jueves, 16 de abril de 2015

El Negrito Luisiñolo



De entre los pocos chorizos no-gitanos de las Guerras Chamorreras de San Adrián, cabría destacar al Negrito Luisíñolo (también llamado Simón Bocanegra o Bucanegra) El muchachito tuvo una carrera corta pero fulgurante, y un fin que, no es que le redima totalmente, pero que otorga un resplandor nada desdeñable a sus últimos días y a sus últimas horas. Militó por necesidad, ya que fue expulsado de su familia de industriales papeleros venezolanos, afincados en Barcelona, por su sodomía repetidamente demostrada. Librado a su suerte, el negrito Luisíñolo se asoció a uno de sus excompañeros de Los Hermanos, reconocido matón y gran promesa de entre los chorizos de las bandas payas de San Adrián. De esa banda pequeña, luego que mataron a su compañero, el negrito Luisíñolo pasó a una banda mejor, demostrando su valía en diversas acciones y comisiones. La banda era la de Joe Culogordo. Ejecutado éste en plena Guerra Chamorrera, en la 1ª fase de la Guerra Chamorrera, pasó el hábil Luisíñolo, pequeño pero matón, a servir a las órdenes del archifamoso Rey del Rock, único malevo que llegó a hacer sombra al Gitano de Terciopelo. Así, Luisíñolo vivió este agitado período en el bando policial, hasta que destruída (aunque momentáneamente) la banda del Rey del Rock cerca del Matacás, una noche sin luna, Luisíñolo escapó como pudo abandonando a los suyos, que perecieron a manos de los feroces chamorreros que, en plena alza, pareció que iban a poder, efectivamente, demoler el Ayuntamiento, como su jefe había jurado y prometido.
Pero el Rey del Rock sobrevivió y rehízo su banda, y Luisíñolo se vio excluido por traidor, y colocado en la lista negra de los hombres que obedecieron al difunto Joe Culogordo. Entonces, Luisíñolo se empleó en la banda del Pachuli, que también tuvo sus bailes, hasta llegar a jefe de veinte macarras con bates de béisbol, independizándose definitivamente y siendo una estrella más, y brillante pese a su negrura, en el firmamento de las bandas, muchas de las cuales evacuaron temporalmente San Adrián, que dejaron a merced de los cuatro o cinco bandos fuertes implicados en las Guerras entre el Ayuntamiento y los Chamorros y dedicando su acción, fundamentalmente, a La Mina, La Verneda y Sta Coloma. En un combate nocturno y general contra el grueso de la banda de Pusherillos, conocido rey de La Mina, Luisíñolo perdió su banda, por lo que, indigente y sin poder, tuvo que desaparecer de la circulación durante un tiempo. Su huída subrepticia duró veinte horas terribles, no desemejantes a la heroica huída (Anábasis, Hégira) que Pusherillos efectuó de Badalona a San Adrián Trans-Besós, tras la cual se vió en la parte antigua de San Adrián, que conocía al haber pasado en esta localidad la mayor parte de su infancia.
Y aquí retomamos el hilo de la historia:
El día era gris y frío. Luisíñolo caminaba por las desiertas callejas. Las manos en los bolsillos de la pelliza negra como su piel. Los rizos de negro al viento helado y lleno de contaminación, canalizado por la cuenca del Besós enderezada a fuerza de cemento armao.
Una calle cerca de la Iglesia de San Adrián. Luisíñolo la conoce. Llega hasta una puerta. Es de madera antigua. En el alto, una abertura con barrotes: una ventana encima de la puerta. Sobre el perforado dintel, el número veintiséis. Es una casa antigua espaciosa, con amplio balcón desde el que se ve la cúpula de la Iglesia y el gigantesco macizo de cipreses que surge de un patio cercano. Llama el negrito. Sabe que en esa casa viven los señores de Conti, padres de cierto vicioso profesor de Los Hermanos, bien conocido por nuestro héroe. Cruje la puerta antigua. La vieja Sra. Conti, viuda de guerra y casada en segundas nupcias con el Señor Conti, treinta años más joven, se encuentra con el desvalido negrito que tantas veces acudió a su casa a recibir clases y sémen, pero eso ella no lo sabe, según cree él, de su desaparecido hijo Filiberto, huido a las Chimbambas con un senegalés y operado de cambio de sexo. Se enternece el corazón de la anciana avara, que piensa vengarse del efebo que envició a su hijo único y le privó para siempre de nietos. Esboza una sonrisa.
-Avante Luisíñolo: te ujaraba.

Este pasa confiado en la estupidez de la vieja y con la intención de acabar con ella para quedarse con el baúl lleno de dinero en el que, es fama, guarda todos sus ahorros la vieja bruja. Arriba, en una salita-mirador, con vistas al río contaminado y al horizonte rojo y gris, el Señor Conti, cincuenta años; vicioso de las señoras mayores, sádico y sodomita; devoto de los jovenzuelos, las jovenzuelas y los niños y bebés en general; enciclopedista lector de Voltaire cuando hay visitantes, lector de M.L. Estefanía en sus horas libres, autor de un aletargado opúsculo titulado “De la supremacía de Marcial Lafuente Estefanía en la Literatura de todos los tiempos” jubilado anticipado por hemorroides y militante en sus tiempos jóvenes de la CNT. Esa noche descorchan una botella de champán de la antiquísima cava de la casa antigua, del caserón aquel, para festejar…

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