jueves, 16 de abril de 2015

El Chamorro y sus primos



En el momento en que transcurre la acción, estaba en el apogeo de su poder y gloria, ya que los años 1977 y 1978 marcaron el cénit de su carrera. (Ya se verá más en la 2ª parte de esta Obra) De 1974 a 1977, el Chamorro ascendió como chorizo. De 1977 a 1978, se hizo dueño de San Adrián ante el absoluto vacío de poder que dejó a la ciudadanía a su merced. Y entre 1978 y 1981 fue decayendo ante los embates de las fuerzas policiales, reforzadas de forma abrumadora. Se le dio por muerto en 1981, pero no es seguro su óbito, al no haberse hallado el cadáver. Fue terror de niños y grandes en San Adrián; una verdadera fiera.
En Abril del 1978 se presentó donde se reunían los del gang de Joe Culo Gordo.Y no sólo, que hubiera sido una temeridad, sino acompañado ¡Y de qué forma!: Iban con él su primo; una bestia corrupía: sin frente, las cejas-cejijuntas, peludas e hirsutas, se mezclaban con el pelo. La nariz deforme, papada triple. La cabeza gigantesca y el cuerpo: una masa amorfa. Su consejero principal, un enano eunuco, gordo y deformadísimo, armado de llave inglesa y una cadena de hierro. Y el Stúpid, un ser verdaderamente lovecraftiano: ojos saltones, bocio, boca de batracio, orejas gigantescas, pelo casposísimo y además, complexión eunucoide y manos gigantescas y chatas y garfios por patas, no podían llamarse pies: una piltrafa viviente. Y, por supuesto, el Chamorro: alto, gitano, cuadrao sin dejar de ser longilíneo. La estampa que muchos conocen en San Adrián, y que temieron también muchos otros. Entró en el cuarto donde Joe Culo Gordo discutía planes futuros con El Rey del Rock y su otro consejero: un viejo parecido al Sorofski de Fama.
El Chamorro expuso claramente sus deseos y demandas: la cesión por la cara del atajo. Joe Culo Gordo dudó, atemorizado. El Chamorro era demasiado poderoso para plantarle cara. Y sus acompañantes eran bestias pardas y destructoras, con deseos de matar al menor gesto de desagrado frente a las intenciones del Chamorro.
El viejo consejero de Culo Gordo Joe le aconsejó establecer un pacto de cesión  en cosoberanía con cláusulas favorecedoras, pero el Chamorro no le dio tiempo a nada: hincó su navaja sobre la mesa, y acto seguido obtuvo la cesión completa del atajo. Además, chulo él, advirtió:
-Chacho: naja y apusa al buchinogue que tengas apostao: yo voy allí, a tomar terablé y si veo allí a alguien de los tuyos, lo tasabo.
-Vardá de Chamorro: añadió el enano con su voz aguda. Y acto seguido, salieron.
Joe Culo Gordo era diplomático. Sabía esperar el momento para atacar a sus rivales, y sabía asimismo doblarse como un junco ante los temporales que surgieran eventualmente, por eso llevaba en la profesión tantos años, y no se molestó ni en avisar al pollo que tenía en el atajo. Lo que pasó con él cuando el Chamorro llegó allí es algo en lo que vale la pena detenerse.
El tipo era Ernestito Idiotáinez, álias el culo gordo. Precisamente por llevar el mismo apodo que el jefe del gang, le granjeaba desde hacía bastante la animadversión de éste. Esto explica que el fastuoso Joe decidiera prescindir de él, al dejarlo como carnaza para las fieras del Chamorro.
No hacía mucho, alguien había propuesto a Ernestito que se apoderara del gang de su jefe, pero en cuanto intentó moverse un poco, al ser tan evidente su idiotez y mutación congénitas, se encontró sin apoyo ni partidarios, y tuvo que dejar correr el asunto.
En fin, prosigamos con los hechos.
Como innúmeras semanas anteriores, esta de Abril del 1978 la comenzaba Ernestito plantándose a la puerta del atajo lo suficientemente camuflado como para no despertar sospechas que pudieran alejar a las posibles víctimas.
Su estampa era horrenda; su cara era afilada, la nariz gigante y cejijunto, los ojos exoftálmicos, el pelo, a la moda, y la boca, abierta dejando mostrar su lengua, y babeante de forma perenne. Los hombros, estrechos, y los brazos, larguísimos y colgantes. El culo, gordísimo. Y una pierna más corta, mucho más corta que la otra. En esa llevaba un pie zopo extra dry y en la otra una bota reglamentaria de ayudante del general del 7º de Caballería de Michigan; era tan lovecraftiano como los acompañantes del Chamorro, por lo menos. Esperaba en una posición totalmente inmóvil, catatónica si no cataléptica, esgrimiendo una navaja en la mano. Sólo los ojos se movían. Seguía con ellos el vuelo de las moscas, gordas y verdes, que se criaban en aquel selecto jardín, de modo que cuando Chamorro y sus compinches llegaron al atajo, no se le ocurrió nada al desgraciado más que darles el alto y pedirles el peaje que exigía el gang de Joe Culo Gordo.
Se abalanzaron sobre él. La lucha fue corta, pero sangrienta y contundente. Lo aplastaron y lo quemaron. Lo mutilaron por partida múltiple, lo empalaron…y después se fueron los incursores. Cinco minutos después, llegaban los dos machacas que el nuevo propietario del atajo enviaba a cobrar los derechos de tránsito; ellos se encargaron de dar remate al aún agonizante Ernestito: lo embadurnaron de basura, grasienta y gelatinosa y lo llevaron hasta un descampado donde merodeaban perros vagabundos y hambrientos…No volvió a saberse nada más de él, así había acrecentado el Chamorro sus territorios.
Culo Gordo Joe no olvidaba la ofensa recibida, pero este resentimiento no podía hacer mella, en absoluto, en El Chamorro, que veía transcurrir plácidamente su año de máximo esplendor: 1978. Y sí, este año fue el de máximo esplendor, el cénit de la carrera de El Chamorro, pero antes de terminar entraron en escena los agentes que provocarían su caída, que, lenta pero segura, le arrastraría desde entonces hasta su final en 1981. Pese a todas sus fechorías, la gente de bien había ido tolerando el bandidismo de El Chamorro, pero dos de sus acciones fueron las que colmaron el vaso, que había empezado a llenarse años antes: la primera fue que en 1978, entrando en una fase de avaricia, El Chamorro mandó incrementar los asaltos y peajes, no despreciando por eso los asaltos a escolares por la obtención del pobre botín que de éstos se podía sacar. Este recrudecimiento, llevado a cabo por una facción de los secuaces de El Chamorro llamada la banda del pis, exasperó a los familiares de muchos alumnos asaltados, y un par de Asociaciones de Vecinos y de Padres de Alumnos de un par de conocidos Colegios adrianenses (la identidad de estos dos colegios es evidente: Los Hermanos y la Betsáida) elevaron notas de protesta a la Alcaldía, instando a ésta para que acabara de una vez por todas con el floreciente bandidismo de San Adrián.
La segunda acción comprometedora del todo de El Chamorro fue ésta: cada semana acostumbraba a unirse un día a la banda del pis y a realizar un raid por la Rambleta con sus dos famosos mastines meones. Y ése día los asaltos se multiplicaban un mil por mil, no entraré en detalles, pero acostumbraban a divertirse de lo lindo.
Un día, yendo en uno de estos raids, se demoraron hasta las doce o más de la noche vagando por el desierto San Adrián. Y así, al ver a una chica que no estaba nada mal, pero que nada: decidieron tirársela. Fué en frente del Blau, en la calle que conduce a los Hermanos, en la que hay los fenecidos talleres Bolós, a la sazón expropiados a la brava por los trabajadores constituidos en soviet. Le taparon la boca, la desnudaron totalmente y, sobre los adoquines, expuestos a ser descubiertos en cualquier momento (el Chamorro era audaz en cantidubi) la violaron repetídas veces, aunque, de hecho, siendo día de ráid del Chamorro éste no esperaba presencia policial alguna: las calles eran suyas. Fueron cinco, sí: cinco, los que iban en aquella patrulla. Después, los acontecimientos se sucedieron rápido: la chica llegó a su casa en un estado desastroso, pero no todo lo que se ha llegado a decir (está probado que venía pidiendo más y más, y acaso fuese eso parte del estado desastroso) El hecho fue denunciado a la Policía. El Chamorro había cometido su segundo y fatídico error: la chica era Silvia Enriqueta Blasqué, hija de uno de los diez influyentes de San Adrián. Gracias a la influencia de la familia, aunque se abrió una investigación, el hecho no llegó a los periódicos, aunque sí pasó de boca en boca hasta quedar, en boca de los niños, completamente hinchado y desvirtuado. Yo, que era uno de aquellos niños, llegué a oír, y hasta  a creerme que El Chamorro, junto con 42 miembros de su banda, habían violado a una chica. No se especificaba, en aquel rumor, si los dos famosos mastines del Chamorro habían tomado parte también en la fiesta, pero de la forma en que se contaban los hechos, se suponía que algo habría de cierto en esta hipótesis…El caso es que estos dos escándalos a soto voce, llevaron al concejal encargado de la policía a llevar a cabo una campaña con todos los requisitos militares y policiales contra la plaga que era ése chulo desafiante. Además, se acercaban las primeras Elecciones municipales democráticas, y quienes calentaban los sillones del Ayuntamiento flamante y ultramoderno de San Adrián, querían congraciarse con los votantes, para que tomasen carta de naturaleza sus divertidos disfraces y poder seguir calentándolos, votantes, es un decir: sobre todo, los votantes influyentes, mecenas de campaña, que eran los que habían presentado queja contra el mítico gitano, El Chamorro.
Se llegó a la conclusión de que, junto con todas las medidas ya aprobadas de aumento de personal y armamento de la policía adrianense, tanto municipal (entonces los azules aún iban armados) como nacional (y Guardia Civil; la famosa tanqueta) debía contratar a un jefe experto en la lucha contra el crimen, que asumiera el mando unificado de las fuerzas del Orden de San Adrián de Besós. Y lo hallaron en la persona del teniente Juan Fachón. Acababa de jubilarse con el cargo de Inspector Jefe en la Dirección General de Seguridad de Barcelona, pues ya tenía la edad del retiro, aunque aparentaba bastantes años menos. Había sido soldado de la Legión durante la Guerra, después había escalado el escalafón hasta teniente de la Guardia Civil y después había pasado al Cuerpo Nacional de Inspección y Policía Judicial (Cuerpo Superior de Policía) tras duros exámenes para un hombre inculto como él, que pasó sin pena ni gloria.
Era un duro, y si cuando esta historia no lucía ya el típico bigotillo franquista (lo había utilizado durante muchos años) no era por chaqueterismo, sino por una rigurosa prescripción facultativa. El bigote le provocaba una alergia y una eczema en las junturas de la nariz con las comisuras. Chapurrerar el dialecto catalán hizo una escena de furia histórica cuando empezaron las emisiones de televisión en catalán de Radio Miramar, diciendo que España estaba amenazada de muerte, sin embargo, mira por dónde, no le causaba ahora alergia alguna, y hasta le parecía simpático y todo, oye.
En cuanto le propusieron el cargo, aceptó encantado y halagado. No costó nada llegar a un acuerdo en lo monetario, tatis deseos tenía el viejo bull-dog policial de proseguir su lucha contra el Crimen. El comunismo a la sazón iba un tanto desorientado: las bandas eran un ejemplo perfecto de libertad de empresa y a un tiempo, de gestión eficiente.
En Diciembre de 1978, Juan Fachón tomaba posesión de su cargo, con derecho a despacho en la parte del Ayuntamiento que mira hacia el río Besós y la Rambleta, habilitó dos grandes estancias como Cuartel General, y desde ellas llevaría a cabo la mayor Represión que sufriera nunca el Crimen organizado en San Adrián.
Pero, para el Chamorro, inconsciente, todo siguió siendo Jauja hasta varios meses después. Sin que el mítico gitano lo advirtiera, Fachón fue entrando poco a poco en contactos con todas las otras principales bandas de San Adrián, firmando (es un decir) numerosos pactos bilaterales con cada una de ellas, tendentes a aislar más y más al Chamorro. La mayoría de “capos se unieron de buen grado, y también Joe Culo Gordo, que veía la ocasión de vengarse de éste, pero sin confiar tampoco en Fachón, pues veía claro que El Chamorro era sólo el primero, y que después, el ex Guardia Civil iría acabando, una a una, con todas las bandas organizadas. Fachón había sido contratado para limpiar San Adrián de chorizos, no de un chorizo.
Al Chamorro le habían hablado de los nuevos bríos de la policía, pero no lo tomó en serio. Y así, confabulados los mangantes y la policía, vio cómo poco a poco, se le iban estropeando negocios, le enviaban a la Modelo a más y más de los suyos, y que la policía parecía estar enterada de todas sus actividades.
La investigación sobre la violación de la hija de Blasqué parecía haber salido del punto muerto en que se hallaba, e informados los agentes del orden por misteriosos y numerosísimos confidentes, fueron siendo detenidos por la policía los participantes en el legendario hecho. Bien reunidas pruebas y agravantes, a cada uno de los capturados, no le caían menos de quince años y un día, fuese por el motivo que fuese, y eran enviados a la Modelo. Y llegó un momento en que, del quinteto violador sólo quedaba libre el Chamorro. En Marzo de 1979 lo detuvieron también a él y sólo gracias a una hábilmente construida coartada pudo salir libre de aquel trance.
En tanto, todas las otras bandas hostigaban a la del Chamorro y al mes siguiente de su puesta en libertad, una emboscada acababa con diez de sus hombres, que formaban una caravana de contrabando hacia Barcelona. Hasta los peajes se volvían improductivos al ser atacados o detenidos los machacantes destacados en aquellos puntos. Y se dio cuenta el insigne chorizo de lo que pasaba. Así las cosas, preparó un raid de venganza con el que pretendía escarmentar a los otros jefes de bandas, que ahora se habían pasado a la policía. Y también planeaba eliminar a Juan Fachón, el autor de su decadencia.
Y en ése momento, al revisarse el caso de la violación, habiendo confesado los cuatro que ya estaban en la cárcel, delatándole y habiendo sido demostrada la falsedad de su coartada, fueron de nuevo a prenderle. No se dejó y dejó panza arriba a un par de azules, dándose a la fuga posteriormente.
Su casa y su Bar-Bodega, conseguidos a base de robos y asaltos, fueron confiscados por el Ayuntamiento, agobiada su familia y desahuciada, y detenidos muchos de sus secuaces y familiares. Fué en vano, no se le pudo encontrar.
Refugiado en San Roque con su numerosa familia gitana, pensó en la venganza: prendería fuego al Ayuntamiento. Todos sabrían quién era. En total reunió, entre adeptos, familiares y aliados de su familia, cerca de sesenta hombres, todos armados con pistolas, escopetas de caza, navajas, facones, machetes, tenedores…Y haciendo uso de estas fuerzas, empezó a asesinar a los banderos y capos que le habían traicionado. También asesinó a traición a algunos guardias, tanto marrones como municipales, para exasperar a Fachón y hacerle dar un paso en falso que ésta vez sería bien aprovechado. Los acontecimientos que en los siguientes tres meses se produjeron, son dignos de salir en las coplillas, y dejan en pañales a Curro Jiménez y a José María el Tempranillo, juntos. El Chamorro había declarado la guerra al Ayuntamiento entero, a toda la policía, a todos los jefes de bandas, y aun al Gobierno. Y la tensión que producía el saber que su venganza iba a caer de un momento a otro, se mascaba en el aire; sobre todo en el Ayuntamiento y en las dependencias policiales del hermoso pueblo a orillas del Besós. Esto en lo concerniente al Chamorro, para que se sitúen ustedes y se empapen bien de la situación. Y ahora veamos la actuación de El Rey del Rock, brazo derecho de Joe Culo Gordo, en todo este follón.
Ya dije que Joe Culo Gordo había aceptado, aunque con las reservas que apunté, entrar en las filas provisionales de los que participaban del plan de Juan Fachón, cuyo primer objetivo era acabar con el Chamorro, y el segundo y más secreto acabar con todos los chorizos que ahora tenía como aliados. Sus hombres participaron en el saboteo de negocios, asaltos y peajes de que se hizo objeto al cercado Chamorro; es decir: en la ofensiva de estrangulamiento.
Merced a la colaboración con la policía, tanto los hombres de Joe como los de los otros aliados, gozaban de una cierta impunidad, y aun del apoyo por parte de las fuerzas policiales. Eso dificultaba las venganzas de el Chamorro por los ataques de que era objeto su Imperio, y así, indefenso el Chamorro, pudo ir Joe reabsorviendo los territorios y prebendas de que gozaba el gitano, y de las que iba siendo despojado u obligado a abandonar. No obstante, el Chamorro aún se mantenía, pero le iban a dar dos golpes que no olvidaría. El primero, como ya he dicho, la detención de cuatro hombres de los suyos, y de él mismo, por la violación de la chica aquélla, de lo que pudo salvarse, de momento, por los pelos. Y después, la emboscada que acabó con una caravana chamorrera de diez hombres, un mes justo después de la puesta en libertad del jefe gitano.
Los encargados de este golpe fueron los del gang de Culo Gordo y quien los mandó entonces fue su brazo derecho: el duro Rey del Rock. Aquello fue tal que así:
La caravana avanzaba hacia Badalona, por tortuosos caminos no lejanos de la Autopista, de noche y con todo el sigilo que era posible. Al pararse frente a una casa vieja rodeada de callejones, sonaron dos tiros, que no alcanzaron a ninguno de los caravaneros, pero que indujeron a éstos a huir a un terreno vago que había allí cerca, rodeado por un muro de cierta altura.
Corrieron los chamorreros al terreno vago, y allí se dio la batalla que se prolongaría, como se verá, fuera. En la oscuridad, los caravaneros se vieron rodeados de gentes, que los atacaban. No usaron pistolas. Los nunchacazos (golpes de nunchaku, varios palos medianos articulados por cadenas) y los navajazos llovieron sobre ellos, sin darles tiempo ni a acordarse de quiénes eran. Hubo uno que, con el cráneo reventado por un mazazo, cayó sobre la rueda de un camión que había estacionado a la entrada del terreno vago. Los navajazos, patadas, pedradas, mazazos, hasta algún tenedorazo, se sucedían una y otra vez con asombrosos tino y puntería. Como es natural, los chamorreros llevaban la peor parte. Y hablando de partes, por su parte, El Rey del Rock, armado de un facón de llave inglesa (éste llevaba llave inglesa de choricear, pero otros llevaban llaves inglesas de mecánico) y de cierto aparatito que se ponía en el dedo pulgar para vaciar ojos, se batía como un león, o más exactamente, adaptando el símil al sórdido ambiente: como un gato costroso de tejados, matando ratones cebados con inmundicia. Vio a un primo del Chamorro entre los caravaneros que, aun cercados, se mantenían incólumes y luchando. De dos saltos, haciendo alarde de una agilidad épica, le hinchó las narices de un llave-inglesazo, luego con otro puñetazo ferrado, lo derribó a tierra, y descargó toda su fuerza en un patadón en los cojones. Entre el jolgorio bárbaro de la lucha, sonó el grito más aterrador de la jornada. No contento, dio seis o siete saltos sobre los sangrantes y reventados compañones. Luego un patadón en el cuello, que se rompió. En aquel momento, El Chamorro había perdido un familiar más. Otro caravanero se echó sobre El Rey del Rock, que lo paró metiéndole el pulgar reforzado en el ojo. Luego le hundió el facón en el bajo vientre, y lo sacó del cuerpo, que se mantenía, aunque de pie, inmóvil por momentos, lleno de sangre y de mierda, le pateó la cabeza, ya en el suelo, clavando una y otra vez el duro tacón de su campera fosforescente en la carne tumefacta.
La lucha tocaba a su fin, los caravaneros yacían e el suelo muertos o agonizando, todos…¿todos? Alguien de los culogorderos avisó de que uno había huido saltando la tapia, en dirección a la Autopista. El Rey del Rock dijo que se lo dejaran a él, y salió detrás del gitano fugitivo.
Lo vio meterse tras de una columna de ésas gruesas de sustentar la Autopista, llena de carteles medio arrancados. Y fue corriendo hacia allí. El suelo estaba húmedo porque había llovido poco antes, y en el espejo que formaba se reflejaban las mil y una luces de todos los colores que salían de los edificios y farolas.
Fue un juego del gato y el ratón: el fugitivo iba huyendo de una columna a otra, y el Rey del Rock, acortando terreno, le seguía. Por fin lo tuvo cerca, forzó la carrera y lo agarró por el suéter. El otro amagó un puñetazo, que no se produjo, y sí sintió el puñetazo ferrado que el  brazo derecho de Joe le asestó en la boca del estómago. Se derrumbó, oyéndose un gemido lastimero. Una brillante idea cruzó por la mente del  Rey del Rock: se agachó sobre el semi-inconsciente chorizo rival, y le cortó los huevos. Intentó gritar, pero el Rey del Rock lo dejó inconsciente de un golpe de karate. El cipote también se lo cortó, y se lo metió en la boca. El botín sangrante de los cojones lo metió en un pañuelo. Y fue a donde lo esperaban los banderos que tenía bajo su mando. Les dijo que había arreglado al que huía, y les enseñó el botín, todos rieron, y después revisó a los suyos para ver si alguno había resultado herido o algo peor, por supuesto que los enemigos habían sido rematados.
Los culogorderos habían perdido un hombre, al que había partido la columna de un patadón. Y habian tres heridos. Dos leves: uno con un navajazo en el rostro y otro con un dedo menos. Y otro al que le habían vaciado un ojo e hincado un estoque en el fondo de los pantalones, dejándoselo allí colgante y palpitante. Este último murió al día siguiente. Se llevaron al muerto, no fuera que el Chamorro tuviera la más mínima satisfacción. En cuanto al capao de la Autopista, murió desangrado, y El Chamorro recibió al día siguiente, a primera hora, antes de enterarse de la noticia de la masacre, los testículos en un sobre.
Una acción calificada por Joe Culo Gordo como canela fina. A Fachón le resultó un poco incómoda la situación, al salir en la prensa, y recibir recriminaciones por no hacer nada para acabar con el bandidismo. Pero íntimamente estuvo satisfecho, pues su plan iba viento en popa.
En cuanto al Chamorro: la pérdida de diez hombres, uno de ellos primo suyo, del botín que éstos llevaban y del dinero que perdió al malograrse aquel negocio de contrabando, pedían venganza. Y esto estaba agravado porque la semana siguiente no tuvo ni un céntimo de beneficio. Detuvieron a otros diez de sus hombres, impidiéndoles ejercer su función de agentes de peaje, y a otros cuatro los acabaron a faconazos. Se decidió el Chamorro, y empezó a preparar su ráiz de venganza, como he dicho antes, e  incluso pensó en asesinar a Fachón, adivinando todo el juego que se traía con todos los otros jefes de banda, a los que había azuzado contra él.
Y al correrse la voz de la venganza del Chamorro, todos los jefes de banda, y sobre todo Joe Culo Gordo, empezaron a ponerse nerviosos. El Chamorro era el Chamorro, aun collado y semi-apuntillado. Pero ésa venganza no llegó de momento a llevarse a cabo: la famosa revisión del caso de la violación demostró la culpabilidad del Chamorro, y fueron a detenerlo. Huyó dejando atrás a dos polis azules tendidos sin vida. Y así se derrumbó el Imperio del Chamorro: sus propiedades, requisadas por el Ayuntamiento, sus familiares de San Adrián, o encarcelados o vigilados, gran parte de sus hombres, detenidos y mandados a la Modelo, otros dispersados o huidos o alistados en otras bandas, y sus territorios divididos entre todos los otros jefes de bandas. El que sacó la mayor tajada fue Joe Culo Gordo. Pero nadie respiraba tranquilo, sobre todo los traidores al Chamorro, pues éste estaba en paradero desconocido. Unos pensaban que, siendo perseguido por la policía, había huido a Barcelona o se había ido a Pernambuco, otros, a la sazón, pensaban que no estaba muy lejos, y que preparaba de veras la consabida venganza.
En efecto, se había refugiado en San Roque (Badalona) con su numerosísima familia gitana, y allí, reuniendo un ejército nunca visto, preparaba la ofensiva más sonada de toda la historia de las Bandas Choriceras.
En cuanto estuvo preparado el Chamorro, inició su venganza. Como prólogo, y para que sus hombres fueran haciendo boca, mandó asesinar a todos los jefes de banda y a todos los banderos que, habiendo estado en su gang, estaban alistados desde su caída en otros. Ya digo que esto era el prólogo, pues había jurado prender fuego al Ayuntamiento y exterminar a la policía, sobre todo a su jefe, Fachón, como ya he dicho antes. Y así estaban las cosas. Uno tras otro iban muriendo los capos adrianenses, con muertes a cuál más sádica. No respetaba nada, ni mujeres, ni viejos, ni niños, ni nada de nada. No dudaba en usar cócteles molotóv ni astillas de madera o limaduras de hierro para conseguir sus fines. En una sóla noche, encontraron tras el Ayuntamiento, en la Rambleta, a veintisiete banderos que habían renegado del Chamorro: habían muerto torturados con la picana eléctrica, una guerra sin cuartel, vamos. Fachón, pese a los esfuerzos del Chamorro para sacarle de sus casillas asesinando guardias (en este momento del relato llevaba matados tres y heridos gravemente otros cuatro, entre ellos dos mujeres, guardias municipales, violadas con botellas), no daba un paso en falso (a Fachón no le gustaban las mujeres policía), y tomaba todas las precauciones para evitar atentados y riesgos.
Y Joe Culo Gordo, pese a querer imitar a Fachón en la seguridad y por eso aún no se lo habían cargado, tuvo también su fiesta. Un día, al poner en marcha el motor de su coche, éste explotó. Había sido una explosión calculada mediante una bomba que consistía en un cartucho de dinamita, tres kilos de chinchetas y limaduras metálicas, así como virutas de madera rebozadas con excrementos, junto con dos frascos de ácido clorhídrico de medio kilo cada uno, situada entre las piernas del conductor.
Joe no murió de momento, pero pueden imaginar su estado al ser sacado por los de la Cruz Roja de los restos humeantes, con rasqueta. Murió medio año después, para su bien, pues era un torrezno humano con tantas chinchetas incrustadas en el cuerpo como poros de piel le habían quedado indemnes.
Y así llegamos al punto en que nos quedamos, de los acontecimientos de esta historia, hace unas cuantas páginas: el Rey del Rock fue elegido por los suyos como nuevo jefe del gang del inutilizado Joe y se preparó para aguantar lo más firmemente posible los embates que sabía iba a tener que aguantar en el futuro.
Como he dicho antes, esta cruenta guerra del Chamorro contra el Ayuntamiento duró tres meses. Y los acontecimientos, que como ya sabrán son dignos de salir en las coplillas, se sucedieron de ésta forma:
La lucha consistió en ataques y contraataques de uno y otro bando, ayudada la policía por los cada vez más escasos supervivientes de los otros grupos criminales. Se sucedieron emboscadas y trampas, citas preparadas, engaños, ametrallamientos y encuentros de los dos bandos que, a pesar del escaso número de participantes, se podrían considerar batallas. Los más importantes de estos contraataques fueron los tres siguientes:
El primero fue en Julio de 1979, con el calor ya encima y los contendientes, en camiseta. Recibió el nombre de Batalla de Can Matacás, por darse no lejos de aquel famoso local adrianense. Confluyeron 37 hombres del Chamorro, comandados por él mismo y veintiséis del Rey del Rock. Fue así: El Rey del Rock estaba preparando una caravana entre las cajas de cerca de la playa con varios de los hombres de su banda, bien armados. Entonces les llegó un soplo de que el Chamorro iba a por ellos, y El Rey del Rock, en vez de huir, decidió plantarle cara. Llegaron los chamorreros, en su mayoría gitanos de San Roque. Y no fueron con chiquitas: fueron a tiro limpio de pistola y escopetón. Usaron tanto balas como postas y perdigones, y la lucha se desarrolló de la forma más cruel y sangrienta.
Muy pronto habían quedado delimitadas las posiciones de cada uno, y desde ellas se tiroteaban sin piedad. Los de El Rey del Rock estaban parapetados tras cajas y cachivaches y tras un vagón estacionado en una vía muerta que había cerca. La vía era el único sitio, junto con la playa, por donde podían salir; pues el resto lo había copado el Chamorro, rodeándolos. En el punto más avanzado de los culogorderos (aun se llamaban así) irrumpieron unos quince gitanos feroces, y de los tiros y pólvora pasaron a las armas blancas. Varios gitanos de los primeros sufrieron mazazos en cabeza y hombros, y cayeron muertos o de camino. Los siguientes tiraron contra la masa de culogorderos produciéndoles varias bajas, puestos de pie sobre el parapeto de cajas y fardos. Se enzarzaron todos, en la oscuridad, en una suerte de refriega renacentista, y pronto los del Chamorro se vieron dueños del puesto.
Huyeron sólo tres o cuatro culogorderos indemnes, y dejaron a siete compañeros tirados. Los del Chamorro habían tenido no menos bajas, se iban moviendo los gitanos en la oscuridad y, cada vez estaban más cerca de los parapetos dispersos de los hombres de San Adrián El Rey del Rock, viendo su puesto amenazado por una horda de demonios cobrizos, puso en funcionamiento brazos y piernas y dientes, pistolas, llave inglesa y vaciador de ojos, para abrirse camino, pero viendo que los suyos llevaban la peor parte, gritó haciendo bocina con las manos: ¡Ojaná, Chapescá! Y acto seguido lo puso en práctica: se escurrió pistola en mano tras el vagón estacionado, mientras tiros y gritos sonaban lejos. Y oyó unas pisadas en la grava de la otra banda del vagón. No demostró haberse enterado, y en el primer enganche con el vagón de delante, disparó raudo con sus balas explosivas, y salió huyendo. Oyó a su espalda un gorgojeo y el ruido de un cuerpo al caer al suelo.
Corrió tras el otro vagón de los dos que habían estacionados en la vía muerta y, corriendo todo lo que pudo, se dirigió al Can Matacás, que estaba allí cerca. De lejos lo vió alguien del Chamorro, y le tiró con una escopeta. Le dieron en la pierna, aunque habían apuntado a las botas, blancas y fosforescentes. Más lento, pero con suerte, llegó hasta el Matacás: estaba cerrado, pues era de madrugada y no había nadie, ni camareros. Forzó una puerta y se escurrió por los corredores-y comedores-oscuros. De mientras, la batalla seguía con furor. Los gitanos, a costa de elevadas bajas, estaban exterminando con saña a los culogorderos. De éstos, muchos habían tomado el camino de la playa y habian huido en la oscuridad del fragor del combate, salvando la vida. De los que se quedaron, no quedó ni uno vivo. En tierra habian, al final de la batalla, veintiún culogorderos muertos o rematados y no menos de quince chamorreros. Estos últimos fueron cargados en gran parte en un camión, y llevados a sus respectivos hogares, hay que tener en cuenta que era de noche (Claro, era de noche y pese a la pasividad de la policía, que permitía a los vencedores entretenerse en recoger a los muertos, no era tan fácil, en la oscuridad y en un terreno lleno de trastos) Se entretuvieron mutilando unos cuantos muertos, recogiendo las armas del campo de batalla, y buscando al Rey del Rock, pues el Chamorro, que era de los que se habían quedado una vez partido el camión, tenía puesto precio a su cabeza.
Tres o cuatro gitanos se acercaron hasta el Matacás, y vieron la puerta forzada, esperando ganar la recompensa, y a la vez no despertar sospechas en el que allí había entrado, que era seguramente El Rey del Rock, no hablaron: se limitaron a entrar. Y pronto fueron cada uno por su lado atravesando las salas vacías de gente, pero llenas de mesas y sillas amontonadas, por las que se filtraba tan sólo la tenue luz de la luna.
En una sala decorada con cabezas cornudas de ciervos y cuadros de caza indescifrables en la oscuridad, se había escondido El Rey del Rock: se había parado, inmóvil, tendido en el suelo, tras una montaña de sillas y mesas. Era imposible que le descubrieran. No obstante, tenía la pistola, cargada de balas explosivas, en la mano.
Uno de los gitanos, gordo seboso, picado de viruelas, con piel de cuero oscuro, patillero feo y careado; horrible, además con pantalones de pata de elefante, avanzaba por unancho pasillo. Al llegar a la puerta del salón de los ciervos, se introdujo cauteloso, revólver en mano. Cuando, después de husmear un poco, iba a salir de allí, vió un resplandor, se fijó, y: eran las botas de El Rey del Rock, que eran fosforescentes.
Disparó el gitano hacia allí, fallando. Y antes de que el sucesor de Joe Culo Gordo pudiera responder con su pistola, el gitano lanzó una mesa hacia la montaña de sillas bajo la que se hallaba el Rey del Rock. Le cayeron todas encima, y el gitano se acercó, pisoteando el montículo de sillas metálicas, a rematarlo. Cuando estuvo cerca, El Rey del Rock le disparó. La bala le entró por el testículo izquierdo y le salió por el ojo derecho. El gitano cayó muerto. Pero los otros acudían ya, a ver qué había provocado el estruendo. El Rey del Rock, con gran trabajo, se sacó las sillas de encima. Vio que no tenía ninguna fractura, pero sí magulladuras y, sin pensárselo dos veces, saltó por la ventana inmediata. Abajo, dos metros y medio por debajo de la ventana, vio sombras que corrían hacia el Restaurante. Era probable que le hubieran visto. Y huyó corriendo todo lo que podía correr con un tiro en la pantorrilla. Atravesó un descampado iluminado a trechos por farolas solitarias, cruzó varias calles desiertas flanqueadas de casas antiguas, hasta llegar a una plazoleta en la que había una Iglesia, iluminada por las farolas que no se apagaban en toda la noche.
Aunque no veía a sus perseguidores, los intuía no mucho más lejos de cien o doscientos metros. Al final de la calle, en su dirección, divisó un taxi. Se puso en medio de la calzada adoquinada y lo paró. En eso que de una travesía de aquella calle surgió un coche Z y Salió corriendo. No lo habían visto, y los policías se quedaron haciéndole la alcoholemia al taxista, que aseguraba que había visto a un hombre en medio de la calzada, y que le brillaban los pies.
Se internó en una callejuela del lado de la Iglesia, completamente oscura. A su derecha había un muro continuo rebosante de arboleda, al fondo, una oscuridad indeterminada, y a su izquierda un muro con una puerta. Entró. Y vio que estaba dentro de las instalaciones de la Piscina Municipal de San Adrián de abajo, no confundir con la Piscina de al lado de Los Hermanos.
Vio allí clarear el alba, sin tener más noticias de la batalla de la noche anterior. A eso de las nueve cogió un taxi que le llevó a su domicilio. Allí pudo reorganizar su banda tras aquella derrota.
La segunda gran batalla de las Guerras del Chamorro se dio el seis de Noviembre de 1979. No habiendo cejado en su empeño de pegarle fuego al Ayuntamiento, fue el Chamorro con diez de sus hombres a visitar a cierto dinamitero y contrabandista de origen armenio, que vivía en una chabola cerca de la Fécsa. Allí se agenció de ciertos materiales necesarios para construir una bomba que tenía en mente. Al volver, en dos coches, al pasar por un descampado, les salieron por los lados seis o siete coches de la policía. Los mandaba Fachón en persona. Una ametralladora pesada tableteaba incansable contra los coches. Todo fue un maremágnum de sorpresa, cristales rotos, rostros ensangrentados y cuerpos horadados. Del coche negro del Chamorro salió sólo él: todos los otros habían muerto. Pasó al otro coche, que salió a escape, pero el Chamorro era muy chulo, y dio la vuelta en dirección a los coches de la policía. Siempre llevaba un cóctel molotóv; insensatez extrema, y, tras prenderlo, lo arrojó contra un coche, este estalló. Lo menos, lo menos, murieron seis azules. Y desde la ventanilla, esgrimiendo un naranjero, el Chamorro acabó con otro par de polis. Entonces ya huyó. Fue una escaramuza breve, pero sangrienta: el Chamorro tuvo seis muertos, y la policía, ocho, Fachón salió indemne.
Y por último: el tercer encuentro. Como en la mayoría de encuentros anteriores, había salido vencedor el Chamorro, decidió asestar un golpe único al Ayuntamiento. No se sabe por qué conductos, había adquirido un cañoncillo de época, pero en uso. Lo metió dentro de una furgoneta robada y camuflada y, sólo con otros tres compinches decidió ir hasta la plaza de la Vila de San Adrián, y cargarse el Ayuntamiento, llevaba una provisión de seis o siete bombas incendiarias caseras, que utilizaría como proyectiles.
De los compinches, dos eran ya conocidos: el Stúpid; aquel monstruo lovecraftiano, y el famoso y montruoso, el de triple papada, primo suyo. El tercero era de familia lejana; un gitano con cara de navaja, patillas de boca de hacha y dedos delgados y afilados como cuchillos. El enano eunuco no iba, pues estaba desde hacía año y medio en la Modelo, purgando pena por violación de veinte años y un día (No por la violación famosa, que hubiera sido falso porque era eunuco, ni por ninguna otra cometida de verdad. Estaba preso con una excusa vana, como parte de la Campaña de Fachón)
El Chamorro, creía que este iba a ser el golpe de gracia para apoderarse de San Adrián, por lo que, subrepticiamente, creyó innecesario movilizar a toda su plana mayor, dejando a sus cerca de sesenta hombres en el cuartel de su gitana familia en San Roque. Era un plan redondo, según el entendimiento del ambicioso gitano. La susodicha acción la llevaría a cabo el día doce de Enero de 1980.
Doce de Enero de 1980. Diez y media de la mañana. Una camioneta de un color vagamente rosáceo o liláceo, se halla estacionada no lejos de El Gou. Justo a su frente está la mole marrón del alto Ayuntamiento, dominando la plaza. Dentro hay dos hombres: Stúpid y el familiar del Chamorro que tiene patillas de boca de hacha. A las once menos cuarto se acerca una figura horrenda: es aquel cabezón que el Chamorro tiene por primo. La camioneta se mueve. Se sitúa, más o menos, donde se estacionan los 43 (los autobuses de la línea 43) A eso de las once aparece por la altura del Baya, un hombre alto y delgado, gitano, con gafas negras y vestido correctamente. Lleva las manos en los bolsillos y un periódico bajo el brazo. Una hora antes, alguien de la policía ha visto sospechosa la camioneta rosa. Fachón es avisado. Desde una ventana del Ayuntamiento, con unos prismáticos, observa el vehículo. Reconoce al primo del Chamorro en cuanto entra en escena. Da las órdenes pertinentes, varios policías se acercan discretamente a la camioneta, después de irse a las taquillas y cambiarse de paisano.
Cuando El Chamorro llega a la esquina en la que hay un Bar, en la plaza de la Vila, tocando a la calle mayor, ve el asalto de que es objeto la camioneta. En un momento, sin tiros ni violencia, los tres delincuentes son apresados. Por un momento, el gitano no sabe lo que hacer, y es visto por un guardia. Echa El Chamorro a correr, le siguen dos policías de uniforme, tocando el pito. Ningún transeúnte se atreve a intervenir para nada. De la esquina de la plaza (el mercado) salen dos policías .Ven al Chamorro y se van directos. Lo reducen a porrazos. Llegan los que lo siguen. Y así, el Chamorro es apresado. Los otros tres compinches suyos son  remitidos directamente a la Modelo en un Land Rover. El Chamorro es encarcelado provisionalmente en un cuarto de ésa comisaría que hay en el flanco derecho del Ayuntamiento.
Aquella noche transcurrió lenta para el Chamorro, no le hicieron nada, pero estuvo incomunicado. Había cometido muchas fechorías y actos reprobables, y quizás alguien del Ayuntamiento podía tener motivos personales para vengarse. Quizá Blasqué, con su influencia, le hacía eso que quieren sólo los cerreños y bárbaros hacer con los violadores. Pero no: mientras devoraba lo que en un plato le habían pasado los guardias, caviló que Fachón necesitaba su prisión como un triunfo. O su prisión, o su muerte. Pero de momento no podían matarlo, pues todo el mundo había visto cómo lo apresaba la policía. Aunque…quizá durante su traslado a la Modelo, que seguramente no se haría esperar, aprovecharían  para aplicarle la ley de fugas. Quizás por eso lo habían puesto aparte de los otros chorizos. Y no pudo dormirse, inquieto como estaba...
A la mañana siguiente, apareció en el cuartito Fachón. Se rió y le insultó a gusto. Y le leyó, jocoso, toda la serie de cargos que contra él habían. El Chamorro se asombró al oír delitos de los que no tenía noticia, además de los propios. No se salvaría de la cadena perpetua. Y tenía que agradecer el haber caído en manos de la civilizada policía, pues si lo llegan a pillar los otros chorizos…
A mediodía lo montaron en un Land Rover de la Guardia Civil. Le llevaban a la prisión…o a aplicarle la ley de fugas. Pronto vió claro que no lo pensaban matar, y se alegró por ello. En la prisión podría estar con  los que de su banda ya se encontraban allí, y ajustarles las cuentas a los cuatro co-violadores que le habían delatado, total, por unas cuantas torturitas de nada…No obstante, no había en la Modelo menos de veinte o treinta de los suyos. Una banda bastante grande. Y además estaban sus parientes gitanos. No había duda, de ésa salía ¡Y de qué forma! hecho todo un señor, y quién sabe si amo de la Modelo.
Y así fue como el trece de Enero de 1980 entró el Chamorro en la Modelo. Hasta aquí en lo que a él concierne. El Rey del Rock, repuesto del balazo recibido en Julio del 79, había reorganizado su banda, manteniéndose apartado de las luchas del Chamorro. Bastante había aprendido con un descalabro. Además, intuía que el Chamorro perdería, pero que se llevaría por delante a todos los banderos que por delante se le pusieran. Cosa que le interesaba sobremanera a Fachón. Y así, comprendiendo que el verdadero enemigo era Fachón, procuró resguardar su poderío para cuando Fachón, habiendo acabado con todos los partidarios del Chamorro, fuese a por él y el resto de los muy disminuidos capos adrianenses.
Además, este clima de publicidad y guerra contínua no favorecía en nada a los negocios, que requieren de la clandestinidad y el anonimato inherentes al hampa. Sus hombres tuvieron encuentros con los chamorreros, pero no los buscaron nunca. Y no volvió a participar su gang en batallas grandes. La banda de Pep Ventura había quedado deshecha. El complot y las esperanzas de Er Campansha, destruidos para siempre. Ahora quedaban los terrenos del poderoso Rata  a disposición del primero que llegara. Previsiblemente, como capo más fuerte de Badalona, el Chamorro se haría cargo de ellos. Los supervivientes de entre los pretorianos de Er Campansha se alistaron a las otras bandas, salvo la del Chamorro, o fueron capturados y puestos a buen recaudo. El Clan Gómez, descabezado por la acción policial (y sabidos sus complots traidores), fue borrado del mapa de San Roque. Los que no fueron asesinados, huyeron. Todo lo suyo pasó a propiedad del viejo Chamorro, que lo invirtió en la lucha en San Adrián para hacer prevalecer los derechos de su sobrino (o nieto) En cuanto pasó la mala mar de la Guerra de Badalona, tomó posesión de los feudos de Pep Ventura, al frente de los cuales puso a Juan Pérez Júnior, sobrino del fallecido Juan Pérez.
Ahora, el Imperio de los Chamorro era el más grande de Badalona, la más grande concentración de poder hampón desde los tiempos de Policarpo I y el Marqués de la Pepa Cerda.(Mención a las otras ramas del Romance. Chamorro I El Venerable, como empezaba a ser llamado, era el virtual árbitro de la política en Badalona. Si lograba juntar a eso las posesiones en San Adrián de su sobrino (o nieto) por las que mantenía una dura guerra-sería no sólo el árbitro; sería también el dueño práctico.
Todo esto hizo que el resto de bandas badalonenses, ajenas hasta entonces a los manejos de San Adrián, neutrales frente a los diferentes bandos combatientes, se unieran con los gitanos opositores al Chamorro en San Roque.Y juntos, se unieron al hampa de San Adrián, ya adicta a Fachón (El cual, por cierto, preparaba su desaparición a medio plazo)
La Guerra del Hampa, comenzada en Badalona por Policarpo, llevada a cabo en San Adrián por los dos cerebrales Fachón y Chamorro Joven, volvía a su origen: Baétulo.
El Joven Emperador del Vicio se dedicaba aún a parar golpes en San Adrián del Besós, aún no había pasado a la ofensiva. Sin los suministros de su tío (o abuelo), que éste necesitaba para defenderse, ahora en Badalona, no podía hacer nada más.
Esta nueva fase de la Guerra, en Badalona, la llevó a cabo principalmente, y contra los de San Roque, el cacique Playero, que entre sus filas contaba con refugiados de la familia Gómez-Chamorro. Este, ayudado en cierto modo por Fachón y los del Ayuntamiento de Badalona, era el hampón menor que se erigía en cabecilla de todos los demás a la hora de pegar golpes contra los Chamorro. Los otros capos sólo protagonizaban incidentes sin importancia, pero el Playero (Enrique-Capuyo Hijopútez Pérez) hostigaba con sus veinte soldados la nueva posesión Chamorrera de Pep Ventura.
El virrey Juan Pérez Junior, resultó muerto en un atentado salvaje, consistió en una lluvia de cristales. No de cachos pequeños, sino de lunas gigantes. Treinta lunas, robadas, cayeron sobre el Chamorrero. De ésa no salió el efímero Paladín del Imperio San Roqueño. Este comienzo de Noviembre vio, en el cuartel general del Chamorro Viejo, la necesidad de acabar ejemplarmente con este moscón comprado y cebado por los corruptos Representantes del Orden. Parándole los pies al Playero, pensaron los Chamorreros, los otros capos pequeños de Badalona se achantarían y permanecerían, por lo menos, neutrales, sin atreverse a intervenir contra las fuerzas sanrroqueñas. Puedo adelantar que, en dos semanas, acababa el conato de Guerra en Badalona.

Sbadulud, repuesto de las heridas recibidas antes del Verano, no tuvo inconveniente en llevar a cabo este nuevo encargo de cepillarse al Playero, primo-hermano de Francisquito Hijopútez, alias el Charrasquito Chungáo, por cuya muerte a manos del armenio había comenzado la Guerra en Badalona.
Paralelamente, Chamorro I tendía una red de información, intentando saber a dónde había ido a parar Manuel Lama, alias Er Campansha, desaparecido desde la cruenta Batalla del 1 de Octubre. Incluso se vieron, por aquellos días algunos agentes chamorreros en la Bolsa del Crimen de Tiana. Al Campansha, según se supo por informes confidenciales, se le había visto por la parte de Salou, a bordo del yate de un franchute, enrolao como marinero. De momento, Er Campansha, ese astuto héroe y malevo cuchillero, estaba fuera del alcance de las garras del Viejo Chamorro. Pero, ¡Ay de él si ponía los pies siquiera en el límite de Montgat o Tiana! Sbadulud, ayudado por las fuerzas del nuevo virrey de Pep Ventura, José Pérez, hermano mayor de Juan Pérez Júnior, preparó con cuidado, como era su costumbre, el golpazo que debería borrar del mapa al cacique Playero que ya se veía un nuevo Policarpo o Churruco el Justiciero. Aprovechándose de la patente de corso que le daban en bandeja las autoridades comunistas del Ayuntamiento, Enrique-Capuyo Hijopútez Pérez, hacía un tren de vida propio de un Rey. Con su 600 trucao era el terror de la discotecas, y boîtes y tablaos. Si le habían dado un dedo, él se cogía un brazo, o aún medio cuerpo, o el cuerpo entero. En un mes había aumentado su banda a cuarenta chorizos expertos,  veteranos de mil guerras. A su poderío le faltaba poco para poderse igualar al que tuviera el Rata. Si no hubiera pasado lo que pasó, al poco las autoridades hubieran tenido que pararle los pies, pero no hubo lugar a ello. Los Chamorreros se encargaron de cortar por lo sano la que parecía floreciente carrera. Una vez eliminado, como se verá, los cuarenta de su banda, merced a una hábil gestión del virrey de Pep Ventura, pasaron a engrosar las filas del Imperio Sanrroqueño.
Pero vayamos al incidente. El error del Playero era ya de planteamiento, si al Rata lo habían dejado resplandecer los Municipales, era porque ya estaba establecido desde hacía veinte años(caso análogo a Hoover con los presidentes americanos) y sabía más los resortes que los hombres de los sucesivos Ayuntamientos, por tanto, le dejaban vivir en paz, como a un mal menor. Y en los últimos tiempos se le había contemplado como un contrapeso necesario respecto al Chamorro de San Roque, en carrera ascendente. Una vez eliminado el Rata y su sucesor Er Campansha, collados los dos Chamorros y supercontroladas las bandas pequeñas, pues no iban a permitir las autoridades, y menos los comunistas que se les subiese a las barbas ése desgraciao al que habían aupado con fines estratégico-policiales. Como digo, de una semana no hubiera pasado la detención (o ejecución) del Playero, si no hubiera sido por la intervención del habilidoso armenio Sbadulud, Einstein de las bombas de clavos, traidor de Sidi Ifni y viejo horrendo y sifilítico.
Corrían finales de octubre de 198…Enrique-Capuyo Hijopútez Pérez, álias el Playero, era, aquella mañana no exenta de sol, apacible y hermosa, el hombre más feliz del mundo. Mejor para él, así moriría a gusto. Ofrecía un aspecto magnífico. Los ojazos negros y bultosos, el pelillo engominao, los patillones semi-Ibsen, su semblante hermoso, como de dios griego (es decir,una especie de Carrero Blanco), sus lunares, más de mil, sus rizos negros como de tinta chinesca…Su uno ochenta para repartir ciento setenta kilos, todo, todo concurría para hacerlo aparecer como un privilegiado, rey por derecho propio y divino, un sátrapa de raza, un Sardanápalo,un Nabucodonosor, hecho para mandar y luchar a brazo partido: un dirigente nato. El atuendo era principesco: las sortijas, cien; los pistolones, con cachas de marfil; los bíceps, subrayados por los pliegues de la seda y el cachemír…Sus botas, nada más sus botas, valían dos millones de reales de vellón, todo charol, oro y plata repujada a mano, guarnecidas por vueltas de bordado artístico, hecho a mano por ciento cincuenta gitanas hábiles de noventa años, todas vírgenes y sin tacha. Dos kilos de perlas cultivadas guarnecían las chorreras encañonadas, propias de un excéntrico Elvis Presley, un simiesco Tom Jones o Engelbert Humperdinck…Iba acompañado por dos guardaespaldas no menos principescamente ataviados. Salía de su chabola para dirigirse a la sede social de su banda gigantesca y portentosa: la disco Tutus, propiedad de algún gitano lacayo de ésos del Hotel Ojén, momia acampanada y patillillas.
Estaba lanzado en la pendiente del goce hedonístico, sadístico y churrusquístico, pasando de todas las precauciones. Su victoria en el atentado a Juan Pérez Júnior (su única acción de lustre) y su subida espumosa le habían hecho creer que era algo así como el Rey del Mundo. Y lo era, o merecía por lo menos, serlo…
La táctica del armenio, dado lo poco cuidadosos e incurtos que eran los combatientes de este tipo de guerras, era el trucaje explosivo de algún objeto, no practicaba casi nunca el tipo del explosivo directamente con ayuda de bazooka o mortero. No obstante, procuraba ver desde las cercanías el resultado de su artística labor. El 600 trucado (y pop-art) de este enemigo, sin vigilancia, era tentador. Y lo llenó Sbadulud de explosivos. Cincuenta kilos de Goma-2. Pero las botas superaerodinámicas del Playero no eran menos tentadoras para un artista como el armenio. Las arregló asimismo: 2 kilos de napalm en cada una, camuflados en los repujados y en el interior de los taconazos, gruesos como torres.
La vivienda del Playero estaba en las casas baratas de colorines al pie de los Cañones de Navarón. Una callejuela sin salida donde aparcaba su auto amarillo pipi. Los atentadores se situaron en la Plaza de Badalona, al otro lado de la autopista, dentro de un coche negro, pertrechados de prismáticos. Giró el armenio canalla el interruptor conectado a la antena, y una explosión aterradora rompió todos los cristales en un par de kilómetros a la redonda.
La bola de fuego se elevó cien metros, borrando dos manzanas de casas baratas del mapa (El Ayuntamiento se lo agradecería sin duda) Por simpatía, en ése momento, estalló el napalm de las botas del Playero. La llama, como un gigantesco misto, se elevó a gran altura esparciendo los restos varios inundando la atmosfera de olor a carne quemada.
Si hubieran servido de algo los Cañones, sin duda habrían estallado las municiones. Vacíos como estaban los depósitos de los búnkers, los ocupantes se limitaron a practicar la alarma roja en previsión de posibles atentados terroristas. Cuando, visiblemente, se movían los tubos caquis como dedos metálicos de un gigantesco autómata loco, y empezaba a dispersarse la humareda negra, el auto negro del virrey de Pep Ventura enfiló fuera de la Plaza de Badalona.

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