Esta es una historia de las más apasionantes que puedan contarse sobre
el universo mítico de las bandas que se alzaron contra el Imperio Municipal.
Hasta ahora, nos
hemos venido ocupando del gran imperio de malhechores que se extendió por
Badalona en busca de la supremacía, que tanto interés y tanta gloria tuvo, al
ir pasando de unas manos a otras dando origen a múltiples guerras; guerras que
llevaron a cabo los malhechores entre sí, y guerras que llevaron a cabo contra
el Ayuntamiento.
Los poderes
municipales tuvieron que distraer múltiples contingentes de hombres en la
persecución y exterminio de los delincuentes que aspiraban a poderarse incluso
del propio Ayuntamiento; y varias veces cercaron y abatieron a los jefes de
bandas más levantiscos, como Churruco el Justiciero y el Panrico. Pero también
sufrieron grandes derrotas.
Incluso hubieron
de aliarse los Ayuntamientos de Badalona y San Adrián, por más que los
alcaldes, uno Comunista y otro de Derechas, se tuvieran inquina a muerte, para
dar la batalla que tanto contribuyó a acabar con la carrera de Policarpo I;
aquel que aspirara a no poner más límite a las conquistas que el de la vista.
Más, un tema que
hasta ahora hemos dejado un poco de lado, es el del fenómeno bandero en la
ciudad fronteriza de Badalona: San Adrián.
En todo el
panorama de este mundo canalla adrianense se destacan con luz propia dos
nombres muy principales: El Rey del Rock y el Chamorro.
Ambos tuvieron un
destino brillante y trágico, y entrelazado. Pues bien: contaremos sus historias
separadamente, mas, al estar sus destinos tan ligados, puede decirse que, en lo
fundamental, relataremos unos mismos acontecimientos desde dos puntos de vista
distintos.
Septiembre de
1982. Es de noche en la frontera entre San Adrián y Badalona, la policía ha
descubierto una partida de contrabandistas de armas bastante numerosa, tratando
de pasar el límite vallado que hay entre la parte más inhóspita de la frontera,
cerca de las Torres de la Fécsa.
Se inicia el
tiroteo. Las fuerzas policiales están compuestas de unos treinta policías con
fusiles y tres policías nacionales con ametralladoras. Los sitiados entre los
pilones de cajas y desperdicios, son cerca de quince.
Juan Estébanez
Puig, policía municipal, situado cerca de la carretera, ve una sombra que trata
de escabullirse del cerco por un flanco descuidado momentáneamente por la
policía. Lanza una ráfaga contra la sombra que se recorta sobre la luz de una
farola. No acierta, la sombra se mete en un coche y arranca. El policía vuelve
a tirar, dando en la carrocería. El coche, que no parece afectado, como tampoco
lo parece el desconocido, pero presumiblemente chorizo-conductor: Juan
Estébanez, chilla a los compañeros que están más cerca-¡Allí!
Se escapa uno, al
pasar el coche cerca de él, que corre a lo largo de la carretera, el conductor
dispara su revólver dos veces. Juan Estébanez Puig cae con el cráneo atravesado
por dos balazos. Pese a la pérdida de masa encefálica y la mandíbula
destrozada, sobrevive unas horas.
En todo caso, al
llegar al hospital en una ambulancia, es ya cadáver. Pero volvamos al coche
fugitivo.
La alarma cunde
entre las fuerzas sitiadoras: un coche con los tres policías nacionales sale en
persecución del fugitivo. La persecución es accidentada. Mientras van por un
descampado, los policías disparan repetidas veces. El fugitivo les responde también.
Un guardia es herido en el pecho. Se internan luego en las casas. Desde el
coche avisan a otras fuerzas para que le corten el paso, sigue la persecución.
El SEAT 1500 rojo frambuesa del malhechor dobla temerariamente una esquina.
Pueden ver sus perseguidores que pierde combustible.
Delante del SEAT
1500 se ha formado una barrera. La burla metiéndose por la acera. Y así, la
persecución desemboca en la Plaza de la Vila de San Adrián.
Rudamente,
atraviesa la plaza, pasando por delante del Ayuntamiento. Los perseguidores ven
que para su coche delante del local Copacabana. No se atreven a disparar, al
estar en la plaza un grupo reducido de viandantes nocturnos, que acaban de
salir del local. Mientras la policía va corriendo por la plaza diciendo a los
viandantes que se echen al suelo, el fugitivo se mete en el Cabarete-discoteca.
Lleva el pelo largo y rizado. Lleva una chaqueta blanca a juego con los
pantalones, también blancos, y las botas.
El oficial al
mando de las fuerzas policiales persecutoras, Sgto Gómez Carricondo, de la
Guardia Civil, se exaspera ante la perspectiva de un tiroteo dentro de un local
lleno de gente. El cabo Pérez de la Policía Nacional, junto con el número
Espiraleto, tras dejar a su compañero herido, se dirigen a la salida de atrás del
local de diversión en previsión de que el malhechor se les escape por allí.
En efecto, tienen
suerte: tras intimidar al encargado con una pistola, el foragido
contrabandista-ante la alarma del nutrido público joven y menos joven que
concurre en el local, hace que le indiquen la puerta trasera. Y con la
esperanza de que su rápida actuación no haya dado tiempo a la policía de
enterarse de la existencia de la puerta trasera y de su localización, y de
destacar fuerzas allí, sale a la nocturnidad perfumada de contaminación de San
Adrián del Besós.
Pérez y
Espiraleto han dejado el coche a distancia prudencial, y se deslizan por la
acera contraria a aquella en la que se sitúa la puerta usada por el malhechor,
cubiertos tras la fila nutridísima de coches aparcados; lo ven salir.
Espiraleto le da
el alto, y acto seguido dispara desde la aspillera que forman un SEAT 600
antediluviano y un Land Rover grisáceo y polvoriento.
El malhechor
resulta herido en la cadera y, antes de desplomarse, pega un par de tiros
contra los agentes del orden.
Pérez se mueve y
es visto por el tambaleante pistolero, que abre fuego de nuevo. Le vuela al
guardia la boina, que salta pegada a medio cráneo. Pérez cae muerto en el acto.
El malhechor tira con balas expansivas. Evidentemente, ha renovado el cargador
en el interior del Copacabana.
El número de la
Policía Nacional Espiraleto descarga una ráfaga de ametralladora contra el
herido fugitivo. Este cae. Cuando se acerca el policía, se abre la puerta
trasera del Copacabana lentamente. Se asoma un camarero negro.
El fugitivo está
muerto. Tiene impactos en la cabeza, hombros, cuello y pecho. Y un balazo
anterior en la cadera y genitales. El negro va a avisar a la Policía que ya ha
entrado en el local. El malhechor muerto es identificado más
tarde: es Luis Carlos Evangeliario Estúpidez, álias El Rey del Rock y El
navajero gilipollas.
En lo que cabe,
esa noche la policía ha tenido suerte: no sólo ha acabado con una caravana de
contrabandistas intermunicipales, sino también con el jefe de la organización
destinada a tal fin en San Adrián: el El Rey del Rock. Al morir
contaba veintitrés años, nació en una barriada obrera, cerca de la playa de San
Adrián y, al trasladarse sus padres a la zona cercana a San Roque, donde se cocían
y cuecen las bandas de delincuentes: comenzó su carrera delictiva. Desde
los doce o trece años había venido haciendo pequeñas fechorías y latrocinios
menguados. Era un gamberro o chorizo sin mas paliativos. Hacia los quince o
dieciséis años sólo participaba de las actividades de banda juvenil, que se
hacían ocasional y desorganizadamente, sino que efectuaba, llevado de una
especie de sadismo, pequeñas salidas en busca de dinero o placer.
Se situaba en
sitios poco frecuentados, y muy frecuentemente, en cierto vertedero situado en
la calle de la Plaza que mucha gente utilizaba como atajo. Veía llegar,
si había suerte, a alguna chica joven. Se le acercaba por detrás y, a punta de
navaja, la violaba. Lo hacía por detrás, para que no le viera la cara y, a veces,
enmascarado. No despreciaba tampoco a los niños tiernecitos, a los que enculaba
duramente en el peor de los casos, o los apalizaba y sacaba dinero y libros, en
el mejor, a mediados de 1977 vino su entrada de pleno en el oficio de
delincuente.
Pensando chulearse
ante sus amigos, se había apoderado de un pistolón viejo, cargado, en un
armario de su casa. De camino a donde se reunía con sus colegas, se pasó por el
atajo, y allí, viendo a una vieja que recogía cartones, no pudo evitar la
tentación: se acercó sigilosamente, se bajó los pantalones y apoyó la navaja en
la nuca de la vieja decrepita, subiéndole a ésta la falda negra- Calla o te
rajo, vieja: le dijo. La vieja se revolvió y chilló, y le pegó una patada en
los huevos. Ya lo vio todo rojo el joven matón y, lanzado tras ella sobre los
montículos de desperdicios, la estranguló con una bolsa de basura. Más tarde se
supo que la vieja no era tal, sino un abogado laboralista barbudo que sólo
ejercía como hobby el oficio de cartonero y cuya inclinación mental no
diagnosticada consistía usurpar el papel de su difunta abuela. Pero da igual:
Luis Carlos Evangeliario, al que sus íntimos apodaban El Rey del Rock, se quedó
parado un rato al ver que había matado a la vieja. Y, cuando vio acercarse
gritando a un gris, no lo dudó dos veces: sacó el pistolón y le pegó un tiro al
guardia. Éste cayó hacia atrás, quedando sepultado entre los escombros, el
balazo le había saltado un ojo. Nuestro héroe lo enterró bajo una tonelada (por
lo menos), de mierda revuelta. Al guardia no volvieron a encontrarlo, dándole
por desaparecido, el servicio de recogidas del ayuntamiento, lo llevó a la
incineradora junto con todo lo demás. A la vieja abogado, no obstante, la
hallaron, y El Rey del Rock comprendió que si antes era un chorizo, ahora era
un asesino.
No caviló mucho
al decidirse a entrar en algún gang organizado. Y no tardó mucho tampoco en
afiliarse al de Joe Culo Gordo. Dos asesinatos daban mucho prestigio, y El Rey
del Rock ascendió rápido. Además, el chaval ya se ve que valía.
Su proyecto de
convertir el atajo en uno de los varios puntos de peaje que dominaba Joe Culo
Gordo en San Adrián, le consagró definitivamente. 1978 le vio brazo derecho de
este curioso y malformado personaje que era Joe.
Sus facciones
eran grotescas (las de Joe Culo Gordo, se entiende) Es el adjetivo que mejor
cuadra a los rasgos que la Naturaleza otorgó al desgraciado pero listo jefe
chorizo: la lengua, siempre colgando, los brazos cortos, mucho más que las
manos, que eran enormes, lo que le daba un aspecto de Tiranosaurio inquietante,
y una pierna más larga que la otra. Llevaba un pie zopo gigantesco. El apodo le
venía de la exagerada anchura eunucoide de caderas. Era todo un show verle
correr, pero, pese a todas sus limitaciones, era uno de los más efectivos y
eficientes, amén de inteligente, jefes de banda de la comarca, si no el que
más.
El punto de peaje
del atajo, servido por un solo hombre, daba pingües beneficios. Entre mil y dos
mil pesetas diarias. Un buen pico, si se sumaba a los otros seis que controlaba
el opulento gang de Culo Gordo Joe, estos beneficios suscitaron la codicia de
los otros capos adrianenses y, sobre todo, del principal de entre ellos: el
Chamorro. Así entra en esta historia el más legendario y linajudo de los
bandidos de la provincia.

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