jueves, 16 de abril de 2015

Prólogo


Mañuerre Gütiesse, sensual gitano de la raza, había militado en todas las guerras, a tal punto que era el último superviviente de todas ellas. Él había sido el que mandó al nirvana o walhalla de los gitanos al Cortagüevones, orondo e intelectual caudillo gitanero, y quien amilanó-por el método de caparlo dejándolo eunuco pa tóa su vida al Cojones-Macho, que luego fue llamado el manso, y que perdió, con la virilidad, el arrojo y el valor, y por tanto su banda y sus feudos. Mañuerre era peligroso, aún ahora, surcado de tajadas de navajón y más feo que un orangután, lo cual es habitual entre los de su condición, estirpe, casta y raza.
Él había visto hacerse y deshacerse enteros imperios, con todo su esplendor y gloria. ¡Carpe Diem, Caput Mundi! se decía; convenientemente traducidas las hermosas palabras latinas a su jerigonza infrahumana o por ahí. Con su sempiterna colilla añeja, fruncido el curtío entrecejo, no de pensar, explicaba sus vivencias en el bar La Casita Blanca, que frecuentaba, ya pingajo acabado, como de piedad. Sus palabras, medio en caló medio en español, trenzaban el espeso cañamazo de las grandes acciones guerreras: relataba su arrojo casi danzando ante los concurrentes al hacer los gestos de las acciones que explicaba, que vivía al volver a ellas. Entre el comienzo del año y el mes de julio, en que al dueño, El Barrigón, le dio un ataque y se cerró el bar, estuvo yendo allí. La larga tertulia, sobre todo consigo mismo, le había hecho palpar y estabilizar sus recuerdos al presentárselos ante sí, ordenados solamente por el furor de la narración, pero adquiriendo cierto auténtico orden con ello. En Enero se había cruzado, como luego en Abril, con jóvenes del Movimiento Humanista.
Una muchacha, María, le paró y le preguntó: ¿Qué piensas del ser humano? Mañuerre, pese a todo, no tenía más de 30 años. Se quedó un momento mirando fijamente a la muchacha, oscilando su ánimo entre cortar por lo seco o contarle su vida, el Romance heróico que era ya su vida. Contestó: echángüén caló paé pijoé: las muhere no tienen cohone. Allí acabó el intento del Movimiento Humanista, en la acera de los pisos de l´Alberch, frente a la gasolinera de San Adrián, de captar a Mañuerre Gütiesse. Mañuerre Gütiesse, durante los siguientes minutos, parado ahí, ante el ancho cruce de la carretera general con la carretera de Santa Coloma, las luces de los edificios por la noche, el tráfico, oteando o intuyendo el perfil de Barcelona a su derecha, allí al fondo más allá del puente, pensó que su mundo era muy otro que éste grande, donde la gente tiene ideas, piensa, pide firmas, pone negocios, se muere de hambre, se frustra, se queja.” El mundo payo”se dijo para sí, pero no era tal.
El mundo al que él se refería, opuesto a éste, su mundo, era aquel mítico mundo del Chamorro y el Policarpo, donde la Intriga Global decidía San Roque o La Mina; parado ahí, por unos momentos, se sintió fuera de su mundo, como si hubiera chocado con un antiuniverso; en el fresco de los primeros meses del año, en cuestión de segundos, reentró de nuevo en su mundo, en su universo, en su dimensión de la realidad. Sí, pensó: más allá de las fronteras existía un gran mundo: el de España, Europa, América ¿El mundo de los libros? ¿El mundo de los papeles? Sí: sin duda era ése. Un mundo que no era la Vida: era más amplio. Contempló el fresco abierto, hacia Barcelona: hacia el gran mundo, y se dio la vuelta. Andando, pensó que su mundo no se conocería, que se perdería cuando él muriera: tenía treinta años, sí, pero estaba acabado. Su mundo era toda esa dimensión social de la realidad que existió ahí: entre San Adrián y Badalona, una época, que por suceder en un nivel de información marginal, no existía. ¿Cuántos mundos como el suyo, habían nacido y muerto al margen? Él sólo conocía el suyo, lo que ocurrió en aquella Era de Gloria era nuevo: se entusiasmó. Contaría lo que sucedió: lo escribiría: todos lo sabrían. Se perdió tras una esquina; dentro de su pecho, detrás de su frente, ardía la cosa: ya tenía sentido su existencia: rescataría lo que ocurrió.
El día que murió, porque no recuperó más la consciencia, Paco el Barrigón, se encontró Mañuerre cerrado el tugurio. En otro bar se enteró de lo sucedido. Tuvo la sensación de que se abría un abismo a sus pies. El Machaquito la destruyó. Pero ¿A qué se dedicaba Mañuerre? Pues a deambular; los días siguientes al cierre de La Casita Blanca tuvo más que nunca la sensación de que su mismo ser se hallaba en una posición distinta al deambular por ésas calles del final de debajo de San Adrián. Ya no andaba por ellas al acecho. No eran ya posiciones hostiles o amigas: los feudos, organización metafísica de la realidad, las autoridades (los Cojones, vamos) se habían desvanecido. Tal calle era sólo tal calle, ahora, para él. A ésa impresión de ciudadanía que incluso a él lo embargaba contribuía no poco el decorado, como contribuía no poco la retórica con que, y sólo a fuerza de ella, se había transformado todo (el cambiante mundo costumbrista) pero eterno, que para él era el todo, de puro alicorto que era su pensamiento en el decenio que iba de 1980 a 1990. Su mundo, su época, se extendía de 1970 a 1980: ése era el mundo que le había sido dado para que lo transformase por su realizarse en él. Y como la posibilidad, la única que tenía, de realizarse en él, ya había prescrito, estaba acabado. Pero su tiempo no era 1970, era El Tiempo. Sólo ahora, derrotado, hecho ser lo que no era, convenía en reconocer que era 1970.

San Adrián estaba cambiado, con el PRYCA. Era la entera época del desorden, que a él se le antojaba metafísica, la del navajerismo y el travolteo, vaya, lo que echaba de menos. El mundo entero había echado a andar en otra dirección que la suya: lo que pareció posibilidad trascendente resultó no ser más que efímero resplandor no contactado, digamos, con la línea verdadera (o más fuerte) de los acontecimientos. En San Roque y La Mina los patriarcas gitanos luchaban contra la droga, ya otras maneras de delincuencia, de más radio de acción, habían sustituido a los Imperios locales, aspirantes a la supremacía. Por supuesto, él no hilaba tan fino, pero en síntesis, lo que pensaba era esto: Policarpo y los otros habían intentado comenzar y acabar la Historia tal y como les venía, sin tener en cuenta que la Historia ya estaba empezada. Pero esto en aquel momento de caos, en el margen del margen, en el subsuelo de la ruia del resto, donde todo, pensamiento y acción, llegaban ya podridos a las nacientes conciencias, distorsionadas y parciales, grotescas, había parecido lo único posible. Policarpo aspiró a la supremacía. Policarpo le recordaba a Saddam Hussein, es decir: lo de Saddam Hussein era un retrato de Policarpo. Policarpo lo había empezado todo, y con él, Mañuerre Gütiesse, acababa. En él, desde los últimos días de pensamiento, que ya eran meses: de enero a septiembre; y a pensar él lo llamaba cacúmen, en ésa veta se daba la distorsión entre ésa realidad derrotada y la realidad dominante, al menos para él, para su vivencia subjetiva pues, objetivamente, era una realidad de segunda clase. Estamos en el año 1990.

Guerra de bandas



No ha mucho tiempo, y hay quien dice que prosigue todavía, extendiose por la región ésta de Badalona, San Adrián…una edad esplendorosa en que, tras la caída del Imperio Municipal, que viose reducido a su mínima expresión, surgieron multitud de bandas mandadas por hombres arrojados y valientes. Luchaban todos contra todos, pero hubo una clase de jefes que, manifestando una grandeza de ánimo excepcional, aspiraron a la supremacía; poniendo por límites a su ímpetu los límites del horizonte.
La caída del Imperio Municipal es cosa hecha hoy, para algunos, pero para otros no es más que un sordo rumor manifestado boca a oreja en las tiendas, bazares, cines y mercados, carente de toda verosimilitud.
Abundando en ello, mas no queriendo entrar en las causas, podría y puede aún decirse que una gran parte de la población de estos míticos municipios no sabe nada de su hundimiento; por lo que esta Edad Mítica y dorada de la Valentía y el Arrojo se ha producido en nuestro pasado inmediato y aún hoy coexiste con nosotros, y con la mediocridad pública tan amargamente aireada por los medios de comunicación.

Si un pacífico ciudadano sale a la calle, pueden ocurrirle dos cosas: una, que prosiga sus mediocres pasos por la vida común y corriente, que es lo más habitual, o que, por el contrario: ocurra el hecho que pocos de los comunes han tenido la suerte o la desgracia de sufrir o de disfrutar.
Juan Sanz: diecinueve años, bastardo de profesión, vago, maleante y malcarado, siempre sucio y barbudo, salió un día claro de su casa en dirección al centro de F.P, donde cursaba los estudios que le imponían sus viejos, aun aceptando su relativa rareza, no dejaba de formar parte de la gente común y corriente (por desgracia).
En el portal de su casa, ocurrió el hecho portentoso: tres gamberros le partieron, por diversión, la nariz con una barra de hierro. Cayó Sanz al suelo, gimiendo, mientras una idea obsesiva abríase camino en su poco desarrollado cerebro: matar a aquellos gilipollas.
No fue larga la pesquisa y descubrió el nariz-roto dónde se reunían sus atentadores. Y una semana después de haber recibido el golpe, entró de pleno en el mundo mítico y esplendoroso de las bandas. A través de un ventanuco de la choza, porque no podía llamarse de otra forma a aquel lugar cercano al Instituto Eugenio D´Ors, vio las caras de los individuos que iba a asesinar.

Eran cuatro, sentados a una mesa pringosa, bajo la luz de una bombilla barata y parpadeante; el jefe, hermano del Chamorro, pelo rizo, barba indefinida, nariz de patata, labios gordos, dientes careados…y sus capitanes: El Punk, el Melenas, un individuo repugnante y melenudo patillero, y el Urko; una bestia parda sin nombre ni cerebro.
Bajo la mesa, a los pies de los chorizos, cuarto de kilo de pólvora, un detonador a pilas, una bomba de mano, dos frascos de vitriolo, tres latas de cocacola llenas de grava y una bolsa de chinchetas y ferricha metálica robinada, conectada por cable a la ventana donde Sanz se hallaba.
El Urko vió el cable y se puso a juguetear con él mientras el jefe de la banda de los polis, que así se llamaban: peroraba sobre un proyecto de violación triple, sin saber que nunca podría llevarlo a cabo. En cierto momento se giró el jefe hacia Urko y le dijo: ¡Valgame! ¿Con sos ficas, chalao? Y vió el cable. Adivinando por un instante los acontecimientos subsiguientes, pudo sólo decir a los otros-¡Esposume! y lanzarse hacia atrás. En aquel momento, Sanz apretó el botón detonador y una horrísona explosión sacudió el vecindario: gran parte de la sede social de la banda de los polis desapareció del mapa. Sanz, ufano y confiado pero raudo, fue a su redil presto a devorar un plato de migas con chorizo ignorando que las gentes del vecindario habían presenciado su acto justiciero. La explosión había destrozado el primitivo local, y los cuatro bribones, aunque destrozados también, habían sobrevivido, por el momento. Cuando llegó la policía y las ambulancias, se pudieron evaluar las pérdidas.

El Punk había resultado atrozmente quemado y desfigurado. Sin brazos ni patas. Aunque en un primer momento, los médicos pensaron que sobreviviría, murió tras atroz agonía, y fué cuando los galenos quisieron sacarle una porción de mesa que se le había incrustado en el paladar, tocando el cerebro. Descanse en paz y regusto. El Melenas fue un pelo más perjudicado, aunque no murió: desfigurado de tal forma que el Dr Portell, de urgencias, al darlo de alta no sabía si lo tenía de cara o le veía el cogote. En cuanto al cuerpo, dos semanas después, aún encontraron varias vértebras y vísceras diversas pegadas a las paredes. De la cintura para abajo era sólo una masa pegada a toda prisa por los médicos, sólo supo el Doctor Maravilles lo que le habrían cosido…porque donde tenía que estar el tobillo, asomaba un pulgar, y el enfermo conservaba intactas las manos…

En silla ruedas fue trasladado a la sede social de la banda, reconstituida a toda prisa por los gangsters sobrevivientes. El Urko fue, desde luego, como se verá más tarde, el más afortunado: lanzado por la explosión hacia el techo, fue encontrado tres días después del atentado barbárico.
Dos números de la policía municipal, inspeccionando a la busca de huellas dactilares delatoras en  las paredes y el techo, tocaron con una barra cierto objeto negruzco y pegajoso, metálico, que vieron pegado a lo que quedaba del cubrimiento de la choza. Cayó, y pudieron observar un monstruoso pero no por ello menos grotesco bocadillo: dos capas de pared y tocho, uralita, un somier y, en medio, cierto ser que tomaron en un principio por ultraterreno que decía: Gllll…Era el Urko.
Estaba tan desfigurado, que los médicos tuvieron que remodelarlo, pero hiciéronlo con tan buena fortuna que quedó mejor el pollo de lo que era por su habitual. En vez de su habitual cara de monstruo come ancianitas, modeláronle una cara bastante agraciada, con nariz prominente, aprovechando una costilla; lo único que perdió, aparte del sebo que le sobraba, fue el brazo derecho, pero le pusieron uno de goma y en paz.

Pero lo bueno fue que, de ser un idiota profundo, pasó, sólo Dios sabe mediante qué resorte de la mente afectado por la explosión o por alguna bendita chincheta a ser una de las entelegencias más claras del barrio, y casi de la Nación. Desde entonces, fue llamado Policarpo y quién sabe si a su triunfal salida del hospital sospechaba ya, o planeaba, los gloriosos proyectos que habían de llevarle a la cima de la fortuna y de la fama justamente merecida.
El jefe de la banda, al echarse de espaldas, había logrado salvar la mitad superior de su cuerpo de la potencia de la explosión, pero en cuanto al rostro, de poco había de servirle el hábil movimiento. Cayóle más tarde una montaña de cascotes que le mutiló de forma desagradable el rostro, y le dejó tuerto.
La parte inferior quedó destrozada. Las piernas se le desprendieron, así como el abdomen, que se abrió por la mitad. Perdió la columna desde las tetillas para abajo, mas no la carne y los órganos, que quedaron, fláccidos, colgando. Sus genitales, detalle macabro, fueron encontrados en una aceitera del vecino edificio, flotando en los perfumados jugos del exquisito aceite de oliva.

No pudiendo hacer otra cosa, los médicos cosieron y recosieron lo que había quedado pegado al cuerpo, de tal suerte que al acabar la artística operación, parecía el hermano del Chamorro una gloriosa larva, tendida en una mesa camilla y sujetada con grapas, destellando en su mirada un odio feroz que no auguraba un destino feliz al que le había dejado en aquel estado.
En la siguiente reunión, se vio clara la línea que la banda iba a seguir en el futuro. El Melenas, por ser extremadamente repugnante, fue confinado hasta nueva orden en un cuarto oscuro, al que echaban de cuando en cuando algún pedazo o resto de viandas.

Solos los dos jefes, ambicioso el renacido Urko-Policarpo y agradablemente asombrado por el cambio el jefe de la banda, hablaron y discutieron largo y tendido: el jefe, ansioso de venganza, proponía antes, para que las otras bandas supiesen que vivía aún, llevar a cabo un golpe sonado, de los que hacen historia, y pensaba mandar al policarpo a la bolsa del crimen de Badalona, para hallar algún chivatazo que permitiese la realización de sus proyectos. El Policarpo, por el contrario, pensaba en anexionarse los territorios de la banda del Roqui, rico ciudadano-estudiante de San Adrián, oveja negra de su familia. Además, acabando con el Roqui, se podrían además vengar de Sanz, que, metido ya en la pendiente del crimen, habíase alistado bajo las banderas del bajito, rubio y arrojado condottiero adrianense; admirado y afamado entre los lúmpenes de Badalona por su atentado canela fina, del que se había declarado autor en todos los bares y ante todos los que habían tenido a bien escucharle.

Dada la divergencia de pareceres entre el Policarpo y su maltrecho jefe, decidió el primero, dando la primera muestra de la fortaleza característica que luego le haría famoso, acabar con los sufrimientos del segundo; y sin dudarlo un momento, le metió dos balas entre ceja y ceja y se proclamó jefe de la banda de los polis, conocida desde entonces por la banda del Poli, de Policarpo. Y contando con una banda de quince hombres, se decidió a acabar con el Roqui y sus secuaces, que eran seis o siete.
Sanz, enviado por su voluntarioso jefe a la bolsa del crimen de Badalona, siendo novato, no sospechó cuando un desconocido le vendió a bajo precio un plan fardón y fácil como aquel del ataque al camión del Bimbo que llevaba la recaudación de Bimbo en Badalona de todo un año.

El Roqui lo felicitó, y se dispuso a llevar a cabo el golpe. Como la ruta del Camión era en cierto vertedero donde vivían dos bandas de gitanos, pidió permiso a la que estaba más cerca de la encrucijada donde él, con dos hombres, pensaba llevar a cabo su lucrativo y bimbero negocio.
Al pedir permiso a una de las bandas, se enajenó la enemistad mortal de la otra, compuesta por gitanos ortodoxos, que sólo podían vengar tal desprecio con la sangre del ofensor; hecho éste que tendrá su importancia más tarde, como veremos.

Era un día magnífico, precioso, pero pasó entero antes de que los tres jefes de la banda del Roqui, apostados e impacientándose tras tres rocas apostadas a los lados del camino, vieran llegar, levantando grandes polvaredas de polvo y basura, la apetecida presa: el Camión de Bimbo. No era ya de día, pero aún la noche no había caído, y las tres torres de la Fécsa, erguidas en el cielo violeta, sitas muy cerca de la encrucijada, habían encendido ya sus luces de señalización.

En la primera piedra estaba uno de los hombres de confianza del Roqui, armado con un pistolón; en la siguiente, estaban dispuestas en zig-zag a los lados del camino, el precario héroe de la primera parte de esta saga badalonesa, Juan Sanz el dinamitero, armado de un subfusil, y en la última, el Roqui en persona con un escopetón de dos cañones, recortados. Martillaron sus armas mientras veían acercarse el vehículo con los gigantescos rótulos BIMBO. Disparó el primer tirador apostado, y se dio cuenta acto seguido de la emboscada que les habían tendido: el camion no era sino un coche camuflado, erizado de fusiles. Saltaron dos del coche y se abalanzaron sobre él, el uno esgrimiendo cierto M-16 muy usado, y el otro un impresionante nunchaku de siete componentes y medio. No le dio tiempo de disparar al desgraciado roquiero y le machacaron a fondo. Mientras uno de los agresores, miembros todos ellos de la banda del Poli, le rajaba con navaja facón los hígados hasta hacérselos una suerte de picadillo mientras el otro le golpeaba con el nunchaku, que se le enrollaba en torno a cabeza y cuello, destrozando huesos, músculos y nervio.

Tanto el Roqui como Sanz estaban al tanto de la añagaza, y éste último disparó una ráfaga de su subfusil contra el coche que avanzaba a toda velocidad por la carreterilla. Vio caer a uno de los pasajeros del auto camuflado, armado de un fusil de asalto. Se rompió el desgraciado poli la nuca, y quedó tendido con los pies por delante, invadidas sus ropas de peladuras, latas y otras materias aún más hediondas. Los del coche contestaron al fuego y Sanz soltó su arma, alcanzado en un hombro y en un costado. En cuanto al Roqui, salió corriendo por entre las montañas y colinas en las que la yerba se mezclaba con los desperdicios y las osamentas de pasados combates, hacia la frontera de los territorios pertenecientes a los gitanos que, por tacañería, había ofendido…

Muerto el primer roquiero y huido el Roqui, varios de los polis se acercaron donde, ensangrentado, Sanz respiraba pesadamente. Pensaron rematarlo en un principio, con las metralletas, pero a uno de los quinquis se le ocurrió una idea  que complacería sin duda a su jefe: consciente, enterraron a Sanz hasta el cuello en basura, lo rociaron con gasolina, bien empapado, y le prendieron fuego. Vieron por unos minutos cómo se consumían los desperdicios y el guiñapo humano que había atentado contra la banda del Poli.

Luego se fueron, dejándolo por muerto. Pero Sanz, dando muestras de una gran voluntad, salió de la pira, ardiendo y así fue hasta un charco cercano a la Fécsa, donde intentó apagar sus ropas y carne. Siendo el charco de productos químicos, quedó hecho una piltrafa, pero pudo sobrevivir, socorrido por unos gitanos. Y huyó a la cercana San Adrián, tras de cuya frontera estaría a salvo, a recuperarse y a preparar su retorno y su venganza.

En cuanto al Roqui, mientras: confiado en que no le encontrarían los que le habían tendido la emboscada, avanzaba por las hileras de tipis y de chabolas de uralita, cartón y estiércol, escopeta en mano y fue sorprendido por un gran número de personajes cetrinos y cobrizos, ataviados todos de camisas negras de grandes y puntiagudas solapas y de pantalones acampanados del mismo color, gitanos y de los más temibles.

Cuando recuperó el sentido, le habían atado a una cruz en un claro cercano al poblado, dispuesto en pose grotesca y forzado a tener la lengua fuera. Varios gitanos viejos patillas de boca de hacha, grises o blancas, arrugas venerables y sombreros Dallas y sortijas gruesas: dictaron su sentencia que se llevó a cabo inmediatamente ante toda la comunidad gitana: le apalearon, le rompieron las gafas, clavándosele los cristales en los ojos, le rompieron las rodillas con barras de hierro y todos los dedos de las manos, le arrancaron las tetillas con tenazas, le aporrearon el rostro, le clavaron un arpón en los genitales y finalmente, le segaron el vientre, quedando con las tripas fuera. Después de dos horas, lo soltaron. El Roqui iría a partir de entonces por Badalona en un carrito, viviendo de la caridad de los jefes de banda, que se apiadaban de la desgracia del que había sido una vez colega suyo. La banda y los territorios del Roqui fueron anexionados por Policarpo, que ya se hacía llamar Policarpo I

Vengados ya los componentes de la primitiva banda de los polis, y visto el éxito de la política anexionista empezada acabando con el Roqui, Policarpo se dejó llevar por esa tendencia, e incrementó su banda en veinte hombres más, a los que armó y pagó bien para mantenerlos fieles a su jefatura. Su carácter se iba endureciendo paulatinamente y cierto día memorable hizo que el Melenas, que había sobrevivido allí encerrado desde su encarcelamiento, fuera metido en un cajón y lanzado al río Besós, luego de ser ejecutado a tiros. Paseando por sus dominios, ampliados a costa de los de bandas pequeñas o mejor, diminutas: vio al Roqui pidiendo por la calle en su carrito. Esto fue al lado del campo del Artigas. Se acercó a él y de un patadón, metió el carrito bajo las ruedas de un camión de ésos gigantescos. El desgraciado murió aplastado, entre el regocijo de la cruel chiquillería mestiza, bastarda, compuesta tanto de rubios pajizos como de morenos negruzcos, de rasgos indostanos y pelo aceitosamente sucio, pululando toda suerte de parásitos.

Liberada de toda su ambición, planeó extender sus dominios al otro lado de la carretera, poniendo sus ojos en los Cañones de Navarone. Pero cuando ya se disponía a tomar la ruta que le llevaría a la cima de las horadadas montañas, tuvo que enfrentarse con algo que estuvo a punto de acabarlo para siempre: su jefe, al que llamaban el Larva y que él había dejado por muerto, fue sacado de la habitación y curado el cerebro no era punto vital en él, y curado por unos gitanos ligados por juramento al legendario Chamorro, ídolo de los quinquis y terror de niños y grandes. Repuesto el Larva, se disponía a dejar a punto un vehículo individual que le permitiría desplazarse: una mesa camilla blindada guarnecida por una potente ametralladora del calibre cincuenta.
Sabiéndose perseguido por su antiguo lugarteniente, cambió de domicilio varias veces. El último de ellos fue en un piso de al lado, o cerca del Colegio de las Monjas de Badalona. Confiado, nunca supo que sus tres secuaces, reclutados en San Adrián, estaban a sueldo del Policarpo y un día tuvo la desagradable sorpresa de verse agarrado por éste. Amordazado con una gruesa tira de esparadrapo, le amputaron las manos con un cuchillo de cocina eléctrico. Y luego, llevado a un descampado cercano a la autopista, vió el patio descampado en que le habían dejado sin posibilidad ni de moverse ni hablar, para ir a buscar lo que Policarpo había definido como ingredientes para un  buen guiso. Volvieron sus captores. El propio Policarpo le tomó en brazos y lo depositó delicadamente en el interior de un bidón, notó como se mojaba. Gasolina: desde fuera echaron, pudo verlo el larvado guiñapo: una cerilla encendida. Pronto fue un infierno el interior del bidón, y el hermano del eximio y glorioso Chamorro, último de esta estirpe, murió entre atroces, qué digo yo ¡Atrocísimos! sufrimientos, sin decir ni esta boca es mía y en el patio quedó un informe montón negruzco de metal y carne chamuscada.

En el colmo ya del descaro, Policarpo I pidió a su madre; una venerable abortista artista de la percha, que le confeccionara una bandera distintiva, y la hizo: blanca, con la inscripción en dos líneas Banda del Poli, Policarpo, y en medio un círculo negro con una calavera y un hueso y un chuchillo, cruzados. Y con nombre y bandera, sintiéndose poco menos que un señor feudal, se afanó Policarpo en la constitución de su Imperio, como él mismo llamaba a sus posesiones. Para financiar sus campañas, colocó en sus territorios numerosos puestos de peaje que se veían obligados a pagar, bajo pena de mutilación, tanto los transeúntes como los agentes de policía municipal. Sólo la Guardia Civil y los Marrones se salvaban de la medida intimidatoria. Para asegurarse una ruta segura desde San Roque hasta los Cañones, fue limpiando varios enclaves a una distancia aproximadamente igual entre todos ellos. Sólo le opusieron resistencia una pareja de viejos, que tras su tienda de juguetes vendían heroína a los niños de seis años. Cruelmente, les hizo beber vitriolo. Así acabó la resistencia. Y por fin llegó el momento de apoderarse del mejor territorio de Badalona: los Cañones. En cuanto vio la posibilidad, no dudó ni un instante.

En uno de ésos terrenos vagos que hay, salpicados aquí y allá de casuchas de toda clase, color y condición estética, se levantaba una casona con ventanas en todos los lados, cerradas por persianas correderas. El Amo de los Cañones estaba sólo, dentro. Avanzó Policarpo, abrió la puerta con su erecto brazo de goma y entró esgrimiendo una escopeta de dos cañones. El Cañonero, como le llamaban, estaba sentado en una mesa, impasible, trasegando carajillo tras otro y haciendo solitarios con una baraja española. Era un hombre de cincuenta años, de cara torturada y marcada, arrugadísimo, curtido y de piel color marrón. El pelo, abundante, egominado hacia atrás, y con vistosas patillas. Iba en camiseta sobre la que lucía una pistolera a lo 007 en la que descansaba un respetable colt calibre cuarenta y cinco. No le hizo caso al Policarpo cuando éste entró. Con el tono gangoso propio de su condición arrabalera y a medias con el que da un palillo incrustado desde tiempo inmemorial en las hediondas y apestosas encías, le dijo al jefe de la banda del Poli: Abrí, no abiyeles chí que aquerar acoí, si camelas endicarme, me mangas cita. El Policarpo repuso: Voy a quesar el brojeró de los Cañones, así me maten, socio. Y mientras, levantaba la persiana dejando ver a dieciséis hombres armados tanto de pistolas y escopetas como de navajas y hachas.

-O najas por las buenas: repuso el Cañonero-O najarás mullí, con ese brazo de goma chibelao al bullaté: siguió hablando el Cañonero-Este es mi pedazo firmao y acreditao con papeles y aquí mando yo. Y señaló un papel amarillo pegado a la pared, entonces, agarrando una silla, se la lanzó al Policarpo, al cual se le desprendió, por tal causa, el brazo de goma. Éste se echó al suelo y parapetado tras la silla, le descargó al viejo su escopetón, cargado de metralla, dándole de lleno mientras éste sacaba su pistola. Cayó el Cañonero encima de la mesa que se derrumbó podrida, con gran estrépito, rodando por el suelo vasos, copas, cartas, botellas vacías y llenas, gusanos, polillas y restos de comida. Un pan con una costra verdosa fue a rodar, seco, al lado del Policarpo que era ayudado a levantarse por sus hombres. En un bar no lejano estaban los diez hombres que componían la banda de Los Cañones, que se presentaron, alarmados por los tiros y el chivatazo de un vecino, en la sede social de su no muy lícita asociación profesional. Alrededor de la casucha, vieron a los de la banda del Poli sacando el cadáver del eximio Cañonero.

Policarpo, ya otra vez, con su brazo de goma colocado, erecto, en eterno saludo, se volvió hacia el grupo estupefacto de maleantes. Les propuso unirse a su banda y les prometió botín. Viendo que la mayoría aceptaba, saltó el Zurdo; un Travolta agitanado vestido de blanco y con pantalones de pata de elefante. Sus facciones, ya de por sí bastante mal compuestas, amén de teñidas de cierto color parduzco y rugoso, se desencajaron un tanto al emitir por el hueco que existía entre los dos gigantescos abultamientos que eran sus labios lo siguiente-No aquerais: Cañones nos cuidaba y alimentaba bien. Y acto seguido sacó su pistola, apuntando al Policarpo. Uno de los de la banda de este último separó la mano que empuñaba la pistola del resto del cuerpo a base de hachazo contundente. Cayó el Zurdo, mientras otros de los secuaces del Cañonero sacaron sus armas: cayeron al instante, traspasados sus corazones por sendos pedazos de plomo. En cuanto al Zurdo, alguien le acercó una pistola a la sien, y lo acabó. El resto de los cañoneros, siete en total, no eran tan escrupulosos y cedieron a la codicia por el botín. Policarpo, al finalizar aquel día en la montaña de los Cañones, era el jefe de banda más poderoso de Badalona. Cerca de cincuenta hombres seguían sus órdenes. Estaba en el cénit de su carrera y, emocionado y sugerido por la victoria obtenida, lanzó el siguiente vibrante discurso, mientras era aclamado por los presentes:
-Yo, Policarpo Primero, jefe de la banda del Poli, juro aquí sobre los restos de esta burolla que nada se interpondrá entre mí y mis manejos, asín se muera mi papa, ayer era duisqueró, hoy soy jelaló, pero mañana seré patriarca de Badalona (aplausos) Ondeando su capa al viento, cimbreando la nariz mal pegada, iluminado por los últimos rayos del crepúsculo, destacando su negra silueta contra el cielo rojo, verde, amarillo, violeta, de gruesas nubes y rayos hendedores; agitando en dirección al Sur su brazo rígido con crispado ademán- ¡Barcelona!: exclamó-¡Barcelona!, y fue su perorata elevada al cielo por el apoyo de gritos y vítores, que no pudieron por menos que alarmar a la guarnición de los Cañones, que se asomó, alarmada. Finalmente, de pie aún sobre el montículo, girado el rostro hacia la extensión urbana que se desparramaba hacia el Sur desde el mar a las montañas circundantes, hacia las torres puntiagudas y brillantes oropeles, clamó: Mañana todo esto será mío.
Fue un momento fastuoso, mas el ánimo del bravo conquistador no dejaba a menudo lugar para estos raptos de romanticismo y emoción, y ya al día siguiente se preparaba para consolidar y extender su imperio. Mediante un pasillo unió sus posesiones sanrroqueñas con la zona de la calle de las Flores, de donde expulsó a su amo tal que asina:
El amo de aquella lucrativa zona, que le interesaba al Policarpo por su cercanía al mar, era cierto sujeto de escaso cerebro, como era la tradición de los ocupantes de semejantes puestos, y para colmo de males, marroquí; uno de ésos que llevan un gorrito de lana y siempre tienen frío. Policarpo le expresó sus reivindicaciones territoriales, y oponiéndose el moro, sufrió la furia del conquistador más grande de esta parte de la Carretera, yéndose de narices contra un tablón. Avisado así de lo inútil de la resistencia ante tal personaje, siguió las órdenes de éste y se fue a incordiar al Barrio Chino, no sin esperar esperanzado un retorno a la posición que le costó Dios y Ayuda conseguir.
Y en llegando las tenazas de su poder a los Cañones y a la calle de las Flores, fue lógica la anexión de la zona que hay entre ésos dos puntos. Cerca de los Cañones, tenía su sede la banda de los Científicos, que había nacido como Asociación Paramilitar de Vecinos para autodefensa, y que se había convertido en banda bajo la jefatura de cierto doctor afamado, que con dos o tres guardaespaldas siempre pegados a sus espaldas, se dedicaba a utilizar métodos científicos para acabar con los chorizos y los que no le pagaban la cuota de protección por él exigida.

Como siempre, y confiando en su buena estrella, Policarpo fue al cuartel general de este doctor chorizo: su consultorio. Se abrió paso a balazos acabando con algunos auxiliares sanitarios que, armados de instrumentos tan heterodoxos como bisturíes y frascos de cloroformo, intentaban impedirle la entrada en el Santuario privado del loco Doctor Porrero. Delgado, de amplia y abombada frente, vestido con corrección pero con ropas anchas, como si hubiese adelgazado recientemente, en efecto, odiaba en grado sumo a la Gordura, a la que exterminaba con saña implacable.

Don Maffia



Largo tiempo había transcurrido desde aquel día infausto del verano de 1896 en que Pasquale Mussolino había convocado en cierta casona del centro de Palermo a sus hasta entonces amigos Pasquale Rufo, Pasquale Mmerda y Pasqualino Rúfolo. Confiados, los cuatro jefes mafiosos habían sido quemados a balazos. Giuseppe Tontoni, también hasta entonces amigo de los capos, celoso por haber sido excluído de aquel cónclave, les había tendido una emboscada. Los seguidores de Pasquale Mussolino sospecharon de cierto suegro común a Pasquale Rufo, a Pasquale Mmerda y a Pasqualino Rúfolo, por lo que lo ejecutaron, esta fue la prueba de que los segundos de Pasquale Mussolino habían llevado a cabo la matanza para hacerse con el poder en Palermo, y matando dos pájaros de un tiro al ejecutar a su propio caudillo, el organizador de la reunión. La guerra que siguió fue cruentísima; cuando quisieron darse cuenta los contendientes, cayó la policía sobre ellos gracias a las delaciones de la familia Tontoni. Entonces se vió todo claro (es un decir) los contendientes se unieron de nuevo contra los nuevos dueños de Palermo, los Tontoni. No obstante, subsistían muchas sospechas entre ellos, y muchas desconfianzas. Hacia 1922, el equilibrio había sido restablecido. En Palermo se repartían las influencias, por una parte, los Tontoni, y por la otra, los aliados, que se llamaban a sí mismos el grupo. Con el ascenso del fascismo cambiaron su denominación por la de El Comité. No faltó quien, durante la invasión aliada y la posguerra, tratara de cambiar ésta denominación por otra de menor calado considerándola demasiado política, demasiado comunista. La ambigüedad convenía a los negocios mafiosos, por lo que esta denominación subsistió. No me hagan hablar de los contactos del Comité con la masonería, con el terrorismo negro y aún con el rojo de las Brigadas Rojas.
A la batalla, o matanza, que dio origen a todo este cacao se la denominó lo de los cuatro Pasquales, y es un hecho de sobras conocido que pasó a formar parte de la mitología y el folklore de Sicilia, mentándose incluso en las coplas, exactamente igual que Salvatore Giuliano. Sí: como decía, largo tiempo había transcurrido; casi cuatro generaciones, desde la matanza de los Cuatro Pasquales hasta el día de principios de 1984 en que Don Máffia, arrellanado en su modernísimo sillón giratorio, en el ático de un impresionante y antiestético inmueble sito en medio de Palermo, convocó a su hombre de confianza para misiones escabrosas. La moqueta; lo aséptico de todos los muebles, las grandes fotografías (en colores las más recientes, grises y amarillentas ya las más antiguas: todas grandísimas) de los múltiples inmuebles que su compañía constructora había alzado en toda el área metropolitana de Palermo, y aún en Nápoles y otras ciudades importantes de Italia. La información gráfica referente a su último y fallido intento de abrir mercado en España yacía sobre la mesa ultramoderna, brillante, transparente, dorada, semejante a una gigantesca y cristalina piedra preciosa traspasada por la gran luminosidad de las límpidas y grandísimas ventanas. Una vuelta, otra, le divertía a Don Mafia el girar de su butacón. En el centro de aquella gran sala se sentía como en el centro de mando de una desmesurada y aséptica nave espacial a punto de despegar hacia el cielo azulísimo y el sol cegador. Una vuelta, otra vuelta y otra: humeaba su gigantesco veguero, pero gigantesco de verdad, intensamente negro, que a primera vista parecía de dos palmos de largo, con la cabeza comida por el fuego y convertida en ceniza; un grandísimo pene, en fin, que demostraba el poder del avezado usuario. Una vuelta más. Don Máffia se sirvió, sin moverse del sillón, un copazo de órdago. Saboreaba el licor, que al trasluz mostraba una tonalidad exacta a la de su mesa diamantina, mientras contemplaba su más grande éxito, el edificio del Banco de Messina, en el área metropolitana de Messina: el primer edificio en el que se había empleado a fondo, para demostrar su eficiencia y la de su compañía. Treinta plantas de cristal que el sol convertía en mil cien soles que casi casi obligaban al viandante a colocarse las gafas ahumadas. Desde la fotografía, tomada a vista de pájaro desde un helicóptero, le miraba aquel coloso, que era enteramente suyo: un bloque que nada ni nadie conmovería, todo marfil y negro de los cristales acondicionados para tornarse oscuros cuando el sol da más de pleno, más destructoramente. El coloso del Banco de Messina, que construyó en 1976, que, en la foto, proyectaba su mole sobre otras insignificancias descoloridas y sombrías (un dominó de ocres y cal), había sido el cenit de su carrera como constructor, mas no caigamos en el error de suponer que ésos eran los únicos negocios de Don Máffia. No obstante, eran su ojo derecho, por lo que le dolían los cerriles obstáculos con que había tropezado en sus dos grandes últimos proyectos: el Euro Sicilian Building, una suerte de Empire State construído en el centro de Palermo, y el bloque de la Trans Bank Company S.A, en Barcelona.
Le dolían los estúpidos escrúpulos de los municipios a echar abajo los grandes palacios del pasado, muchos de ellos sin dueño que los disfrutase, y bastante echados a perder. Comprendía que un millonario como él lo era quisiera vivir en un palacio principesco. ¡Bueno! Pero que míseras casas, y mal acondicionadas; de vecinos, por el sólo hecho de ostentar un blasón en el macizo portal, fueran protegidas por las autoridades, eso, no lo entendería nunca. Moriría sin llegar a entenderlo. Por lo tanto: veía sobre todo, en los obstáculos municipales, turbias maniobras para fastidiarlo. El Concejal Nizzi, de su Euro Sicilian Building, había dicho: Muy bien, hagámoslo, así ése mastodonte será un alfiler, y todo Palermo, la cabeza de ese alfiler, puesto del revés. Eso fue en 1979. Ahora Nizzi, ciego de un ojo por un disparo de lupaza, vivía plácidamente, retirado de todo, en Milán. Ahora debía esperar por lo menos otros tres años antes de presentar de nuevo su proyecto para el rascacielos palermitano. El caso del Trans Bank Co.de Barcelona lo comprendía más, aunque no se daba por satisfecho, ni por vencido. Sus dos proyectos españoles: la urbanización en la Costa del Sol y el rascacielos de Barcelona yacían, juntos sobre la mesa, en carpetas contiguas. Era evidente que en España ya estaba el terreno cogido. Había llegado tarde a ése mercado. No podía sino arrepentirse de no haber participado con sus otros colegas del Comité en aquella vasta operación de capitales en España, en 1971. Ahora, Castelvetrano construía a mansalva en el Sur, concurrido por los árabes petroleros. Se estaba haciendo de oro, ése Castelvetrano. Su ceño se había fruncido. No cejaba, empero, en sus proyectos. Por la rama arquitectónica (si es que puede aplicársele éste nombre) sabía que sus puntos de vista acabarían por triunfar. Palermo aún ofrecía muchas oportunidades, igual que Nápoles. Aunque en Nápoles estaban los de la Camorra, y sus aliados sicilianos, los odiados Tontoni. No obstante, los camorristas eran comprensivos, y más de una vez habían cerrado tratos con él a espaldas de los militantes del clan rival.
Le miraban, digo, sus preciosos edificios, blancos la mayoría como terrones de azúcar, y él miraba a Palermo, dorada, extendida a sus pies. En las fotos en blanco y negro aparecían algunos inmuebles de estilo fascista, monumentales como en las películas de Cecil B. De Mille, no desemejantes del estilo predominante en la Unión Soviética. Los últimos, por el contrario, acristalados, ponían un pie en el año Dos Mil. Sonrió: uno de aquellos mamotretos neorrealistas le trajo buenos recuerdos. Era su primer edificio de envergadura: una casa de vecinos modélica. A cualquiera, las exiguas ventanas vagamente clásicas (por su rigidez, más que por otra cosa) le hubieran recordado los nichos de un cementerio. A Don Máffia, le cegaba el afecto: él veía un gigantesco, comunitario; vecinal: templo egipcio. Don Máffia, al cabo, era un sentimental.
En la sala se oyó un timbre.su sonido rebotó en la moqueta marrón, suavemente peluda, de las paredes, opuesta a la gris perla del suelo, y fue a clavarse en los oídos del monumental mafioso del veguero.
-Pase: le dijo al interfono.
Y entró su hombre de confianza, un tipo cuyo nombre se ha perdido pero que fácilmente podía llamarse Rocco, Dick Fulmine o algo por estilo. La lengua, demasiado abultada, le colgaba dos palmos, descolorida. El aliento le olía a empacho. Era, digo, un hombre de poca frente, pelillo indeterminado, de punta, y cara gorda y blanquecina a fuerza de golpes que la volvían fofa. La nariz era una suerte de tubérculo hervido. Las orejillas, ni se veían. Cejas, que tendían a la cejijuntez, y ojos claros. El aire de boxeador morrudo no se lo quitaba nadie.
-Matarás a Don Ciulo: dijo el jefe mafioso.
La baba acabó de soltarse de la lengua del gorila, para caer, pesada al suelo y hacer un hoyo en la moqueta.Un hoyo semejante a un gusano transparente. El matón movía las manos, gordas, blancas, en las que faltaban los meñiques, mientras, más que decir, estropajeaba:
-Con éstas manos, jefe, con éstas manos
Y al tiempo se reía.
Don Máffia, satisfecho de su buena elección para su segundo y hombre de confianza, sonriente, magnánimo, solamente dijo:
-Muy bien: puedes retirarte.
Y el deficiente mental salió de la habitación.
El diálogo (exiguo) con el subnormal había obrado en Don Máffia un cambio: de constructor había pasado a capo mafioso, que era su verdadera naturaleza. Nunca sabremos qué nos representa más, si lo que somos, o lo que nos esforzamos (gustosamente) en ser: Don Máffia quería ser contratista, constructor de ciudades maravillosas, todo Bancos y apartamentos caros, con amplias vistas, y era verdaderamente un mafioso empeñado en crímenes, un poco chapado a la antigua. All´Antica Nápoli, como solía decirse.
Pero hora es ya de que describamos a Don Máffia.
Los sesenta años que gastaba le daban un aire de pequeño reyezuelo, o de senador romano. Le desentonaban para eso, no obstante, las cejas, negrísimas, juntas, con un pico encima de la nariz, en el ceño que ocultaba en su parte central cuando se fruncía, y también el bigote, aún negro, pero con tendencia al entrecano. El cabello, por el contrario, que no conservaba mal, pese a su reciente calva desordenada, era enteramente canoso. Un mechón frágil, blanco, le caía por la frente, casi imperceptible, dando la sensación de cabellera completa. Más debajo de ésa extremidad pilosa y transparente, tres arrugas horizontales en la frente tostada, casi juntándose con la selva horizontal y negrísima que eran las cejas. El ceño fruncido de Don Máffia, jupiterino enteramente, no era cosa de broma y sí terrible augurio, o premonición, de grandes desgracias. Las orejas eran correctas, no pequeñas, y andaba Don Máffia un poco fondón, gordo, pero sin caer nunca en la apariencia de flojedad y fofez. El ojo (los ojos) estaba oculto por amplios y enérgicos pliegues, y del fondo de ellos lanzaba penetrantes agujas tal vez azulinas. No, los ojos de Don Máffia eran negros, acordes con su tez olivácea. Grandes ojeras, la barbilla hendida con fuerza, como por el pulgar de un artista enérgico en el barro no menos enérgico de la orgullosa cabeza. Dos amplios surcos le corrían por las mejillas, la nariz, ancha, era más oscura que el resto de la cara, y brillaba de grasa cutánea. Mencionando la sonrisa que provocaba pliegues acartonados y la sotabarba blanda e incipiente, atrapada en el cuello de la camisa, queda completo el cuadro físico de Don Máffia.
Pero para acabar de conocerlo, es necesario hablar de sus maneras y actitudes. El veguero, un gran cipote de caballo, negrísimo, con su sempiterno glande de ceniza blanquecina y apestosa, es un rasgo inconfundible e inseparable de Don Máffia, así como su vestimenta. En esta ocasión iba vestido enteramente de blanco, con una flor (creo que un clavel) también blanca, en el ojal. La camisa, de seda, brillante, blanca; la corbata, anchísima, acorde con las amplias solapas y los campanotes (que, no obstante, abandonaban ya la Moda Pata de Elefante para tender a la Años Cuarenta) y los zapatos con agujerillos.Y es que Don Máffia era un elegante. De todas formas, su terno preferido, o uniforme de trabajo cruzado, con corbatas a juego pero siempre anchísimas.
Don Máffia contempló a su sabor la modesta y borrosa, venerable fotografía de su primer edificio, el Templo Egipcio. Lo encontraba bellísimo, y más teniendo en cuenta el lastimoso estado de ése solar en 1948, cuando construyó su edificio. Ahí se había levantado un palacio antiguo, muy viejo, que un bombazo aliado había agujereado desde los tejados al sótano (lleno, en aquel momento, de refugiados civiles).
Alguien del Ayuntamiento había hablado de repararlo y convertirlo en sede de algún organismo municipal, dada la venta que en 1943 habían hecho los propietarios a la municipalidad palermitana. Pero las reparaciones eran muy costosas, había que trabajar acorde con los estilos del edificio, que por cierto, tenía problemas de estabilidad después del bombardeo. Ese alguien calló cuando Don Máffia depositó cierta cantidad en ciertas manos ¡Aquello sí que eran tiempos! El caserón pasó de ser considerado joya urbanística en peligro a ruina de guerra. El caserón se fue abajo, con su mirador que confería a aquella parte de Palermo un aire de ciudad encantada.
Sólo fotografías quedan del Palazzo Dell Bellvedere, momia barroca por fuera, vigas ennegrecidas por dentro. En su lugar se alza el vasto edificio de Don Máffia, el de las celdillas neorrealistas de colmena, el lagrimón sentimental de Don Máffia, por ser el comienzo de su prosperidad como constructor adinerado. Una vuelta de la silla, otra, otra, un trago de coñac, otra vuelta.
Cierta vez, hacía ya muchos años, en el curso de una conversación, Don Máffia, riendo: hizo esta célebre declaración:
-No sé de qué se quejan ésos amantes de lo antiguo: les tiro un palacio, de hace todo lo más un siglo (el Palazzo Dell Bellvedere databa de 1647) y les construyo en su lugar un Templo Egipcio del mejor estilo y época”.
Ni qué decir tiene que su chanza fue acogida con grandes risas; es que Don Máffia era un esteta de tomo y lomo, así como un irónico de sorprendente finura.
Dos horas más tarde, una llamada le comunicó a Don Máffia la muerte de Don Ciulo Tontong Buonacorsi. Para festejarlo, comenzó a dar vueltas en su sillón giratorio, como un niño, o como un loco, totalmente desmelenado. Se le disculpan las copitas de más.
A veces, sin esperarlo: ocurren casualidades extraordinarias, otras, un lugar parece predestinado a que en él ocurran siempre las mismas cosas. Donde hubo una matanza, puede volver a suceder otra, y si las consecuencias de una fueron terribles, las de la siguiente pueden (y suelen) no serlo menos. Un hecho tapa a otro, pero el lugar sigue. En Palermo se conocen varios de estos sitios. En Roma está claro: en el mismo solar se ha hecho la historia toda del Mundo Occidental. Pues bien, en aquella casona sin piso, muy baja, había tenido lugar lo de los Cuatro Pasquales, aquel hecho memorioso, y en ella: iban a ocurrir también los hechos que paso a narrar.
Antes: una descripción del escenario: la casa en cuestión se hallaba en una calle tranquila, gris, sin comercios importantes. Al fondo, se oteaba una fábrica vieja, con grandes tubos, cerca del mar, más allá de una autopista elevada. En la esquina opuesta, estaba la carretera general, con una casa para la venta de coches usados; un concesionario de la FIAT. La casona en cuestión, estaba hacia la mitad de la calle, entre todos los edificios que, predominantemente, eran modernos. No ultramodernos, pues no era una zona céntrica de Palermo, pero sí modestas casas de pisos, bloques, alguna que otra finca de sólo dos pisos, todas con, por lo menos, la decoración somera de la fachada, datando de los Años Sesenta. Una calle tranquilísima, fuera del ajetreo, en las afueras. Puesto que lo que antes había podido ser considerado centro, ahora se veía desplazado por la expansión de la ciudad. Si antes el apelativo de cierta casa del centro de Palermo era, verosimilmente exagerado, con la habitual exageración siciliana, ahora, con la creación de nuevas zonas urbanas, la parte en que se hallaba la casa de la matanza, había quedado sumida en el silencio: el bullicio y el negocio estaban en otra parte. Para completar el ambiente, diré que era una calle muy semejante a la calle del Fabregat en Artigas. La casa de la matanza permanecía igual, exactamente a como estaba en 1896. Sólo un cambio, que al ser tradición y repetición se había convertido en costumbre, exigía de sus dueños que la pintada VIVA GARIBALDI que cruzaba la fachada, se repintara cada año, o cada dos años, en el mismo lugar donde, según se veía, había estado una original de 1860 o así. En 1896 y aún antes, la tradición se respetaba, con el visto bueno de los sucesivos ayuntamientos. En aquella casa (modificada hacia 1889, todo ha de decirse) habían ocurrido graves incidentes que nadie conocía a ciencia cierta, en la Revolucion de 1860.
La matanza de 1896 no viene sino a confirmar lo que decía: hay lugares predestinados a ciertos acontecimientos que se repiten. La casa era baja, como digo, de un color vagamente dorado u ocre. En el alero de la fachada, en forma de almenillas descascarilladas, se sucedían diversos adornos de estuco, al estilo de ciertas casas populares de hace años. Un breve alero destacaba sobre los otros ornamentos y proyectaba una modesta sombra. Había, creo, algún tragalucillo pequeño bajo el alero, si no había sido tapado por la gruesa capa de pintura, de hacia 1900, que ahora se deshacía materialmente, como si fuera la piel de una momia. Y con ella, la casa entera se venía abajo poco a poco. Había una puerta grande, portón que ocupaba casi toda la fachada, de un color miel momioso, a juego con la casa que preservaba de intrusos. El portón era verdaderamente medieval, con un grueso candado totalmente oxidado, negruzco, podrido, pero aún útil. Además, le confería un sabor especial al portón. Al lado del portón, he de decir que tenía encastado en él una puerta, más pequeña, totalmente inútil por sus reducidas dimensiones. Hay quien dice que ésas vastas zonas de viviendas pobres y obreras del siglo pasado estaban construídas para una raza de enanos. Quizá eso explique ciertos balcones, que se pueden tocar alargando la mano, y puertas que, como la de éste caso, no permiten pasar holgadamente a personas de talla normal. Un dato a tener en cuenta en éste asunto es que el portón en cuestión de la casa era de apenas dos metros de altura, por lo que el guardaespaldas de Don Ciulo no cabía bien, siendo como era, supuestamente, un paso que permitiera el acceso de carros. Al lado del portón, había otra puerta, presumiblemente abierta en el muro mucho más tarde, y de tamaño normal (y nuevamente, el guardaespaldas de Don Ciulo, Marco o Macro, no cabía holgadamente), aunque igualmente de aspecto antiguo, negruzco o pardo, con otro gran candado: la pintura igualmente deseosa de saltar y meterse por sí sola en la cripta de la que parecía haber salido. A un lado y a otro de las dos puertas: la grande y la pequeña, horadaban el muro dos altas ventanas cubiertas de labrados barrotes curvos y salientes, y cerradas con antiquísimas rejillas metálicas, tablones, postigos pútridos, carroña y toda clase de materias heterogéneas que, eso sí, mostraban una tonalidad homogénea debido a los años. La pintura, por lo visto, se empleaba sólo en dar realce al heredado Viva Garibaldi.
En el momento que nos ocupa, a principios de 1984: la casa pertenecía, desde hacía quince años, a Don Ciulo Tontong Buonacorsi. Antes había pertenecido a su padre. Puede decirse que los Buonacorsi, herederos, por así decirlo, de Pasquale Mussolino, habían ostentado la propiedad de la casa desde 1920 o así. Don Ciulo la tenía para sus negocios sucios, para reuniones secretas, o simplemente, como era muy supersticioso, para sentir la presencia de las almas de los asesinados que impregnaban las paredes de la casa. Tonterías. Nadie creía ésas excusas, que se aceptaban cortésmente, según las reglas del juego. Se suponía que “si habían sucedido desgracias en ésa casa, las había provocado Don Ciulo, como había comentado, en una ocasión, Giuglio Stonzi, también llamado Giuglio Castelvetrano, en una conversación con Don Máffia. Era casi seguro que en ésa casa había Don Ciulo asesinado bárbaramente a enemigos suyos secuestrados, y a traidores. Lo que hacía luego con los cadáveres, no se sabe. También es cierto que Don Ciulo iba a veces a ésa casona a jugar a las cartas con sus amigotes, lo cual desmiente la superstición del mafioso. Eso, como tantas otras cosas, era una pura fachada.
Don Ciulo Tontong era un coloso con la cara de Franco Nero y el cuerpo de Alfredo Landa. Gastaba peluquín discreto, bigote y patillas. El veguero, para que se vea que todos los mafiosos se parecen, podía tomarse, en su caso, como un tercer brazo; un brazo anómalo surgiendo de los gordos labios excesivamente bien dibujados, desmesurados por su tamaño excesivo. El mostacho, las patillas, todo lo hacía aparecer más bajo aún, y más chapado. La moda que gastaba era relativamente moderna, pero la cortez de brazos y piernas provocaba una semejanza con el estilo campanone. El cuello, gruesísimo, ocasionaba cuellos de camisa grandísimos, y por ende anchos corbatones. Además, para aparecer más desproporcionado todavía, llevaba las manos, que eran fuertes, cuajadas de anillos de pedrería ostentosa pero barata. La armilla, ajustada, no le dejaba respirar. Como se verá, Don Ciulo era algo bruto, pero no era de los mafiosos All´Antica, en absoluto: su ascensión había sido propiciada por ciertos negocios redondos en Asia, concretamente en Hong Kong, de donde venía la corrupción Tontong que había pasado a ser el apelativo común de toda su familia.
Habían aparcado en la esquina anterior, casi enfrente de la fábrica mastodóntica. La corta caminata les vendría bien, había dictaminado Don Ciulo, y el grupo de tres avanza con parsimonia y medición por el mundo gris y azulado de aquella calle. Con Don Ciulo iban sus dos guardaespaldas: Marco (o Macro) un gigante vestido de hortera, corbata finísima, cejijunto, con dentadura de caballo y papada de buey, el cabello de punta como si sus manos no conociesen el manejo del peine. Los ojos, ni se veían hundidos como estaban en el bosque ciliar, la boca se crispaba en una mueca perpetua: un golpe certero recibido en una reyerta le había dejado una parálisis parcial en media cara. El otro guardaespaldas era uno de los siete hermanos Tomboni Carbonara un oliváceo cuya tez tostada le había hecho merecedor del susodicho sobrenombre. Tambien estaba Napoli, semejante este a un malevo de La Boca; todo en blanco y ajustado de talle, pantalón ceñido, bigote, bombín, un clavel sangrante tras la oreja, las manos ocultas en el saco empuñando el arma. Habían pasado ya la Farmacia de la esquina, iluminada y desierta, en los bajos de un edificio acristalado, bajo una gran cruz potenzada fluorescente. Ese edificio había sido una de las gotas del vaso paciente de Don Máffia. La negativa de Don Ciulo a vender su casona había obligado a la constructora de Don Máffia a reducir el tamaño del inmueble proyectado, que de impresionante y lujoso condominio vecinal había pasado a bloque vulgaris, eso sí, completamente acristalado. Parecía un Banco de barrio, barato y plastificao. A nadie, para ser sinceros, le conmovía la soflama de marras y aún menos lo de los Cuatro Pasquales, y menos aún que a nadie, a Don Ciulo. Si no quería vender, sólo había una causa: fastidiar a Don Máffia. Pero eso se había escrito en las cuentas pendientes de Don Máffia. Ahora Don Máffia aspiraba al predominio en Palermo, a la supremacía en el Comité, por lo que, al romper Don Ciulo con los Caserta, sus pareja en el mangoneo del Comité, había sellado su sentencia de muerte; ahora nadie estaba aliado directamente con Don Ciulo, por más que el Comité fuera una alianza entre todos ellos, y a Don Ciulo no le respaldaba ninguna familia, siendo un advenedizo afortunado. En todo caso, era fundador de familia, pero no heredero de ninguna. Item más, el asesinato siempre podría atribuírse a los eternos enemigos, los Tontoni, que últimamente estaban llevando una campaña de delaciones contra el Comité. Item más, Don Máffia había ya infiltrado gente entre los tenientes de Don Ciulo. La cosa estaba hecha, atada y bien atada.
Sacó Don Ciulo el llavín que abría el candado de los portones. A su lado, Marco se paró y comenzó a vigilar, nervioso, fumando un negro veguero, apestoso como todos; visíblemente alterado. Carbonara, que venía detrás, andaba tranquilo pero su larga nariz aceitunada oteaba peligro. Ya estaba Don Ciulo ante la casona, cuando Carbonara y Marco se dieron cuenta de que un coche se les venía, prácticamente, encima, desde una cruza inmediata. El coche: un FIAT, andaba lentísimo. Venían a por ellos. En mitad de la calle, el coche se puso en punto muerto. Una cara tranquilizadora se dirigió a los tres mafiosos, desde el asiento al lado del conductor. Una voz tranquilizadora dijo algo, una pregunta. Don Ciulo, tranquilo y distraído con la llave medieval, le mandó a Carbonara que viese qué querían los del FIAT.
-Anda, vé, Carbonara.
Carbonara, palillo entre diente y diente, alargada la barbilla azul, pistola en la mano y la mano en el bolsillo, se acercó al FIAT. De la ventanilla posterior salió un largo tubo que le golpeó en el vientre. Era un bazuka de ésos que llevan la punta del proyectil asomando a modo de apéndice. Fué cuestión de segundos. Carbonara se echó al suelo y al esquivar la granada, perdió su sombrero blanco. Surgió una llamarada y un estruendo borró la calma de la calle. Marco, el coloso, cayó partido en dos. Impacto directo a las tripas a escasos tres metros. El páncreas, sangrante y apestoso del guardaespaldas cayó sobre la cabeza de Don Ciulo, semejante a un peluquín; gruesos regueros de sangre se dibujaron en su cara. Una ametralladora refulgió y dos brazos fuertotes, del auto, ametrallando a Carbonara, que trataba de incorporarse junto a él. Fué en segundos, ya digo. Don Ciulo desdeñó el portón, que costaba de abrir, y se llegó hasta la otra puerta. Bajo la pintada, una ráfaga lo abatió. Sus uñas se clavaron en la madera vieja. Acuclillado, comenzó a vomitar, uno de sus ojos rodando por la acera. Le parecieron horas. El coche avanzó hasta él, un par de metros, cascando como un coco blandengue la cabeza de Carbonara, cuyos sesos se esparcieron.
El siguiente bazukazo fue al culo pleno de Don Ciulo, que perdió la forma humana, y con ella la vida. Una pierna saltó por los aires, las paredes se estamparon de rojo y de impactos de bala. Un nuevo bazukazo reventó la puerta pequeña de la casona. El coche dio marcha atrás, aplastando bien la cabeza de Carbonara. Luego, se dio a la fuga. El hombre de confianza de Don Máffia consultó su reloj de pulsera:
-Justo, cinco minutos, diez segundos.
Contaba mal, habían sido cerca de diez minutos. No obstante, no se les presentaron problemas. El coche desapareció, la policía no se presentó en el lugar de la matanza sino media hora después de que el FIAT rojo abandonara el escenario en dirección a territorios seguros.
Cuando llegó la policía, humeaban aún los cuerpos. Encima de una de las rústicas almenas, extraño evento, reposaba una de las piernas del difunto Don Ciulo Buonacorsi, con su acampanada pernera y todo. Hubo que mancharse de sesos los calcetines para retirar los cuerpos. La cruz potenzada de la Farmacia, en la esquina, se encendía y apagaba rápidamente.
La cárcel de Caserta, aquellos días soleados, hasta parecía un lugar hermoso. Con su reglamentada vida pacífica o violenta, tanto encubierta como descubierta con su atareada existencia, yendo de aquí para allá los funcionarios uniformados. Sobre todo si uno era preso favorecido, como lo era, de hecho y de derecho Don Giuseppe Tontoni; principal mandamás de la poderosa familia. Le habían cazado por evasión de impuestos; lo típico, y eso había sacado a relucir algún que otro trapicheo, hasta llegar a relacionarlo con el escándalo de la Logia Masónica P II
Buenos abogados, los tenía. Sabía que tarde o temprano saldría de allí. La mayoría de sus bienes no eran de su directa propiedad, por lo que no temía embargos ni confiscaciones. Para hacer boca mientras esperaba el juicio, y para convertirse del todo en un preso privilegiado, se había prestado a los Carabinieri para delatar a otros mafiosos, a otros mafiosos, claro, de otras familias; la Omertá no regía para él, ni para ningún otro Tontoni, así como respecto al denostado Comité, con el que estaban en guerra desde los tiempos inmemoriales de luparas y boinas. El primer efecto de sus delaciones fue acabar con el predominio de los Caserta en la cárcel de Caserta. Gracias a él, que hacía el doble juego a la policía, la cárcel volvió a poder de la Camorra, como en otros tiempos. Además, se decía él, era lógico, estando tan cerca de Nápoles. Para los Pardilli, llamados Caserta, que debían su apellido a su predominio en ése penal, como los Castelvetrano (Stronzi) debían el suyo a su dominio en ésa cárcel siciliana, y Giuseppe Tontoni se convirtió, si ya era un enemigo, cambió su estatus por el de condenado a muerte. Pero poco podían hacer, sus verdugos; expulsados de Caserta por sus influencias. Eso lo tenía en cuenta Don Mafia, siempre seguro de sí mismo.
Cuando el demonio se aburre, mata moscas con el rabo y el recinto penitenciario de Caserta era el lugar idóneo para este y otros pasatiempos. La celda de Giuseppe Tontoni era una “suite” de hotel; o así lo pensaba él; ahora que creía haber sustituído a los Caserta en el dominio de la cárcel. Aquella mañana de mayo de 1984, eructaba sonoramente tras un opíparo almuerzo, el veguero inevitable en la boca de todos los que, no contentos con un cipote, precisan de dos bien a la vista. Gastaba trajes de Londres y manicura cuidada en sus zarpas de campesino o contrabandista de tabaco.
Tenía la armilla desabrochada para poder respirar, lo cual lograba apenas, ahogado y rehundido en su grasa fofa, pero cetrina y curtía .El corbatón y los solapones son cosa inevitable. Don Giuseppe esperaba el café.
Gastaba rizado de pelo All´Antica Napoli tambaleante el pesado montón acartonado y lleno de brillantina verdaderamente brillosa. A cada fruncimiento de ceño, a cada gesto que quería ser magnánimo y sólo llegaba a ademán de reyezuelo, el pesado tupé, lleno de ondulaciones, subía y bajaba, semejante a un peluquín dispuesto a caerse. Las facciones de Don Giuseppe eran las que surgen de cruzar a un bull-dog con un pequinés, añadiendo una nariz de color semejante a un par de abultados, peludos, relucientes de grasa, testículos de toro. De semejante guisa aparecía la barbilla, rehundida en el mar de las papadas colgantes. En el mar flotaba la boquilla, pequeña y descolorida, de tono mucho más claro que el resto de la piel facial. Media cara (la media cara inferior) y todo el cuello, que desaparecía en los solapones del cuellazo, estaban embadurnados de aceite azul-oscuro, brillante en el mentón y ópaca en el resto, que era la cerradísima barba de Don Giuseppe Tontoni. Patillas, orejones de soplillo airosos, ojos sepultados en bolsas violáceas parecidas, nuevamente, a testículos de res brava y en bosques de oscura pelambre, sepultados asimismo bajo el tupé abrillantao. Gruesos surcos marcaban la cara en todas direcciones; estaba cantidá de gravao; un durito de mirada acerada.
Comenzaba a impacientarse. Su celda restaba abierta todo el día, por si sentía deseos de pasear. Un funcionario vestido de verde oliva, con amplia gorra galoneada, vigilaba siempre la puerta. Don Giuseppe se ufanaba de que el Estado italiano pusiese a su disposición guardaespaldas, por lo menos uno. Sintió deseos de levantarse y protestar ásperamente por la tardanza de su café. Poderoso, sabía que a una queja suya, rodarían cabezas de los encargados de su servicio, pero eso no le consolaba por la tardanza de su café. Se arrellanó bien en su butaca. El traje de Londres comenzó a resentirse en los faldones de la americana, embutidos entre el corpachón de Don Giuseppe y el cuerpo mullido pero resistente del sofá. Pensó Don Giuseppe que su estancia en Caserta no resultaba tan satisfactoria como estaba creyendo desde que lo enjaularon. Estaba deprimido. Todos los cargos que contra él existían fueron acudiendo a su mente. ¿Y si, después de todo, no servían de nada sus manejos (legítimos, por supuesto) y le declaraban culpable? Por lo menos iba a quedar fuera de juego. Diez, cinco años, nada más, mermarían sus influencias. Trató de pensar en otra cosa.
Llevaba solamente tres meses entre rejas. Le consolaba el daño que, en ésos tres meses, había ocasionado a sus enemigos, los puercos del Comité, Don Máffia y los otros. Pero el peligro rondaba su depresión, el miedo. Por un momento sintió en su carne, que se le puso de gallina, lo amenazado que estaba. Siempre había estado amenazado, se trataba de convencer a sí mismo de eso. Pero siempre había estado libre. Entre rejas, poco a poco, su influencia decaería. Incluso su propia familia se vería obligada a prescindir de él. Y cuando se prescinde de alguien, es como si muriera. Quería huir de sus pensamientos. Se levantó resuelto, fue hasta la puerta de su celda, entreabierta, y sacando media cara fuera, gritó al oído del funcionario:
-¡Stéfano, quiero mi café!.
Más aliviado, se volvió al butacón y entonó con arte y buena voz las estrofas de cierta conocida copla siciliana. Algunos presos, desde otras celdas de la misma galería, le hicieron coro. La avellana que la crispación formaba en su mejilla derecha, al lado de la patilla negra, se distendió. Algún guardia que otro: conociendo la copla, acompañó discretamente el concierto. Don Giuseppe se sentía el amo: lo que tiene el tendero, lo quiero entero, venid a mí monaguillos, alirón, alirón.
Nadie hizo callar a los presos y el concierto decayó por sí solo unos veinte minutos después, cuando llegó el preso con el café de Don Giuseppe. Giuseppe Tontoni azucaró convenientemente el café. Más por rutina que por otra cosa: le espetó al preso miserable:
-¿Por qué has tardado tanto, eh, eh, eh?: espoleándole con la mirada.
El preso no osaba levantar la vista. Don Giuseppe, sin fijarse, notó, sin embargo, que no estaba atemorizado. Simplemente, no le imponía respeto. El preso sirviente, eso sí, daba muestras de estar nervioso. Hizo caso omiso.
Mientras Don Giuseppe bebía el café, el preso le dijo, pausada, maliciosamente:
-¡Cuidado con el café…Don…Giuseppe!.
Dos o más voces afuera, olvidaron los últimos acordes de la copla arábiga y se sumaron socarronas a la advertencia:
-¡Cuidado con el café, Don Giuseppe!.
Hubo un coro de risas en la galería toda, incluída la risa poderosa de Don Giuseppe Tontoni. Aquello era una broma habitual. Acabó su café, y lo saboreó. Pidió en broma otra taza. Como broma fue aceptada la petición por el preso-sirviente. Don Giuseppe había pedido otra taza de éste cianuro tan rico. Salió el preso-sirviente. Don Giuseppe se plantó en el umbral de su celda y, riendo, masculló dialectalmente:
-¡Uy, me han asesinado como al asesino de Salvatore Giuliano! Y luego se metió, olvidadas ya las sombras de sus problemas, en su suite, entre un coro de voces que decían Aspanu, Aspanuy Pisciotta, Pisciotta.
Inmediatamente, con el sabor del café aún en la boca, sintió voces detrás de la puerta, y alguien contaba algo¿Dinero? entregándoselo luego al guardia. La voz tímida del mismo preso-sirviente, que, presumiblemente, estaba fuera, deslizó:
-¡Cuidado, Don Giuseppe!, e imitando el deje autoritario de Don Giuseppe, añadió -¿Quién podría querer asesinarme?...
En la celda irrumpieron cuatro sujetos, cubiertos los rostros con pasamontañas: empuñaban martillos galponeros y de bola. Don Giuseppe apenas tuvo tiempo de encogerse sobre sí mismo cubriendose la cabeza con las manos mientras era engullido por las siluetas nerviosas de sus atacantes cuyos brazos subían y bajaban frenéticamente produciendo una sucesión de ruidos secos al princípio y de chasquidos humedos después; todo ello ante la mirada atonita de los presos colindantes que, aferrados a los barrotes de sus celdas, observaban boquiabiertos.
Cuando se retiraron los encapuchados, podía verse el bulto encojido de Don Giuseppe a un lado de la celda, bañado en un viscoso charco escarlata; sus miembros partidos yacían retorcidos en posturas imposíbles; su cabeza desmenuzada había quedado sepultada entre las piernas; tronco y extremidades formaban un amasijo blando, confuso, entremezclado.
-¡Aún vive!: clamó una voz anonima. En realidad, eran los miembros sin vida de Don Giuseppe agitandose entre espasmos.
Toda aquella galería, de la que estaba un poco separada la celda especial de Don Giuseppe, simuló un motín, haciendo grandes ruídos con los platos de metal. Otros presos comenzaron a entonar la cancioncilla de Don Giuseppe. La ventaja que tenía Don Giuseppe, al tener su celda al lado de una escalera de salida de la cárcel, para ver a sus familiares y abogados fuera del locutorio de la cárcel, en un bar de la calle (aunque siempre vigilado por un funcionario; la magnanimidad de estranquis de la dirección no llegaba a tanto), le habían resultado funestas. Al funcionario Stefano Villani no se le volvió a ver. Luego se supo que aquel día no le tocaba a él la vigilancia de la celda de Don Giuseppe Tontoni. Luego se supo, asimismo, que por un error de oficina se había encargado la vigilancia, ése día, a un funcionario que llevaba una semana en el hospital. Errores, errores. Quien no comete errores es la Camorra, que se deshace de los aliados demasiado poderosos, aunque sea a costa de pactar con el enemigo. Pero Don Máffia no era un competidor; él tenía Sicilia. Ellos, la Camorra, Nápoles. Cada uno a lo suyo. Los Caserta y los Tontoni eran unos intrusos.
Detrás de ésa pequeña salita, o remanso, donde se apilan algunos féretros que muestran, transparentes, los cuerpecillos pútridos de algunos infantes, revestidos de una pompa casi oriental, al lado del improvisado altar encalado, rancio ya el pigmento y las letras de oro donde las momias de cuatro viejas que murieron vírgenes hacen el papel de políptico retablo, cada una con su letrerito y su fotografía, se abre una puerta muy antigua a la que es difícil que se tenga acceso. Esto es, claro, en la cripta de los Capuchinos de Palermo; allí donde el mundo secreto y el conocido coexisten paralelos y a veces hasta superpuestos. Existe una cripta oculta dedicada a los mafiosos. Se atraviesa la puerta, que es abierta por un monje que se queda vigilando afuera y al entrar, lo primero que se ve es la placa primorosa, en loza, rodeado el rótulo de espigas y adornos que reza así: Galería del Mafiosi. En el punto más recóndito de la cripta blanqueada, al fondo de un pasillo sin salida, otro rótulo reza: Remanso della omertá. Y no lo digo porque sí, sino porque estas cosas existen verdaderamente.
Giuseppe Herbolari disfrutaba de la calma de Los Capuchinos. Aspiraba el olor a momia y no podía encontrarlo más satisfactorio, más bello y más espiritual, no obstante, lo aderezaba con una no despreciable tufarada de tabaco quemado. El veguero, también en Herbolari, resulta indivisible de su persona. He de decir que el veguero de Herbolari, no obstante, era más comedido, más pequeño, que los vegueros gastados por Don Máffia y por Don Ciulo que el cielo acoja. Los pasos resonaban en el silencio de las hileras y más hileras de muertos. Giuseppe Herbolari, más conocido como Waltz el chancro, era otro de los Nuevos Jefes: su poder se sustentaba en sus contactos con la organización de los Estados Unidos; era un indiano, uno que ha hecho las Américas. Empero, sus raíces estaban bien firmes en Palermo: allí, en un lugar destacado, bajo la plaqueta de loza que daba nombre a la galería, estaba la momia de su progenitor.
-Hola, papá: resonó la voz como eco en el vacío. Y embutido en un traje que le quedaba grande, la momia de Giuseppe Herbolari padre pendía de un gancho que se hincaba no se sabía bien si en el cuello de la camisa o en el del difunto. En la cintura, un poco apartada la americana, asomaba el vetusto revólver con que el finado había realizado sus hazañas, con su anilla de metal que le confería un aspecto más anacrónico aún: era, a todas luces, un arma casera; innecesaria, pues muchos carabinieri habrían, fenecido con toda seguridad a causa de sus escupitajos aperdigonados. El difunto soportaba, con su garra, un letrero que rezaba: Giuseppe Herbori. Nadie se había molestado en corregir el apellido, sin embargo, una mano torpe había trazado debajo, con carbón, un letrero que rezaba, en mayúsculas temblorosas: "Pater" Era cosa de ver el rostro del difunto bandido: las orejas no aparecían. Algo que no se distingue si es cabello o piel apergaminada, se levantaba en múltiples chufos alrededor de la nuca. Bajo éste cubrimiento, se podía ver el cráneo, cubierto sólo por una levísima y quebradiza capa de piel. No había ojos. Dos huecos negros remedaban los negros ojazos de Giuseppe Herbolari padre, profundísimos sobre la nariz que conservaba todo su perfil intacto, entre los salientes pómulos, encima del bigotazo, enteramente conservado, aunque había adoptado un color más bien terroso. El mentón se conservaba firme, entre soportando los dientes marrones un puro de la mejor marca, que Waltz el chancro se encargaba personalmente de renovar cada año. El puro de la momia y el de su hijo, eran identicos.
En la segunda mitad del siglo XIX se prohibieron los enterramientos en Los Capuchinos de Palermo, no obstante, se entendió que se prohibía la exhibición de nuevas momias, y, en el interior de ataúdes, se continuó, con más o menos asiduidad, sepultando a los difuntos en el inmenso archivo histórico palermitano. En algunas galerías, se hizo de más y de menos. Con la caída de la aristocracia, fue la mafia quien ascendió, y, entre 1880 y 1890, se abrieron las galerías subrepticias que he descrito someramente. Hacia 1910, la costumbre se prohibió del todo, con lo que no se consiguió otra cosa que convertir el enterramiento en una operación riesgosa más en la existencia de los mafiosos. En 1952 murió Giuseppe Herbolari padre, y allí estaba su cadáver expuesto en Los Capuchinos. Al lado, un rectángulo blanqueado esperaba, más o menos descaradamente, al llamado Waltz el chancro.
Hacía ya treinta y dos años del óbito natural, caso rarísimo, del padre de Giuseppe Herbolari, que iba paseando por el cementerio mural. El cuerpo del padre había disminuído casi a la mitad, o por lo menos eso es lo que le parecía a Giuseppe Herbolari: el traje le sobraba por todas partes, las botas (lo habían colgado con sus mejores prendas), aparte de anticuadas y cochambrosas, parecían hinchadas como patas de camello. Ya blanquecinas, contrastaban notoriamente con las botitas de charol de Ciuseppe Herbolari hijo, relucientes, vivas, y con las también pútridas pero puntiagudas y elegantes de la momia del abuelo, Giovanni. Allí estaba toda la parentela importante de Giuseppe Herbolari: los cabezas de familia. Se vanagloriaba por que ninguno de los tres hubiese sido enterrado en época que estuviese permitido. Al lado del abuelo, estaba el bisabuelo; el primer Herbolari importante. Esas dos momias no tenían letrero indicador. El primero, con cuatro pelillos, conservaba el gesto que le había hecho famoso. El bigote se le iba pelando poco a poco, la dentadura aparecía cada vez más grande y clara. Poca era la carne amojamada que conservaba el rostro, pero era suficiente para que en ella se grabara la mueca, cada vez más pronunciada y atroz. Los ojos, huecos, evocaban unos ojos grandes y negros que el difunto nunca había tenido. Sus ojos siempre se habían ocultado en grandes bolsas que, como a Giuseppe Herbolari hijo, le daban un aspecto astuto. Ahora, su mirar era inocente. El traje era un saco de patatas, con un corbatón que aventajaba incluso al de la momia de al lado: la de Giuseppe Herbolari Pater. Waltz el chancro, por eso, como consumado arqueólogo, despreciaba la moda All´Antica Napoli de otros padrinos, ésa moda que predica cuellos redondos y corbatas estrechas. Él, era de los pocos, sino el único, en ocuparse bien bien de sus muertos, y no sólo en las fiestas, y sabía que la verdadera moda All´Antica Napoli consistía en solapones y corbatones. Así lucía en sus apuestos mayores y así lucía en él: además de el chancro, también le llamaban (eso sí, sus enemigos): Waltz el corbatita. No dejan de ser curiosos estos purismos en cuanto a moda mafiosa.
La frente de Giovanni, el abuelo, mostraba cerca de doce orificios de perdigón. Esa había sido la causa de la muerte. Entre sus zarpas sostenía su trabuco naranjero, venerable arma mortífera que le había definido en vida. Hombre acostumbrado al campo, lo habían colgado en Los Capuchinos con los pantalones metidos en las botinas de media caña. La momia tenía el gancho soporte hincado en la coronilla. El primer Herbolari importante, Carlo, lucía su cabellera al otro lado de sus dos calvos descendientes directos. De punta, descolorido, semejante a ropa podrida de saco, la cabellera de Carlo Herbolari había resultado frondosa. De las tres momias, era el único en conservar las orejas y los ojos, que se sostenían apenas entre las castañuelas secas de unos párpados próximos a quebrarse como chicharrones. Conservaba la nariz y el bigote retorcido, al aire los dientes feroces, se hundía entre el alto cuello de la camisa, a la moda romántica del siglo XIX. Debajo se desgranaba una pútrida corbatilla oscura, ya de color de chicharrón, el chaqué semidesintegrado y las dos cortas perneras del pantalón. No había piernas. Las manos se le aguantaban de milagro sostenidas por alambres. En la pechera otrora blanca se hincaba un puñal respetable, modelo Palermo, que había puesto fin a los días de Carlo Herbolari.

No había fechas, pero eso servía para todas las momias de aquellos parajes. Si no se veía el año, una eventual inspección podía fácilmente hacer la vista gorda, ignorando los relojes de pulsera y las gafas Truman. Giuseppe Herbolari sabía, no obstante, que su bisabuelo había nacido en 1850 y muerto en 1900, que su abuelo había nacido en 1870 y muerto en 1927, y que su padre había nacido en 1893 y muerto en 1952, debido al abuso del vino. Waltz había nacido, por su parte, en 1930, siendo el cuarto hijo. Los tres anteriores habían ido cayendo uno tras otro, hasta quedar él al frente de los intereses de la familia. Qué de batallas había dado. Y también las que recordaba por historias referidas de su infancia; del mismo año que su bisabuelo, en la pared de enfrente, se alineaban los tres hermanos Polezzi, que pagaron así mandar apuñalar a Carlo Herbolari. Del año 1927, fecha de la muerte de Giovanni Herbolari, otras seis momias se alineaban diez o doce metros más para allá, las de aquellos que pagaron con sus vidas el asesinato del jefe Herbolari, todos pertenecientes al clan Tontoni.