jueves, 16 de abril de 2015

Sadism College



La muerte no le llegó fácilmente al curato pateao. La venganza del ex-alumno, cruel demente fabricado por la  educación represiva (y todo éso) había sido planeada con cuidado. Con fruición habíase anticipado mil veces el sádico criminal a los placeres de la venganza refinada, cruentísima, que había de llevar a cabo, irremisiblemente. En el momento, no obstante, todo el torbellino de acciones que se sucedieron, excedió todos los cálculos previos ¡Qué de golpes impetuosos en los cojones y en el cogote rapao, qué de puntazos en los dedos hasta hacérselos papilla al cura; y campo abonado a la gangrena, qué de patadas salta-ojos, que convirtieron la cara del Hermano Jumillo en un amasijo sangrante, muy parecido a una ciruela reventada, qué de cuchilladas y mutilaciones grandes y pequeñas, qué de botes de ácido nítrico que vertió sobre el infortunado exprofesor el perverso Ratón! Medio muerto, arrastró al cura bajo la escalera del Patio de los Coches. Allí, el criminal sádico extrajo su gigantesco cuchillo de caza con cachas marfileñas y brillantes. Primero le cortó la lengua, y mientras se ahogaba el otrora cantor de Gregorianos por la sangre y los dientes saltados, y aún los puñados de arena y grava que le introdujo en la boca su agresor, éste le castró como a un cerdo. Luego, dejó arreglado al cura, desangrándose sin sentido bajo la escalera de hormigón.
Viéndolo ya todo rojo, el exalumno no vió inconveniente en acabar con toda la comunidad monástico docente. Y, agarrando su garrote, penetró en el Edificio Nuevo. Llevaba con él, cargada con metralla, su pistola Colt 45 automática del año de la Pera. Dando un pequeño rodeo, entró en el despacho del Bola por la puertecilla que da al pasillo de Dirección. Allí encontró desprevenido al monstruoso personaje, masturbándose ante una estampita de San Luís María de Montfort. En sus ojillos, muy en el fondo, detrás de los gruesos cristales, vió el asombro el intruso. Luego el miedo al ver las armas, y el terror más intenso al reconocer, muy trabajadas por el pesar y la locura, las facciones de su exalumno, de aquel que le prometiera, seis años atrás, la muerte en castigo por los malos tratos sufridos.
De un patadón le aplastó los genitales, que estallaron en una cascadilla escarlata. Ahogó el grito del cura de un palazo que le borró la cara del mapa, y los ojos del rostro. Extrajo el asesino su botellita de vitriolo, que obligó a ingerir, íntegramente, al Bola. Luego, mientras éste agonizaba, le ató a su silla de ruedecillas y, tomando carrerilla, le impulsó contra la cristalera. En mil pedazos explotó ésta, desgarrando el cuerpo del cura. Detrás del cura fue su mesa, repleta y de una tonelada de peso. Cuando hallaron al Bola, parecía un ratón  pequeño de ésos recién nacidos chafado de un pisotón.
Después del Bola y el Jumillo, vino el Magú, que bajaba a ver qué había producido el estruendo. Al entrar en el Despacho del Hermano Disciplina, encontró a un malhechor violando a la secretaria de aquél. No pudo hacer nada. Un botellón de alcohol le alcanzó en pleno rostro, haciéndole caer. Lo siguiente y lo último que pudo percibir fué el pistoletazo que le atravesó el cerebro. La secretaria recibió un navajazo en el cuello. El Ratón la dejó desnuda, sentada en su silla giratoria. De su cuello salía un chorro de sangre, expandiéndose por la mesa, anegando los documentos, papeles y libros. Harto del chop-chop de la sangre, le aplastó la cabeza a la chica con una máquina de escribir. Cargó de nuevo su retacona. El Director, al ver entrar al que expulsara del Colegio, tembló un momento. Del disparo a los cojones no murió. Murió desnucado al caer sobre él la estantería de hierro cargada de libros. Luego el Ratón quemó el cuadro leit-motiv de la Dirección. Aquella horrenda batalla de barcos. Un asqueroso pastiche como hecho por algún alumno mongólico o algún cura o profesor oligofrénico...Basura.
Con el viejo no fue cruel: se limitó a descerrajarle un tiro de metralla en el rostro. En el caminillo de grava lo dejó, llorando, ciego, con las manos en los ojos. Otra cosa fueron los dormitorios. Cuando sorprendió al Hermano Victorino sodomizando al Hermano Josefo, el Ratón no pudo soportarlo más. Se abalanzó sobre ellos. Agarró a uno y, de un empellón, le arrojó por la ventana. En el suelo quedó, aplastado como una tortilla. Al otro le ató a la cama en posición de mujer que da a luz, le roció de gasolina y le pegó fuego. Descanse con los angelitos…cuando muera, de esta salió vivo ¡Pero de qué guisa!.
Ahíto de fuego y de sangre, recorrió, destrozando todo el  piso de los dormitorios. Desde un balconcillo, vió salir corriendo una figura por el Patio de los Coches. Asió lo primero que le vino a mano: el televisor a colores de la ascética comunidad gabrielista ¡Qué puntería! (adquirida, sin duda, bombardeando a escupitajos, desde la clase, a los viandantes pacíficos del Pasaje Blume, motivo por el cual fue expulsado) Satanás Belcebú Gómez, tesorero del Colegio, huía con la Bolsa. Desde el ángulo del Ratón, pareció una mosca reventada aprisionada por un chicle o una moneda. El estruendo fue notable ¡Qué música para los oídos del Ratón!
Armado de un hacha, Ratón destruyó todos los objetos y puertas del piso-dormitorio. A un cura sordo que dormía y no se había dado cuenta de nada, lo despertó meándosele en la oreja. Todo fue sorpresa, desagrado…y tragarse un kilo de cuchillas de afeitar. Arrastró el corpachón 1,50 agonizante, lo depositó en el borde del balconcillo, con los pies y el sobresaliente, gigantesco culón colgando. Ahogándose, tajada la tráquea, vomitaba sangre el sexagenario, cruel y sodomita y gomorrita, Hno.Pérez Perengánez de Pérez, álias “Sor Adela”.
La parte del balconcillo era la que da justo encima del portón de hierro que comunica el Patio de los Coches con el jardín de enfrente del Exágono. Empujó al pingajo meao, que se precipitó por el estrecho tubo, clavándose en el portón. Destrozado, hincado en la hoja gorda, se le desprendieron las tripas, cayendo en el camino de tierra batida. Un minuto después, cayó partido en dos: un cacho en el Patio de los Coches, la cabeza y el torso en el jardín, con su delicada “negligée” rosa, entre los macizos de flores y arbustos.
Magnánimo, al bajar al Patio, remató El Ratón al viejo jardinero que había dejao señalao. Un tiro en la nuca, y en paz. Le extrañó que aún no hubiera acudido la policía, después de tanto follón y tiroteo, y del incendio que se había extendido a todo el piso superior. Pero estaba demasiado loco para pensar en ello más de dos minutos. No encontró a nadie más. Salió por la Rambleta y se largó por debajo del Puente. Entró en el umbroso salón de actos. Su sombra, alargada se dibujó en el rectángulo anaranjado y terroso. En la negrura de los extremos pululaban los cachivaches múltiples. Filtraban las ventanas cerradas, con postigos o con cortinas emplomadas, un ténue resplandor gris perla y dorado a la vez. Al fondo, a la derecha, la ventana pintada con rombos de colores desprendía una luminosidad predominantemente verdosa. Crujió la tierra que empuercaba las losas frías. Cerró la puerta que daba al Patio de los Coches. Desapareció la luz. Quedó envuelto el tipo en la atmósfera frígida, rosa y azul, negra al fin, del salón. Al acercarse a la  puertecilla de la izquierda, alejada del pasaje central, a los bordes del cual se plegaban las separaciones de cuero, respiró fuertemente. En el bolsillo, la pistola lanzaba sus ondas mortales, pidiendo ser usada. Por unos momentos, se esfumó la efervescencia que oprimía sus gastadas meninges hirvientes (o hervorosas). Miró a través del pequeño trozo de cristal libre de la pintura gris que lo hacía opaco en el resto. Lo que vió le hizo hervir la sangre. Cerró los ojos llorando. Echó mano a la pistola. De un patadón se fue abajo la puerta hecha añicos. La bestia, pistola en mano, franqueó el umbral del aula. A zancadas, furioso, atravesó por entre los pupitres la clase vacía. Los dos amantes del fondo, componían a toda prisa su aspecto, intentando llegar a la puerta del pasillo. Habían sido descubiertos y la muerte sería el castigo a su traición. Disparó hasta agotar el cargador.
El silenciador demostró su utilidad. Sin ruído, los dos cuerpos jóvenes, truncadas para siempre sus vidas, quedaron en el suelo. Uno, encima de la tarima. El otro, bajo el gran Cristo de papel de plata. Llorando, el asesino; un hombre como de cuarenta años, barbudo, vestido con bata gris, volvió sobre sus pasos. Cruzó de nuevo la vacía y negra sala de actos. Arrojó la pistola, humeante, a la oscuridad donde se apilaban las sillas. Un breve estruendo llenó la ominosa negrura.
Atravesó el Patio. Subió la escalera de cemento. Entró en Dirección.
-¿Qué sucede, Hermano Justino?: inquirió el Hermano Director.
-Acabo de matar al Hermano Blas y al Hermano Benjamín: contestó el criminal.
Luego, prorrumpió en sollozos.
Incrédulo, mandó el Director a alguien al Colegio Viejo, mientras intentaba calmar al Hermano del Material, que estaba deshecho, y allí encontraron los cadáveres.
El tipo andó por el patio de arena crujiente hasta la Escalera. Hacía un día de aquellos en los que la neblina del Río no hace sino aumentar el efecto soleado en las partes en que ya a la hora en que transcurre la acción-9 de la mañana-da el sol de pleno. Medio dormido, entró en el Edificio Nuevo y luego se dirigió a su vez al primer piso. Los pasos resonaron en la estructura del Colegio vacío. Era un sábado. Solamente los del fútbol e inglés estaban ocupados en todo el recinto de Los Hermanos. El tipo en cuestión, ya es hora de que lo presente, era el Hermano Melchor Álvarez Burgos, prototipo de gabrielista modelo Concilio y encargado del Material. Cogote rapado a lo Kénnedy, solamente en los últimos tiempos se había permitido dejarse barba, una barba que le daba un aspecto de misionero-adoctrina-negritos. Iba vestido del gris cuasi-reglamentario de la Institución, con clergy-man y el tremebundo pito color butano colgado del cuello. Bajo el sobaco, una carpeta llena de papeles, posiblemente, cuentas y facturas. Matar a un hombre, en general parece fácil; la maquinaria compleja que sostiene y rige la persona tiene algunos engranajes especialmente frágiles, cuyo fallo implica el fallo de todo el sistema.
Ródeno García, por supuesto, nunca había oído hablar de John Pear Foss, ni había leído su libro (ni ningún otro, por otra parte) ni se había parado dos veces a pensar qué es lo que debía hacer antes de actuar (ni antes ni después, lo que le ahorraba muchas aspirinas). Nunca había situado mentalmente el punto del cuerpo enemigo sobre el que iba a tirar o pinchar, o a cortar con ayuda eléctrica.
Pero tampoco había tenido necesidad. Pese a deber a la Justicia veintiséis muertes, estrictamente, podía decirse que nunca había pensado. Siempre había ejercido el homicidio después de ponerse ciego de ira y coraje. Como se ve, no es necesaria apenas la inteligencia para matar, cosa que demuestra este caso. No siempre se precisa una sana teoría aprendida para actuar bien. Con el instinto, es suficiente.
Y Ródeno García poseía Instinto y experiencia; una experiencia de veintiséis muertes; con un debut brillante: una matanza en masa de siete personas, mas su caso fue el de quien mata por venganza y luego, cegado por la excesiva sangre derramada, cae en la pendiente del homicidio continuado. Finalmente, acabó ganándose el pan  con aquella ocupación para la que tan bien dotado resultó estar.
Delgado, bajo, ratonil, ojillos menudos y oblicuos, nariz ganchuda y transparente, incisivos saltones, mal afeitado; urcado de costras y ronchas de suciedad y dejadez, pelo revuelto…ésta podría ser muy bien la descripción de Ródeno García, embozado en una pelliza marrón y sucia y apostado tras una esquina. Acechando al biés a los viandantes que surcaban la neblinilla húmeda que envoltaba San Adrián. Aquella era una calle empedrada de adoquines, paredes grises y persianas inmaculadas, bajadas aún, era muy de mañana.
Sabía lo que debía hacer, y a quién. Había recibido instrucciones exactas. Debía actuar a cuchillo. Era difícil. Pero García El Ratolín tenía buena puntería, era buen lanzador de cuchillo. Sólo una suerte inmensa le permitiría llevar a buen fin el encargo con los requisitos especificados en sus órdenes. De todas formas, el tipo (o mejor, la tipa) no saldría con vida. Si llegaba a ser necesario, utilizaría el pistolón, que yacía en el fondo de su bolsillazo. Más mal o más bien, lo fundamental del encargo, que era la eliminación de la persona indicada, era cosa segura.
Una ráfaga de aire frío le atacó por el cogote, se estremeció y se arrebujó seguidamente con un gesto nervioso. Sus dedos acariciaron la rasposa culata del nueve largo con silenciador. Además de rasposa, estaba fría también. Interrumpió el contacto con el arma. Fumándose un pitillo, con la espalda en el canto de la esquina, se palpó el sobaco donde un Bowie superaerodinámico reposaba en funda japonesa. Dos monjitas renacuajas, de ésas del traje del Ejército de Salvación, pasaron en animada charla por al lado. Margarita López, monja Adoratriz, notó el aire sesgo del sospechoso esquinero; cuyos ojos, tras las gafas, denotaban ferocidad. Los dos bultos marroncillos desaparecieron en la humedad contaminada, hacia la Plaza, que empezaba a despertar al aún incipiente día.
Seguía siendo temprano. El sol, reflejado en uno de los cristales del techo de la Plaza, le hincó un rayo en el ojo izquierdo, convirtiendo por unos momentos el mundo azul en que se movía el criminal en un mundo de fulgor infernal amarilla. Cambió de posición unos dos palmos, fue suficiente. Nuevamente era fría y azul neblina lo que le rodeaba.

Cierto conocido médico había sido chantajeado repetidamente por ciertos hampones cuya personalidad puede suponerse. Al no hacer caso el galeno de las amenazas de sus chantajistas, decidieron darle un aviso para escarmiento y ejemplaridad, además, del público en general: le matarían a su hija, que era como su ojito derecho. Y para ese trabajo habían escogido al ex  alumno gabrielista.

    



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