A Sbadulud le gustaba recorrer aquellos bares, casi cafés, que
subsistían allá por la desastrosa Carrera Royalette, en pleno Barrio
Respetable. Ropavejeros, judíos con levitones pardos-de todo podía encontrarse
allí; putas viejas y exlegionarios, hampones de los de antes, de aquellos para
los que el opio era cosa de extranjeros y llegaron, solamente al máximo vicio
de emborracharse con anís. Era algo innato. Ya viejo, el armenio se instalaba
placenteramente en una de las mesitas de loza blanca, marmolina, sintiéndose
acompañado por gentes que habían vivido, como él, una época de malevos entre
casuchas baratas, antes de hacerse los bloques, opuesta a la actual de
drogadictos apunkiaos y gitanos taka-taka-taka surgidos de los búnkers
sanroqueños.
En el bar er
henerósso existía una atracción remarcable: el acordeón de Juan Miérdez: pocos
tanqueaban ya como el viejo judío de Montpellier. Así, Sbadulud el dinamitero
se acicalaba cada jueves por la tarde, salía de su guarida cercana a las torres
de la Fécsa y tomaba la Túsa hasta la Carrera Royalette, vasta avenida del
vicio mohoso. Nunca le defraudaban estas visitas en plena tarde, cuando los
losanges de las ventanas filtran rayijas de polvo dorado…Sólo una vez, hacía
tiempo, un veterano de Sidi-Ifni, de la 5ª Bandera, sacó su gumía y pretendió
agarrar al dinamitero para cortarle las pelotas. Afortunadamente para Sbadulud,
al hombre le faltaba la mitad del cuerpo y andaba en un carrito. Sólo eso salvó
al armenio, que era cojo y cegatón.
Entraba
en el (por decir algo) café. Sin sacarse el fez, se sentaba en una mesa
fría y pedía una copita de vinillo generoso (Málaga bastardeado, la mayoría de
las veces, con coca-cola o Licor del Polo) paladeaba el vino como un experto,
componía el gesto del que sabe la cosecha, el lugar de origen, etc…luego
vegetaba un par de horas hasta que se animaba el asunto.
Tangos, etc…todo
el repertorio de Miérdez, repetido incansablemente día tras día, tarde tras
tarde un jueves y otro jueves. La última porción de la tarde era la más
interesante. Conversaciones, cuchicheos, recuerdos y contactos de otras épocas;
a veces concertaba incluso algún negocio que otro…varios viejos profesionales
subsistían, como él, en el oficio, siempre eficientes. Costará reemplazarnos,
se decía a sí mismo el armenio dinamitero.
Aquella tarde,
tibia como las diez anteriores y las doce que irían detrás, sería recordada por
Sbadulud hasta que le dieran el madrugón. Allí, ante sus ojos, se cepillaron a
Andresillo Chamorro Jilipú, veterano taka-taka, familiar del viejo Chamorro,bon
vivant a su manera, adicto al Machaquito y a las canciones de Imperio
Argentina.Y por extensión: fan-si puedo usar esta terminología-de Juan Mierdez;
el acordeonista virguero.
Eran los gitanos
como bestias furiosas. Cobrizos y melenudos, sucios, comenzaron a avanzar
esgrimiendo navajas y cuchillos grandísimos, más filosos que las corvas armas
de los gurkas. Hicieron un círculo completo entorno a la casucha del armenio. Se
había encerrado dentro. No quemaron la casa: la tiraron a empujones,
simplemente, esparcieron los enseres del armenio. Destruyeron sus muebles. Lo
cogieron y arrastrándolo fuera de la casa, le obligaron a desnudarse. Temblando
de miedo, así lo hizo, mas cuando se sacó los pantalones, vieron que se había
cagado encima. Dentro del ruedo se avanzaron tres o cuatro cetrinos hijos del
Diablo. Uno agarró al armenio. Le tajó la cara. Bien agarrado de pies y manos,
le hicieron sentarse sobre un machete. Luego le obligaron a levantarse. El
machete, hincado hasta el mango, oscilaba al compás de la respiración de
Sbadulud. De aquel desgarrón en el fondillo salían sangre y mierda, orines y
sudor rancio. El armenio estaba próximo a desmayarse. Entonces lo castraron.
Del vasto agujero escarlata manaba sangre en abundancia. Cayó al suelo el
antiguo dinamitero, le patearon la panza. Uno le hizo beber aceite de ricino y
otro le hizo ingerir varios sorbos de lejía. Desde el suelo, vio como se
retiraban, desde el corro, con cuatro pértigas lo hincaron y lo hicieron
levantarse. Entonces lo rociaron de gasolina.Y ardió por los cuatro costados.
Hincado como estaba, no podía hacer otra cosa que avanzar para donde lo
llevaban. Le empujaron dentro de su destruida vivienda. Al contacto con
el fuego, estalló el gran polvorín.
Sanguinarios
banderos iban andando (diez o doce) por la calle de Pachul, travesera de la
famosa Carrera Royalette. Era de noche. Aquello podía considerarse más tirao
que la calle de las Tapias. Al jefe lo llamaban el pepino o er sipotóng: era un
gitano fiero, negro bragao, de buena crianza y ganadería: ciento veinte kilos
de músculo potente y setenta centímetros de pepino gigante. Buscaba, con los
suyos, camorra por el Barrio Respetable, del que era forastero pero al que
conocía como a la palma de sus tacones o a las niñas de sus botas de
taka-taka-takató. Y encontró la horma p´a su calzao: les salieron veinte a
sueldo del Jefe del Barrio, armados con botellas de butano y de oxígeno. En
eso, huyeron once de los intrusos, dejando sólo a su jefe. Le agarran los
enemigos, le meten en tóol ano un tubo por el que hacen pasar aire comprimido.
Se revuelve el desgraciao entre atroces dolores. Lo cohen, lo desnudan. Le
ponen medio cuerpo colgando por la baranda del terrao. Le clavan con clavos las
manos al pavimento, en el interior. Queda su cuerpo doblao sobre la baranda de
piedra. Le atan ar sipotón una cuerdecilla. Y la cuerdecilla a una bombona de
butano llena. Echan la bombona al vacío. Antes de diez segundos salta arrancado
de cuajo el pene del chorizo peligrosso. Lo desclavan. Llorando, le llevan a un
patio interior. Va dejando un reguero de sangre. Cogen una navaja barbera y le tajan
los compañones, p´a hacer juego a la tranca cercenada. Mortificao y
desangrándose, llevan al pepino hasta un descampao. Le atan a una bombona de
butano. Se alejan y, de lejos, le tiran a dar al extraño jinete capón.
Entre la bruma
del camino flanqueado por grandes árboles, tras el recodo cercano, apareció,
difuso, un bulto negro. Un ruido de motor pesado llenó el aire de aquella parte
del bosquecillo. Poco a poco, se fue haciendo visible, en medio del rumor
mecánico que, literalmente, disolvía los jirones azulados de niebla. Verde
oliva, seis ruedas, torreta y en blanco, bien calcado: Guardia Civil de España,
con el escudillo al lado.
Dentro: un
sargento, un cabo y tres números. Tranquilamente sentado en el sillón al lado
del conductor, Juan Matamoros, cincuenta y ocho años, sargento de la
Benemérita: bebía de un termo nominalmente lleno de café y realmente hasta los
topes de coñac del güeno (es Cosa de Hombres) De alguna
manera hay que amenizar ésas misiones de rutina en el revuelto País Vasco.
Quinientos metros
más adelante, seis jóvenes con anoraks y pasamontañas esperaban empuñando
ametralladoras y un lanzagranadas. Quién sabe en qué pensaba el bravo cetrino
almeriense al sorber aquel trago generoso que se le iba a atragantar. El
bombazo dio en el centro de la tanqueta, que se elevó un metro del suelo,
conmovida por el impacto. Por un momento, en el humo quedó quieta la mole,
reventada por un lado y vomitando llamas por las aspilleras.
Los etarras
estaban atentos a la primera figura que salió del infierno que era la tanqueta.
Lo abatieron a tiros. Se abrieron las portezuelas de la parte de
atrás y saltaron fuera dos figuras tricornudas, disparando en respuesta y
parapetándose en la mole del blindado en llamas.
Juan Matamoros,
con la espalda quemada y humeante, apuntó mordiéndose el bigotillo franquista,
su naranjero medio torcido de sentarse encima. Hizo fuego contra un grueso
tronco tras el que pululaban dos barbudos. Uno cayó, pegadas las manos a la
peluda faz, yendo a hacer compañía al Che Guevara para siempre.

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