En alguna
travesera de la Rambla de Cataluña hay cierto portal de artesonado hábil,
estilo barcelonés; guarnecido por un toldillo con los colores de la bandera
británica. No ostenta rótulo alguno, por motivos justificadísimos que
inmediatamente aclararemos. Y es la entrada en la que se halla un portero con
sombrero de copa del exclusivísimo Club llamado BRITÀNIC por la mitad de sus
miembros, y ALBIÓN por la otra mitad. Ese es el motivo de la carencia de rótulo
a la entrada; y es que la Junta de Dirección, dividida entre ambos partidos, no
opta por ninguno y se sigue una situación de impasse perenne.
En el amplio
Hall-jól, repantingados en butacones, señores de cierta edad discuten sobre
negocios y cotizaciones o sobre la correcta denominación del Club, a ambos
lados del Hall, escalinatas modernistas conducen, la una a la biblioteca;
siempre desierta y alcanforada, y la otra a la sala de juego, saloncillo
coquetón habilitado con estupendo gusto para tal fin, siempre muy muy
frecuentado. En la cuarta mesa, a la izquierda, junto a un balconcillo de
puertas trabajadas neoclásicamente y mal trabajadas, por cierto, cuatro hombres
se hallan enzarzados en ruda contienda pokerística.
El primero de la
derecha según se mira: es Juancito B. Diagonal, hermano del famoso Tito, y es
quien va ganando. Le sigue en el orden antedicho cierto joven cuadrao de cuerpo
y mandíbula, que no gana ni pierde: Hernesto Perroqué, hijo del Duque de
Maricastaña, y que, privado de su asignación paterna por gilipollas, ejerce de
macarra lujoso y abrillantao. El tercero es Juan Luís Fasseti, Marqués de la
Pepa-Cerda; y lo está perdiendo, a juzgar por su expresión apoplético-estúpida;
todo menos el honor.
Esos tres señores
son britanistas, esto es,que denominan BRITÀNIC al Club cuyas sillas calientan
a posaderazo limpio. El cuarto en discordia es Albionista, pero no gana ni
pierde; y su expresión es de placidez y relajación adobada con vino del bueno.
Es Miguel Héctor
Matadero, prócer por herencia paterna de la Industria del Condón; y ennoblecido
a fuerza de billetes con el título de Barón del Preservativo Audaz, concedido
por el Pretendiente de cierta rama carlista disidente y subrepticia, y primer
cliente de los gomosos productos, por no multiplicar los Pretendientes hasta el
infinito.
Centraremos
nuestra atención en el Marqués de la Pepa-Cerd, por cierto, antes de que
se me olvide, comprenderán ustedes que no puedo evitarlo, en fin, si no les
molesta, les contaré el origen de tan original título nobiliario, perdón por la
digresión: tengan la seguridad de que en un lapso mayor o menor podrán seguir
la interesante historia que transcurre en el salón de juego.
Cuando Felipe V
estaba en guerra contra los españoles que no lo querían como monarca, por
franchute, cierto capitán de tropa francés, que se contaba entre los exércitos
del fino borbónico, originario de la Occitania y llamado Bernard de la
Motte-Gilipolle, tuvo la ocasión de lucirse valerosamente frente al enemigo.
Fué en un
pueblecillo de Cataluña, que él sólo, con dos piqueros y tres mosqueteros,
capturó con todos los habitantes, que eran quinientos, y los doce jefes
anti-felipistas que se hallaban en la posada del lugar, siendo los documentos
que incautaron harto interesantes para el Franchutesco Borbón, decidió
ennoblecer al valeroso soldado que se los había puesto a mano. Como era
francés, el monarca le dio el título de Marquis de la Peppe-Cochonne, que en el
galo idioma suena bien, no obstante la barbarie de ésa lengua inculta; pero
que, traducido al castellano es, cuanto menos, detestable. Pues bien, Bernard
de la Motte-Gilipolle, primer Marqués de la Pepa-Cerda, quedóse en España; y
uno de sus descendientes se trasladó, para la consecución de pingües negocios,
de la Corte a Barcelona, donde los miembros de esta familia, hasta Juan Luis
Fasseti, residieron en adelante, cruzándose con toda suerte de ganadería
nobiliario-financiera de lo más selecto.
Pues bien:
aclarado el origen del aristocrático Marqués, centraremos de nuevo nuestra
atención en su persona: era moreno, estatura mediana, facciones delgadas y
expresión estúpida, llevaba un bigotillo de aquellos franquistas, para joder a
su hermano que, además de no haber heredado el Marquesado, era antifranquista y
miembro de la plana mayor del PSUC. Y, cómo no, monóculo prendido en la solapa
por medio de un cordoncillo dorado.
Se acercaba la
hora de comer, y la sala de juego se fue despoblando paulatinamente, yendo gran
número de socios al lujoso comedor, algo desportillado, de la planta baja, para
solazarse con la estupenda cocina del Club, no en vano se anunciaban Berzas Gratinées en el plafón de la entrada.
También la
partida tocaba a su fin y como dije: el Marqués no hacía sino firmar pagarés a
cuenta de sus ahorros bancarios, sobre sus ahorros no bancarios, su estupendo
palacete de Pedralbes, su yate, sus perros tres docenas, todos de raza,
magníficos en su corral al lado de la fábrica de salchichas, y su colección de
figurillas aztecas…en fin, sobre todo menos sobre su coche, que no podía usar
como pago de deudas por adeudar aún la mitad de su precio.
Con expresión
serena, en este rato me he dado cuenta de que la expresión apoplético estúpida
es la que el Creador le asignó, entregó las satisfacciones a los otros tres
jugadores. Despidiéronse, y tomaron el camino del lujoso refectorio de donde
venía un olorcillo exquisito, como a queso y pescado.
En el hall se
encontró el Marqués a cierto amigote suyo aventurero, mundano y completamente
pirado, experto en actualidades y de cuyo nombre el Marqués, y por tanto nos;
el autor nunca se acordaba.
Hay en Venecia
tres lugares mágicos y escondidos: uno es la calle Dell´Amor Degli Amici;
otro en las proximidades del puente Delle Maraveglie, y otro en la calle Dei
Marrani, cerca de San Geremia, en el viejo ghetto. Cuando los venecianos se
cansan de la autoridad establecida acuden a estos tres lugares secretos y
abriendo las puertas que se encuentran al fondo de los patios, se van para
siempre a otras historias.

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