Largo tiempo había transcurrido desde aquel día infausto del verano de
1896 en que Pasquale Mussolino había convocado en cierta casona del centro de
Palermo a sus hasta entonces amigos Pasquale Rufo, Pasquale Mmerda y Pasqualino
Rúfolo. Confiados, los cuatro jefes mafiosos habían sido quemados a balazos.
Giuseppe Tontoni, también hasta entonces amigo de los capos, celoso por haber
sido excluído de aquel cónclave, les había tendido una emboscada. Los
seguidores de Pasquale Mussolino sospecharon de cierto suegro común a Pasquale
Rufo, a Pasquale Mmerda y a Pasqualino Rúfolo, por lo que lo ejecutaron, esta
fue la prueba de que los segundos de Pasquale Mussolino habían llevado a cabo
la matanza para hacerse con el poder en Palermo, y matando dos pájaros de un
tiro al ejecutar a su propio caudillo, el organizador de la reunión. La guerra
que siguió fue cruentísima; cuando quisieron darse cuenta los contendientes,
cayó la policía sobre ellos gracias a las delaciones de la familia Tontoni.
Entonces se vió todo claro (es un decir) los contendientes se unieron de nuevo
contra los nuevos dueños de Palermo, los Tontoni. No obstante, subsistían
muchas sospechas entre ellos, y muchas desconfianzas. Hacia 1922, el equilibrio
había sido restablecido. En Palermo se repartían las influencias, por una
parte, los Tontoni, y por la otra, los aliados, que se llamaban a sí mismos el
grupo. Con el ascenso del fascismo cambiaron su denominación por la de El
Comité. No faltó quien, durante la invasión aliada y la posguerra, tratara de
cambiar ésta denominación por otra de menor calado considerándola demasiado
política, demasiado comunista. La ambigüedad convenía a los negocios mafiosos,
por lo que esta denominación subsistió. No me hagan hablar de los contactos del
Comité con la masonería, con el terrorismo negro y aún con el rojo de las
Brigadas Rojas.
A la batalla, o
matanza, que dio origen a todo este cacao se la denominó lo de los cuatro
Pasquales, y es un hecho de sobras conocido que pasó a formar parte de la
mitología y el folklore de Sicilia, mentándose incluso en las coplas,
exactamente igual que Salvatore Giuliano. Sí: como decía, largo tiempo había
transcurrido; casi cuatro generaciones, desde la matanza de los Cuatro
Pasquales hasta el día de principios de 1984 en que Don Máffia, arrellanado en
su modernísimo sillón giratorio, en el ático de un impresionante y antiestético
inmueble sito en medio de Palermo, convocó a su hombre de confianza para
misiones escabrosas. La moqueta; lo aséptico de todos los muebles, las grandes
fotografías (en colores las más recientes, grises y amarillentas ya las más
antiguas: todas grandísimas) de los múltiples inmuebles que su compañía
constructora había alzado en toda el área metropolitana de Palermo, y aún en
Nápoles y otras ciudades importantes de Italia. La información gráfica
referente a su último y fallido intento de abrir mercado en España yacía sobre la
mesa ultramoderna, brillante, transparente, dorada, semejante a una gigantesca
y cristalina piedra preciosa traspasada por la gran luminosidad de las límpidas
y grandísimas ventanas. Una vuelta, otra, le divertía a Don Mafia el girar de
su butacón. En el centro de aquella gran sala se sentía como en el centro de
mando de una desmesurada y aséptica nave espacial a punto de despegar hacia el
cielo azulísimo y el sol cegador. Una vuelta, otra vuelta y otra: humeaba su
gigantesco veguero, pero gigantesco de verdad, intensamente negro, que a
primera vista parecía de dos palmos de largo, con la cabeza comida por el fuego
y convertida en ceniza; un grandísimo pene, en fin, que demostraba el poder del
avezado usuario. Una vuelta más. Don Máffia se sirvió, sin moverse del sillón,
un copazo de órdago. Saboreaba el licor, que al trasluz mostraba una tonalidad
exacta a la de su mesa diamantina, mientras contemplaba su más grande éxito, el
edificio del Banco de Messina, en el área metropolitana de Messina: el primer
edificio en el que se había empleado a fondo, para demostrar su eficiencia y la
de su compañía. Treinta plantas de cristal que el sol convertía en mil cien
soles que casi casi obligaban al viandante a colocarse las gafas ahumadas.
Desde la fotografía, tomada a vista de pájaro desde un helicóptero, le miraba
aquel coloso, que era enteramente suyo: un bloque que nada ni nadie conmovería,
todo marfil y negro de los cristales acondicionados para tornarse oscuros
cuando el sol da más de pleno, más destructoramente. El coloso del Banco de
Messina, que construyó en 1976, que, en la foto, proyectaba su mole sobre otras
insignificancias descoloridas y sombrías (un dominó de ocres y cal), había sido
el cenit de su carrera como constructor, mas no caigamos en el error de suponer
que ésos eran los únicos negocios de Don Máffia. No obstante, eran su ojo
derecho, por lo que le dolían los cerriles obstáculos con que había tropezado
en sus dos grandes últimos proyectos: el Euro Sicilian Building, una suerte de
Empire State construído en el centro de Palermo, y el bloque de la Trans Bank
Company S.A, en Barcelona.
Le dolían los
estúpidos escrúpulos de los municipios a echar abajo los grandes palacios del
pasado, muchos de ellos sin dueño que los disfrutase, y bastante echados a perder.
Comprendía que un millonario como él lo era quisiera vivir en un palacio
principesco. ¡Bueno! Pero que míseras casas, y mal acondicionadas; de vecinos,
por el sólo hecho de ostentar un blasón en el macizo portal, fueran protegidas
por las autoridades, eso, no lo entendería nunca. Moriría sin llegar a
entenderlo. Por lo tanto: veía sobre todo, en los obstáculos municipales,
turbias maniobras para fastidiarlo. El Concejal Nizzi, de su Euro Sicilian
Building, había dicho: Muy bien, hagámoslo, así ése mastodonte será un alfiler,
y todo Palermo, la cabeza de ese alfiler, puesto del revés. Eso fue en 1979.
Ahora Nizzi, ciego de un ojo por un disparo de lupaza, vivía plácidamente,
retirado de todo, en Milán. Ahora debía esperar por lo menos otros tres años antes
de presentar de nuevo su proyecto para el rascacielos palermitano. El caso del
Trans Bank Co.de Barcelona lo comprendía más, aunque no se daba por satisfecho,
ni por vencido. Sus dos proyectos españoles: la urbanización en la Costa del
Sol y el rascacielos de Barcelona yacían, juntos sobre la mesa, en carpetas
contiguas. Era evidente que en España ya estaba el terreno cogido. Había
llegado tarde a ése mercado. No podía sino arrepentirse de no haber participado
con sus otros colegas del Comité en aquella vasta operación de capitales en
España, en 1971. Ahora, Castelvetrano construía a mansalva en el Sur,
concurrido por los árabes petroleros. Se estaba haciendo de oro, ése
Castelvetrano. Su ceño se había fruncido. No cejaba, empero, en sus proyectos.
Por la rama arquitectónica (si es que puede aplicársele éste nombre) sabía que
sus puntos de vista acabarían por triunfar. Palermo aún ofrecía muchas
oportunidades, igual que Nápoles. Aunque en Nápoles estaban los de la Camorra,
y sus aliados sicilianos, los odiados Tontoni. No obstante, los camorristas
eran comprensivos, y más de una vez habían cerrado tratos con él a espaldas de
los militantes del clan rival.
Le miraban, digo,
sus preciosos edificios, blancos la mayoría como terrones de azúcar, y él
miraba a Palermo, dorada, extendida a sus pies. En las fotos en blanco y negro
aparecían algunos inmuebles de estilo fascista, monumentales como en las
películas de Cecil B. De Mille, no desemejantes del estilo predominante en la
Unión Soviética. Los últimos, por el contrario, acristalados, ponían un pie en
el año Dos Mil. Sonrió: uno de aquellos mamotretos neorrealistas le trajo
buenos recuerdos. Era su primer edificio de envergadura: una casa de vecinos
modélica. A cualquiera, las exiguas ventanas vagamente clásicas (por su
rigidez, más que por otra cosa) le hubieran recordado los nichos de un
cementerio. A Don Máffia, le cegaba el afecto: él veía un gigantesco,
comunitario; vecinal: templo egipcio. Don Máffia, al cabo, era un sentimental.
En la sala se oyó
un timbre.su sonido rebotó en la moqueta marrón, suavemente peluda, de las
paredes, opuesta a la gris perla del suelo, y fue a clavarse en los oídos del
monumental mafioso del veguero.
-Pase: le dijo al
interfono.
Y entró su hombre
de confianza, un tipo cuyo nombre se ha perdido pero que fácilmente podía
llamarse Rocco, Dick Fulmine o algo por estilo. La lengua, demasiado abultada,
le colgaba dos palmos, descolorida. El aliento le olía a empacho. Era, digo, un
hombre de poca frente, pelillo indeterminado, de punta, y cara gorda y
blanquecina a fuerza de golpes que la volvían fofa. La nariz era una suerte de
tubérculo hervido. Las orejillas, ni se veían. Cejas, que tendían a la
cejijuntez, y ojos claros. El aire de boxeador morrudo no se lo quitaba nadie.
-Matarás a Don
Ciulo: dijo el jefe mafioso.
La baba acabó de
soltarse de la lengua del gorila, para caer, pesada al suelo y hacer un hoyo en
la moqueta.Un hoyo semejante a un gusano transparente. El matón movía las
manos, gordas, blancas, en las que faltaban los meñiques, mientras, más que
decir, estropajeaba:
-Con éstas manos,
jefe, con éstas manos
Y al tiempo se
reía.
Don Máffia,
satisfecho de su buena elección para su segundo y hombre de confianza,
sonriente, magnánimo, solamente dijo:
-Muy bien: puedes
retirarte.
Y el deficiente
mental salió de la habitación.
El diálogo
(exiguo) con el subnormal había obrado en Don Máffia un cambio: de constructor
había pasado a capo mafioso, que era su verdadera naturaleza. Nunca sabremos
qué nos representa más, si lo que somos, o lo que nos esforzamos (gustosamente)
en ser: Don Máffia quería ser contratista, constructor de ciudades
maravillosas, todo Bancos y apartamentos caros, con amplias vistas, y era
verdaderamente un mafioso empeñado en crímenes, un poco chapado a la antigua.
All´Antica Nápoli, como solía decirse.
Pero hora es ya
de que describamos a Don Máffia.
Los sesenta años
que gastaba le daban un aire de pequeño reyezuelo, o de senador romano. Le
desentonaban para eso, no obstante, las cejas, negrísimas, juntas, con un pico
encima de la nariz, en el ceño que ocultaba en su parte central cuando se
fruncía, y también el bigote, aún negro, pero con tendencia al entrecano. El
cabello, por el contrario, que no conservaba mal, pese a su reciente calva desordenada,
era enteramente canoso. Un mechón frágil, blanco, le caía por la frente, casi
imperceptible, dando la sensación de cabellera completa. Más debajo de ésa
extremidad pilosa y transparente, tres arrugas horizontales en la frente
tostada, casi juntándose con la selva horizontal y negrísima que eran las
cejas. El ceño fruncido de Don Máffia, jupiterino enteramente, no era cosa de
broma y sí terrible augurio, o premonición, de grandes desgracias. Las orejas
eran correctas, no pequeñas, y andaba Don Máffia un poco fondón, gordo, pero
sin caer nunca en la apariencia de flojedad y fofez. El ojo (los ojos) estaba
oculto por amplios y enérgicos pliegues, y del fondo de ellos lanzaba
penetrantes agujas tal vez azulinas. No, los ojos de Don Máffia eran negros, acordes
con su tez olivácea. Grandes ojeras, la barbilla hendida con fuerza, como por
el pulgar de un artista enérgico en el barro no menos enérgico de la orgullosa
cabeza. Dos amplios surcos le corrían por las mejillas, la nariz, ancha, era
más oscura que el resto de la cara, y brillaba de grasa cutánea. Mencionando la
sonrisa que provocaba pliegues acartonados y la sotabarba blanda e incipiente,
atrapada en el cuello de la camisa, queda completo el cuadro físico de Don
Máffia.
Pero para acabar
de conocerlo, es necesario hablar de sus maneras y actitudes. El veguero, un
gran cipote de caballo, negrísimo, con su sempiterno glande de ceniza
blanquecina y apestosa, es un rasgo inconfundible e inseparable de Don Máffia,
así como su vestimenta. En esta ocasión iba vestido enteramente de blanco, con
una flor (creo que un clavel) también blanca, en el ojal. La camisa, de seda,
brillante, blanca; la corbata, anchísima, acorde con las amplias solapas y los
campanotes (que, no obstante, abandonaban ya la Moda Pata de Elefante para
tender a la Años Cuarenta) y los zapatos con agujerillos.Y es que Don Máffia
era un elegante. De todas formas, su terno preferido, o uniforme de trabajo
cruzado, con corbatas a juego pero siempre anchísimas.
Don Máffia
contempló a su sabor la modesta y borrosa, venerable fotografía de su primer
edificio, el Templo Egipcio. Lo encontraba bellísimo, y más teniendo en cuenta
el lastimoso estado de ése solar en 1948, cuando construyó su edificio. Ahí se
había levantado un palacio antiguo, muy viejo, que un bombazo aliado había
agujereado desde los tejados al sótano (lleno, en aquel momento, de refugiados
civiles).
Alguien del
Ayuntamiento había hablado de repararlo y convertirlo en sede de algún
organismo municipal, dada la venta que en 1943 habían hecho los propietarios a
la municipalidad palermitana. Pero las reparaciones eran muy costosas, había
que trabajar acorde con los estilos del edificio, que por cierto, tenía
problemas de estabilidad después del bombardeo. Ese alguien calló cuando Don
Máffia depositó cierta cantidad en ciertas manos ¡Aquello sí que eran tiempos!
El caserón pasó de ser considerado joya urbanística en peligro a ruina de
guerra. El caserón se fue abajo, con su mirador que confería a aquella parte de
Palermo un aire de ciudad encantada.
Sólo fotografías
quedan del Palazzo Dell Bellvedere, momia barroca por fuera, vigas ennegrecidas
por dentro. En su lugar se alza el vasto edificio de Don Máffia, el de las
celdillas neorrealistas de colmena, el lagrimón sentimental de Don Máffia, por
ser el comienzo de su prosperidad como constructor adinerado. Una vuelta de la
silla, otra, otra, un trago de coñac, otra vuelta.
Cierta vez, hacía
ya muchos años, en el curso de una conversación, Don Máffia, riendo: hizo esta
célebre declaración:
-No sé de qué se
quejan ésos amantes de lo antiguo: les tiro un palacio, de hace todo lo más un
siglo (el Palazzo Dell Bellvedere databa de 1647) y les construyo en su lugar
un Templo Egipcio del mejor estilo y época”.
Ni qué decir
tiene que su chanza fue acogida con grandes risas; es que Don Máffia era un
esteta de tomo y lomo, así como un irónico de sorprendente finura.
Dos horas más
tarde, una llamada le comunicó a Don Máffia la muerte de Don Ciulo Tontong
Buonacorsi. Para festejarlo, comenzó a dar vueltas en su sillón giratorio, como
un niño, o como un loco, totalmente desmelenado. Se le disculpan las copitas de
más.
A veces, sin
esperarlo: ocurren casualidades extraordinarias, otras, un lugar parece
predestinado a que en él ocurran siempre las mismas cosas. Donde hubo una
matanza, puede volver a suceder otra, y si las consecuencias de una fueron
terribles, las de la siguiente pueden (y suelen) no serlo menos. Un hecho tapa
a otro, pero el lugar sigue. En Palermo se conocen varios de estos sitios. En
Roma está claro: en el mismo solar se ha hecho la historia toda del Mundo
Occidental. Pues bien, en aquella casona sin piso, muy baja, había tenido lugar
lo de los Cuatro Pasquales, aquel hecho memorioso, y en ella: iban a ocurrir
también los hechos que paso a narrar.
Antes: una
descripción del escenario: la casa en cuestión se hallaba en una calle
tranquila, gris, sin comercios importantes. Al fondo, se oteaba una fábrica
vieja, con grandes tubos, cerca del mar, más allá de una autopista elevada. En
la esquina opuesta, estaba la carretera general, con una casa para la venta de
coches usados; un concesionario de la FIAT. La casona en cuestión, estaba hacia
la mitad de la calle, entre todos los edificios que, predominantemente, eran
modernos. No ultramodernos, pues no era una zona céntrica de Palermo, pero sí
modestas casas de pisos, bloques, alguna que otra finca de sólo dos pisos,
todas con, por lo menos, la decoración somera de la fachada, datando de los
Años Sesenta. Una calle tranquilísima, fuera del ajetreo, en las afueras.
Puesto que lo que antes había podido ser considerado centro, ahora se veía
desplazado por la expansión de la ciudad. Si antes el apelativo de cierta casa
del centro de Palermo era, verosimilmente exagerado, con la habitual
exageración siciliana, ahora, con la creación de nuevas zonas urbanas, la parte
en que se hallaba la casa de la matanza, había quedado sumida en el silencio:
el bullicio y el negocio estaban en otra parte. Para completar el ambiente,
diré que era una calle muy semejante a la calle del Fabregat en Artigas. La
casa de la matanza permanecía igual, exactamente a como estaba en 1896. Sólo un
cambio, que al ser tradición y repetición se había convertido en costumbre,
exigía de sus dueños que la pintada VIVA GARIBALDI que cruzaba la fachada, se
repintara cada año, o cada dos años, en el mismo lugar donde, según se veía,
había estado una original de 1860 o así. En 1896 y aún antes, la tradición se
respetaba, con el visto bueno de los sucesivos ayuntamientos. En aquella casa
(modificada hacia 1889, todo ha de decirse) habían ocurrido graves incidentes
que nadie conocía a ciencia cierta, en la Revolucion de 1860.
La matanza de
1896 no viene sino a confirmar lo que decía: hay lugares predestinados a
ciertos acontecimientos que se repiten. La casa era baja, como digo, de un
color vagamente dorado u ocre. En el alero de la fachada, en forma de
almenillas descascarilladas, se sucedían diversos adornos de estuco, al estilo
de ciertas casas populares de hace años. Un breve alero destacaba sobre los
otros ornamentos y proyectaba una modesta sombra. Había, creo, algún
tragalucillo pequeño bajo el alero, si no había sido tapado por la gruesa capa
de pintura, de hacia 1900, que ahora se deshacía materialmente, como si fuera
la piel de una momia. Y con ella, la casa entera se venía abajo poco a poco.
Había una puerta grande, portón que ocupaba casi toda la fachada, de un color
miel momioso, a juego con la casa que preservaba de intrusos. El portón era
verdaderamente medieval, con un grueso candado totalmente oxidado, negruzco,
podrido, pero aún útil. Además, le confería un sabor especial al portón. Al
lado del portón, he de decir que tenía encastado en él una puerta, más pequeña,
totalmente inútil por sus reducidas dimensiones. Hay quien dice que ésas vastas
zonas de viviendas pobres y obreras del siglo pasado estaban construídas para
una raza de enanos. Quizá eso explique ciertos balcones, que se pueden tocar
alargando la mano, y puertas que, como la de éste caso, no permiten pasar
holgadamente a personas de talla normal. Un dato a tener en cuenta en éste
asunto es que el portón en cuestión de la casa era de apenas dos metros de
altura, por lo que el guardaespaldas de Don Ciulo no cabía bien, siendo como
era, supuestamente, un paso que permitiera el acceso de carros. Al lado del
portón, había otra puerta, presumiblemente abierta en el muro mucho más tarde,
y de tamaño normal (y nuevamente, el guardaespaldas de Don Ciulo, Marco o
Macro, no cabía holgadamente), aunque igualmente de aspecto antiguo, negruzco o
pardo, con otro gran candado: la pintura igualmente deseosa de saltar y meterse
por sí sola en la cripta de la que parecía haber salido. A un lado y a otro de
las dos puertas: la grande y la pequeña, horadaban el muro dos altas ventanas
cubiertas de labrados barrotes curvos y salientes, y cerradas con antiquísimas
rejillas metálicas, tablones, postigos pútridos, carroña y toda clase de
materias heterogéneas que, eso sí, mostraban una tonalidad homogénea debido a
los años. La pintura, por lo visto, se empleaba sólo en dar realce al heredado
Viva Garibaldi.
En el momento que
nos ocupa, a principios de 1984: la casa pertenecía, desde hacía quince años, a
Don Ciulo Tontong Buonacorsi. Antes había pertenecido a su padre. Puede decirse
que los Buonacorsi, herederos, por así decirlo, de Pasquale Mussolino, habían
ostentado la propiedad de la casa desde 1920 o así. Don Ciulo la tenía para sus
negocios sucios, para reuniones secretas, o simplemente, como era muy
supersticioso, para sentir la presencia de las almas de los asesinados que
impregnaban las paredes de la casa. Tonterías. Nadie creía ésas excusas, que se
aceptaban cortésmente, según las reglas del juego. Se suponía que “si habían
sucedido desgracias en ésa casa, las había provocado Don Ciulo, como había comentado,
en una ocasión, Giuglio Stonzi, también llamado Giuglio Castelvetrano, en una
conversación con Don Máffia. Era casi seguro que en ésa casa había Don Ciulo
asesinado bárbaramente a enemigos suyos secuestrados, y a traidores. Lo que
hacía luego con los cadáveres, no se sabe. También es cierto que Don Ciulo iba
a veces a ésa casona a jugar a las cartas con sus amigotes, lo cual desmiente
la superstición del mafioso. Eso, como tantas otras cosas, era una pura
fachada.
Don Ciulo Tontong
era un coloso con la cara de Franco Nero y el cuerpo de Alfredo Landa. Gastaba
peluquín discreto, bigote y patillas. El veguero, para que se vea que todos los
mafiosos se parecen, podía tomarse, en su caso, como un tercer brazo; un brazo
anómalo surgiendo de los gordos labios excesivamente bien dibujados,
desmesurados por su tamaño excesivo. El mostacho, las patillas, todo lo hacía
aparecer más bajo aún, y más chapado. La moda que gastaba era relativamente
moderna, pero la cortez de brazos y piernas provocaba una semejanza con el
estilo campanone. El cuello, gruesísimo, ocasionaba cuellos de camisa
grandísimos, y por ende anchos corbatones. Además, para aparecer más
desproporcionado todavía, llevaba las manos, que eran fuertes, cuajadas de
anillos de pedrería ostentosa pero barata. La armilla, ajustada, no le dejaba
respirar. Como se verá, Don Ciulo era algo bruto, pero no era de los mafiosos
All´Antica, en absoluto: su ascensión había sido propiciada por ciertos
negocios redondos en Asia, concretamente en Hong Kong, de donde venía la
corrupción Tontong que había pasado a ser el apelativo común de toda su
familia.
Habían aparcado
en la esquina anterior, casi enfrente de la fábrica mastodóntica. La corta
caminata les vendría bien, había dictaminado Don Ciulo, y el grupo de tres
avanza con parsimonia y medición por el mundo gris y azulado de aquella calle.
Con Don Ciulo iban sus dos guardaespaldas: Marco (o Macro) un gigante vestido
de hortera, corbata finísima, cejijunto, con dentadura de caballo y papada de
buey, el cabello de punta como si sus manos no conociesen el manejo del peine.
Los ojos, ni se veían hundidos como estaban en el bosque ciliar, la boca se
crispaba en una mueca perpetua: un golpe certero recibido en una reyerta le
había dejado una parálisis parcial en media cara. El otro guardaespaldas era
uno de los siete hermanos Tomboni Carbonara un oliváceo cuya tez tostada le
había hecho merecedor del susodicho sobrenombre. Tambien estaba Napoli,
semejante este a un malevo de La Boca; todo en blanco y ajustado de talle, pantalón
ceñido, bigote, bombín, un clavel sangrante tras la oreja, las manos ocultas en
el saco empuñando el arma. Habían pasado ya la Farmacia de la esquina,
iluminada y desierta, en los bajos de un edificio acristalado, bajo una gran
cruz potenzada fluorescente. Ese edificio había sido una de las gotas del vaso
paciente de Don Máffia. La negativa de Don Ciulo a vender su casona había
obligado a la constructora de Don Máffia a reducir el tamaño del inmueble
proyectado, que de impresionante y lujoso condominio vecinal había pasado a
bloque vulgaris, eso sí, completamente acristalado. Parecía un Banco de barrio,
barato y plastificao. A nadie, para ser sinceros, le conmovía la soflama de
marras y aún menos lo de los Cuatro Pasquales, y menos aún que a nadie, a Don
Ciulo. Si no quería vender, sólo había una causa: fastidiar a Don Máffia. Pero
eso se había escrito en las cuentas pendientes de Don Máffia. Ahora Don Máffia
aspiraba al predominio en Palermo, a la supremacía en el Comité, por lo que, al
romper Don Ciulo con los Caserta, sus pareja en el mangoneo del Comité, había
sellado su sentencia de muerte; ahora nadie estaba aliado directamente con Don
Ciulo, por más que el Comité fuera una alianza entre todos ellos, y a Don Ciulo
no le respaldaba ninguna familia, siendo un advenedizo afortunado. En todo
caso, era fundador de familia, pero no heredero de ninguna. Item más, el
asesinato siempre podría atribuírse a los eternos enemigos, los Tontoni, que
últimamente estaban llevando una campaña de delaciones contra el Comité. Item
más, Don Máffia había ya infiltrado gente entre los tenientes de Don Ciulo. La
cosa estaba hecha, atada y bien atada.
Sacó Don Ciulo el
llavín que abría el candado de los portones. A su lado, Marco se paró y comenzó
a vigilar, nervioso, fumando un negro veguero, apestoso como todos;
visíblemente alterado. Carbonara, que venía detrás, andaba
tranquilo pero su larga nariz aceitunada oteaba peligro. Ya estaba Don Ciulo
ante la casona, cuando Carbonara y Marco se dieron cuenta de que un coche se les
venía, prácticamente, encima, desde una cruza inmediata. El coche: un FIAT,
andaba lentísimo. Venían a por ellos. En mitad de la calle, el coche se puso en
punto muerto. Una cara tranquilizadora se dirigió a los tres mafiosos, desde el
asiento al lado del conductor. Una voz tranquilizadora dijo algo, una pregunta.
Don Ciulo, tranquilo y distraído con la llave medieval, le mandó a Carbonara
que viese qué querían los del FIAT.
-Anda, vé,
Carbonara.
Carbonara,
palillo entre diente y diente, alargada la barbilla azul, pistola en la mano y
la mano en el bolsillo, se acercó al FIAT. De la ventanilla posterior salió un
largo tubo que le golpeó en el vientre. Era un bazuka de ésos que llevan la
punta del proyectil asomando a modo de apéndice. Fué cuestión de segundos.
Carbonara se echó al suelo y al esquivar la granada, perdió su sombrero blanco.
Surgió una llamarada y un estruendo borró la calma de la calle. Marco, el
coloso, cayó partido en dos. Impacto directo a las tripas a escasos tres
metros. El páncreas, sangrante y apestoso del guardaespaldas cayó sobre la
cabeza de Don Ciulo, semejante a un peluquín; gruesos regueros de sangre se
dibujaron en su cara. Una ametralladora refulgió y dos brazos fuertotes, del
auto, ametrallando a Carbonara, que trataba de incorporarse junto a él. Fué en
segundos, ya digo. Don Ciulo desdeñó el portón, que costaba de abrir, y se
llegó hasta la otra puerta. Bajo la pintada, una ráfaga lo abatió. Sus uñas se
clavaron en la madera vieja. Acuclillado, comenzó a vomitar, uno de sus ojos
rodando por la acera. Le parecieron horas. El coche avanzó hasta él, un par de
metros, cascando como un coco blandengue la cabeza de Carbonara, cuyos sesos se
esparcieron.
El siguiente
bazukazo fue al culo pleno de Don Ciulo, que perdió la forma humana, y con ella
la vida. Una pierna saltó por los aires, las paredes se estamparon de rojo y de
impactos de bala. Un nuevo bazukazo reventó la puerta pequeña de la casona. El
coche dio marcha atrás, aplastando bien la cabeza de Carbonara. Luego, se dio a
la fuga. El hombre de confianza de Don Máffia consultó su reloj de pulsera:
-Justo, cinco minutos, diez segundos.
Contaba mal,
habían sido cerca de diez minutos. No obstante, no se les presentaron
problemas. El coche desapareció, la policía no se presentó en el lugar de la
matanza sino media hora después de que el FIAT rojo abandonara el escenario en
dirección a territorios seguros.
Cuando llegó la
policía, humeaban aún los cuerpos. Encima de una de las rústicas almenas,
extraño evento, reposaba una de las piernas del difunto Don Ciulo Buonacorsi,
con su acampanada pernera y todo. Hubo que mancharse de sesos los calcetines
para retirar los cuerpos. La cruz potenzada de la Farmacia, en la esquina, se
encendía y apagaba rápidamente.
La cárcel de
Caserta, aquellos días soleados, hasta parecía un lugar hermoso. Con su
reglamentada vida pacífica o violenta, tanto encubierta como descubierta con su
atareada existencia, yendo de aquí para allá los funcionarios uniformados.
Sobre todo si uno era preso favorecido, como lo era, de hecho y de derecho Don
Giuseppe Tontoni; principal mandamás de la poderosa familia. Le habían cazado
por evasión de impuestos; lo típico, y eso había sacado a relucir algún que
otro trapicheo, hasta llegar a relacionarlo con el escándalo de la Logia
Masónica P II
Buenos abogados,
los tenía. Sabía que tarde o temprano saldría de allí. La mayoría de sus bienes
no eran de su directa propiedad, por lo que no temía embargos ni
confiscaciones. Para hacer boca mientras esperaba el juicio, y para convertirse
del todo en un preso privilegiado, se había prestado a los Carabinieri para
delatar a otros mafiosos, a otros mafiosos, claro, de otras familias; la Omertá
no regía para él, ni para ningún otro Tontoni, así como respecto al denostado
Comité, con el que estaban en guerra desde los tiempos inmemoriales de luparas
y boinas. El primer efecto de sus delaciones fue acabar con el predominio de
los Caserta en la cárcel de Caserta. Gracias a él, que hacía el doble juego a
la policía, la cárcel volvió a poder de la Camorra, como en otros tiempos.
Además, se decía él, era lógico, estando tan cerca de Nápoles. Para los
Pardilli, llamados Caserta, que debían su apellido a su predominio en ése
penal, como los Castelvetrano (Stronzi) debían el suyo a su dominio en ésa cárcel
siciliana, y Giuseppe Tontoni se convirtió, si ya era un enemigo, cambió su
estatus por el de condenado a muerte. Pero poco podían hacer, sus verdugos;
expulsados de Caserta por sus influencias. Eso lo tenía en cuenta Don Mafia,
siempre seguro de sí mismo.
Cuando el demonio
se aburre, mata moscas con el rabo y el recinto penitenciario de Caserta era el
lugar idóneo para este y otros pasatiempos. La celda de Giuseppe Tontoni era
una “suite” de hotel; o así lo pensaba él; ahora que creía haber sustituído a
los Caserta en el dominio de la cárcel. Aquella mañana de mayo de 1984,
eructaba sonoramente tras un opíparo almuerzo, el veguero inevitable en la boca
de todos los que, no contentos con un cipote, precisan de dos bien a la vista.
Gastaba trajes de Londres y manicura cuidada en sus zarpas de campesino o
contrabandista de tabaco.
Tenía la armilla
desabrochada para poder respirar, lo cual lograba apenas, ahogado y rehundido
en su grasa fofa, pero cetrina y curtía .El corbatón y los solapones son cosa
inevitable. Don Giuseppe esperaba el café.
Gastaba rizado de
pelo All´Antica Napoli tambaleante el pesado montón acartonado y lleno de
brillantina verdaderamente brillosa. A cada fruncimiento de ceño, a cada gesto
que quería ser magnánimo y sólo llegaba a ademán de reyezuelo, el pesado tupé,
lleno de ondulaciones, subía y bajaba, semejante a un peluquín dispuesto a
caerse. Las facciones de Don Giuseppe eran las que surgen de cruzar a un
bull-dog con un pequinés, añadiendo una nariz de color semejante a un par de
abultados, peludos, relucientes de grasa, testículos de toro. De semejante
guisa aparecía la barbilla, rehundida en el mar de las papadas colgantes. En el
mar flotaba la boquilla, pequeña y descolorida, de tono mucho más claro que el
resto de la piel facial. Media cara (la media cara inferior) y todo el cuello,
que desaparecía en los solapones del cuellazo, estaban embadurnados de aceite
azul-oscuro, brillante en el mentón y ópaca en el resto, que era la cerradísima
barba de Don Giuseppe Tontoni. Patillas, orejones de soplillo airosos, ojos
sepultados en bolsas violáceas parecidas, nuevamente, a testículos de res brava
y en bosques de oscura pelambre, sepultados asimismo bajo el tupé abrillantao.
Gruesos surcos marcaban la cara en todas direcciones; estaba cantidá de gravao;
un durito de mirada acerada.
Comenzaba a
impacientarse. Su celda restaba abierta todo el día, por si sentía deseos de
pasear. Un funcionario vestido de verde oliva, con amplia gorra galoneada,
vigilaba siempre la puerta. Don Giuseppe se ufanaba de que el Estado italiano
pusiese a su disposición guardaespaldas, por lo menos uno. Sintió deseos de
levantarse y protestar ásperamente por la tardanza de su café. Poderoso, sabía
que a una queja suya, rodarían cabezas de los encargados de su servicio, pero
eso no le consolaba por la tardanza de su café. Se arrellanó bien en su butaca.
El traje de Londres comenzó a resentirse en los faldones de la americana,
embutidos entre el corpachón de Don Giuseppe y el cuerpo mullido pero
resistente del sofá. Pensó Don Giuseppe que su estancia en Caserta no resultaba
tan satisfactoria como estaba creyendo desde que lo enjaularon. Estaba
deprimido. Todos los cargos que contra él existían fueron acudiendo a su mente.
¿Y si, después de todo, no servían de nada sus manejos (legítimos, por
supuesto) y le declaraban culpable? Por lo menos iba a quedar fuera de juego.
Diez, cinco años, nada más, mermarían sus influencias. Trató de pensar en otra
cosa.
Llevaba solamente
tres meses entre rejas. Le consolaba el daño que, en ésos tres meses, había
ocasionado a sus enemigos, los puercos del Comité, Don Máffia y los otros. Pero
el peligro rondaba su depresión, el miedo. Por un momento sintió en su carne,
que se le puso de gallina, lo amenazado que estaba. Siempre había estado
amenazado, se trataba de convencer a sí mismo de eso. Pero siempre había estado
libre. Entre rejas, poco a poco, su influencia decaería. Incluso su propia
familia se vería obligada a prescindir de él. Y cuando se prescinde de alguien,
es como si muriera. Quería huir de sus pensamientos. Se levantó resuelto, fue
hasta la puerta de su celda, entreabierta, y sacando media cara fuera, gritó al
oído del funcionario:
-¡Stéfano, quiero
mi café!.
Más aliviado, se
volvió al butacón y entonó con arte y buena voz las estrofas de cierta conocida
copla siciliana. Algunos presos, desde otras celdas de la misma galería, le
hicieron coro. La avellana que la crispación formaba en su mejilla derecha, al
lado de la patilla negra, se distendió. Algún guardia que otro: conociendo la
copla, acompañó discretamente el concierto. Don Giuseppe se sentía el amo: lo
que tiene el tendero, lo quiero entero, venid a mí monaguillos, alirón, alirón.
Nadie hizo callar
a los presos y el concierto decayó por sí solo unos veinte minutos después,
cuando llegó el preso con el café de Don Giuseppe. Giuseppe Tontoni azucaró
convenientemente el café. Más por rutina que por otra cosa: le espetó al preso
miserable:
-¿Por qué has
tardado tanto, eh, eh, eh?: espoleándole con la mirada.
El preso no osaba
levantar la vista. Don Giuseppe, sin fijarse, notó, sin embargo, que no estaba
atemorizado. Simplemente, no le imponía respeto. El preso sirviente, eso sí,
daba muestras de estar nervioso. Hizo caso omiso.
Mientras Don
Giuseppe bebía el café, el preso le dijo, pausada, maliciosamente:
-¡Cuidado con el
café…Don…Giuseppe!.
Dos o más voces
afuera, olvidaron los últimos acordes de la copla arábiga y se sumaron
socarronas a la advertencia:
-¡Cuidado con el
café, Don Giuseppe!.
Hubo un coro de
risas en la galería toda, incluída la risa poderosa de Don Giuseppe Tontoni.
Aquello era una broma habitual. Acabó su café, y lo saboreó. Pidió en broma
otra taza. Como broma fue aceptada la petición por el preso-sirviente. Don
Giuseppe había pedido otra taza de éste cianuro tan rico. Salió el
preso-sirviente. Don Giuseppe se plantó en el umbral de su celda y, riendo,
masculló dialectalmente:
-¡Uy, me han
asesinado como al asesino de Salvatore Giuliano! Y luego se metió, olvidadas ya
las sombras de sus problemas, en su suite, entre un coro de voces que decían
Aspanu, Aspanuy Pisciotta, Pisciotta.
Inmediatamente,
con el sabor del café aún en la boca, sintió voces detrás de la puerta, y
alguien contaba algo¿Dinero? entregándoselo luego al guardia. La voz tímida del
mismo preso-sirviente, que, presumiblemente, estaba fuera, deslizó:
-¡Cuidado, Don
Giuseppe!, e imitando el deje autoritario de Don Giuseppe, añadió -¿Quién
podría querer asesinarme?...
En la celda
irrumpieron cuatro sujetos, cubiertos los rostros con pasamontañas: empuñaban
martillos galponeros y de bola. Don Giuseppe apenas tuvo tiempo de encogerse
sobre sí mismo cubriendose la cabeza con las manos mientras era engullido por
las siluetas nerviosas de sus atacantes cuyos brazos subían y bajaban frenéticamente
produciendo una sucesión de ruidos secos al princípio y de chasquidos humedos
después; todo ello ante la mirada atonita de los presos colindantes que,
aferrados a los barrotes de sus celdas, observaban boquiabiertos.
Cuando se
retiraron los encapuchados, podía verse el bulto encojido de Don Giuseppe a un
lado de la celda, bañado en un viscoso charco escarlata; sus miembros partidos
yacían retorcidos en posturas imposíbles; su cabeza desmenuzada había quedado
sepultada entre las piernas; tronco y extremidades formaban un amasijo blando,
confuso, entremezclado.
-¡Aún vive!:
clamó una voz anonima. En realidad, eran los miembros sin vida de Don Giuseppe
agitandose entre espasmos.
Toda aquella
galería, de la que estaba un poco separada la celda especial de Don Giuseppe,
simuló un motín, haciendo grandes ruídos con los platos de metal. Otros presos
comenzaron a entonar la cancioncilla de Don Giuseppe. La ventaja que tenía Don
Giuseppe, al tener su celda al lado de una escalera de salida de la cárcel,
para ver a sus familiares y abogados fuera del locutorio de la cárcel, en un
bar de la calle (aunque siempre vigilado por un funcionario; la magnanimidad de
estranquis de la dirección no llegaba a tanto), le habían resultado funestas.
Al funcionario Stefano Villani no se le volvió a ver. Luego se supo que aquel
día no le tocaba a él la vigilancia de la celda de Don Giuseppe Tontoni. Luego
se supo, asimismo, que por un error de oficina se había encargado la
vigilancia, ése día, a un funcionario que llevaba una semana en el hospital.
Errores, errores. Quien no comete errores es la Camorra, que se deshace de los
aliados demasiado poderosos, aunque sea a costa de pactar con el enemigo. Pero
Don Máffia no era un competidor; él tenía Sicilia. Ellos, la Camorra, Nápoles.
Cada uno a lo suyo. Los Caserta y los Tontoni eran unos intrusos.
Detrás de ésa
pequeña salita, o remanso, donde se apilan algunos féretros que muestran,
transparentes, los cuerpecillos pútridos de algunos infantes, revestidos de una
pompa casi oriental, al lado del improvisado altar encalado, rancio ya el
pigmento y las letras de oro donde las momias de cuatro viejas que murieron
vírgenes hacen el papel de políptico retablo, cada una con su letrerito y su
fotografía, se abre una puerta muy antigua a la que es difícil que se tenga
acceso. Esto es, claro, en la cripta de los Capuchinos de Palermo; allí donde
el mundo secreto y el conocido coexisten paralelos y a veces hasta
superpuestos. Existe una cripta oculta dedicada a los mafiosos. Se atraviesa la
puerta, que es abierta por un monje que se queda vigilando afuera y al entrar,
lo primero que se ve es la placa primorosa, en loza, rodeado el rótulo de
espigas y adornos que reza así: Galería del Mafiosi. En el punto más recóndito
de la cripta blanqueada, al fondo de un pasillo sin salida, otro rótulo reza:
Remanso della omertá. Y no lo digo porque sí, sino porque estas cosas existen
verdaderamente.
Giuseppe
Herbolari disfrutaba de la calma de Los Capuchinos. Aspiraba el olor a momia y
no podía encontrarlo más satisfactorio, más bello y más espiritual, no
obstante, lo aderezaba con una no despreciable tufarada de tabaco quemado. El
veguero, también en Herbolari, resulta indivisible de su persona. He de decir
que el veguero de Herbolari, no obstante, era más comedido, más pequeño, que
los vegueros gastados por Don Máffia y por Don Ciulo que el cielo acoja. Los
pasos resonaban en el silencio de las hileras y más hileras de muertos.
Giuseppe Herbolari, más conocido como Waltz el chancro, era otro de los Nuevos
Jefes: su poder se sustentaba en sus contactos con la organización de los
Estados Unidos; era un indiano, uno que ha hecho las Américas. Empero, sus
raíces estaban bien firmes en Palermo: allí, en un lugar destacado, bajo la
plaqueta de loza que daba nombre a la galería, estaba la momia de su
progenitor.
-Hola, papá:
resonó la voz como eco en el vacío. Y embutido en un traje que le quedaba
grande, la momia de Giuseppe Herbolari padre pendía de un gancho que se hincaba
no se sabía bien si en el cuello de la camisa o en el del difunto. En la
cintura, un poco apartada la americana, asomaba el vetusto revólver con que el
finado había realizado sus hazañas, con su anilla de metal que le confería un
aspecto más anacrónico aún: era, a todas luces, un arma casera; innecesaria,
pues muchos carabinieri habrían, fenecido con toda seguridad a causa de sus
escupitajos aperdigonados. El difunto soportaba, con su garra, un letrero que
rezaba: Giuseppe Herbori. Nadie se había molestado en corregir el apellido, sin
embargo, una mano torpe había trazado debajo, con carbón, un letrero que
rezaba, en mayúsculas temblorosas: "Pater" Era cosa de ver el rostro
del difunto bandido: las orejas no aparecían. Algo que no se distingue si es
cabello o piel apergaminada, se levantaba en múltiples chufos alrededor de la
nuca. Bajo éste cubrimiento, se podía ver el cráneo, cubierto sólo por una
levísima y quebradiza capa de piel. No había ojos. Dos huecos negros remedaban
los negros ojazos de Giuseppe Herbolari padre, profundísimos sobre la nariz que
conservaba todo su perfil intacto, entre los salientes pómulos, encima del
bigotazo, enteramente conservado, aunque había adoptado un color más bien
terroso. El mentón se conservaba firme, entre soportando los dientes marrones
un puro de la mejor marca, que Waltz el chancro se encargaba personalmente de
renovar cada año. El puro de la momia y el de su hijo, eran identicos.
En la segunda
mitad del siglo XIX se prohibieron los enterramientos en Los Capuchinos de
Palermo, no obstante, se entendió que se prohibía la exhibición de nuevas
momias, y, en el interior de ataúdes, se continuó, con más o menos asiduidad,
sepultando a los difuntos en el inmenso archivo histórico palermitano. En
algunas galerías, se hizo de más y de menos. Con la caída de la aristocracia,
fue la mafia quien ascendió, y, entre 1880 y 1890, se abrieron las galerías
subrepticias que he descrito someramente. Hacia 1910, la costumbre se prohibió
del todo, con lo que no se consiguió otra cosa que convertir el enterramiento
en una operación riesgosa más en la existencia de los mafiosos. En 1952 murió
Giuseppe Herbolari padre, y allí estaba su cadáver expuesto en Los Capuchinos.
Al lado, un rectángulo blanqueado esperaba, más o menos descaradamente, al
llamado Waltz el chancro.
Hacía ya treinta
y dos años del óbito natural, caso rarísimo, del padre de Giuseppe Herbolari,
que iba paseando por el cementerio mural. El cuerpo del padre había disminuído
casi a la mitad, o por lo menos eso es lo que le parecía a Giuseppe Herbolari:
el traje le sobraba por todas partes, las botas (lo habían colgado con sus
mejores prendas), aparte de anticuadas y cochambrosas, parecían hinchadas como
patas de camello. Ya blanquecinas, contrastaban notoriamente con las botitas de
charol de Ciuseppe Herbolari hijo, relucientes, vivas, y con las también
pútridas pero puntiagudas y elegantes de la momia del abuelo, Giovanni. Allí
estaba toda la parentela importante de Giuseppe Herbolari: los cabezas de
familia. Se vanagloriaba por que ninguno de los tres hubiese sido enterrado en
época que estuviese permitido. Al lado del abuelo, estaba el bisabuelo; el
primer Herbolari importante. Esas dos momias no tenían letrero indicador. El
primero, con cuatro pelillos, conservaba el gesto que le había hecho famoso. El
bigote se le iba pelando poco a poco, la dentadura aparecía cada vez más grande
y clara. Poca era la carne amojamada que conservaba el rostro, pero era
suficiente para que en ella se grabara la mueca, cada vez más pronunciada y
atroz. Los ojos, huecos, evocaban unos ojos grandes y negros que el difunto
nunca había tenido. Sus ojos siempre se habían ocultado en grandes bolsas que,
como a Giuseppe Herbolari hijo, le daban un aspecto astuto. Ahora, su mirar era
inocente. El traje era un saco de patatas, con un corbatón que aventajaba
incluso al de la momia de al lado: la de Giuseppe Herbolari Pater. Waltz el
chancro, por eso, como consumado arqueólogo, despreciaba la moda All´Antica
Napoli de otros padrinos, ésa moda que predica cuellos redondos y corbatas
estrechas. Él, era de los pocos, sino el único, en ocuparse bien bien de sus
muertos, y no sólo en las fiestas, y sabía que la verdadera moda All´Antica
Napoli consistía en solapones y corbatones. Así lucía en sus apuestos mayores y
así lucía en él: además de el chancro, también le llamaban (eso sí, sus
enemigos): Waltz el corbatita. No dejan de ser curiosos estos purismos en
cuanto a moda mafiosa.
La frente de
Giovanni, el abuelo, mostraba cerca de doce orificios de perdigón. Esa había
sido la causa de la muerte. Entre sus zarpas sostenía su trabuco naranjero,
venerable arma mortífera que le había definido en vida. Hombre acostumbrado al
campo, lo habían colgado en Los Capuchinos con los pantalones metidos en las
botinas de media caña. La momia tenía el gancho soporte hincado en la
coronilla. El primer Herbolari importante, Carlo, lucía su cabellera al otro
lado de sus dos calvos descendientes directos. De punta, descolorido, semejante
a ropa podrida de saco, la cabellera de Carlo Herbolari había resultado
frondosa. De las tres momias, era el único en conservar las orejas y los ojos,
que se sostenían apenas entre las castañuelas secas de unos párpados próximos a
quebrarse como chicharrones. Conservaba la nariz y el bigote retorcido, al aire
los dientes feroces, se hundía entre el alto cuello de la camisa, a la moda
romántica del siglo XIX. Debajo se desgranaba una pútrida corbatilla oscura, ya
de color de chicharrón, el chaqué semidesintegrado y las dos cortas perneras
del pantalón. No había piernas. Las manos se le aguantaban de milagro
sostenidas por alambres. En la pechera otrora blanca se hincaba un puñal
respetable, modelo Palermo, que había puesto fin a los días de Carlo Herbolari.
No había fechas,
pero eso servía para todas las momias de aquellos parajes. Si no se veía el
año, una eventual inspección podía fácilmente hacer la vista gorda, ignorando
los relojes de pulsera y las gafas Truman. Giuseppe Herbolari sabía, no
obstante, que su bisabuelo había nacido en 1850 y muerto en 1900, que su abuelo
había nacido en 1870 y muerto en 1927, y que su padre había nacido en 1893 y
muerto en 1952, debido al abuso del vino. Waltz había nacido, por su parte, en
1930, siendo el cuarto hijo. Los tres anteriores habían ido cayendo uno tras
otro, hasta quedar él al frente de los intereses de la familia. Qué de batallas
había dado. Y también las que recordaba por historias referidas de su infancia;
del mismo año que su bisabuelo, en la pared de enfrente, se alineaban los tres
hermanos Polezzi, que pagaron así mandar apuñalar a Carlo Herbolari. Del año
1927, fecha de la muerte de Giovanni Herbolari, otras seis momias se alineaban
diez o doce metros más para allá, las de aquellos que pagaron con sus vidas el
asesinato del jefe Herbolari, todos pertenecientes al clan Tontoni.