jueves, 16 de abril de 2015

El Rey del Rock



Esta es una historia de las más apasionantes que puedan contarse sobre el universo mítico de las bandas que se alzaron contra el Imperio Municipal.
Hasta ahora, nos hemos venido ocupando del gran imperio de malhechores que se extendió por Badalona en busca de la supremacía, que tanto interés y tanta gloria tuvo, al ir pasando de unas manos a otras dando origen a múltiples guerras; guerras que llevaron a cabo los malhechores entre sí, y guerras que llevaron a cabo contra el Ayuntamiento.
Los poderes municipales tuvieron que distraer múltiples contingentes de hombres en la persecución y exterminio de los delincuentes que aspiraban a poderarse incluso del propio Ayuntamiento; y varias veces cercaron y abatieron a los jefes de bandas más levantiscos, como Churruco el Justiciero y el Panrico. Pero también sufrieron grandes derrotas.
Incluso hubieron de aliarse los Ayuntamientos de Badalona y San Adrián, por más que los alcaldes, uno Comunista y otro de Derechas, se tuvieran inquina a muerte, para dar la batalla que tanto contribuyó a acabar con la carrera de Policarpo I; aquel que aspirara a no poner más límite a las conquistas que el de la vista.
Más, un tema que hasta ahora hemos dejado un poco de lado, es el del fenómeno bandero en la ciudad fronteriza de Badalona: San Adrián.
En todo el panorama de este mundo canalla adrianense se destacan con luz propia  dos nombres muy principales: El Rey del Rock y el Chamorro.
Ambos tuvieron un destino brillante y trágico, y entrelazado. Pues bien: contaremos sus historias separadamente, mas, al estar sus destinos tan ligados, puede decirse que, en lo fundamental, relataremos unos mismos acontecimientos desde dos puntos de vista distintos.
Septiembre de 1982. Es de noche en la frontera entre San Adrián y Badalona, la policía ha descubierto una partida de contrabandistas de armas bastante numerosa, tratando de pasar el límite vallado que hay entre la parte más inhóspita de la frontera, cerca de las Torres de la Fécsa.
Se inicia el tiroteo. Las fuerzas policiales están compuestas de unos treinta policías con fusiles y tres policías nacionales con ametralladoras. Los sitiados entre los pilones de cajas y desperdicios, son cerca de quince.
Juan Estébanez Puig, policía municipal, situado cerca de la carretera, ve una sombra que trata de escabullirse del cerco por un flanco descuidado momentáneamente por la policía. Lanza una ráfaga contra la sombra que se recorta sobre la luz de una farola. No acierta, la sombra se mete en un coche y arranca. El policía vuelve a tirar, dando en la carrocería. El coche, que no parece afectado, como tampoco lo parece el desconocido, pero presumiblemente chorizo-conductor: Juan Estébanez, chilla a los compañeros que están más cerca-¡Allí!
Se escapa uno, al pasar el coche cerca de él, que corre a lo largo de la carretera, el conductor dispara su revólver dos veces. Juan Estébanez Puig cae con el cráneo atravesado por dos balazos. Pese a la pérdida de masa encefálica y la mandíbula destrozada, sobrevive unas horas.
En todo caso, al llegar al hospital en una ambulancia, es ya cadáver. Pero volvamos al coche fugitivo.
La alarma cunde entre las fuerzas sitiadoras: un coche con los tres policías nacionales sale en persecución del fugitivo. La persecución es accidentada. Mientras van por un descampado, los policías disparan repetidas veces. El fugitivo les responde también. Un guardia es herido en el pecho. Se internan luego en las casas. Desde el coche avisan a otras fuerzas para que le corten el paso, sigue la persecución. El SEAT 1500 rojo frambuesa del malhechor dobla temerariamente una esquina. Pueden ver sus perseguidores que pierde combustible.
Delante del SEAT 1500 se ha formado una barrera. La burla metiéndose por la acera. Y así, la persecución desemboca en la Plaza de la Vila de San Adrián.
Rudamente, atraviesa la plaza, pasando por delante del Ayuntamiento. Los perseguidores ven que para su coche delante del local Copacabana. No se atreven a disparar, al estar en la plaza un grupo reducido de viandantes nocturnos, que acaban de salir del local. Mientras la policía va corriendo por la plaza diciendo a los viandantes que se echen al suelo, el fugitivo se mete en el Cabarete-discoteca. Lleva el pelo largo y rizado. Lleva una chaqueta blanca a juego con los pantalones, también blancos, y las botas.
El oficial al mando de las fuerzas policiales persecutoras, Sgto Gómez Carricondo, de la Guardia Civil, se exaspera ante la perspectiva de un tiroteo dentro de un local lleno de gente. El cabo Pérez de la Policía Nacional, junto con el número Espiraleto, tras dejar a su compañero herido, se dirigen a la salida de atrás del local de diversión en previsión de que el malhechor se les escape por allí.
En efecto, tienen suerte: tras intimidar al encargado con una pistola, el foragido contrabandista-ante la alarma del nutrido público joven y menos joven que concurre en  el local, hace que le indiquen la puerta trasera. Y con la esperanza de que su rápida actuación no haya dado tiempo a la policía de enterarse de la existencia de la puerta trasera y de su localización, y de destacar fuerzas allí, sale a la nocturnidad perfumada de contaminación de San Adrián del Besós.
Pérez y Espiraleto han dejado el coche a distancia prudencial, y se deslizan por la acera contraria a aquella en la que se sitúa la puerta usada por el malhechor, cubiertos tras la fila nutridísima de coches aparcados; lo ven salir.
Espiraleto le da el alto, y acto seguido dispara desde la aspillera que forman un SEAT 600 antediluviano y un Land Rover grisáceo y polvoriento.
El malhechor resulta herido en la cadera y, antes de desplomarse, pega un par de tiros contra los agentes del orden.
Pérez se mueve y es visto por el tambaleante pistolero, que abre fuego de nuevo. Le vuela al guardia la boina, que salta pegada a medio cráneo. Pérez cae muerto en el acto. El malhechor tira con balas expansivas. Evidentemente, ha renovado el cargador en el interior del Copacabana.
El número de la Policía Nacional Espiraleto descarga una ráfaga de ametralladora contra el herido fugitivo. Este cae. Cuando se acerca el policía, se abre la puerta trasera del Copacabana lentamente. Se asoma un camarero negro.
El fugitivo está muerto. Tiene impactos en la cabeza, hombros, cuello y pecho. Y un balazo anterior en la cadera y genitales. El negro va a avisar a la Policía que ya ha entrado en el local. El malhechor muerto es identificado más tarde: es Luis Carlos Evangeliario Estúpidez, álias El Rey del Rock y El navajero gilipollas.
En lo que cabe, esa noche la policía ha tenido suerte: no sólo ha acabado con una caravana de contrabandistas intermunicipales, sino también con el jefe de la organización destinada a tal fin en San Adrián: el El Rey del Rock. Al morir contaba veintitrés años, nació en una barriada obrera, cerca de la playa de San Adrián y, al trasladarse sus padres a la zona cercana a San Roque, donde se cocían y cuecen las bandas de delincuentes: comenzó su carrera delictiva. Desde los doce o trece años había venido haciendo pequeñas fechorías y latrocinios menguados. Era un gamberro o chorizo sin mas paliativos. Hacia los quince o dieciséis años sólo participaba de las actividades de banda juvenil, que se hacían ocasional y desorganizadamente, sino que efectuaba, llevado de una especie de sadismo, pequeñas salidas en busca de dinero o placer.
Se situaba en sitios poco frecuentados, y muy frecuentemente, en cierto vertedero situado en la calle de la Plaza que mucha gente utilizaba como atajo. Veía llegar, si había suerte, a alguna chica joven. Se le acercaba por detrás y, a punta de navaja, la violaba. Lo hacía por detrás, para que no le viera la cara y, a veces, enmascarado. No despreciaba tampoco a los niños tiernecitos, a los que enculaba duramente en el peor de los casos, o los apalizaba y sacaba dinero y libros, en el mejor, a mediados de 1977 vino su entrada de pleno en el oficio de delincuente.
Pensando chulearse ante sus amigos, se había apoderado de un pistolón viejo, cargado, en un armario de su casa. De camino a donde se reunía con sus colegas, se pasó por el atajo, y allí, viendo a una vieja que recogía cartones, no pudo evitar la tentación: se acercó sigilosamente, se bajó los pantalones y apoyó la navaja en la nuca de la vieja decrepita, subiéndole a ésta la falda negra- Calla o te rajo, vieja: le dijo. La vieja se revolvió y chilló, y le pegó una patada en los huevos. Ya lo vio todo rojo el joven matón y, lanzado tras ella sobre los montículos de desperdicios, la estranguló con una bolsa de basura. Más tarde se supo que la vieja no era tal, sino un abogado laboralista barbudo que sólo ejercía como hobby el oficio de cartonero y cuya inclinación mental no diagnosticada consistía usurpar el papel de su difunta abuela. Pero da igual: Luis Carlos Evangeliario, al que sus íntimos apodaban El Rey del Rock, se quedó parado un rato al ver que había matado a la vieja. Y, cuando vio acercarse gritando a un gris, no lo dudó dos veces: sacó el pistolón y le pegó un tiro al guardia. Éste cayó hacia atrás, quedando sepultado entre los escombros, el balazo le había saltado un ojo. Nuestro héroe lo enterró bajo una tonelada (por lo menos), de mierda revuelta. Al guardia no volvieron a encontrarlo, dándole por desaparecido, el servicio de recogidas del ayuntamiento, lo llevó a la incineradora junto con todo lo demás. A la vieja abogado, no obstante, la hallaron, y El Rey del Rock comprendió que si antes era un chorizo, ahora era un asesino.
No caviló mucho al decidirse a entrar en algún gang organizado. Y no tardó mucho tampoco en afiliarse al de Joe Culo Gordo. Dos asesinatos daban mucho prestigio, y El Rey del Rock ascendió rápido. Además, el chaval ya se ve que valía.
Su proyecto de convertir el atajo en uno de los varios puntos de peaje que dominaba Joe Culo Gordo en San Adrián, le consagró definitivamente. 1978 le vio brazo derecho de este curioso y malformado personaje que era Joe.
Sus facciones eran grotescas (las de Joe Culo Gordo, se entiende) Es el adjetivo que mejor cuadra a los rasgos que la Naturaleza otorgó al desgraciado pero listo jefe chorizo: la lengua, siempre colgando, los brazos cortos, mucho más que las manos, que eran enormes, lo que le daba un aspecto de Tiranosaurio inquietante, y una pierna más larga que la otra. Llevaba un pie zopo gigantesco. El apodo le venía de la exagerada anchura eunucoide de caderas. Era todo un show verle correr, pero, pese a todas sus limitaciones, era uno de los más efectivos y eficientes, amén de inteligente, jefes de banda de la comarca, si no el que más.

El punto de peaje del atajo, servido por un solo hombre, daba pingües beneficios. Entre mil y dos mil pesetas diarias. Un buen pico, si se sumaba a los otros seis que controlaba el opulento gang de Culo Gordo Joe, estos beneficios suscitaron la codicia de los otros capos adrianenses y, sobre todo, del principal de entre ellos: el Chamorro. Así entra en esta historia el más legendario y linajudo de los bandidos de la provincia.


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