De entre los
pocos chorizos no-gitanos de las Guerras Chamorreras de San Adrián, cabría
destacar al Negrito Luisíñolo (también llamado Simón Bocanegra o Bucanegra) El
muchachito tuvo una carrera corta pero fulgurante, y un fin que, no es que le
redima totalmente, pero que otorga un resplandor nada desdeñable a sus últimos
días y a sus últimas horas. Militó por necesidad, ya que fue expulsado de su
familia de industriales papeleros venezolanos, afincados en Barcelona, por su
sodomía repetidamente demostrada. Librado a su suerte, el negrito Luisíñolo se
asoció a uno de sus excompañeros de Los Hermanos, reconocido matón y gran
promesa de entre los chorizos de las bandas payas de San Adrián. De esa banda
pequeña, luego que mataron a su compañero, el negrito Luisíñolo pasó a una
banda mejor, demostrando su valía en diversas acciones y comisiones. La banda
era la de Joe Culogordo. Ejecutado éste en plena Guerra Chamorrera, en la 1ª
fase de la Guerra Chamorrera, pasó el hábil Luisíñolo, pequeño pero matón, a
servir a las órdenes del archifamoso Rey del Rock, único malevo que llegó a
hacer sombra al Gitano de Terciopelo. Así, Luisíñolo vivió este agitado período
en el bando policial, hasta que destruída (aunque momentáneamente) la banda del
Rey del Rock cerca del Matacás, una noche sin luna, Luisíñolo escapó como pudo
abandonando a los suyos, que perecieron a manos de los feroces chamorreros que,
en plena alza, pareció que iban a poder, efectivamente, demoler el
Ayuntamiento, como su jefe había jurado y prometido.
Pero el Rey del
Rock sobrevivió y rehízo su banda, y Luisíñolo se vio excluido por traidor, y
colocado en la lista negra de los hombres que obedecieron al difunto Joe
Culogordo. Entonces, Luisíñolo se empleó en la banda del Pachuli, que también
tuvo sus bailes, hasta llegar a jefe de veinte macarras con bates de béisbol,
independizándose definitivamente y siendo una estrella más, y brillante pese a
su negrura, en el firmamento de las bandas, muchas de las cuales evacuaron
temporalmente San Adrián, que dejaron a merced de los cuatro o cinco bandos
fuertes implicados en las Guerras entre el Ayuntamiento y los Chamorros y
dedicando su acción, fundamentalmente, a La Mina, La Verneda y Sta Coloma. En
un combate nocturno y general contra el grueso de la banda de Pusherillos,
conocido rey de La Mina, Luisíñolo perdió su banda, por lo que, indigente y sin
poder, tuvo que desaparecer de la circulación durante un tiempo. Su huída
subrepticia duró veinte horas terribles, no desemejantes a la heroica huída
(Anábasis, Hégira) que Pusherillos efectuó de Badalona a San Adrián
Trans-Besós, tras la cual se vió en la parte antigua de San Adrián, que conocía
al haber pasado en esta localidad la mayor parte de su infancia.
Y aquí retomamos
el hilo de la historia:
El día era gris y
frío. Luisíñolo caminaba por las desiertas callejas. Las manos en los bolsillos
de la pelliza negra como su piel. Los rizos de negro al viento helado y lleno
de contaminación, canalizado por la cuenca del Besós enderezada a fuerza de
cemento armao.
Una calle cerca
de la Iglesia de San Adrián. Luisíñolo la conoce. Llega hasta una puerta. Es de
madera antigua. En el alto, una abertura con barrotes: una ventana encima de la
puerta. Sobre el perforado dintel, el número veintiséis. Es una casa antigua
espaciosa, con amplio balcón desde el que se ve la cúpula de la Iglesia y el
gigantesco macizo de cipreses que surge de un patio cercano. Llama el negrito.
Sabe que en esa casa viven los señores de Conti, padres de cierto vicioso
profesor de Los Hermanos, bien conocido por nuestro héroe. Cruje la puerta
antigua. La vieja Sra. Conti, viuda de guerra y casada en segundas nupcias con
el Señor Conti, treinta años más joven, se encuentra con el desvalido negrito
que tantas veces acudió a su casa a recibir clases y sémen, pero eso ella no lo
sabe, según cree él, de su desaparecido hijo Filiberto, huido a las Chimbambas
con un senegalés y operado de cambio de sexo. Se enternece el corazón de la
anciana avara, que piensa vengarse del efebo que envició a su hijo único y le
privó para siempre de nietos. Esboza una sonrisa.
-Avante
Luisíñolo: te ujaraba.
Este pasa
confiado en la estupidez de la vieja y con la intención de acabar con ella para
quedarse con el baúl lleno de dinero en el que, es fama, guarda todos sus
ahorros la vieja bruja. Arriba, en una salita-mirador, con vistas al río
contaminado y al horizonte rojo y gris, el Señor Conti, cincuenta años; vicioso
de las señoras mayores, sádico y sodomita; devoto de los jovenzuelos, las
jovenzuelas y los niños y bebés en general; enciclopedista lector de Voltaire
cuando hay visitantes, lector de M.L. Estefanía en sus horas libres, autor de
un aletargado opúsculo titulado “De la supremacía de Marcial Lafuente Estefanía
en la Literatura de todos los tiempos” jubilado anticipado por hemorroides y
militante en sus tiempos jóvenes de la CNT. Esa noche
descorchan una botella de champán de la antiquísima cava de la casa antigua,
del caserón aquel, para festejar…

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