jueves, 16 de abril de 2015

Chulo Episáu



En el bar sombrío, medio detrás del biombo empapelao con tías en pelotas, bostezó Chulo Episáu. Mitad chulito mitad pollo róker-dandýstico, sujetaba desganao el cigarro liao con escaso arte. Labios secos, jeta de bestia, un ojo extraviao a ostias y cadenazos, tres cicatrices recosidas…atuendo descuidado, pero de líder o condottiero: cuero negro brillante, cadenas y abalorios de plata. En la mesa antiquísima, terrazo sostenido por arabescos de hierro robinao, humeaba el café, agua sucia y ardiente que mezclaba con sifón el malevo. Hacía un rato que esperaba. Solitario, parecía el bar un antro viciado, mohoso,del que hubieran apartado, un minuto antes, los muertos de la última reyerta. Imperaba el verde podrido; sin que fuera necesario, giraba con lentitud, en el techo, un gigantesco ventilador negro.
Alguien pareció dar un poco de movimiento a la cueva y como salido de la tumba el tabernero (una cosa, aquí mandan los cánones) volvía de la casa de putas de al lado por la puerta comunicante.
-¿Aún por aquí, compare?: preguntó el fardo mientras se servía un copazo de menta donde flotaban cachos de gusanos (puro veneno)
-¿Por qué no? acoí se sina mistó, le contestó, sin volverse, el chulo.
Se oyó sólo, a continuación, el ruído que hacía el tabernero al lavar vasos y fregar la barra. Episáu, por su parte, jugueteaba con un pay-pay oponiéndolo al sol candente que entraba por un roto del biombo, dibujando un gran rectángulo en la pared esconchada.
Donde el foco horadaba la tumba, flotaban mil cosas en el aire: roña, mugre, basura; la basura que impregnaba el local. Por momentos, se iba apoderando de los belfos de episáu el olor a fritanga proveniente de la cocina del Bar, tortilla de patatas, un globo, un platillo volante, ahora bajan marcianos…de pronto se cansó Episáu del jueguecillo del pay-pay y sus sombras. El objeto fue a hundirse en la escupidera. Allí podían hallarse gargajos lanzados por el viejo Chamorro cuando era un crío.
-¡Eh, brojeró!: gruñó Chulo Episáu-chítame una ración de tortilla de bujarí.
Desapareció la babosa tras la cortina de saco rebozada en mierda. Ojeó por diversión las fotos pornográficas. Las auténticas de Estrellita Castro en cueros estaban allí. Sólo las seis pulgadas de mugre impedían que hubieran desaparecido ya aquellas piezas de museo. Mejor así, de seguro, intentando arrancar los carteles, saltaría la pared entera, que debía estar minada por miles de termiteros curcados.
A eso de las cinco, una tonalidad cárdena cubrió el cielo, el cacho de cielo que dejaba entrever la puerta irregular del hipogeo. En el umbral se plantaron tres tíos.
Casi digerida ya la tortilla, pero no pagada, giró lentamente Episáu.
-Preferí ujarar en un gal cómodo: pronunció frío, el Chulo vestido de cuero-Atocé me tenelais ¿Sos camela de mí chou Churretta, asalariaos?.
La respuesta al desplante fue una tanda de tiros, reventó el viejo ventilador, que cayó a cachos; el mueble conocido como el tabernero se fue de narices contra la pared, descerebrado por la balasera. Hubo gran rotura de vidrios, botellas, mesas y espejos. Cuando la reverberación sonora desapareció, quedó el bar en silencio. Se internaron los tres gitanos en la negrura pegajosa. Un hedor de bazofia mugrosa lo llenaba todo.
Uno recibió un impacto en los testículos, el segundo recibió en el cuello cayendo a tierra con la traquea al descubierto y al tercero se le hincó una navaja así de grande en el fondillo, elevándose diez centímetros en el aire. Chulo Episáu quedó, de pie, sobre el muerto y los dos agonizantes. Al capón le chafó la cara a taconazos. Luego un tiro en la sien y en paz. Fue a dar, la mandíbula destruida, hecha pedazos, a varios palmos de la cabeza que manaba líquido negruzco; savia negra para una piel negra. Al otro, al de la navaja clavada en las entrañas, que intentaba escapar arrastrándose como una babosa de hinchazón bastarda y pútrida, le puso un pie encima. Pugnaba inútilmente por desasirse el desgraciado agitanao. Agarró Chulo Episáu una escoba, la apoyó en  el culo del matón enviado a darle muerte. Presionó, se rompió la seda negruzca del pantalón brillante y el bastón se hincó profundamente en el ano, produciendo un desgarro gigante. Manaban la sangre y aquella melaza hediente el Taranto lloraba de dolor, medio desvanecido y dándose ya por muerto.
Cogió un soplete Chulo Episáu y acabó la faena. Había oscurecido. No se distinguían ya los colores, todo era vago y azulado, violeta, grisáceo…Se lavó las manos el malevolo. En el espejo del wáter comprobó que estaba indemne. El biombo había engañado perfectamente a los gitanos. Luego, Episáu se tomó una caña de Machaquito y puso veinte durillos en el bolsillo del tabernero muerto y manando sesos blancuzcos.

Eliminados los hombres de Churretta, dio por buenas las horas perdidas, salió y que le echen un galgo a Chulo Episáu: se perdió en la muchedumbre del Barrio Respetable donde ocurren estas cosas.


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