.
Sbadulud, fiel siempre al Viejo Chamorro I el Venerable, quien le salvara la vida en Sidi-Ifni, donde lo entuertaron y donde lo querían capar (con toda razón) una jauría de legionarios feroces figuraba entre los miembros de la expedición, más o menos subrepticia, como todas las de estos estrategos de barrio y arrabal. El mismo padre de José y Antonio Pérez Chamorro, hermano mayor del heroicamente fallecido Juan Pérez, que ostentó el alto rango de lugarteniente del abuelo del Clan, votó unánimemente con el resto de su prole (otros veinte hijos) la muerte de los traidores secesionistas. Pero prefiriendo no forzar a sus fieles, el Viejo Chamorro destinó a este Clan fiel y guerrero a la campaña adrianense, encomendando a otros la represión y ejecución de los descarriados, y el restablecimiento de la autoridad Sanrroqueña en Pep Ventura. La estúpida ambición del jovenzuelo José Pérez ponía en peligro el Imperio Chamorrero en Badalona, y por ende, la posición de fuerza tan duramente conseguida. Había que actuar con precisión y rapidez, sin dar tiempo al Ayuntamiento y a sus aliados (por suerte, ya pocos), que debían estar aún a la que salta. Existía, claro está, el peligro de que estallara de nuevo la guerra en Badalona. Como José Pérez había intentado contactar con los municipales, ya debía saberse hasta en los mínimos tugurios la nueva de las peleas internas de la familia Chamorro.
Como siempre, el objetivo era descabezar la rebelión, al enemigo. Había que eliminar a José Pérez y al Mariquisha, que aunque sarasa era feroz como un perro rabioso o una rata así de gorda, negra y vengativa. Excepcionalmente, Chamorro I citó a sus aposentos lujosos a Sbadulud el dinamitero.
Cuando entró el renqueante y medio ciego experto en bombas, lo recibió una vaharada de olíbano e incienso que lo tiró de espaldas. A resplandecer, nadie le ganaba al anciano león, su salvador.

Habló el Emperador-Armenio: Bonasilo en te, sino sos me mulelo y na ezo manejar a los men. Mi anacero, mi sobrino o nieto, ne sina a ba. Desibas brequenar e obedecer a mi lugarteniente er Manguitos, que es capaz y cabal, e mandará la expedición de sanisco. Na os pireis sar remilgos. Acabad a la uan y ejersilénmente, con ésos sobrinos; nietos míos. Na les teneláis piedá. Bonansilo en te, Sbadulud. Puedes retirarte. Y salió el armenio dispuesto a todo. Había leído en las pupilas del viejo patillero el brillo de una futura recompensa a tantos años de servicios. ¿Quizá un feudo? Al armenio también le gustaba resplandecer.

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