jueves, 16 de abril de 2015

Carrera Royalette



A Sbadulud le gustaba recorrer aquellos bares, casi cafés, que subsistían allá por la desastrosa Carrera Royalette, en pleno Barrio Respetable. Ropavejeros, judíos con levitones pardos-de todo podía encontrarse allí; putas viejas y exlegionarios, hampones de los de antes, de aquellos para los que el opio era cosa de extranjeros y llegaron, solamente al máximo vicio de emborracharse con anís. Era algo innato. Ya viejo, el armenio se instalaba placenteramente en una de las mesitas de loza blanca, marmolina, sintiéndose acompañado por gentes que habían vivido, como él, una época de malevos entre casuchas baratas, antes de hacerse los bloques, opuesta a la actual de drogadictos apunkiaos y gitanos taka-taka-taka surgidos de los búnkers sanroqueños.
En el bar er henerósso existía una atracción remarcable: el acordeón de Juan Miérdez: pocos tanqueaban ya como el viejo judío de Montpellier. Así, Sbadulud el dinamitero se acicalaba cada jueves por la tarde, salía de su guarida cercana a las torres de la Fécsa y tomaba la Túsa hasta la Carrera Royalette, vasta avenida del vicio mohoso. Nunca le defraudaban estas visitas en plena tarde, cuando los losanges de las ventanas filtran rayijas de polvo dorado…Sólo una vez, hacía tiempo, un veterano de Sidi-Ifni, de la 5ª Bandera, sacó su gumía y pretendió agarrar al dinamitero para cortarle las pelotas. Afortunadamente para Sbadulud, al hombre le faltaba la mitad del cuerpo y andaba en un carrito. Sólo eso salvó al armenio, que era cojo y cegatón.
Entraba en el (por decir algo) café. Sin sacarse el fez, se sentaba en una mesa fría y pedía una copita de vinillo generoso (Málaga bastardeado, la mayoría de las veces, con coca-cola o Licor del Polo) paladeaba el vino como un experto, componía el gesto del que sabe la cosecha, el lugar de origen, etc…luego vegetaba un par de horas hasta que se animaba el asunto.
Tangos, etc…todo el repertorio de Miérdez, repetido incansablemente día tras día, tarde tras tarde un jueves y otro jueves. La última porción de la tarde era la más interesante. Conversaciones, cuchicheos, recuerdos y contactos de otras épocas; a veces concertaba incluso algún negocio que otro…varios viejos profesionales subsistían, como él, en el oficio, siempre eficientes. Costará reemplazarnos, se decía a sí mismo el armenio dinamitero.
Aquella tarde, tibia como las diez anteriores y las doce que irían detrás, sería recordada por Sbadulud hasta que le dieran el madrugón. Allí, ante sus ojos, se cepillaron a Andresillo Chamorro Jilipú, veterano taka-taka, familiar del viejo Chamorro,bon vivant a su manera, adicto al Machaquito y a las canciones de Imperio Argentina.Y por extensión: fan-si puedo usar esta terminología-de Juan Mierdez; el acordeonista virguero.

Eran los gitanos como bestias furiosas. Cobrizos y melenudos, sucios, comenzaron a avanzar esgrimiendo navajas y cuchillos grandísimos, más filosos que las corvas armas de los gurkas. Hicieron un círculo completo entorno a la casucha del armenio. Se había encerrado dentro. No quemaron la casa: la tiraron a empujones, simplemente, esparcieron los enseres del armenio. Destruyeron sus muebles. Lo cogieron y arrastrándolo fuera de la casa, le obligaron a desnudarse. Temblando de miedo, así lo hizo, mas cuando se sacó los pantalones, vieron que se había cagado encima. Dentro del ruedo se avanzaron tres o cuatro cetrinos hijos del Diablo. Uno agarró al armenio. Le tajó la cara. Bien agarrado de pies y manos, le hicieron sentarse sobre un machete. Luego le obligaron a levantarse. El machete, hincado hasta el mango, oscilaba al compás de la respiración de Sbadulud. De aquel desgarrón en el fondillo salían sangre y mierda, orines y sudor rancio. El armenio estaba próximo a desmayarse. Entonces lo castraron. Del vasto agujero escarlata manaba sangre en abundancia. Cayó al suelo el antiguo dinamitero, le patearon la panza. Uno le hizo beber aceite de ricino y otro le hizo ingerir varios sorbos de lejía. Desde el suelo, vio como se retiraban, desde el corro, con cuatro pértigas lo hincaron y lo hicieron levantarse. Entonces lo rociaron de gasolina.Y ardió por los cuatro costados. Hincado como estaba, no podía hacer otra cosa que avanzar para donde lo llevaban. Le empujaron dentro de su destruida vivienda. Al contacto con el fuego, estalló el gran polvorín.
Sanguinarios banderos iban andando (diez o doce) por la calle de Pachul, travesera de la famosa Carrera Royalette. Era de noche. Aquello podía considerarse más tirao que la calle de las Tapias. Al jefe lo llamaban el pepino o er sipotóng: era un gitano fiero, negro bragao, de buena crianza y ganadería: ciento veinte kilos de músculo potente y setenta centímetros de pepino gigante. Buscaba, con los suyos, camorra por el Barrio Respetable, del que era forastero pero al que conocía como a la palma de sus tacones o a las niñas de sus botas de taka-taka-takató. Y encontró la horma p´a su calzao: les salieron veinte a sueldo del Jefe del Barrio, armados con botellas de butano y de oxígeno. En eso, huyeron once de los intrusos, dejando sólo a su jefe. Le agarran los enemigos, le meten en tóol ano un tubo por el que hacen pasar aire comprimido. Se revuelve el desgraciao entre atroces dolores. Lo cohen, lo desnudan. Le ponen medio cuerpo colgando por la baranda del terrao. Le clavan con clavos las manos al pavimento, en el interior. Queda su cuerpo doblao sobre la baranda de piedra. Le atan ar sipotón una cuerdecilla. Y la cuerdecilla a una bombona de butano llena. Echan la bombona al vacío. Antes de diez segundos salta arrancado de cuajo el pene del chorizo peligrosso. Lo desclavan. Llorando, le llevan a un patio interior. Va dejando un reguero de sangre. Cogen una navaja barbera y le tajan los compañones, p´a hacer juego a la tranca cercenada. Mortificao y desangrándose, llevan al pepino hasta un descampao. Le atan a una bombona de butano. Se alejan y, de lejos, le tiran a dar al extraño jinete capón.
Entre la bruma del camino flanqueado por grandes árboles, tras el recodo cercano, apareció, difuso, un bulto negro. Un ruido de motor pesado llenó el aire de aquella parte del bosquecillo. Poco a poco, se fue haciendo visible, en medio del rumor mecánico que, literalmente, disolvía los jirones azulados de niebla. Verde oliva, seis ruedas, torreta y en blanco, bien calcado: Guardia Civil de España, con el escudillo al lado.
Dentro: un sargento, un cabo y tres números. Tranquilamente sentado en el sillón al lado del conductor, Juan Matamoros, cincuenta y ocho años, sargento de la Benemérita: bebía de un termo nominalmente lleno de café y realmente hasta los topes de coñac del güeno (es Cosa de Hombres) De alguna manera hay que amenizar ésas misiones de rutina en el revuelto País Vasco.
Quinientos metros más adelante, seis jóvenes con anoraks y pasamontañas esperaban empuñando ametralladoras y un lanzagranadas. Quién sabe en qué pensaba el bravo cetrino almeriense al sorber aquel trago generoso que se le iba a atragantar. El bombazo dio en el centro de la tanqueta, que se elevó un metro del suelo, conmovida por el impacto. Por un momento, en el humo quedó quieta la mole, reventada por un lado y vomitando llamas por las aspilleras.
Los etarras estaban atentos a la primera figura que salió del infierno que era la tanqueta. Lo abatieron a tiros. Se abrieron las portezuelas de la parte de atrás y saltaron fuera dos figuras tricornudas, disparando en respuesta y parapetándose en la mole del blindado en llamas.

Juan Matamoros, con la espalda quemada y humeante, apuntó mordiéndose el bigotillo franquista, su naranjero medio torcido de sentarse encima. Hizo fuego contra un grueso tronco tras el que pululaban dos barbudos. Uno cayó, pegadas las manos a la peluda faz, yendo a hacer compañía al Che Guevara para siempre.

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