En el bar sombrío, medio detrás del biombo empapelao con tías en
pelotas, bostezó Chulo Episáu. Mitad chulito mitad pollo róker-dandýstico,
sujetaba desganao el cigarro liao con escaso arte. Labios secos, jeta de
bestia, un ojo extraviao a ostias y cadenazos, tres cicatrices
recosidas…atuendo descuidado, pero de líder o condottiero: cuero negro
brillante, cadenas y abalorios de plata. En la mesa antiquísima, terrazo
sostenido por arabescos de hierro robinao, humeaba el café, agua sucia y
ardiente que mezclaba con sifón el malevo. Hacía un rato que esperaba. Solitario,
parecía el bar un antro viciado, mohoso,del que hubieran apartado, un minuto
antes, los muertos de la última reyerta. Imperaba el verde podrido; sin que
fuera necesario, giraba con lentitud, en el techo, un gigantesco ventilador
negro.
Alguien pareció
dar un poco de movimiento a la cueva y como salido de la tumba el tabernero
(una cosa, aquí mandan los cánones) volvía de la casa de putas de al lado por
la puerta comunicante.
-¿Aún por aquí,
compare?: preguntó el fardo mientras se servía un copazo de menta donde
flotaban cachos de gusanos (puro veneno)
-¿Por qué no?
acoí se sina mistó, le contestó, sin volverse, el chulo.
Se oyó sólo, a
continuación, el ruído que hacía el tabernero al lavar vasos y fregar la barra.
Episáu, por su parte, jugueteaba con un pay-pay oponiéndolo al sol candente que
entraba por un roto del biombo, dibujando un gran rectángulo en la pared
esconchada.
Donde el foco
horadaba la tumba, flotaban mil cosas en el aire: roña, mugre, basura; la
basura que impregnaba el local. Por momentos, se iba apoderando de los belfos
de episáu el olor a fritanga proveniente de la cocina del Bar, tortilla de
patatas, un globo, un platillo volante, ahora bajan marcianos…de pronto se
cansó Episáu del jueguecillo del pay-pay y sus sombras. El objeto fue a
hundirse en la escupidera. Allí podían hallarse gargajos lanzados por el viejo
Chamorro cuando era un crío.
-¡Eh, brojeró!: gruñó
Chulo Episáu-chítame una ración de tortilla de bujarí.
Desapareció la
babosa tras la cortina de saco rebozada en mierda. Ojeó por diversión las fotos
pornográficas. Las auténticas de Estrellita Castro en cueros estaban allí. Sólo
las seis pulgadas de mugre impedían que hubieran desaparecido ya aquellas
piezas de museo. Mejor así, de seguro, intentando arrancar los carteles,
saltaría la pared entera, que debía estar minada por miles de termiteros
curcados.
A eso de las
cinco, una tonalidad cárdena cubrió el cielo, el cacho de cielo que dejaba
entrever la puerta irregular del hipogeo. En el umbral se plantaron tres tíos.
Casi digerida ya
la tortilla, pero no pagada, giró lentamente Episáu.
-Preferí ujarar
en un gal cómodo: pronunció frío, el Chulo vestido de cuero-Atocé me tenelais
¿Sos camela de mí chou Churretta, asalariaos?.
La respuesta al
desplante fue una tanda de tiros, reventó el viejo ventilador, que cayó a
cachos; el mueble conocido como el tabernero se fue de narices contra la pared,
descerebrado por la balasera. Hubo gran rotura de vidrios, botellas, mesas y
espejos. Cuando la reverberación sonora desapareció, quedó el bar en silencio.
Se internaron los tres gitanos en la negrura pegajosa. Un hedor de bazofia
mugrosa lo llenaba todo.
Uno recibió un
impacto en los testículos, el segundo recibió en el cuello cayendo a tierra con
la traquea al descubierto y al tercero se le hincó una navaja así de grande en
el fondillo, elevándose diez centímetros en el aire. Chulo Episáu quedó, de
pie, sobre el muerto y los dos agonizantes. Al capón le chafó la cara a
taconazos. Luego un tiro en la sien y en paz. Fue a dar, la mandíbula
destruida, hecha pedazos, a varios palmos de la cabeza que manaba líquido
negruzco; savia negra para una piel negra. Al otro, al de
la navaja clavada en las entrañas, que intentaba escapar arrastrándose como una
babosa de hinchazón bastarda y pútrida, le puso un pie encima. Pugnaba
inútilmente por desasirse el desgraciado agitanao. Agarró Chulo Episáu una
escoba, la apoyó en el culo del matón enviado a darle muerte. Presionó,
se rompió la seda negruzca del pantalón brillante y el bastón se hincó
profundamente en el ano, produciendo un desgarro gigante. Manaban la sangre y
aquella melaza hediente el Taranto lloraba de dolor, medio desvanecido y
dándose ya por muerto.
Cogió un soplete
Chulo Episáu y acabó la faena. Había oscurecido. No se distinguían ya los
colores, todo era vago y azulado, violeta, grisáceo…Se lavó las manos el
malevolo. En el espejo del wáter comprobó que estaba indemne. El biombo había
engañado perfectamente a los gitanos. Luego, Episáu se tomó una caña de
Machaquito y puso veinte durillos en el bolsillo del tabernero muerto y manando
sesos blancuzcos.
Eliminados los
hombres de Churretta, dio por buenas las horas perdidas, salió y que le echen
un galgo a Chulo Episáu: se perdió en la muchedumbre del Barrio Respetable
donde ocurren estas cosas.

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