El auto brillante
lanzado como un rayo por entre las avenidas iluminadas por resplandores
anaranjados, humaredas violetas, luces, pese a las restricciones, convirtiendo
cada rotunda manzana de casas en una fortaleza inexplicable desafiadora de la
noche, de la negrura. Chimeneas con luces azules, rojas, amarillas, verdes, los
aeroplanos de metal destellante adivinados en la negrura, el aceite de tantas
máquinas, de tantos imaginados rascacielos existentes o inexistentes
adentrándose en unas nubes que son como tela de saco empapada en aceite pesado
de motor. Engranajes múltiples, mil historias en cada ventana, la velocidad que
deshace en varias facetas metálicas el auto lanzado por entre las calles cada
vez más estrechas al atravesar un arrabal, chirriando las ruedas y la lluvia
empapándolo todo. Las manzanas desparejas, los sólidos cubos de ladrillo,
erizados de tubos semejantes a gusanos, las filas de árboles ralos recortados
controlan hogueras de una fábrica inmensa, la noche, la noche, algunos
viandantes con abrigos oscuros, o monos anonimizantes. Letras de colores y
algunos tubos de neón cerca del bulbo cebolloso de una iglesia bizantina que se
asoma entre las altas moles de un palacio transformado en apretujada casa de
vecinos.
El rumor de los aeroplanos, el clamor de las máquinas, los martillos hidráulicos, las luces cambiantes en la cara de los guardias que custodiaban a Alexander H. Vösloski en el interior del auto policial. Las caras transformadas a cada momento, las gorras cuadrangulares, como polacas, con las grandes estrellas rojas, los rostros góticos y duros, sin barbas, casi asépticos, abstractos, de los guardias. La mirada brillante de uno de ellos, el rudo aspecto del otro, romo, las barbillas partidas, los cuellos con la nuez gordísima entre las cuerdas gruesas de ésa maquinaria de carne, los cuellos gordísimos y cerrados de los uniformes, ultrafuturistas, llenos de botones, equívocos los rollitos de tela en el extremo de las hombreras, los fusiles larguísimos, que casi no caben en la cabina del coche. El coche atravesando la ciudad como un rayo, los aeroplanos adivinados, rumores metálicos, todo como en los escritos de Vösloski, condenadas ya por entonces: al fuego sus dos últimas obras, publicadas de estranquis en ¡papel azul! Las cartucheras brillantes en la cintura de los guardias, el mullido tapizado del auto, las ventanas en forma de gotas surrealistas, sin cristales. Tampoco eran necesarios, pues el verano avanzado se presentaba caluroso. El ruido de las llantas crujidoras, los adoquines infinitos, los árboles negros a la luz de doscientas mil lunas de fuego, de hogueras furiosas, de llamas arrulladas por los martillos de los obreros metalúrgicos. Portales de casas de vecinos. Una joven:¿Valeria?, cruzando unas palabras a la luz de un neón amarillo y un farolito rojo con una anciana campesina, dostoyevskiana, el portal gris de la casa de vecinos abriéndose inmenso en la fachada de palacio palermitano. Moscú, o la ciudad que fuera, atravesada hasta ir a parar a unas siniestras afueras donde se elevaban lechosos edificios cuartelarios. Y los árboles negros del fondo como queriendo demostrar que existían otras cosas que fuego y fábricas. Vösloski contemplaba los cogotes del conductor y del comisario que le habían detenido. Estaban rapados con saña. Las gorras de plato, una blanca y la otra de color caqui, en contraste con el gran estrellón rojo, como de cuero o algo así por su rigidez y brillo. Cuando el auto se zambulló en las afueras, encendieron una lamparita en el interior del coche. Los faros iban también encendidos. Sin peligro de tiros nocturnos de origen desconocido: pensó Vösloski.
Quiso convencerse de que aquello, en el fondo, le divertía, quiso dar mayor celeridad a la acción, hasta convertirla en un prodigio de dureza, de vigor, de brillo, de futurismo. Eso último sí que lo consiguió, había sido, estaba siendo una noche trepidante.
El rumor de los aeroplanos, el clamor de las máquinas, los martillos hidráulicos, las luces cambiantes en la cara de los guardias que custodiaban a Alexander H. Vösloski en el interior del auto policial. Las caras transformadas a cada momento, las gorras cuadrangulares, como polacas, con las grandes estrellas rojas, los rostros góticos y duros, sin barbas, casi asépticos, abstractos, de los guardias. La mirada brillante de uno de ellos, el rudo aspecto del otro, romo, las barbillas partidas, los cuellos con la nuez gordísima entre las cuerdas gruesas de ésa maquinaria de carne, los cuellos gordísimos y cerrados de los uniformes, ultrafuturistas, llenos de botones, equívocos los rollitos de tela en el extremo de las hombreras, los fusiles larguísimos, que casi no caben en la cabina del coche. El coche atravesando la ciudad como un rayo, los aeroplanos adivinados, rumores metálicos, todo como en los escritos de Vösloski, condenadas ya por entonces: al fuego sus dos últimas obras, publicadas de estranquis en ¡papel azul! Las cartucheras brillantes en la cintura de los guardias, el mullido tapizado del auto, las ventanas en forma de gotas surrealistas, sin cristales. Tampoco eran necesarios, pues el verano avanzado se presentaba caluroso. El ruido de las llantas crujidoras, los adoquines infinitos, los árboles negros a la luz de doscientas mil lunas de fuego, de hogueras furiosas, de llamas arrulladas por los martillos de los obreros metalúrgicos. Portales de casas de vecinos. Una joven:¿Valeria?, cruzando unas palabras a la luz de un neón amarillo y un farolito rojo con una anciana campesina, dostoyevskiana, el portal gris de la casa de vecinos abriéndose inmenso en la fachada de palacio palermitano. Moscú, o la ciudad que fuera, atravesada hasta ir a parar a unas siniestras afueras donde se elevaban lechosos edificios cuartelarios. Y los árboles negros del fondo como queriendo demostrar que existían otras cosas que fuego y fábricas. Vösloski contemplaba los cogotes del conductor y del comisario que le habían detenido. Estaban rapados con saña. Las gorras de plato, una blanca y la otra de color caqui, en contraste con el gran estrellón rojo, como de cuero o algo así por su rigidez y brillo. Cuando el auto se zambulló en las afueras, encendieron una lamparita en el interior del coche. Los faros iban también encendidos. Sin peligro de tiros nocturnos de origen desconocido: pensó Vösloski.
Quiso convencerse de que aquello, en el fondo, le divertía, quiso dar mayor celeridad a la acción, hasta convertirla en un prodigio de dureza, de vigor, de brillo, de futurismo. Eso último sí que lo consiguió, había sido, estaba siendo una noche trepidante.
Un patadón había
echado abajo la alta puerta de su casa, que él se negaba a abrir, buscando
ganar tiempo para Abraham e Igor, que estaban deslizándose por los tejados
hacia la protectora oscuridad impenetrable. Sobre el techo a dos aguas del
edificio, corría una galería con barandillas semejantes a verjas de lanza. Al
fondo, las luces de las calles, el lechoso halo que desprendían las ventanas
del estudio de Vösloski, iluminaban una cúpula de trazas clásicas, majestuosa
como un globo de mercurio flotando en coca-cola. La puerta había caído al
suelo, y los guardias habían prendido a Vösloski en un periquete. Llevaban las
bayonetas caladas, de cubo, brillando como aluminio a la luz de los neones de
Vösloski. Los uniformes adquirían un tinte azulado, fantasmal, en aquel
estudio, presentes siempre en las altas ventanas palaciegas con la negrura
detrás de los cristales. La noche más allá de los alféizares. Brillaban los
correajes, con aquellos uniformes cruzados y de extraño diseño,con bolsillos
inclinados y triangulares, con aquellas gorras,parecían soldados salidos de
alguna guerra futura, deshumanizada y mecánica, librada acaso en la
estratosfera por dirigibles de aluminio de varios kilómetros de largo,
pergeñada por la mente calenturienta del poeta Vösloski.
El comisario
vestía un mono pardo, la pistola máuser atravesada en un cinturón ancho. Los
zapatos negros con agujeritos de aireación ¡Bravo invento! Barbudo, con ojos
sombríos, no era muy diferente de Vösloski, que se dejaba poner las esposas y,
envuelto en un mono parduzco de diseño propio, gran cuello blanco y corbata
debajo, asomando por la abertura de la cremallera, adoptaba actitud de Cristo
camino del suplicio. El cogote lo llevaba rapado, el pelo era negro y cerdoso,
en desorden melenudo por encima de la cabeza, con dardos de grasa espolvoreados
de caspa, rígidos, dirigidos como dedos acusadores en todas direcciones. Los
ojos, digo, sombríos, negros, con ojeras moradas, hundidos en las cuencas
ensombrecidas, uno medio cerrado, separados por una gran nariz informe y
judaica a todas luces, y un entrecejo vigorosamente fruncido, escondidos tras
unas gafas redondas. Las orejas grandes y amurcielagadas. Los labios gruesos y
eslavos, descoloridos, se fruncían en desagrado asomando entre la barba espesa
pero corta, salvaje. El cuello emergía estrecho del cuellazo blanco de la
camisa, la cabeza parecía un tanto grande y pesada para ese cuello. Demasiado
cerebro. Alexander H. Vösloski, era un tipo nervioso; todo fibra.
Lo sacaron a
patadas al rellano de la escalera, a empujones, sin tocar nada de la
habitación, como si no les interesara, y los guardias se mantenían serios y
profesionales, sin caer en lo soez acompañando el maltrato físico con insultos.
Era casi una costumbre debida a un entreno demasiado largo. Tras las otras
puertas del rellano marmóreo, se apiñarían angustiados los vecinos. Nadie se
atrevió a sacar la cabeza. Sobre las cabezas del grupo, mientras esperaban el
ascensor, brillaba una bombilla sola, colgada del altísimo techo, que sacaba de
la oscuridad las paredes ahumadas y siniestras. La escalera, con balaustres, se
perdía hacia el piso de abajo en la negrura, y hacia el piso de arriba. Olía a
humo y a rancio. Quince años largos desde la última vez que limpiaron. La
espera se hizo larga, y el único que se impacientó fue el comisario. No habían
mediado los captores ni media palabra entre ellos ni con el prisionero desde el
principio. Había sido una captura maquinal. El comisario y uno de los guardias,
el rudo, fumaban buenos cigarrillos. El humo azul se elevaba hacia la bombilla.
Al fin llegó el ascensor y el grupo se sumergió en él.
La cajetilla suspendida y chirriante atravesó tres pisos de negrura y en el entresuelo bajaron. Acarrearon a golpes al prisionero los dos tramos de escalera que faltaban y la escalera a la inglesa de la puerta de la calle. Pasaron ante la portería: era una caseta encajonada en el amplio hueco de la escalera del antiguo palacio. Una tela metálica, marrón, como de saco, reforzaba los cristales y las cortinillas de dentro. Detrás, se veía una bombilla guarnecida por papel de periódico y se oía, irreal, el canto de una vieja. Atravesaron la planta baja, y, ante un rectángulo de negrura, cayó de bruces Vösloski, sobre las losetas rojas y blancas, muy pequeñas, del suelo. Vió el túnel de la entrada, más allá de la oscuridad oradada por fugaces cuadraditos amarillos. Un auto; el auto, brillante delante de la puerta, con algún ser vivo en el interior. Eso vió. Recorrieron los escasos metros y el auto se puso en marcha iniciando la carrera a través de la ciudad.
La puerta del apartamento había quedado abierta, las luces del apartamento abiertas. Quietas las paredes recubiertas de cuadros de Vösloski, y de otros. Dibujos, diseños de ropa de Vösloski, libros, una mecedora, biombos, neones, maniquíes sobre escabeles vistiendo los diseños de Vösloski: monos para señora y caballero, para niño, rojos, azules, color butano; una foto de Valeria sobre una consola. Las altas ventanas con cristales limpísimos. Fotos de Vösloski, manuscritos, publicaciones de sus seis libros. Varios cientos de ejemplares en papel azul y octavo menor de su última obra: su estremecedora Confesión, que se convertiría en su obra póstuma, en su testamento-: Partidario de las Máquinas, Folletos de propaganda anarquista, libros en rústica y en tela. Una estatua de bronce representando engranajes. Un pesado revólver del 38, sin munición en un cajón atestado de papeles. En el marco de la puerta un papel oficial, cruzado por una línea verde, en negros caracteres rusos, sujeto con una chincheta.
Ese remanso de azulina luminosidad neónica, fuera la oscuridad, la cúpula, los invisibles camaradas que huyen a lugar seguro, los vecinos despavoridos tras las puertas pesadas, algunas con llamador representando leones barrocos. El hueco del ascensor: un largo prisma de cruzadillo metálico, hueco, ahondándose como un pozo hasta las regiones infernales del sótano del edificio.
El chirrido del auto al arrancar permitió suponer que las ruedas habían perdido la mitad de su goma. El vehículo se alejaba rápidamente, y, frente a la puerta de la casa de vecinos, se mostraba una avenida ancha, adoquinada, que tenía su comienzo en una plazoleta. A los dos lados, edificios grises iluminados por el alumbrado público, que estaba a punto de apagarse, más allá, la oscuridad; un corte brutal entre el área iluminada y el área sujeta a restricciones o perjudicada por averías. Los techos de las negras moles apenas delimitados del negro cielo que, muy a lo lejos, se enrojecía. Grises hileras de adoquines marciales, farolitos, árboles y huecos donde se alzaron árboles. De la rústica portería y de aquel rectángulo negro que era la puerta de unos bajos, asomaron sendas cabezas, mirando, intentando saber si todo había concluído. Otra cabeza, antes una figura robusta y enjuta al interponerse entre la luz y las cortinas de pantalla asomó en la portería: era un joven de 30 años y con aspecto de obrero, se había chupado los Lagos Masurianos, donde quedó uno de sus pies. Así se ahorró ir contra Kornilov y Denikin, aunque lo más probable es que hubiera estado con ellos, y no contra ellos. No tragaba al anarquista Vösloski. Al judío Vösloski, todavía menos. Tomó por los hombros a la anciana portera, la que cantaba antes, y la obligó a meterse.-“Vamos, madre” La figura de la otra puerta era una mujer madura, guapa y exuberante, mal cuidada y, evidentemente, en combinación, estaría durmiendo. Un subrepticio cliente reclamó sus servicios desde un interior verdaderamente sepultado, oscuro. Se mesó la negra melena, rizada, y pasándose la lengua por los labios, para darles color, entró la furcia en su covacha.
Alguna que otra puerta oyó abrírse en algún que otro piso. Alguna sombra que otra se asomaría al hueco de la escalera o al del ascensor, para luego, sigilosamente, volverse a su casa. Rastros en el polvo, sombras en los rellanos. Alguien más decidido que otros, tras haber leído el papel que clausuraba por la policía aquel piso hasta nueva orden, deslizó su brazo en el interior de la vivienda de Vösloski y, dando la vuelta al prendedor, apagó la luz. Sus pasos se oyeron en el silencio y luego se oyó la puerta, ese fue el último ruído de la noche.
La cajetilla suspendida y chirriante atravesó tres pisos de negrura y en el entresuelo bajaron. Acarrearon a golpes al prisionero los dos tramos de escalera que faltaban y la escalera a la inglesa de la puerta de la calle. Pasaron ante la portería: era una caseta encajonada en el amplio hueco de la escalera del antiguo palacio. Una tela metálica, marrón, como de saco, reforzaba los cristales y las cortinillas de dentro. Detrás, se veía una bombilla guarnecida por papel de periódico y se oía, irreal, el canto de una vieja. Atravesaron la planta baja, y, ante un rectángulo de negrura, cayó de bruces Vösloski, sobre las losetas rojas y blancas, muy pequeñas, del suelo. Vió el túnel de la entrada, más allá de la oscuridad oradada por fugaces cuadraditos amarillos. Un auto; el auto, brillante delante de la puerta, con algún ser vivo en el interior. Eso vió. Recorrieron los escasos metros y el auto se puso en marcha iniciando la carrera a través de la ciudad.
La puerta del apartamento había quedado abierta, las luces del apartamento abiertas. Quietas las paredes recubiertas de cuadros de Vösloski, y de otros. Dibujos, diseños de ropa de Vösloski, libros, una mecedora, biombos, neones, maniquíes sobre escabeles vistiendo los diseños de Vösloski: monos para señora y caballero, para niño, rojos, azules, color butano; una foto de Valeria sobre una consola. Las altas ventanas con cristales limpísimos. Fotos de Vösloski, manuscritos, publicaciones de sus seis libros. Varios cientos de ejemplares en papel azul y octavo menor de su última obra: su estremecedora Confesión, que se convertiría en su obra póstuma, en su testamento-: Partidario de las Máquinas, Folletos de propaganda anarquista, libros en rústica y en tela. Una estatua de bronce representando engranajes. Un pesado revólver del 38, sin munición en un cajón atestado de papeles. En el marco de la puerta un papel oficial, cruzado por una línea verde, en negros caracteres rusos, sujeto con una chincheta.
Ese remanso de azulina luminosidad neónica, fuera la oscuridad, la cúpula, los invisibles camaradas que huyen a lugar seguro, los vecinos despavoridos tras las puertas pesadas, algunas con llamador representando leones barrocos. El hueco del ascensor: un largo prisma de cruzadillo metálico, hueco, ahondándose como un pozo hasta las regiones infernales del sótano del edificio.
El chirrido del auto al arrancar permitió suponer que las ruedas habían perdido la mitad de su goma. El vehículo se alejaba rápidamente, y, frente a la puerta de la casa de vecinos, se mostraba una avenida ancha, adoquinada, que tenía su comienzo en una plazoleta. A los dos lados, edificios grises iluminados por el alumbrado público, que estaba a punto de apagarse, más allá, la oscuridad; un corte brutal entre el área iluminada y el área sujeta a restricciones o perjudicada por averías. Los techos de las negras moles apenas delimitados del negro cielo que, muy a lo lejos, se enrojecía. Grises hileras de adoquines marciales, farolitos, árboles y huecos donde se alzaron árboles. De la rústica portería y de aquel rectángulo negro que era la puerta de unos bajos, asomaron sendas cabezas, mirando, intentando saber si todo había concluído. Otra cabeza, antes una figura robusta y enjuta al interponerse entre la luz y las cortinas de pantalla asomó en la portería: era un joven de 30 años y con aspecto de obrero, se había chupado los Lagos Masurianos, donde quedó uno de sus pies. Así se ahorró ir contra Kornilov y Denikin, aunque lo más probable es que hubiera estado con ellos, y no contra ellos. No tragaba al anarquista Vösloski. Al judío Vösloski, todavía menos. Tomó por los hombros a la anciana portera, la que cantaba antes, y la obligó a meterse.-“Vamos, madre” La figura de la otra puerta era una mujer madura, guapa y exuberante, mal cuidada y, evidentemente, en combinación, estaría durmiendo. Un subrepticio cliente reclamó sus servicios desde un interior verdaderamente sepultado, oscuro. Se mesó la negra melena, rizada, y pasándose la lengua por los labios, para darles color, entró la furcia en su covacha.
Alguna que otra puerta oyó abrírse en algún que otro piso. Alguna sombra que otra se asomaría al hueco de la escalera o al del ascensor, para luego, sigilosamente, volverse a su casa. Rastros en el polvo, sombras en los rellanos. Alguien más decidido que otros, tras haber leído el papel que clausuraba por la policía aquel piso hasta nueva orden, deslizó su brazo en el interior de la vivienda de Vösloski y, dando la vuelta al prendedor, apagó la luz. Sus pasos se oyeron en el silencio y luego se oyó la puerta, ese fue el último ruído de la noche.
Databa de pocos
meses su separación de Vösloski. Sin comprender que los tiempos ya no estaban
para excentricidades que en 1918 se habrían acogido bien, había intensificado
sus actos públicos, cada vez menos públicos en fábricas, intentando captar
adeptos para su partido (o fracción, que nunca quedó claro) de tendencias
anarquistas y opuesto a los bolcheviques.
Tuvo aquella noche deseos de volver a ver a Vösloski. Era muy tarde, pero en realidad, aunque regía una suerte de toque de queda, nunca había hecho caso y siempre se había movido con facilidad a cualquier hora. Las noches del barrio eran sin embargo un tanto agitadas, después de aquella afluencia de camaradas que venían del frente del Sur, donde habían aplastado los últimos conatos de resistencia enemiga, en las montañas del Cáucaso ahora ya soviéticas. Quisieran o no aceptarlo, las ciudadanas se vendían por comida, por una parte del botín de guerra, escaso, que traían sobre sus espaldas los soldados famélicos, espectros caqui supervivientes de esta guerra y de todas las anteriores desde 1914.
Tuvo aquella noche deseos de volver a ver a Vösloski. Era muy tarde, pero en realidad, aunque regía una suerte de toque de queda, nunca había hecho caso y siempre se había movido con facilidad a cualquier hora. Las noches del barrio eran sin embargo un tanto agitadas, después de aquella afluencia de camaradas que venían del frente del Sur, donde habían aplastado los últimos conatos de resistencia enemiga, en las montañas del Cáucaso ahora ya soviéticas. Quisieran o no aceptarlo, las ciudadanas se vendían por comida, por una parte del botín de guerra, escaso, que traían sobre sus espaldas los soldados famélicos, espectros caqui supervivientes de esta guerra y de todas las anteriores desde 1914.
El baño
comunitario era incómodo, frío, pero prefería Valerie cambiarse allí que en su
habitación,”su” era un decir, pues la compartía con otras dos mujeres, una de
ellas de tendencias más bien sospechosas y porte patibulario. Una cama y nada
más. Y aún gracias. Aunque era ilegal, no preguntaban por el origen del dinero
los que alquilaban pedazos de las viviendas que el soviet local les había
asignado. No hacía frío, pero posiblemente se viera obligada a correr, por lo
que, sobre la ropa interior, se endosó uno de los monos de Vösloski; la prenda
del futuro.
Se peinó cuidadosamente, se acicaló a conciencia y, lista, salió del baño tras darse una rápida y última ojeada. La señora Varskaya se probaba un vestido que la modista del ático le estaba confeccionando. Sarmentosa ésta: mantenía fruncidos los labios pálidos sosteniendo infinidad de agujas. La Verskaya en cuestión: adoptaba ademanes francamente ridículos, a juicio de Valerie, siendo tan fea y gorda como era. A la modista, nunca supo Valerie su nombre: le faltaba un dedo entero. El espejo que devolvía a la gruesa señora su aspecto grande para mirarse de cuerpo entero, una verdadera joya que muchos le habían querido comprar, duplicó también a Valerie cuando pasó por aquel forzoso recibidor donde llegaban a apiñarse, a veces, hasta dieciséis personas. Su espejo, su vestido. El invierno de 1927 forzó a la señora Verskaya a desprenderse de él. Resonaban los retretes y los grifos, se advertía el crepitar globgloboso de las tuberías-que se destacaban negras de humedad tras las paredes delgadas como papel de fumar.
Bajó las escaleras, salió a la calle. Negra, fresca, la noche era mucho más amena que el hogar en el que se veía precisada a vivir. No tenía tampoco menos peligro la compañera patibularia que cualquier soldado que se encontrase. Bordeó una plaza pequeña. Un camión andaba por el lado opuesto, al borde mismo de un área de negrura; no lejos, se oían claramente los cascos de los caballos. Policía o ejército no andaban lejos. Patrullas, quizá, o acaso soldados recién llegados que andaban buscando su cuartel o su dormitorio asignado, titineando los sables. Cruzó una gran avenida, con isletas en medio. Distanciados, los altos edificios grises se achaparraban. Silencio, frescor; una brisa corría por toda la avenida desierta. Al poco de cruzar Valerie aquel río seco, ésa zona apagó las luces. Se hizo la negrura más absoluta. Andó un cuarto de hora y llegó hasta el portal que conocía, el de la casa de Vösloski. Atravesó el estrecho pasillo de entrada. Arriba, en el techo, sobre el hueco de la escalera, una claraboya dejaba pasar los rayos frígidos de la Luna, percibidle ahora que restaba como única fuente de luz. Vió unas antiguas casillas de madera para el correo, o para las llaves de las habitaciones. Acaso, pensó, el palacio ya había sido transformado en hotel antes de la Revolución, o durante la Gran Guerra, para alojar a oficiales de posibles. Cortinajes caídos en el suelo, el apartamento de los bajos con su negrura característica, sin puerta, la escalera que llevaba al sótano lóbrego, la portería al final de un pasillo, oscura, acogiendo con sus cristales la lechosidad de la Luna filtrada.
Se peinó cuidadosamente, se acicaló a conciencia y, lista, salió del baño tras darse una rápida y última ojeada. La señora Varskaya se probaba un vestido que la modista del ático le estaba confeccionando. Sarmentosa ésta: mantenía fruncidos los labios pálidos sosteniendo infinidad de agujas. La Verskaya en cuestión: adoptaba ademanes francamente ridículos, a juicio de Valerie, siendo tan fea y gorda como era. A la modista, nunca supo Valerie su nombre: le faltaba un dedo entero. El espejo que devolvía a la gruesa señora su aspecto grande para mirarse de cuerpo entero, una verdadera joya que muchos le habían querido comprar, duplicó también a Valerie cuando pasó por aquel forzoso recibidor donde llegaban a apiñarse, a veces, hasta dieciséis personas. Su espejo, su vestido. El invierno de 1927 forzó a la señora Verskaya a desprenderse de él. Resonaban los retretes y los grifos, se advertía el crepitar globgloboso de las tuberías-que se destacaban negras de humedad tras las paredes delgadas como papel de fumar.
Bajó las escaleras, salió a la calle. Negra, fresca, la noche era mucho más amena que el hogar en el que se veía precisada a vivir. No tenía tampoco menos peligro la compañera patibularia que cualquier soldado que se encontrase. Bordeó una plaza pequeña. Un camión andaba por el lado opuesto, al borde mismo de un área de negrura; no lejos, se oían claramente los cascos de los caballos. Policía o ejército no andaban lejos. Patrullas, quizá, o acaso soldados recién llegados que andaban buscando su cuartel o su dormitorio asignado, titineando los sables. Cruzó una gran avenida, con isletas en medio. Distanciados, los altos edificios grises se achaparraban. Silencio, frescor; una brisa corría por toda la avenida desierta. Al poco de cruzar Valerie aquel río seco, ésa zona apagó las luces. Se hizo la negrura más absoluta. Andó un cuarto de hora y llegó hasta el portal que conocía, el de la casa de Vösloski. Atravesó el estrecho pasillo de entrada. Arriba, en el techo, sobre el hueco de la escalera, una claraboya dejaba pasar los rayos frígidos de la Luna, percibidle ahora que restaba como única fuente de luz. Vió unas antiguas casillas de madera para el correo, o para las llaves de las habitaciones. Acaso, pensó, el palacio ya había sido transformado en hotel antes de la Revolución, o durante la Gran Guerra, para alojar a oficiales de posibles. Cortinajes caídos en el suelo, el apartamento de los bajos con su negrura característica, sin puerta, la escalera que llevaba al sótano lóbrego, la portería al final de un pasillo, oscura, acogiendo con sus cristales la lechosidad de la Luna filtrada.
Había cajas de
cartón amontonadas por los suelos. Si no había luz, no funcionaría el ascensor,
por lo que inició el ascenso por la escalera. Cuando había llegado al segundo
piso, sentía ya bastante cansancio. Paró. Recordó que en los ángulos de ésos
rellanos que había entre los pisos propiamente dichos (los dos pisos valían
como cuatro), hubo antes unas sillas para sentarse, adosadas a la forma del
ángulo. Ya no, evidentemente. Resbalando sus zapatos en el polvo y la grasa del
suelo, llegó al fin al tercer piso (un sexto). La puerta de Vösloski era la
tercera. Tenía las llaves. Tanteó, sintiendo, alarmada, la ausencia de puerta.
Entró. La luz de la Luna bañaba el amplio estudio. Dos familias podían vivir
aquí, pensó Valerie.
Las altas ventanas, las pilas de trastos, los maniquíes fantasmales. Buscó y prendió una luz autónoma; una lámpara que Vösloski había podido conservar. Inspeccionó la puerta, viendo al punto la tarjeta cruzada de verde clavada en el marco de la puerta: era la tarjeta de visita de la Cheka. Habían detenido a Vösloski. Aún sabiéndolo, atravesó el estudio hasta la habitación. Quizá…nada, la cama fría y vacía. Fuera, detrás de los cristales, se veía a la luz de la Luna, el pasillo en el tejado, y, al fondo, la cúpula de la iglesia. Valerie pensó que debía haberlo sabido desde hacía mucho tiempo, pensó, al fin, que lo sabía desde que dejó de vivir con Vösloski. Tres o cuatro años antes aún podrían haber triunfado…No: no podían triunfar; los bolcheviques habían agarrado fuerte el poder y no lo soltarían nunca más. Pero: ¿Por qué ésa noche precisa? ¿Porqué razón no había podido verlo una vez más, aunque fuera la última? Recordó la última conversación con Vösloski, recordó la última conversación con Alexander M. Viga, el inseparable revoltoso que alentaba siempre a Vösloski, y Valerie comenzó a llorar con estruendo, en la oscuridad, sentada en el butacón rojo donde, una vez, también a la luz de ésa Luna filtrada por los mismos ventanales, había hecho el amor con Alexander H. Vösloski.
Las altas ventanas, las pilas de trastos, los maniquíes fantasmales. Buscó y prendió una luz autónoma; una lámpara que Vösloski había podido conservar. Inspeccionó la puerta, viendo al punto la tarjeta cruzada de verde clavada en el marco de la puerta: era la tarjeta de visita de la Cheka. Habían detenido a Vösloski. Aún sabiéndolo, atravesó el estudio hasta la habitación. Quizá…nada, la cama fría y vacía. Fuera, detrás de los cristales, se veía a la luz de la Luna, el pasillo en el tejado, y, al fondo, la cúpula de la iglesia. Valerie pensó que debía haberlo sabido desde hacía mucho tiempo, pensó, al fin, que lo sabía desde que dejó de vivir con Vösloski. Tres o cuatro años antes aún podrían haber triunfado…No: no podían triunfar; los bolcheviques habían agarrado fuerte el poder y no lo soltarían nunca más. Pero: ¿Por qué ésa noche precisa? ¿Porqué razón no había podido verlo una vez más, aunque fuera la última? Recordó la última conversación con Vösloski, recordó la última conversación con Alexander M. Viga, el inseparable revoltoso que alentaba siempre a Vösloski, y Valerie comenzó a llorar con estruendo, en la oscuridad, sentada en el butacón rojo donde, una vez, también a la luz de ésa Luna filtrada por los mismos ventanales, había hecho el amor con Alexander H. Vösloski.
Las manos de
Vösloski la recorrían toda bajo las sábanas pesadas, su barba se clavaba en su
cuello en su torso, en sus axilas y en su abdomen que, minuciosa y
apasionadamente recorría Vösloski besándo, babeándo y ensalivando gozosamente
mientras las sábanas y las mantas, pardos monstruos pesados, acentuaban la
inmovilidad a que estaba sometido su cuerpo bajo el peso del nervio puro que era
el poeta. Sintió los labios ásperos de él en su barbilla que, suavemente, se
hendía. Su nuca hundida en la almohada, el olor rancio de toda la casa, de toda
la ciudad, de toda aquella década, se deshacía, vencida por el sudor acre de
Vösloski y por el sudor acre de ella. Rodeó con sus manos la cerdosa cabellera
de Vösloski. No era consciente de que repetía su nombre por entre los labios
oscuros, el vello erizado. Las costillas de él se clavaban en las suyas, una
mano de uñas demasiado largas y duras le hizo sangre en la espalda. El cuello
de Vösloski ondeaba, glorioso, surcado de venas, y sus ojos se fijaban en los
ojos cerrados de ella. Valerie alzaba los brazos, sentía las piernas enredadas
en las mantas, al final de la cama, lejano.Vösloski la apretó fuerte contra sí
y eyaculó. Valerie no alcanzó ningún orgasmo. Más pesado en el reciente reposo:
el cuerpo de Vösloski se dejó caer sobre ella: eran los ojos de Vösloski los
que se habían cerrado, mientras jugueteaban sus manos con el pelo de ella. Ella
tenía abiertos los ojos, y miraba, sin fijeza, el techo, como perdiéndose en la
oscuridad de la habitación. Sobre la mesita brillaban los lentes de Vösloski.
La puerta de la habitación, abierta, dejaba ver el amplio estudio de una sola
habitación y muchas ventanas, en penumbra, iluminado por la escasa luz de la
Luna; los cuadrados de las ventanas dibujándose en los objetos.
El olor a rancio volvía, aunque Valerie sudaba más que antes y las sábanas estaban empapadas. La almohada era incómoda. Alexander continuaba jugando con su cabello y, una vez más, sus manos la recorrían, deteniéndose en el sexo mojado y abierto, para maravilla eterna del poeta. Vösloski musitaba cosas por lo bajo, acaso los primeros poemas de amor que le dedicara a Valerie en 1915: el amor sustituído en la obra de Vösloski por interminables, frenéticas; angustiosas descripciones de máquinas que hunden sus fauces en las entrañas de la tierra, que dominan continentes y cielos y espacios y lejanos cuerpos celestes. La Luna y el Sol. Vösloski se bajo, colocandose al lado de Valerie. La agarró fuerte, le estrujó con furia los pechos, como si quisiera reventárselos. Ese inesperado dolor complació a Valerie. El sexo de Vösloski se acurrucó sobre sí mismo y el poeta se durmió, resistiéndose en su cansancio, a la lengua de Valerie, insatisfecha y sometida a la pura fuerza bruta del otro.
A un lado de la cama, una cortina hacía de tabique separador, entre la habitación y el cuarto de baño: se podía entrar en el cuarto de baño, enlosado y blanco, maloliente, con un gran espejo grisáceo que devolvía imágenes grisáceas y desvaídas, por una puerta hecha expresamente desde el estudio. Valerie abandonaba el calor de su habitación, no se sabe si con deseos de orinar o, sencillamente, para contemplarse a hurtadillas, sentarse en el retrete y masturbarse hasta desfallecer, pero Vösloski, dormido, la atrajo para sí y se encaramó encima de ella. Toda la noche estuvo así y al día siguiente Valerie se levantó con todos los huesos molidos.
Valerie se quedó aquella noche durmiendo en el estudio de Vösloski. Esa misma semana sería detenida, junto con la mayoría de los amigos de Vösloski y la totalidad de sus correligionarios. Ya de día, plano largo y lento, viscontiano, aunque el ambiente no se diga, sobre las pilas de libros azules donde, en cirílico, se lee (o mejor: no se lee) ”Partidario de las Máquinas”, por Alexander H. Vösloski. La cámara retrocede hasta abarcar un mueble y, entonces, avanza de nuevo, ésta vez hacia ése mueble, donde, cada vez más cerca, podemos ver el retrato de Valerie, hasta que llena, la pantalla con su belleza. El retrato es en blanco y negro, claro está, no una de ésas fotos retocadas con colorines.
El olor a rancio volvía, aunque Valerie sudaba más que antes y las sábanas estaban empapadas. La almohada era incómoda. Alexander continuaba jugando con su cabello y, una vez más, sus manos la recorrían, deteniéndose en el sexo mojado y abierto, para maravilla eterna del poeta. Vösloski musitaba cosas por lo bajo, acaso los primeros poemas de amor que le dedicara a Valerie en 1915: el amor sustituído en la obra de Vösloski por interminables, frenéticas; angustiosas descripciones de máquinas que hunden sus fauces en las entrañas de la tierra, que dominan continentes y cielos y espacios y lejanos cuerpos celestes. La Luna y el Sol. Vösloski se bajo, colocandose al lado de Valerie. La agarró fuerte, le estrujó con furia los pechos, como si quisiera reventárselos. Ese inesperado dolor complació a Valerie. El sexo de Vösloski se acurrucó sobre sí mismo y el poeta se durmió, resistiéndose en su cansancio, a la lengua de Valerie, insatisfecha y sometida a la pura fuerza bruta del otro.
A un lado de la cama, una cortina hacía de tabique separador, entre la habitación y el cuarto de baño: se podía entrar en el cuarto de baño, enlosado y blanco, maloliente, con un gran espejo grisáceo que devolvía imágenes grisáceas y desvaídas, por una puerta hecha expresamente desde el estudio. Valerie abandonaba el calor de su habitación, no se sabe si con deseos de orinar o, sencillamente, para contemplarse a hurtadillas, sentarse en el retrete y masturbarse hasta desfallecer, pero Vösloski, dormido, la atrajo para sí y se encaramó encima de ella. Toda la noche estuvo así y al día siguiente Valerie se levantó con todos los huesos molidos.
Valerie se quedó aquella noche durmiendo en el estudio de Vösloski. Esa misma semana sería detenida, junto con la mayoría de los amigos de Vösloski y la totalidad de sus correligionarios. Ya de día, plano largo y lento, viscontiano, aunque el ambiente no se diga, sobre las pilas de libros azules donde, en cirílico, se lee (o mejor: no se lee) ”Partidario de las Máquinas”, por Alexander H. Vösloski. La cámara retrocede hasta abarcar un mueble y, entonces, avanza de nuevo, ésta vez hacia ése mueble, donde, cada vez más cerca, podemos ver el retrato de Valerie, hasta que llena, la pantalla con su belleza. El retrato es en blanco y negro, claro está, no una de ésas fotos retocadas con colorines.
Iván Tomskya,
hacia finales de los 50, sentado en una silla. No difiere mucho del retrato que
de él hizo Igor Wakevitch en 1935. En mangas de camisa, camisa blanca, corbata
negra, ancha y corta. El pelo negro y revuelto, acaso demasiado largo para un
tipo de esos años; las cejas muy espesas, mejillas hundidas y pómulos salidos,
barba muy cerrada, sin afeitar de varios días, impresionantes y negras aletas
nasales, como dos toques preciosos y vigorosos de tinta china. Ojos
semicerrados, un gesto característico de la boca y de la mano que sostiene el
cigarrillo. Todo el rato está fumando. Lleva pantalones de pinza grises, de
tejido peludo inglés, zapatos claramente burgueses. Está sentado en una silla
de ésas de bar, giratoria, ante la pared blanca, eso es todo lo que abarca la
cámara. A todas luces, está al lado de una ventana o de un balcón. Es de día, claro,
por lo tanto; luz natural.
Valerie; siempre
Valerie: sus pechos eran los más deliciosos que he visto en mi vida: pequeños,
redondos, con pezones del color exacto de sus labios, o, perdón: acaso más
oscuros. Deliciosa. Estoy dispuesto a hacerle justicia, es lo único que puedo
hacer por ella en estos momentos. ¿Que si yo llegué a acostarme con ella? Sí;
antes de que muriera Vösloski y después. Antes, incluso, de que ella y él se
separara para siempre. Aunque nadie excepto ellos podían saberlo entonces. Era
deliciosa. ¿Han visto las fotos que Vösloski tomó de ella? Las hay a
centenares, todas magníficas, no en vano ella era una maravilla y él un
magnífico fotógrafo. La fotografió como modelo para mostrar sus diseños de
vestuario futurista, y también la fotografió cotidianamente, y, muchas veces,
la fotografió desnuda. Era magnífica; supongo que, salvo el material que
salvarían los otros, todo eso fue a parar a manos de la Cheka…Acaso la mayor
parte esté ahora destruida. Una pena, pero se conserva lo suficiente. Para
Vösloski fue una musa puedo decir que hasta la muerte de él, y también lo fue
para muchos de nosotros. En mi último libro, que lleva por título: Narraciones,
tengo dos relatos dedicados a ella, inspirados por ella: el primero…es muy
antiguo y data de aquel verano de 1915…y el segundo está dedicado ya a una
Valerie definitiva, rotunda, la que fue ya sin cambiar hasta el fin. Para todos
fue una musa. Wakevitch la pintó dos veces, en 1922 y en 1924…el mismo Vösloski
le dedicó sus dos primeros libros de poesías, uno escrito en el verano de 1915
y el otro en los primeros tiempos revolucionarios, de 1918. El resto de su obra
literaria es difícil, en ella es difícil de rastrear la presencia de ella, de
Valerie, o simplemente no aparece. Pero, por otra parte, tampoco aparece otra
persona que el mismo Alexander, y eso, dando gracias, cuando aparece alguien.
Alexander, en los últimos momentos, vivió, literariamente, muy disociado de la
realidad, como todos los otros, porque si no, cómo se explica que… en fin, yo
no participé, ya lo saben…Ahora están casi todos muertos. Qué locura…Pero me
desvío del tema: Alexander se autoalucinó con ésas monsergas del futurismo y
Valerie le sirvió sobre todo como modelo fotográfica y como físico inspirador
de todos sus diseños textiles. Son curiosos ésos trajes de Vösloski. Valerie,
con ellos, parecía un delicioso muchacho, un ser ideal del futuro, por encima
incluso de una división del trabajo y demás labores por sexos…un indivíduo
andrógino. Esto entusiasmaba a Vösloski; entraba en el número de sus caprichos.
Para encontrar lo mismo, yo prefiero ir directamente a Bizancio, de donde
procede todo ése linaje de sueños a través del Cisma del Raskol, mal que le
pese a Vösloski, y a otros que querían amueblar el Cielo, uno aboliendo los
sexos y el otro el lenguaje articulado para sustituírlo por la telepatía…hasta
que el Padrecito Stalin puso las cosas en su sitio: realismo socialista y
lengua nacional rusa. Pero ella estaba bellísima; era un ángel ,y hasta el fin
vistió los vestidos de Vösloski. Valerie pintaba, sí: sus cuadros, salvo uno
muy pequeño que logré que Vorsky me cediera hace cosa de cuatro años; un poco
antes de que…en fin…todos los demás habrán desaparecido. Pintaba pero pintó
poco. Y escribía. De todo: ensayos, poesía.Y los infectos panfletos de su
grupúsculo: las burradas más gordas que he oído…Empezó una novela que, según me
han dicho, era rabiosamente pornográfica, obscena, malsonante… Pienso que
podría emular ese estilo zafio agotando el cupo de palabrotas de la lengua
rusa.
Tomskya da una chupada al cigarro. Hace unos amagos de vueltas en la silla giratoria, da otra honda calada al cigarro y lo arroja, cruza sus enormes manos con gesto pusilánime, echa el cuello hacia atrás y cierra los ojos…
Tomskya da una chupada al cigarro. Hace unos amagos de vueltas en la silla giratoria, da otra honda calada al cigarro y lo arroja, cruza sus enormes manos con gesto pusilánime, echa el cuello hacia atrás y cierra los ojos…
A Valerie la
detuvieron la misma semana que detuvieron a Vösloski, la soltaron pronto y aún
vivió una temporada feliz; bueno: feliz, no sé…el caso es que aún alumbró
nuestras vidas una temporada más. El verano del año siguiente, 1926, vinieron a
buscarla a casa.Sí, nos habíamos instalado juntos en mi modesto departamento,
en el ático de un caserón habitado por…¡Bah!, por un montón de familias.
Estábamos hacinados, pero allí viví una temporada maravillosa gozando de su
compañía. Vinieron a buscarla a casa, todo fue correcto. Enseñaron el mandato y
Valerie tuvo tiempo de recoger algo de ropa, de arreglarse bien antes de
partir. Fué triste, pero los dos sospechábamos lo peor. Por mí, no había que
temer, yo trabajaba en el Instituto del Cuerpo Humano. Era miembro del
Partido,como lo soy ahora mismo…pero ella…por entonces detuvieron también a
otros, cayó Vorsky el arquitecto, cayeron Viga y los hermanos Bort. Viga había
sido detenido ya cuando Vösloski. Al parecer, en 1926 aún se estaba
investigando la intentona de Vösloski de hacerse con el poder que quedó, al
cabo, en una gamberrada o en un sabotaje y de todos todos: los que de cerca o
de lejos le habían tratado, iban cayendo.Yo había procurado ponerme a salvo,
aunque mi actuación a favor del Partido me había librado de toda sospecha, por
el momento. No volví a ver a Valerie. Pasó detenida en Jefatura una semana,
luego, posiblemente, tras un juicioo sumarísimo, un tiro en la nuca ¡Qué
horror! Esa nuca de seda, ésa raíz de pelo tan…tan…en fin.
Tomskya enciende otro cigarrillo y su ademán característico, paradójicamente, se acentúa: Viga, los Bort, morirían seguramente por entonces…asesinados; sí: tal como suena, pues no eran responsables de nada. Gente, nada más, de mente independiente, librepensadores, de los amigos de Vösloski casi ninguno estaba mezclado en sus manejos con los anarquistas. Ninguno se ligaba como Vösloski a ése mítico Gran Negro que, según la propaganda, acechó al Estado Soviético durante años y quería asfixiar con su mano de hierro omnipotente a Rusia. Poetas, pintores, fotógrafos, un arquitecto, Vorsky, un par de mujeres fascinantes. Un cenáculo creativo…Pero Vösloski jugaba fuerte; él era un intrigante, o cómo se diría: un iluminado. Era el centro del grupo por su carisma y su potencia creadora, por su talento. Por su forma de vivir. En tiempo de restricciones, en lo más rudo de la posguerra civil, en los años del hambre, él parecía vivir en lo que verdaderamente hubiera debido ser Rusia tras la Revolución, diseñando moda, organizando actos de concienciación, representaciones teatrales, diseñando máquinas sin función visible, alentando a los otros a crear el futuro que todos deseábamos, liberando el aspecto de la gente, sus costumbres…en su estudio vivía como antes de la Revolución, como un jerarca de hoy, en aquel mismo apartamento, y aunque ocasionalmente le faltaba el dinero, aparecía de pronto una suma que nadie sabía de dónde procedía ¿El Gran Negro?.”
Tomskya enciende otro cigarrillo y su ademán característico, paradójicamente, se acentúa: Viga, los Bort, morirían seguramente por entonces…asesinados; sí: tal como suena, pues no eran responsables de nada. Gente, nada más, de mente independiente, librepensadores, de los amigos de Vösloski casi ninguno estaba mezclado en sus manejos con los anarquistas. Ninguno se ligaba como Vösloski a ése mítico Gran Negro que, según la propaganda, acechó al Estado Soviético durante años y quería asfixiar con su mano de hierro omnipotente a Rusia. Poetas, pintores, fotógrafos, un arquitecto, Vorsky, un par de mujeres fascinantes. Un cenáculo creativo…Pero Vösloski jugaba fuerte; él era un intrigante, o cómo se diría: un iluminado. Era el centro del grupo por su carisma y su potencia creadora, por su talento. Por su forma de vivir. En tiempo de restricciones, en lo más rudo de la posguerra civil, en los años del hambre, él parecía vivir en lo que verdaderamente hubiera debido ser Rusia tras la Revolución, diseñando moda, organizando actos de concienciación, representaciones teatrales, diseñando máquinas sin función visible, alentando a los otros a crear el futuro que todos deseábamos, liberando el aspecto de la gente, sus costumbres…en su estudio vivía como antes de la Revolución, como un jerarca de hoy, en aquel mismo apartamento, y aunque ocasionalmente le faltaba el dinero, aparecía de pronto una suma que nadie sabía de dónde procedía ¿El Gran Negro?.”
Vösloski
participó activamente en la Revolución. Su descontento con los bolcheviques,
pues entonces se llamaba así al Partido, data de después. Hacia 1923, él y
ésos, los del grupo Los Iconoclastas: parecían vivir en una especie de euforia.
Era lo más duro de la guerra civil, la de verdad, los Blancos ya se habían
acabado; el final, cuando las cosas cambiaron de signo: guerra civil dentro del
Partido y dura conquista armada y posesión efectiva del territorio soviético. Y
en cuanto a ellos…Vivían en una efervescencia; creían que el haber cantado la
Revolución y el futuro les daba derechos a todas las excentricidades; a aquellos
actos iconoclastas, burlones, aquel provocar al público; al Pueblo. Todo el
mundo vivía en un mundo gris, hecho de carencias alimentarias, de viejos
edificios grises en mal estado, de palacios ocupados por riadas de gente, por
multitud de familias; de miseria. Y Vösloski vivía en un mundo construído a
imagen y semejanza de los edificios que construía su amigo Vorsky: ropa
excéntrica.Con nada sacaban lo que fuese. Aún tenía un cargo en una de ésas
Juntas para la socialización del Arte y su encauzamiento hacia Fines Sociales.
Ya se puede imaginar qué entendía Vösloski como fines sociales Y el hecho de
que la Cheka era todo menos gilipollas. Luego de que Los Iconoclastas cayeran
todos encarcelados…silenciados, o sea, cuando su Corte rival de aquella de los
aparátchiks del Politburó, todos estrenando piano y acostumbrándose a comer en
vajilla de plata, fue barrida, Vösloski comenzó a frecuentar ambientes
subversivos, y en 1924 perdió su puesto. No sé de qué se mantuvo hasta el fin,
ya he dicho, posiblemente recibían dinero del exterior. (Aunque el Padrecito
Stalin no dejó de creer ni por un solo día en El Gran Negro, en el Interior,
gobernando Rusia a sus espaldas).”
No recuerdo bien
aquellas jornadas, yo me hallaba un tanto distanciado de ése grupo, entonces.
Claro que hablaba Vösloski de sus planes, con toda confianza ante sus amigos:
Vorsky, Valerie, Wakevitch, Könek, Verseka, Viga, el mismo Vanisky, los Bort:
Maurice y Abraham…Iztsván Kolovàr. Sí: ése se relacionó con el grupo en
aquellos momentos. Acaso su relación se circunscribió a las semanas del golpe.
Era extranjero, había venido a Moscú en 1919. Desde 1921 conocía a Vösloski.
Anarquista ferviente, y un tipo durito: había apoyado a Bela Kuhn, y de él
partió la idea de suprimir las divisas del Ejército, y escapó por un pelo a lo
de Kronstadt. Escribía a destajo. Al principio estaba por el rollo de la
república de consejos y todo eso. Compartió desde el comienzo los principios
del Maquinismo de Vösloski. Si las máquinas iban a hacer todo el trabajo, los
hombres quedarían liberados para el Arte, o algo así y lo proletario quedaría
superado hacia una nueva aristocracia de iguales seres espirituales. Vamos, que
quería hacer de la tierra un Coro Celestial. Vanisky, sabrá, fue el teórico del
grupo.Y fíjese que Vanisky era militar de carrera y comenzó de
ultranacionalista. ¿Una conspiración de jóvenes talentosos y oficiales
radicales? Todo muy ruso. Creo que después de la intentona: Kolosvàr salió de
la Unión Soviética. Creo que marchó a Francia. Alguien, aunque me resisto a
creerlo, se iría de la lengua, aunque bien pudo ser un vecino mismo. De todas
formas, los pormenores no los discutía Alexander con sus amigos, sino con sus
oscuros correligionarios.Y no precisamente en su casa. Es curioso que todavía
hallara tiempo de escribir. Su libro “Esquirlas de platino, gotas de diamante”
data de entonces.
Un día los ví a
los dos, a Vösloski y a Kolosvàr, embozados en sendos abrigos
pardosemidescubiertos, el cabello en desorden, recorriendo una avenida de
fábricas. A la derecha, el paredón interminable que limitaba los solares de
alguna industria, a la izquierda, un bosque negrísimo como oscuro y depresivo,
crudo, era el día. Entre la aglomeración de adoquines alineados: Kolosvàr, de
pelo negro y rizado, tendente a la melena, era más alto que Vösloski. Los dos
gastaban ésas barbas ralas del dejado, del que no se afeita. Con aspecto de
famélicos. Pero he de decir que iban así por su gusto; desconocían la búsqueda
de jabón de afeitar en el mercado negro y los esfuerzos heroicos por ir limpio
de la mayoría de nosotros.
Por lo que sé: asaltaron veinte o treinta saboteadores, una central eléctrica, según se dijo: para atacar los fundamentos que sostienen el Estado, con el fin de provocar, volándola, tal desastre, que inmovilizara a miles de hombres, Ejército incluído, en sofocar el fuego que preveían. Y aprovechar el momento para que varias fábricas se declararan en huelga, y todos los adeptos de ése grupo se lanzaran a la calle y tomaran la sede del Gobierno. Algo, como se ve, propio de la primera mitad de la década de los 20. Si bien el gusto por el gran desastre era de Vösloski enteramente. Pero ya no era factible, y por desgracia: el Padrecito Stalin guardaría un recuerdo imborrable de este complot, que le demostraba la existencia del Gran Negro, contra quien se dirigieron todas sus represiones: era o él o el Gran Negro; entre los Blancos y el Gran Negro; lo Rojo era el Centro, él era la democracia.
Por lo que sé: asaltaron veinte o treinta saboteadores, una central eléctrica, según se dijo: para atacar los fundamentos que sostienen el Estado, con el fin de provocar, volándola, tal desastre, que inmovilizara a miles de hombres, Ejército incluído, en sofocar el fuego que preveían. Y aprovechar el momento para que varias fábricas se declararan en huelga, y todos los adeptos de ése grupo se lanzaran a la calle y tomaran la sede del Gobierno. Algo, como se ve, propio de la primera mitad de la década de los 20. Si bien el gusto por el gran desastre era de Vösloski enteramente. Pero ya no era factible, y por desgracia: el Padrecito Stalin guardaría un recuerdo imborrable de este complot, que le demostraba la existencia del Gran Negro, contra quien se dirigieron todas sus represiones: era o él o el Gran Negro; entre los Blancos y el Gran Negro; lo Rojo era el Centro, él era la democracia.
“Roja es mi
bandera como las mejillas de las muchachas que son la Vida”
Bajo el cielo
gris de acero, las manchas negras (imagino) de ésos enmascarados saltarían la
valla de la fábrica para hallarse en un solar desierto. Una ametralladora los
barrería contra el paredón. Se cruzarían dos o tres disparos y los “nsurrectos
huyeron dejando dos muertos que no darían ninguna seña ni información a los
bolcheviques. Todo salió mal desde un principio: un pequeño contratiempo y se
vinieron abajo. Aún tardaron un mes en descubrir a los implicados y detenerlos.
Y aún más en reconstruírse el plan original. Al parecer, cayó primero uno de
los militantes anarquistas, que cantó de plano. Pero no estaba en el ajo.
Kolosvàr ya estaba fuera de nuestras fronteras, y poco tardó en caer la red
completa.
Valerie, estoy
seguro: lloró a Vösloski. Pero como si intuyera que no le quedaba mucho, quiso
aprovechar el tiempo, y, pragmática: se dejó querer por mí.
Un paraje alucinatorio: el gris oprimiendo el mundo a sus plantas. Saltar con esfuerzo el muro, caer con pesadez en el descampado de ralas hierbas. Negros los abrigos, los cabellos, las bufandas que enmascaran a los insurrectos. A la espalda del muro y tras de él, ahora, el bosque que el viento acaso hace ulular espectralmente. La madrugada sentida cortante y la pérdida de sueño lastrando los párpados. La avenida de adoquines, las afueras que la niebla difumina, un coche que pasa y desaparece, saltando sobre el mosaico negro y gris de los adoquines y que puede parecer la policía y que no lo es. Rostros expresionistas, el abrigo oscuro y grueso que rechaza los cristales del alto del muro. El muro verdoso, con ése color secular de las fábricas en desuso. Guantes de lana. El aire a rachas, frío, una atmósfera que corta de tan nítida, otras veces espesa, a bancos de blancura sucia que avanzan sobre el mar de yerbajos negros. El cálculo mal hecho. Al fondo, al frente, la fábrica con sus altísimas estructuras de negro metal, de bronces, de grasa, y el edificio de varios pisos, las chimeneas, muy por detrás, casi no se ven de ladrillos, con los altos ventanales de mil cuadraditos rotos de cristal, anchos los marcos de los cristales rotos. Más de trescientos metros hasta la fábrica, el objetivo. Es el lado no vigilado. Perros que ladran. Los bancos de niebla y una determinación en un par de rostros que sujetan bien los revólveres. En el laberinto rudo de casetas y estructuras que se apiñan a pie de fábrica, invisibles guardias detectan al grupo y, sin esperar nada más, dan la alarma y accionan la ametralladora pesada. Cae el primero, otros se echan al suelo, uno se corta con una botella rota, los títeres negros se hunden en un banco de niebla. No hay sol. La ametralladora suena seca, sin eco, impersonal, lejana, tiran desde lejos. Uno de los insurrectos dispara su arma con el brazo extendido. Es inútil; hay que conservar el orden. Vuelven a saltar la valla y cada uno se dispersa donde puede. Casi no se oye la ametralladora, sí cascos de caballos. No se sabe por dónde. Dos o tres habrán caído entre las yerbas. Vösloski intenta localizar, en la desbandada, a Izstván Kolosvàr. No lo ve. Salta a su vez la valla. Se siente solo. Un cristal roto rasga el guante y se clava en su mano. El revólver ya está en el bolsillo.Ha cesado el tableteo y Vösloski, sentado a caballo en el muro, abrazado al muro, solo consigue ver los bancos de niebla avanzando, deshaciéndose contínuos, en los matojos negros. Silencio. Un pito, unos pitos que vienen desde la fábrica. Por unos momentos, nada: todos los suyos han desaparecido, es el último. Salta a la acera. La avenida vacía. El bosque negro delante. Cabalgada a una manzana, oye. Mira a todas partes y atraviesa la calle corriendo, todo lo más rápido que puede.
La ciudad desierta; grises y verdes avenidas desiertas, adoquines húmedos que se extienden hasta el infinito, un laberinto de altos muros, sin escapatoria. Atraviesa una, otra, otra calle, otra avenida. De la isleta central se levantan altísimos postes dobles de iluminación. Portales y ventanas fantasmas, ausentes. Nadie en la calle. Atraviesa otra calle, y otra y otra…Cruza a buen paso, cansado, una plazoleta con un mercado circular en el centro. A las dos manzanas, se cruza con el primer peatón. El rumor de un blindado llena el aire. Cascos de caballos. Cabizbajo, pasa andando al lado de dos guardias a caballo. Los rifles a la espalda, las estrellas grandísimas en las gorras cuadradas budienkas, las guerreras extrañas de la Caballería Roja.
Llega al portal conocido, la última dirección de Valerie. La casa de su tía Elena. Atraviesa los abstractos cuadrados de sombras de intensidad mágicamente variable, el inexplicable corredor, sube la escalera y llama. El timbre es eléctrico. Los rugidos de un perro formidable se oyen al otro lado de la puerta; gotas de espesa sangre se hunden, secándose al instante, en el suelo que recubren varios dedos de polvo. El suelo del rellano, debajo: es de blanco mármol. Vösloski atiende a la mirilla labrada, con barrotes de protección, que se abre en la puerta: un cartelillo dorado muestra dos renglones de caracteres latinos ilegibles. Una voz mortecina disputa agriamente con el perro, al otro lado de la puerta. El perro continúa sus ladridos atemorizantes. Dos gotas de sangre más van a estamparse como rojos glóbulos en el suelo. Caen, lentas, pesadas, como sólidas, y estallan, minúsculas en un radio minúsculo del suelo. La puerta se abre con un chirrido, se termina de abrir con un crujido sonoro, delatador de una aldaba metálica, pesada; hierro para partir cabezas que conviene tener a mano, pero para entonces ya ha aparecido la figura en el umbral: descubre Vösloski que el interior de la casa es aún más incierto y oscuro que la escalera. La figura de la puerta es la de una enana. Es la criada de la Sra. Elena. El perro, gigantesco, ruge y salta detrás, apareciendo a los ojos de Vösloski un entramado discontínuo, fallido, de manchas claras danzando, con un cierto ralentí en la negrura que se extiende detrás de la enana.
La enana lo mira como asustada al principio (Son unos segundos). Luego, parece reconocerlo: hay un gesto de complicidad, una milésima de segundo los ojos redondos de la enana, recubiertos de pesados párpados, emboscados tras unas gruesas gafas, se desvían hacia la constelación de estrellitas rojas en el suelo, ante el quicio de la puerta, a las que se suma, soviética, una más, y vuelven a mirar a Vösloski. Para entonces, la enana ya ha dicho: ¿El señor…? y Vösloski acaba de contestar:
Un paraje alucinatorio: el gris oprimiendo el mundo a sus plantas. Saltar con esfuerzo el muro, caer con pesadez en el descampado de ralas hierbas. Negros los abrigos, los cabellos, las bufandas que enmascaran a los insurrectos. A la espalda del muro y tras de él, ahora, el bosque que el viento acaso hace ulular espectralmente. La madrugada sentida cortante y la pérdida de sueño lastrando los párpados. La avenida de adoquines, las afueras que la niebla difumina, un coche que pasa y desaparece, saltando sobre el mosaico negro y gris de los adoquines y que puede parecer la policía y que no lo es. Rostros expresionistas, el abrigo oscuro y grueso que rechaza los cristales del alto del muro. El muro verdoso, con ése color secular de las fábricas en desuso. Guantes de lana. El aire a rachas, frío, una atmósfera que corta de tan nítida, otras veces espesa, a bancos de blancura sucia que avanzan sobre el mar de yerbajos negros. El cálculo mal hecho. Al fondo, al frente, la fábrica con sus altísimas estructuras de negro metal, de bronces, de grasa, y el edificio de varios pisos, las chimeneas, muy por detrás, casi no se ven de ladrillos, con los altos ventanales de mil cuadraditos rotos de cristal, anchos los marcos de los cristales rotos. Más de trescientos metros hasta la fábrica, el objetivo. Es el lado no vigilado. Perros que ladran. Los bancos de niebla y una determinación en un par de rostros que sujetan bien los revólveres. En el laberinto rudo de casetas y estructuras que se apiñan a pie de fábrica, invisibles guardias detectan al grupo y, sin esperar nada más, dan la alarma y accionan la ametralladora pesada. Cae el primero, otros se echan al suelo, uno se corta con una botella rota, los títeres negros se hunden en un banco de niebla. No hay sol. La ametralladora suena seca, sin eco, impersonal, lejana, tiran desde lejos. Uno de los insurrectos dispara su arma con el brazo extendido. Es inútil; hay que conservar el orden. Vuelven a saltar la valla y cada uno se dispersa donde puede. Casi no se oye la ametralladora, sí cascos de caballos. No se sabe por dónde. Dos o tres habrán caído entre las yerbas. Vösloski intenta localizar, en la desbandada, a Izstván Kolosvàr. No lo ve. Salta a su vez la valla. Se siente solo. Un cristal roto rasga el guante y se clava en su mano. El revólver ya está en el bolsillo.Ha cesado el tableteo y Vösloski, sentado a caballo en el muro, abrazado al muro, solo consigue ver los bancos de niebla avanzando, deshaciéndose contínuos, en los matojos negros. Silencio. Un pito, unos pitos que vienen desde la fábrica. Por unos momentos, nada: todos los suyos han desaparecido, es el último. Salta a la acera. La avenida vacía. El bosque negro delante. Cabalgada a una manzana, oye. Mira a todas partes y atraviesa la calle corriendo, todo lo más rápido que puede.
La ciudad desierta; grises y verdes avenidas desiertas, adoquines húmedos que se extienden hasta el infinito, un laberinto de altos muros, sin escapatoria. Atraviesa una, otra, otra calle, otra avenida. De la isleta central se levantan altísimos postes dobles de iluminación. Portales y ventanas fantasmas, ausentes. Nadie en la calle. Atraviesa otra calle, y otra y otra…Cruza a buen paso, cansado, una plazoleta con un mercado circular en el centro. A las dos manzanas, se cruza con el primer peatón. El rumor de un blindado llena el aire. Cascos de caballos. Cabizbajo, pasa andando al lado de dos guardias a caballo. Los rifles a la espalda, las estrellas grandísimas en las gorras cuadradas budienkas, las guerreras extrañas de la Caballería Roja.
Llega al portal conocido, la última dirección de Valerie. La casa de su tía Elena. Atraviesa los abstractos cuadrados de sombras de intensidad mágicamente variable, el inexplicable corredor, sube la escalera y llama. El timbre es eléctrico. Los rugidos de un perro formidable se oyen al otro lado de la puerta; gotas de espesa sangre se hunden, secándose al instante, en el suelo que recubren varios dedos de polvo. El suelo del rellano, debajo: es de blanco mármol. Vösloski atiende a la mirilla labrada, con barrotes de protección, que se abre en la puerta: un cartelillo dorado muestra dos renglones de caracteres latinos ilegibles. Una voz mortecina disputa agriamente con el perro, al otro lado de la puerta. El perro continúa sus ladridos atemorizantes. Dos gotas de sangre más van a estamparse como rojos glóbulos en el suelo. Caen, lentas, pesadas, como sólidas, y estallan, minúsculas en un radio minúsculo del suelo. La puerta se abre con un chirrido, se termina de abrir con un crujido sonoro, delatador de una aldaba metálica, pesada; hierro para partir cabezas que conviene tener a mano, pero para entonces ya ha aparecido la figura en el umbral: descubre Vösloski que el interior de la casa es aún más incierto y oscuro que la escalera. La figura de la puerta es la de una enana. Es la criada de la Sra. Elena. El perro, gigantesco, ruge y salta detrás, apareciendo a los ojos de Vösloski un entramado discontínuo, fallido, de manchas claras danzando, con un cierto ralentí en la negrura que se extiende detrás de la enana.
La enana lo mira como asustada al principio (Son unos segundos). Luego, parece reconocerlo: hay un gesto de complicidad, una milésima de segundo los ojos redondos de la enana, recubiertos de pesados párpados, emboscados tras unas gruesas gafas, se desvían hacia la constelación de estrellitas rojas en el suelo, ante el quicio de la puerta, a las que se suma, soviética, una más, y vuelven a mirar a Vösloski. Para entonces, la enana ya ha dicho: ¿El señor…? y Vösloski acaba de contestar:
-Alexander
Vösloski: soy amigo de la señorita Valerie. Y ya está el cuerpo desmesurado del
hombre iniciando el movimiento de entrada en el piso, y ya está la enana, en el
interior, conteniendo la histeria acumulada del perro. Acaso sería conveniente
castrarlo. La puerta es altísima, de casa bien. Sólo bajo ése quicio parece
verse Vösloski como lo que es, un tipo de estatura normal, más bien enjuto.
No entiende Vösloski lo que masculla la enana, avanza por su cuenta por el pasillo oscuro hacia una habitación iluminada. Hay varias puertas, rectángulos negros, que dan a ése pasillo. Y, más allá de la puerta de la calle, en la dirección opuesta, un grandísimo cuadrado negro indica que la casa continúa, ahondando en las entrañas del edificio. La puerta se cierra con estruendo a las espaldas de Vösloski, que avanza sintiendo la frigidez, ajeno en cierto modo a las dos escenas que se dan, invisibles, delante y detrás de él: la Sra Elena, en su butaca, cantando: ¿Quién es?, y la enana enclaustrando al perro histérico en una sórdida, misteriosa habitación del fondo, para reaparecer cuando Vösloski ya está en la salita departiendo con la dama, que ya le ha invitado a sentarse. Sin preguntar nada, aprovecha la dama para indicarle a la enana que le traiga material de cura: ella misma se encargará de curar la mano herida de Vösloski, que, de mientras, ha surtido abundantemente de estrellitas rojas el invisible suelo del comedor y el visible y rosado de la salita, ante la consternación efímera de la criada.
La salita, con mucho de dieciochesco, era circular u ovalada, de tonos amarillo limón y un par de puertas que, cerradas, comunicarían con otras habitaciones. Las puertas eran de postigos por lo que resultaban extrañas en un interior, bajo ésos quicios encartuchados y el fresco de los angelotes en el techo. Vösloski esperaba encontrar, en el centro, la maciza mesa, cuadrada, de roble. Ya no estaba, viéndose en su lugar una mesita redonda no menos ornada. Encima de la mesita, un cesto de labores, en las sillas adyacentes, una a juego con el butacón en el que se arrellanaba la señora, dieciochesco, y otra de anea, ropa para remendar. Unos pocos muebles apiñados: consolas repletas de libros: pilas de papeles, un caballete arrumbado, una caja, grandísima, de cartón de embalar, media docena de cuadros de Valerie puestos de espaldas. La mitad del ovoide, por lo que pudo ver Vösloski, quedaba salido del edificio en forma de mirador más o menos abalconado. Tres persianas verdes lo cerraban, entrevistas, detrás de los pesados cortinajes que cerraban ésa parte de la sala, toda ella semejante a la popa de un antiguo buque. Había seis o siete floreros en el suelo, puestos en fila, todos exquisitos y llenos de flores exquisitas. Y varias docenas de óvalos con fotografías familiares, en grupos dispersos, como bandadas, por la habitación. Vösloski se había sentado a la mesa, la mano herida laxa y bien visible. Sin pedir permiso, que hubiera sido denegado cortesmente, fumaba. La señora estaba sentada un poco apartada de la mesa. Con los pies puestos en lo alto. El traje, era relativamente elegante ¡Qué se le va a hacer!: decía su expresión. El rostro era hermoso, los labios delgados habían sido llenos, los ojos decididos, la nariz sólida. El pelo era prematuramente blanco, lo que le daba aspecto, contrastado con el rostro maduro pero no viejo, de señora del tiempo de Luís XVI. En ésas bolsas bajo los ojos reconoció Vösloski los graciosos pliegues que mostraba Valerie. La señora estaba tomando un refrigerio, regado con té o con algo que quería serlo. Animado a ello por la señora, que no había dejado de coser, las gafas caladas, Vösloski se sirvió en una tacita suplementaria, y, antes de nada, devoró dos pastas. Se oía el rumor de la criada peleándose con el perro. La señora se volvió hacia Vösloski, miró hacia la puerta y le dijo, en tono alto a la criada -¡Vamos: ya se habrá calmado! La criada refunfuñaba, el perro ladraba aún más y sin volver a su labor, al mismo tiempo que se quitaba los lentes mirando a Vösloski, le dijo:
-Valerie ya no vive conmigo.
Vösloski permaneció en silencio, la señora siguió hablando.
-Antes vivíamos las cuatro aquí juntas: Valerie, mi otra sobrina Clara, y Francesca, la criada: sonrió -Que ya no puedo llamar así, el piso es grandecito, pero las cuatro formábamos una especie de familia y el encargado del edificio nos dejaba estar así…al fin y al cabo, es mi propia casa. He tenido que prescindir de mis propias habitaciones e instalarme en éste piso que, no hace tanto, era el mero estudio de Valerie. Vösloski, de reojo, miró el caballete arrumbado y los cuadros puestos del revés -Pero bueno, peor podíamos estar…
Clara se marchó, Valerie desde hace una semana y estamos esperando que nos manden una familia para compartir el piso. El colmo, se lo digo en serio. Pero como Vösloski la miraba con incredulidad, ajeno a ésos problemas, la señora se calló adoptando un aire aún más digno pero igualmente distendido. Recordó que Vösloski había participado activamente en la Revolución. Anarquistas o comunistas…¡Lo mismo da unos que otros, oremos hermanos! Y ya no cabía poner velas por la victoria del almirante Koltchak. El humo azul del cigarrillo que se quemaba entre los dedos de Vösloski ascendía en el aire frío, impulsado por un vientecillo que se filtraba por debajo de las puertas-ventanas del mirador. Habría también algún vidrio roto. El humo azul se enroscaba en las volutas rococó. Un rococó epigónico, digamos, porque la decoración en su estado actual databa de 1893. Frente a la rapidez, a la celeridad del absurdo incidente de un rato antes, del que casi no se sentía responsable, el tiempo le pasaba lento, plácido, en aquel ambiente que sentía agradable. No se sacó el abrigo ni necesitó hacerlo. La enana había vuelto con las vendas y el alcohol y el perro andaba suelto, ladrando acaso más tímido, alrededor de la mesa y las tres figuras humanas. La señora se había levantado, con esfuerzo. No sabía Vösloski a ciencia cierta qué le sucedía en las piernas: ¿Algún paralís? ¿O era, sencillamente, coja, la dama? Vösloski se había levantado, también él, y la dama lo había hecho sentarse. La criada, cogidas las manos sarmentosas, marrones, miraba la escena de la curación. Vösloski, acaso, sintiendo que en el ambiente femenino, mullido de aquella casa, introducía él una audacia desplantadora, un estar echao p´alante, sostenía el cigarrillo en una comisura y, levantando una ceja tras los lentes, hablaba, como si tal cosa, de banalidades. Hacía tiempo que no había tenido que mostrarse ingenioso, civil, con una señora, como antaño, pero aún conservaba su repertorio de los salones de los años diez. Al perro parecían llamarle la atención las alparcas del poeta, y las husmeaba. Terminada la cura, antes de que Vösloski hablara de nuevo, la señora Elena avanzó, con ayuda de un bastón, hasta los cuadros arrumbados, y dio la vuelta a un par de ellos: eran abstractos diseños maquinistas al óleo, en el inconfundible estilo vigoroso, masculino, de Valerie: la tía de Valerie dio la vuelta a otro más.
-Ah. sí: también hacía retratos.
Eran las facciones maquinistas, en bronce, de un obrero sublimado hasta la alta categoría de autómata sin alma. A Vósloski le pareció infinitamente bello, la mejor obra de Valerie.
-Para ella es su mejor cuadro: confirmó tía Elena -.Se ha dejado esto aquí, y otras muchas cosas en otras habitaciones de la casa. En el apartamento donde vive no tiene espacio para esto. No entiendo esta juventud de hoy, éstos engendros que llaman arte. Alzó la cabeza y señaló dos cuadros ovales que representaban bodegones de flores, hermosos ramilletes superdetallistas, entre modernistas y dulcemente bordeadores de lo naïf.
-También son de Valerie. Vösloski miró con más atención, se levantó. Las fechas eran de 1915 y 1916, a la vuelta de Valerie de su escapada…Doce o trece años contaría entonces, pensó Vösloski, y la recordó bellísima como la había conocido, como había convivido con ella, cohabitado, cuando ella se disfrazaba de muchacho para viajar muy lejos de su casa y de su país en guerra.
-Es un alma inocente y candida la que pintó estos bodegones de flores: dictaminó la tía de Valerie, y miró, dura, con reproche, a Vösloski, como si fuera a espetarle: ¡Corruptor!. Pero no dijo nada y siguió generalizando acerca de la bondad del arte de Antes y la decadencia del arte moderno. Vósloski iba diciendo sí o no. En un remanso de la conversación, metió la cuña.
-La pobre Francesca quiere que castremos a mi Clark, ¡pobrecito! No lo saco a la calle porque sería demasiado ostentoso, y además, con el hambre que hay, lo mismo…no se.
Era un parlamento esperpéntico, grotesco.
Vösloski dijo:
-Señora, le hablaré claro: es muy posible que, en las cercanías, me esté buscando la policía. Miró los ojos de la señora y no advirtió en ellos sorpresa-.He…he venido aquí buscando refugio. Sólo para el día de hoy. Mañana mismo, a esta hora, me iré a mi casa. Ya sabe usted donde vivo, le rogaría…
-Cómo no: contestó la dama- ¿No es usted amigo” de Valerie? Además: es posible que Valerie se pase por aquí esta tarde.
Vösloski advirtió que tenía la luz encendida, siendo de día. Le dio las gracias a la tía de Valerie y luego, se lo indicó. Alzaron las luces y se alzó la persiana, el día era gris, mortecino.
No entiende Vösloski lo que masculla la enana, avanza por su cuenta por el pasillo oscuro hacia una habitación iluminada. Hay varias puertas, rectángulos negros, que dan a ése pasillo. Y, más allá de la puerta de la calle, en la dirección opuesta, un grandísimo cuadrado negro indica que la casa continúa, ahondando en las entrañas del edificio. La puerta se cierra con estruendo a las espaldas de Vösloski, que avanza sintiendo la frigidez, ajeno en cierto modo a las dos escenas que se dan, invisibles, delante y detrás de él: la Sra Elena, en su butaca, cantando: ¿Quién es?, y la enana enclaustrando al perro histérico en una sórdida, misteriosa habitación del fondo, para reaparecer cuando Vösloski ya está en la salita departiendo con la dama, que ya le ha invitado a sentarse. Sin preguntar nada, aprovecha la dama para indicarle a la enana que le traiga material de cura: ella misma se encargará de curar la mano herida de Vösloski, que, de mientras, ha surtido abundantemente de estrellitas rojas el invisible suelo del comedor y el visible y rosado de la salita, ante la consternación efímera de la criada.
La salita, con mucho de dieciochesco, era circular u ovalada, de tonos amarillo limón y un par de puertas que, cerradas, comunicarían con otras habitaciones. Las puertas eran de postigos por lo que resultaban extrañas en un interior, bajo ésos quicios encartuchados y el fresco de los angelotes en el techo. Vösloski esperaba encontrar, en el centro, la maciza mesa, cuadrada, de roble. Ya no estaba, viéndose en su lugar una mesita redonda no menos ornada. Encima de la mesita, un cesto de labores, en las sillas adyacentes, una a juego con el butacón en el que se arrellanaba la señora, dieciochesco, y otra de anea, ropa para remendar. Unos pocos muebles apiñados: consolas repletas de libros: pilas de papeles, un caballete arrumbado, una caja, grandísima, de cartón de embalar, media docena de cuadros de Valerie puestos de espaldas. La mitad del ovoide, por lo que pudo ver Vösloski, quedaba salido del edificio en forma de mirador más o menos abalconado. Tres persianas verdes lo cerraban, entrevistas, detrás de los pesados cortinajes que cerraban ésa parte de la sala, toda ella semejante a la popa de un antiguo buque. Había seis o siete floreros en el suelo, puestos en fila, todos exquisitos y llenos de flores exquisitas. Y varias docenas de óvalos con fotografías familiares, en grupos dispersos, como bandadas, por la habitación. Vösloski se había sentado a la mesa, la mano herida laxa y bien visible. Sin pedir permiso, que hubiera sido denegado cortesmente, fumaba. La señora estaba sentada un poco apartada de la mesa. Con los pies puestos en lo alto. El traje, era relativamente elegante ¡Qué se le va a hacer!: decía su expresión. El rostro era hermoso, los labios delgados habían sido llenos, los ojos decididos, la nariz sólida. El pelo era prematuramente blanco, lo que le daba aspecto, contrastado con el rostro maduro pero no viejo, de señora del tiempo de Luís XVI. En ésas bolsas bajo los ojos reconoció Vösloski los graciosos pliegues que mostraba Valerie. La señora estaba tomando un refrigerio, regado con té o con algo que quería serlo. Animado a ello por la señora, que no había dejado de coser, las gafas caladas, Vösloski se sirvió en una tacita suplementaria, y, antes de nada, devoró dos pastas. Se oía el rumor de la criada peleándose con el perro. La señora se volvió hacia Vösloski, miró hacia la puerta y le dijo, en tono alto a la criada -¡Vamos: ya se habrá calmado! La criada refunfuñaba, el perro ladraba aún más y sin volver a su labor, al mismo tiempo que se quitaba los lentes mirando a Vösloski, le dijo:
-Valerie ya no vive conmigo.
Vösloski permaneció en silencio, la señora siguió hablando.
-Antes vivíamos las cuatro aquí juntas: Valerie, mi otra sobrina Clara, y Francesca, la criada: sonrió -Que ya no puedo llamar así, el piso es grandecito, pero las cuatro formábamos una especie de familia y el encargado del edificio nos dejaba estar así…al fin y al cabo, es mi propia casa. He tenido que prescindir de mis propias habitaciones e instalarme en éste piso que, no hace tanto, era el mero estudio de Valerie. Vösloski, de reojo, miró el caballete arrumbado y los cuadros puestos del revés -Pero bueno, peor podíamos estar…
Clara se marchó, Valerie desde hace una semana y estamos esperando que nos manden una familia para compartir el piso. El colmo, se lo digo en serio. Pero como Vösloski la miraba con incredulidad, ajeno a ésos problemas, la señora se calló adoptando un aire aún más digno pero igualmente distendido. Recordó que Vösloski había participado activamente en la Revolución. Anarquistas o comunistas…¡Lo mismo da unos que otros, oremos hermanos! Y ya no cabía poner velas por la victoria del almirante Koltchak. El humo azul del cigarrillo que se quemaba entre los dedos de Vösloski ascendía en el aire frío, impulsado por un vientecillo que se filtraba por debajo de las puertas-ventanas del mirador. Habría también algún vidrio roto. El humo azul se enroscaba en las volutas rococó. Un rococó epigónico, digamos, porque la decoración en su estado actual databa de 1893. Frente a la rapidez, a la celeridad del absurdo incidente de un rato antes, del que casi no se sentía responsable, el tiempo le pasaba lento, plácido, en aquel ambiente que sentía agradable. No se sacó el abrigo ni necesitó hacerlo. La enana había vuelto con las vendas y el alcohol y el perro andaba suelto, ladrando acaso más tímido, alrededor de la mesa y las tres figuras humanas. La señora se había levantado, con esfuerzo. No sabía Vösloski a ciencia cierta qué le sucedía en las piernas: ¿Algún paralís? ¿O era, sencillamente, coja, la dama? Vösloski se había levantado, también él, y la dama lo había hecho sentarse. La criada, cogidas las manos sarmentosas, marrones, miraba la escena de la curación. Vösloski, acaso, sintiendo que en el ambiente femenino, mullido de aquella casa, introducía él una audacia desplantadora, un estar echao p´alante, sostenía el cigarrillo en una comisura y, levantando una ceja tras los lentes, hablaba, como si tal cosa, de banalidades. Hacía tiempo que no había tenido que mostrarse ingenioso, civil, con una señora, como antaño, pero aún conservaba su repertorio de los salones de los años diez. Al perro parecían llamarle la atención las alparcas del poeta, y las husmeaba. Terminada la cura, antes de que Vösloski hablara de nuevo, la señora Elena avanzó, con ayuda de un bastón, hasta los cuadros arrumbados, y dio la vuelta a un par de ellos: eran abstractos diseños maquinistas al óleo, en el inconfundible estilo vigoroso, masculino, de Valerie: la tía de Valerie dio la vuelta a otro más.
-Ah. sí: también hacía retratos.
Eran las facciones maquinistas, en bronce, de un obrero sublimado hasta la alta categoría de autómata sin alma. A Vósloski le pareció infinitamente bello, la mejor obra de Valerie.
-Para ella es su mejor cuadro: confirmó tía Elena -.Se ha dejado esto aquí, y otras muchas cosas en otras habitaciones de la casa. En el apartamento donde vive no tiene espacio para esto. No entiendo esta juventud de hoy, éstos engendros que llaman arte. Alzó la cabeza y señaló dos cuadros ovales que representaban bodegones de flores, hermosos ramilletes superdetallistas, entre modernistas y dulcemente bordeadores de lo naïf.
-También son de Valerie. Vösloski miró con más atención, se levantó. Las fechas eran de 1915 y 1916, a la vuelta de Valerie de su escapada…Doce o trece años contaría entonces, pensó Vösloski, y la recordó bellísima como la había conocido, como había convivido con ella, cohabitado, cuando ella se disfrazaba de muchacho para viajar muy lejos de su casa y de su país en guerra.
-Es un alma inocente y candida la que pintó estos bodegones de flores: dictaminó la tía de Valerie, y miró, dura, con reproche, a Vösloski, como si fuera a espetarle: ¡Corruptor!. Pero no dijo nada y siguió generalizando acerca de la bondad del arte de Antes y la decadencia del arte moderno. Vósloski iba diciendo sí o no. En un remanso de la conversación, metió la cuña.
-La pobre Francesca quiere que castremos a mi Clark, ¡pobrecito! No lo saco a la calle porque sería demasiado ostentoso, y además, con el hambre que hay, lo mismo…no se.
Era un parlamento esperpéntico, grotesco.
Vösloski dijo:
-Señora, le hablaré claro: es muy posible que, en las cercanías, me esté buscando la policía. Miró los ojos de la señora y no advirtió en ellos sorpresa-.He…he venido aquí buscando refugio. Sólo para el día de hoy. Mañana mismo, a esta hora, me iré a mi casa. Ya sabe usted donde vivo, le rogaría…
-Cómo no: contestó la dama- ¿No es usted amigo” de Valerie? Además: es posible que Valerie se pase por aquí esta tarde.
Vösloski advirtió que tenía la luz encendida, siendo de día. Le dio las gracias a la tía de Valerie y luego, se lo indicó. Alzaron las luces y se alzó la persiana, el día era gris, mortecino.
Como después de
mucho esfuerzo, la tía de Valerie añadió:
-Aunque, como
verá, nuestra comida no es nada ostentosa…no hay caprichos. Estos son malos
tiempos.
Vösloski se ofreció a pagarle por su estancia, pero la señora se negó, complacida de su propio altruismo.
Vösloski se ofreció a pagarle por su estancia, pero la señora se negó, complacida de su propio altruismo.
Vösloski se había
puesto cómodo, se había sacado el abrigo, que había entregado a la criada, no
sin antes sacar el revólver del bolsillo. Lo depositó encima de la mesa, pero,
momentos después, viendo que incomodaba a las mujeres, se lo guardó en el
bolsillo grande de su mono color dril. La criada cosía y apedazaba sentada en
un taburete forrado de terciopelo a los pies de la señora. Una vez más, la
escena era deprimente. Vösloski curioseó, autorizado por la dama, en los
papeles y las cosas de Valerie. Había dibujos antiguos y modernos, escritos: Balzac
en rústica, otros muchos libros de autores rusos, un librito impreso estilo
octavilla de los poemas de Vósloski dedicados a ella (recordó el momento en que
trazó la dedicatoria con lápiz carbón en la primera página) y también
manuscritos de Valerie y un librito de poesías de ella, impreso también en
papel azul por los amigos impresores de Vösloski. Las dos últimas obras de
Vósloski también habían sido impresas en papel azul sólo Dios sabe por qué
extrañas razones. Al parecer había un estock de papel azul para octavillas,
acaso procedentes de la propaganda de la guerra, y no era posible publicar
libros baratos en papel de otro color. Había dibujos magníficos, que Vösloski
determinó llevarse. Ya le explicaría a Valerie el porqué, más adelante; cuando se
vieran.
Notó Vösloski que su pistola, marcándose en el bolsillo, incomodaba igualmente a las mujeres. Acaso esperaba la tía de Valerie que él accediera, fuese condescendiente y dejara el arma en un cajón, en un armario, o con el abrigo, pero Vösloski estaba nervioso, y, además de no parar de fumar, estaba determinado a que, yendo maldadas, no le pillaran desprevenido. No se avino al ruego sin palabras. A media mañana, la señora explicó una anécdota curiosa que les había permitido vivir solas desde que se marcharon: primero Clara y luego Valerie: la criada había difundido el bulo de que Clara había salido de la casa para ir a morir de un mal incurable y muy contagioso. La criada, según la historia, hablaba a todo el mundo de los síntomas de ésa misma enfermedad que advertía en su señora; su compañera de piso e, incluso, en el perro.Vósloski creyó temeraria una táctica semejante, pues la Cheka o Sanidad podían imponer una desinfección, y entonces sí que iban a pasarlas canutas…si es que no se veían en el hospital pero de verdad. Lo del perro le pareció que forzaba la nota. El perro, acaso cansado, se había amansado un tanto y ya se podía hablar sin la certeza de ser interrumpido por sus ladridos importunos.
Las horas inciertas que van de las once a las dos. La casa oscura, sombría, llena de misterio, muy atrayente para Vösloski. La criada se había ausentado. Dormía el perro a los pies de su ama, que también dormía. El día era sumamente oscuro, gris, se veía que iba a llover, pero todavía no. Vösloski se levantó, sigiloso, y emprendió la exploración de la casa. A medida que se ahondaba en ella, se introducía a partes iguales en la oscuridad y en el pasado: recordaba la cocina. Una pálida luz se iba deslizando, lentísima, discontínua, desde las habitaciones vivas a las muertas del interior. Las puertas eran más grandes que las de delante, con acceso a las aberturas de la fachada, a la luz, el olor a polvo y a rancio era penetrante. Vösloski jugueteó con un primitivo aparato de ésos precursores del cine. Las muchas fichas que pasaban con celeridad ante los ojos fijos del espectador una luz encendida en el centro de la rueda móvil, representaba a un payaso del más legítimo estilo de la Comedia del Arte. Era, presumiblemente: un juguete de Valerie.
Notó Vösloski que su pistola, marcándose en el bolsillo, incomodaba igualmente a las mujeres. Acaso esperaba la tía de Valerie que él accediera, fuese condescendiente y dejara el arma en un cajón, en un armario, o con el abrigo, pero Vösloski estaba nervioso, y, además de no parar de fumar, estaba determinado a que, yendo maldadas, no le pillaran desprevenido. No se avino al ruego sin palabras. A media mañana, la señora explicó una anécdota curiosa que les había permitido vivir solas desde que se marcharon: primero Clara y luego Valerie: la criada había difundido el bulo de que Clara había salido de la casa para ir a morir de un mal incurable y muy contagioso. La criada, según la historia, hablaba a todo el mundo de los síntomas de ésa misma enfermedad que advertía en su señora; su compañera de piso e, incluso, en el perro.Vósloski creyó temeraria una táctica semejante, pues la Cheka o Sanidad podían imponer una desinfección, y entonces sí que iban a pasarlas canutas…si es que no se veían en el hospital pero de verdad. Lo del perro le pareció que forzaba la nota. El perro, acaso cansado, se había amansado un tanto y ya se podía hablar sin la certeza de ser interrumpido por sus ladridos importunos.
Las horas inciertas que van de las once a las dos. La casa oscura, sombría, llena de misterio, muy atrayente para Vösloski. La criada se había ausentado. Dormía el perro a los pies de su ama, que también dormía. El día era sumamente oscuro, gris, se veía que iba a llover, pero todavía no. Vösloski se levantó, sigiloso, y emprendió la exploración de la casa. A medida que se ahondaba en ella, se introducía a partes iguales en la oscuridad y en el pasado: recordaba la cocina. Una pálida luz se iba deslizando, lentísima, discontínua, desde las habitaciones vivas a las muertas del interior. Las puertas eran más grandes que las de delante, con acceso a las aberturas de la fachada, a la luz, el olor a polvo y a rancio era penetrante. Vösloski jugueteó con un primitivo aparato de ésos precursores del cine. Las muchas fichas que pasaban con celeridad ante los ojos fijos del espectador una luz encendida en el centro de la rueda móvil, representaba a un payaso del más legítimo estilo de la Comedia del Arte. Era, presumiblemente: un juguete de Valerie.
El día
transcurrió deprimente para Vösloski. Estuvo hecho de ruído de puertas, de
ladridos del perro, de algunos silencios. Se tumbó en la cama de una de las
habitaciones vacías. No le dijeron nada. Deseó que fuera la de Valerie. La
habitación era oscura y vaga, todo era oscuro. Aquella casa estaba condenada a
la perpetua oscuridad. En un armario brillaba, indefinido, un espejo con una
rajadura de lado a lado, el olor era sofocante, el frío apestoso se turnaba con
calores, de asfixia, pero esto acaso se debía a un malestar puramente físico de
Vósloski. Durmió antes de comer. Tuvo pesadillas, se levantó molido y la luz
había cambiado. La comida, que se le hizo larga, constituyó un hueco de
salvación, de luz en la depresión de aquel día. La conversación fue lenta,
copiosa, pero también refrescante. Comió sin apetito y por un rato, el que duró
la comida, tuvo la sensación de que el malestar había sido algo pasajero. A la
tarde llovió, se oscureció todo aún más y la señora no consideró necesario
encender las luces, aunque prácticamente, le fue imposible coser. Las reservaba
para su insomnio. Muy cerca de la ventana, sintiendo el frío y la humedad, que
se filtraba por los resquicios, sujetaba un libro a dos palmos justos de su
nariz. Pasó así, abstraída en su lectura, el resto del día. La enana había
desaparecido.
Vösloski se acostó de nuevo, el estómago muy pesado, mal sabor de boca. Durmió vestido otra vez. En sus pesadillas se mezclaba la realidad de aquella casa con los lugares comunes de sus pesadillas, hasta caer en sustos que le hacían despertarse, tembloroso, al recaer todo, finalmente: en los hechos del pasado amanecer. No durmió profundamente, atravesaba amplias zonas de semiinconsciencia en las que detalles como el abrirse y cerrarse, leve, sigiloso, de su puerta, la sombra y los pasos de puntillas de la enana, un ruído de tuberías, el vacío de ladridos: se juntaban con los neones brillantes. Valerie niña, el sol de Africa del Norte, dos buques distintos, llenos de grasa, Barcelona, un parque intrincado y en su corazón una plazoleta de grava con cien, doscientas sillas plegables de madera. Un jarro de agua, una palangana con un culo de líquido ensangrentado, tres cucarachas presas, ahogándose en ésa trampa mortal, una taza de café dejada a dos palmos, con su contenido intacto, de ése cubilete de repugnancia. Un espejo que devuelve imágenes absurdas, un altarcillo con un santo en un rincón de una habitación oscurecida, un cuadro del ángel de la guarda. Vösloski se despertaba, oía los muelles de la cama, el lejano rumor de la lluvia en los cristales de la casa; el dolor del cuello, las gafas sobre la mesita, el revólver clavándose en su estómago, cargado; una desgracia que estuvo dos veces a punto de suceder. Se sacó, en sueños sus alparcas y depositó el revólver en la mesita. La negrura de la habitación, a su alrededor, era ominosa.
A Alexander H. Vösloski le quedaban exactamente cuarenta días de vida...
Los neones no se inventaron hasta fines de los años treinta, según creo. No los había en 1920. Aunque a juzgar por los cuadros futuristas rusos e imágenes vagas y mezcladas del Ambiente de la vanguardia soviética me pareciera que estaban presentes. En cualquier caso, mi imagen de la Unión Soviética básica es lo que se entreveía en las ventanas abiertas de la parte de detrás de Capitanía en Barcelona, un día gris y lluvioso, desde la calle. Y los ciclópeos Bancos. Y Correos, con sus antediluvianos serian de 1950, fluorescentes, de obsesiva luz blanca sugeridora de lavados de cerebro, y sus picoletos con máusers. Y eso es seguramente más verdad que un mero dato o que una simple referencia.
Vösloski se acostó de nuevo, el estómago muy pesado, mal sabor de boca. Durmió vestido otra vez. En sus pesadillas se mezclaba la realidad de aquella casa con los lugares comunes de sus pesadillas, hasta caer en sustos que le hacían despertarse, tembloroso, al recaer todo, finalmente: en los hechos del pasado amanecer. No durmió profundamente, atravesaba amplias zonas de semiinconsciencia en las que detalles como el abrirse y cerrarse, leve, sigiloso, de su puerta, la sombra y los pasos de puntillas de la enana, un ruído de tuberías, el vacío de ladridos: se juntaban con los neones brillantes. Valerie niña, el sol de Africa del Norte, dos buques distintos, llenos de grasa, Barcelona, un parque intrincado y en su corazón una plazoleta de grava con cien, doscientas sillas plegables de madera. Un jarro de agua, una palangana con un culo de líquido ensangrentado, tres cucarachas presas, ahogándose en ésa trampa mortal, una taza de café dejada a dos palmos, con su contenido intacto, de ése cubilete de repugnancia. Un espejo que devuelve imágenes absurdas, un altarcillo con un santo en un rincón de una habitación oscurecida, un cuadro del ángel de la guarda. Vösloski se despertaba, oía los muelles de la cama, el lejano rumor de la lluvia en los cristales de la casa; el dolor del cuello, las gafas sobre la mesita, el revólver clavándose en su estómago, cargado; una desgracia que estuvo dos veces a punto de suceder. Se sacó, en sueños sus alparcas y depositó el revólver en la mesita. La negrura de la habitación, a su alrededor, era ominosa.
A Alexander H. Vösloski le quedaban exactamente cuarenta días de vida...
Los neones no se inventaron hasta fines de los años treinta, según creo. No los había en 1920. Aunque a juzgar por los cuadros futuristas rusos e imágenes vagas y mezcladas del Ambiente de la vanguardia soviética me pareciera que estaban presentes. En cualquier caso, mi imagen de la Unión Soviética básica es lo que se entreveía en las ventanas abiertas de la parte de detrás de Capitanía en Barcelona, un día gris y lluvioso, desde la calle. Y los ciclópeos Bancos. Y Correos, con sus antediluvianos serian de 1950, fluorescentes, de obsesiva luz blanca sugeridora de lavados de cerebro, y sus picoletos con máusers. Y eso es seguramente más verdad que un mero dato o que una simple referencia.

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