En el Cuartel
General de la Banda del Pachulí apareció un día un nuevo personaje,
traído por uno de los jefes, el Cheli, que lo había fichado en La Mina o por
ahí: altillo, delgado, cara de Navaja, pendiente, pelo semiróquer-punkie negro,
muñequeras, camperas; miraba con la cabeza baja, torcidamente
Llevaba una
mugrienta camiseta blanca, con la inscripción “Porro”, se le notaba, no
obstante, una cierta ansiedad.
Se dirigió el
Cheli al Gangoso.
-¿Qué te parece
el jambo que he reclutado? Lo apicharé currelar en La Mina y es canela fina.
-¡Pff! Paece un
galilé. A ver si llega el día en que cae por aquí alguno que no tenga cara de
burjamarí o algo asina ¡En mis tiempos los choros tenían bulmuñí de gitano y no
de choro! A ver qué penas cuando te sinabe la pestañí...
Hizo una pausa y
se pasó la manaza por la cara sudorosa.
-Vale, vale:
cógelo, pero te haces tú responsable. Valgame la mierda de jalares que llevas,
te s´aguantan solos de porquería...
-Pues era el más
listo de la banda del Nuncháku, oté no se podía aquerar chí; sinaban cuatro y
el del bombo; se apichara que es una escudería de las buenas.
Los jefes
decidieron probarlo. Y así le plantearon un encargo guapo: ir al Bar donde
tenía su Cuartel General la banda rival, los gitanos del Camborio Chamuyero y
quitarle el mechero al gorila de la entrada, escaramuza fronteriza de orden
diplomático. Sin que él lo supiera, se situarían e un piso cercano que tenían
dominao y verían toda la acción que hubiera.
El Gangoso le
deseó suerte al nuevo, al que bautizó como “Porro”
-Un momento, me
llamo…
-¡Calla¡ P´a
nosotros serás el “Porro” No te chanelaremos de otra manera.
Y así tenemos a
nuestro hombre delante del bar. Nerviosillo, bien sabía este que cuando el
Camborio Chamorrero veía a un róker o semiróker como él con camperas, tiraba a
dar. Se acercó al tío de la entrada, le pidió fuego.
Era un gitano de
pelo rizo, nariz de boniato, patillero, culigordo, tuerto y con campanones. Y
además, pies zopos modelo años setenta. Medio cabreao, abrió los anchos labios
morados en los que colgaba pegada una colilla mohosa.
-Largo de Aquí,
shaval salió de un túnel quemado por el aguardiente torero.
El Porro
insistió. Y el gitano le contestó nuevamente:
-Anda shá,
desgrassiao…
Y lo vió el nuevo
todo rojo: sacó la navaja y se la hincó en el ojo bueno al gitanazo. La movió
en aspa por la cara del negruzco torpedo, que cayó hacia atrás, ciego,
sangrante y desfigurado. Dióse con el cristal, que rompió hasta llegar al suelo
el trayecto de su caída. Le cayeron todos los cristales encima. Arrancó el
Porro el ventilador incrustado del escaparate con toda la zona inmediata de
cristal. Se lo lanzó a la cara al gitano caído. Y luego le patea con las
camperas de punta reforzada. Bajo el ímpetu de sus patadas, la cara del
campanones pierde su forma para siempre. Y su columna se quiebra por diez
sitios. Todo ha sido en un momento. Antes de que los de dentro reaccionen, el
Porro le ha pateado de tal forma los cojones, que en el Hospital le sacarían al
gitano la bragueta por el culo.
Salen dos gitanos
para acabar con el Chulo desafiante. Y los concurrentes del bar giran sus
sillas hacia la calle para ver el espectáculo. Hay de todo, unos cuantos de la
banda titular del bar, otros de otro clan gitano, payos choriceros de bandas
baratas…Pero han hecho mal al girarse al escaparate. Impulsado por una patada
en el fondillo, el primer gitano entra por el escaparate en el local. Más de
diez de los espectadores darán mucha, pero que mucha faena al Doctor Coret, y
aún al Barraquer. Desde luego, les ha quedao arreglada la vista, tantos han
sido los cachos de cristal que han saltado.
El otro gitano
echa su navaja a los güevos del Porro, se hinca, pero en los trapos que lleva
para fardar de paquete. Se la desclava el chorizo y se la clava en el Paladar
al gitano, volteándola dentro de la boca de éste. Una lengua aparece cortada en
el suelo. Perdido su pincho, lo acaba el Porro a patadones de puntera
ferrada.
Salieron del bar
toda la caterva de gitanos.
Rió el Porro.
Saca un nuncháku impresionante, de tres componentes y una bola de hierro de
tres kilos. La voltea. Salta, deshecho, el 1er.atacante, que se hinca en el
parabrisas de un coche, y aún en los asientos, profundamente.
Un viejecillo con
sombrero se adelanta. Cae con la columna rota y la mandíbula en seis trozos. El
siguiente, un rizosillo chulo, se queda sin dentadura.
-¡Éste no vuelve
a comer güevos fritos!-grita el Porro.
-Si sale
apucheló, randiñipao-dice el Cheli ¡Qué pelotas!.
Finalmente, sale
el propio Camborio Shamuyero: un viejo gitano, gordo, bigotudo y con sombrero
de Dallas.
-Los vaqueros, en
las películas-dijo el Porro. Y la bola de billar que le dio en el rostro al
capo gitano le llevó a hacer compañía a sus antepasados de la India o por allí. Fastuosos
tiempos aquellos en que los tíos grandes de San Adrián (entre ellos, los
Borreras) decidieron meter baza en el hampa, en un intento de desplazar a
los dos grandes rivales: el joven Chamorro y Pusherillos el Montorero. La
cronología puede fallar, pero yo creo que ése momento coincidía, o puede hacerse
coincidir, con el tiempo en que el Navarro, el de los cestos, era presidente de
la Piscina y ciertas familias aún podían intrigar en un Ayuntamiento
pre-democrático. Para más exactitud, diré que esto ocurre cuando en la famosa
tienda de cestos se exhibía un magnífico sillón modelo Emmanuelle y en unos
caballetes, planos o plafones, acaso muestra de una exposición en el
Ayuntamiento, enseñando aspectos antiguos de San Adrián, cuando todo eran
campos en torno al Besós y el municipio estaba compuesto por dos o tres
caserones de aspecto rural (Como el que perdura, con su escudo en la cantonera
y todo, al lado de la Gasolinera; recientemente expropiado por la rapacidad
urbanística).

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