jueves, 16 de abril de 2015

Los mismos perros



Y llegó el trece de Enero de 1980, cuando el Chamorro fue apresado e internado en la Modelo. Más tarde, se vio el juicio y fue condenado a cadena perpetua. Las ilusiones del bandido fueron fugaces. Todos los de su banda: los violadores, los chorizos del cañón, etcétera, siguieron cumpliendo condena en la Modelo, pero a él lo mandaron a cierto penal riguroso de Ávila.
Sabidas las noticias, el Imperio del Chamorro se hundió rápida y definitivamente, y los sesenta hombres en pie de guerra fueron menguando y sufriendo defecciones, los gitanos de la familia Chamorro se quedaron en sus feudos de San Roque y se dedicaron a sus cosas, dejando en paz a San Adrián. Y es más: cuatro meses después, en Abril, volvieron a ser interlocutores dispuestos para la consecución de negocios, fundamentalmente de contrabando y de difusión de billetaje burdamente falsificado a medias con los hampones de San Adrián.
El Chamorro quedaba cada vez más atrás, solo su recuerdo perduró en los niños y en los que habían sufrido sus fechorías, y en los múltiples pero tibios partidarios que le quedaron diseminados en todos los gangs adrianenses, no volvió la paz, ni mucho menos. Las guerras habían sido terribles, pero no habían acabado. Fachón, sabedor de los secretos de todas las bandas, o de casi todas, seguía su campaña, su Cruzada. Con rápidas acciones policiales, fue haciendo caer uno tras otro a todos los capos importantes y finalmente, le tocó el turno al Rey del Rock.
Empezaron a buscarle problemas y a estropearle negocios, pero El Rey del Rock no sedaba por aludido; si era necesario, acabaría con Fachón. Y eso hizo: era en Mayo de 1980 (ya había muerto, es decir, ya había acabado de agonizar, Joe culo Gordo y el Rey del Rock tenía decidida ya la forma en que acabaría con el incordiante exGuardia Civil, que por cierto seguía erre que erre en querer limpiar San Adrián de malhechores.
Supo que, llevado de su afición al fútbol, Juan Fachón visitaba frecuentemente el Colegio de Los Hermanos, donde tenía una buena amistad: la de cierto hermano paisano suyo que, aparte de impartir clases de mecanografía, se dedicaba a jugar y muy bien al deporte del balonpié. Normalmente, el sábado por la mañana, cuando gabrielista estaba ocupado por alguna competición del equipo juvenil, se reunían varios profesores e insignes vecinos de San Adrián, entre ellos Fachón, para jugar un partido.
Normalmente, Fachón iba a buscar a su paisano al Colegio Viejo y, juntos, iban a los vestuarios a prepararse para el semanal encuentro amateur. Se presentaba una hora antes del comienzo del encuentro. Éste era el tiempo del que disponía El Rey del Rock, para llevar a término su execrable acción.
El 20 de Mayo de 1980, el patio de los Hermanos estaba desierto, el sol era espléndido pero ahora, a las nueve de la mañana, aún no torraba. Los árboles del campo desprendían, junto a los de la Rambleta, el tibio y encantador perfume, tan característico, que envolvía el patio en cuanto se levanta un poco de viento a favor. Se oía, lejano, el canto de algunos pájaros, y varias palomas se divisaban contra la sombra de los aleros del Colegio Viejo.
Pero no pensaba El Rey del Rock en nada de esto al atravesar el campo procedente de la entrada de la Rambleta, oyendo el crujido de la arena al avanzar. No estaba para mandangas. Lo único que le agradaba era la quietud que, casi monástica, envolvía los edificios de los Hermanos, le iba muy bien para el plan. De los futboleros no había aún ni rastro, y cuando llegó a la entrada del patio de Baloncesto y entró, pensó que quizás Fachón no estaba allí por el momento. Era posible, pero lo probable es que estuviera ya en algún punto del Edificio Viejo, curioseando, como era su nostálgica costumbre.
La primera puerta, la exterior, estaba abierta y por eso pudo El Rey del Rock entrar, pero la segunda, la acristalada, estaba cerrada. Gruñendo, salió del patio de Baloncesto otra vez; y se dispuso a intentar el acceso por otro punto.
Anduvo junto a la pared del Colegio Viejo hacia la puerta grande, de madera, que hay en el centro de la achatada construcción. Subió los tres peldaños rojizos. Empujó la puerta. Ésta se abrió, lastimera y crujidoramente. No la abrió del todo, y se deslizó aprovechando su agilidad asombrosa. La cerró tras él, quedando sumido en la semioscuridad fresca, de oasis, del pasillo. Se metió por la puerta de la izquierda, en los lavabos cuasi prusianos (más que lavabos, eran instrumentos de tortura mental y física) Miró atentamente, nadie, se preguntó si no iría a aparecer uno de esos viejos cuidadores que pululan como fantasmas por las construcciones colegiales, pero se olvidó de ésas cavilaciones al ver los espejos.
Se miró y remiró: el disfraz era perfecto: en vez de su habitual melena castaña y rizosa, un pelo a cepillo estilo mod y teñido de rubio. Eso y unas gafas negras estilo Ramoncín, le hacían irreconocible. Por otra parte, el atuendo era propio de un mod, con, incluso, pajarita. En cuanto a sus habituales camperas blanco-fosforescentes ¡Ni pensarlo! mocasines punteros de piel de cocodrilo con apliques de brillante metal y calcetines blancos; no le reconocería nadie, ni nadie repararía en semejante mamarracho.
Satisfecho, tras asegurarse del facón y la pistola, se aventuró al pasillo general del Colegio Viejo: no había nadie. Ni siquiera en los despachos, cerrados con llave, se preguntó otra vez por el ujier viejo. Luego se asomó al portón que da a la calle, en el vestíbulo del Colegio, enfrente del Exágono. Vio en la pequeña avenida  comida al jardín, el coche de Fachón. Ya estaba en el Colegio, pero: ¿Dónde? ¿En el cercano taller? ¿En la también cercana sala de profesores?
Pero supo que lo más probable es que no estuviera en la planta baja, estaría arriba, con su amigo el Hno. Jumillo Centénez, su paisano (por si no lo he dicho antes, Fachón y Jumillo son de Burgos), hablando, mientras varios alumnos aprendían a escribir a máquina…Pero también podía también estar en el Salón de Actos, al final del amplio pasillo general...
Nuestro héroe-enmascarado (en el sentido de disfrazado, su atuendo es el que he descrito antes; ridículo pero a la mode) atravesó de dos zancadas el vestíbulo (donde hay varios bancos de espera, las puertas de los despachos y el mueble con los trofeos futboleros del San Gabriel) y fue por el pasillo, hacia la derecha. Al pasar por la clasecilla de inglés y la que fue de 5º de EGB, seguida de ésta, miró cauto, no fuera que el policía estuviera allí. No estaba.
Llegó hasta la puerta que daba a la Sala de Actos. Entró en ella: desierta y oscura, cerradas sus ventanas por las cortinas de plomo. Abrió la luz eléctrica. Sólo estaban las filas y filas de sillas que hay normalmente allí. Apagó las luces y volvió al pasillo. Se dio cuenta del magnífico efecto que producía. Estaba sumido en una semipenumbra fresca, acentuada por las frías baldosas desiguales, propias de Iglesia Antigua. Pero no obstante, a través de los acristalados que comunicaban algunas clases con el pasillo central, se veía el campo, ya comenzado a achicharrar por el sol. Un contraste hermosísimo que daba al lugar la agradabilísima sensación  de oasis que ya he comentado. Por otra parte, en la banda contraria se admiraban a través de las ventanas que daban al pasillo y las que daban fuera, las copas de los arbustos del jardín de entrada del Colegio Viejo, por calle Ricart. En una banda el sol a plomo. En el otro una sombra fresca, y en medio, el efecto de claustro.
Miró El Rey del Rock el reloj: ya eran las nueve y veintiséis. Debía darse prisa. Andando hacia la puerta de acceso a la escalera hacia el piso superior, y también a la escalera que llevaba al oscuro y misterioso sótano del Colegio, salió casi de sopetón el viejo cuidador. Estaba a escasos dos metros de nuestro rudo héroe. Este se quedó helado, inmóvil; casi sin respirar siquiera. El viejo no lo vio, y se dirigió hacia la puerta del patio de Baloncesto. El Rey del Rock lo vio llegar hasta allí, abrir la puerta acristalada que antes le había impedido el paso, y salir fuera del Colegio, siempre con una escoba al hombro como un fusil, y canturreando la canción de moda en 1941
Cuando desapareció el viejo, el aspirante a asesino (por treintava vez, por lo menos), se quedó más tranquilo. Asomado a la escalera de subida, oyó la voz de Fachón diciendo: bien, ya nos veremos en los vestuarios, hasta ahora. Y una contestación que no captó bien el asesino. Oyó las primeras pisadas en los escalones, y voló fuera, al pasillo. Pensó: él sale de la escalera, atraviesa el pasillo y sale por la puerta central del edificio  que da directamente al campo, la que está orientada mirando al río, a Barcelona, y cómo no, al campo de fútbol de Los Hermanos, yo me meto en el vestíbulo y, cuando esté a su espalda, lo mato de un tiro, cojo la puerta y me largo en un momento.
Y se situó parapetado, en el vestíbulo, tras el armario de los trofeos. Y cuando amartillaba su Colt 45 automático, con silenciador, oyó: Ajuna, Jumillo, voy un sarmuñante al desván, a endicar. Y una voz que contestaba: De acuerdo, yo me quedo aostelé. Oyó y vio de refilón, al asomarse a la escalera, cómo bajaba Fachón. Pero antes de que tuviera tiempo de tirarle, desapareció en la oscuridad. "Mierda” pensó el malhechor.
Pero ideó una añagaza mejor: En lugar de seguirlo por la escalera, que es de donde podía esperarse mejor un ataque, salgo afuera, al jardín de enfrente del Exágono, y escurriéndome entre los arbustos para que no lo vea la gente que vaya por la calle, entro sigilosamente por la puerta del jardín que utiliza el jardinero, y que da al sótano del Colegio. Eso fue lo que hizo: entró sigilosamente en el sótano, bajó del mismo modo los dos escalones. Inmóvil, escudriñó por el paisaje de trastos mal definidos y herramientas de jardinería y agudizó el oído para saber si estaba allí Fachón. Atravesó El Rey del Rock toda la extensión de la informe sala que hacía de sótano sólo escuchando un cricrí de cucarachas o ratones, y llegó hasta la puerta que comunicaba  con el rellano donde comenzaba la escalera de subida. Parapetado tras la puerta que daba a ése rellano desde el sótano propiamente dicho, vio que la habitacioncilla del jardinero (o ujier, o cuidador o viejo) tenía la luz encendida. Pero la puerta, a su vez, sólo estaba entreabierta. Salió al rellano y espió El Rey del Rock dentro de la habitacioncilla. Dentro, de espaldas, estaba Fachón contemplando un gran cuadro de mediados del siglo pasado, representando a San Luís María de Montfort (fundador de la Orden Gabrielista), que estaba arrinconado entre los estantes y diversos cachivaches e instrumentos de jardinería. No lo pensó dos veces El Rey del Rock: una y va que arde, pero dar un paso para disparar mejor contra el policía tocó una estantería con el codo, tirando involuntariamente un frasco de linimento, que se rompió. Instantáneamente, Fachón se echó al suelo, tras una mesita, sin dar a El Rey del Rock tiempo de disparar. Por el contrario, el policía burgalés sí que sacó su pistola reglamentaria y martilleada para la ocasión.
Tiró ya El Rey del Rock, con silenciador, contra la mano de Fachón, y la pistola saltó de ésta (buena puntería la del chorizo, pardiez) No cejó Fachón. Lanzó desde el suelo una caja contra la bombilla, que se rompió, y acto seguido se lanzó como un toro contra la puerta. Arrolló la mesa y al chorizo, y agarrados los dos contendientes, fueron dando tumbos en la oscuridad entre, sobre y bajo los cachivaches de la habitación abigarrada. Disparó de nuevo el chorizo, agarrado a lo que creía una pierna de Fachón. No hubo signo alguno de que hubiera acertado. Agarrados por las solapas, luchando, fueron a dar contra una estantería, que cayó junto con unas diez o doce botellas antediluvianas y latas que sostenía. De pronto El Rey del Rock notó que su pierna se trababa con algo, y cayó. Se le soltó la presa. Recibió un sillazo en la cara, que lo aturdió un momento; y cuando, desde el suelo vio de disparar contra la puerta, sólo vio a ésta moverse cansinamente y la suave penumbra del rellano. Oyó asimismo ruido de pasos en la escalera. Para poder salir, encendió su mechero y y vio su pierna hincada en el cuadro que antes mencioné. Desde una esquina intacta, San Luis María de Montfort le miraba con aquellos ojos dulces, serenos, de santo de almíbar, como reprochándole. Dos saltos y se hallaba en el tramo de escaleras de subida. Vio un par de manchas de sangre. ¡Bien!. Fachón estaba herido. Y desarmado. Seguramente habría seguido por las escaleras hasta donde se hallaban los alumnos de mecanografía. Mala cosa, si había algún teléfono arriba, podían llamar a la poli y cazarlo. Subió rápido pero con cautela. Arriba, nada de nada. Varias salas vacías, incluida la de máquina, con sus pianos escribientes alineados en perfecto orden. Miró el reloj. Las diez menos cuarto. Sí, la clase terminaba a menos veinte, o seguramente antes al haber partido para el profesor, el Hno. Jumillo. No obstante, Fachón había subido: las manchas de sangre lo confirmaban.
Ya nerviosillo, El Rey del Rock registró todo el piso alto: los talleres de delineante, el comedor de los profesores…De allí pasó a la cocina, y de ésta al gigantesco comedor de los niños. Como habían sillas amontonadas, para que las mujeres de la cocina pudieran fregar el suelo, se le ocurrió que Fachón podía haber tenido la ocurrencia de esconderse allí, como él mismo hiciera en situación parecida cuando la batalla de Can Matacás. Fue hasta el fondo del comedor, donde ya se dibujaban, en la grata penumbrilla, los rectángulos de espléndido sol que eran las ventanas, y se puso a mirar por allí.
Ya estaba casi seguro de la ausencia en aquel punto de Fachón, cuando oyó el ruido de ruedecillas al rodar, se giró y, asombrado, vio cómo se le venía encima una gran mesa de ruedas de las que se usaban para llevar platos y perolas. No tuvo tiempo de apartarse. El furgón lo aplastó contra la pared. Medio aturdido, vio en el fondo opuesto del comedor a Fachón corriendo pesadamente. Le disparó, falló. Se sacó la mesa rodante de encima y corrió hacia la puerta por la que el policía había salido. Así, llegó al rellano de arriba de la escalera. Vio entreabierta la puerta de la sala de dibujo lineal, que él había cerrado.
Fachón no había bajado. Estaba allí. Además, una fila de gotas de sangre confirmaba la hipótesis. Fachón era perro viejo, pero El Rey del Rock era más listo. No se dio por enterado, y bajó corriendo la escalera, disparando para que el poli oyera los flops-flops de los tiros con silenciador.
Cuando llegó a la salida del pasillo general se parapetó traquilamente a la derecha, donde es más difícil ver si hay alguien al salir por ésa puerta, consultó la hora: las diez menos nueve, y recargó también tranquila y parsimoniosamente su arma.
Esperó los nueve minutos preceptivos. Las diez en punto. Empezó a inquietarse, podía venir alguien buscando a Fachón, pues el partido tenía que empezar ya. Esperó otros diez minutos sin que apareciera nadie. Era cuestión de suerte, pensó. Se habían retrasado. Y al fin oyó pasos cautelosos por la escalera. Sonrió. Por fin, el imbécil se atrevía a abandonar su refugio. Se alegró El Rey del Rock, pues así no tendría que subir a buscarlo, como ya estaba pensando, especulando con la pérdida de sangre del policía. Se relamió de gusto y se le ocurrió de pronto, como única concesión a la estética en toda su vida, que quedaría mejor que los disparos sonaran por todo el Colegio, que debía tener un eco magnífico.
Quitó el silenciador, al fin y al cabo, ya no lo pillaban. Apareció entonces Fachón, corriendo a rencas. Viole los ojos un momento El Rey del Rock, disparó cuatro tiros a quemarropa contra el policía, y no esperó nada más. Escupió a la figura caída, quizás agonizante, quizá muerta ya, y atravesó el vestíbulo y salió por la puerta que está enfrente del Exagono.
Aunque, como ya he dicho, el sol empezaba a aplomarse, por aquella parte, la sombra mantenía aún el frescor que apreció de veras el asesino que salía por la puerta principal del Colegio Viejo. Cruzó tranquilamente la calle por delante de un autobús y desapareció tranquilamente entre los viandantes.
Fachón no murió entonces; fallo para el caballero. Herido en vientre, estómago y pulmones, quedó muy grave. Por otra parte tenía la herida en la pierna, de la que subsistiría una renquera leve pero molesta para sus aficiones futbolísticas.
Grave como he dicho, fue llevado primero una larga temporada a un Hospital y  luego llevó a cabo una larga convalecencia en su casa del Paseo de Gracia. Es decir, que salió fuera de la escena. No muerto, pero sí inutilizado y fuera de combate. El Rey del Rock quedó un poco decepcionado, pero no molesto, ya que para el caso era lo mismo: de todas formas, se había deshecho ya de él. Mientras, el Ayuntamiento mantuvo las medidas anti delincuencia y por tanto, ése semi-subrepticio mando único de las fuerzas de policía de San Adrián, teóricamente obedientes de mandos distintos y casi incompatibles. Se mantuvo, como ya digo, la figura del Jefe del mando unificado de las fuerzas del Orden en San Adrián del Besós, que recayó, al quedar reemplazado Fachón, en la persona del capitán Lorente Perigord, de la Policía Nacional. Hubo una pequeña disputa por el puesto con los de la Guardia Civil, que preferían otro candidato, pero todo se resolvió bien y sin excesiva animadversión resultante entre los dos bandos enfrentados.
Hernesto Lorente Perigord, natural de Tarragona, se reveló pronto como un jefe mucho más blado e incapaz que Fachón, y los delincuentes volvieron a campar por sus respetos por San Adrián, como al comienzo de esta historia. No obstante, no se reprodujeron los excesos con los que El Chamorro había obligado a una represión organizada. El hampa se mantuvo en sus límites razonables y subrepticios, viviendo de sus contrabandos con Badalona, sus puntos de peaje y sus asaltos, que no eran sangrientos, y sí de los normales que se producen, restando ya endémicos desde que se murió el Jefe, único al que se le hacía algún caso.
La banda del Rey del Rock alcanzó una cierta supremacía, pero no monopolística como la del Chamorro y multitud de bandas de quinceañeros proliferaron. (No es ningún hecho extraordinario, ya que antes de las Guerras Chamorreras existían chorizos por legiones, pero nunca ruidosos como durante el transcurso de éstas, que no sólo fastidiaron a las personas de bien y al Ayuntamiento, sino también a los chorizos de poca monta no implicados, que no podían afanar a gusto y debían diezmo al Chamorro.
En fin, que todos comieron perdices y vivieron felices, se había cerrado una Página de la Historia y se inició una época de paz y prosperidad para El Rey del Rock. Tal como 1978 fue el año del cénit del Chamorro: 1980-1981 fueron los años de apogeo de nuestro héroe. Tan bien se le dieron los negocios, que dominaba unas de veinte a cuarenta manzanas de San Adrián, poseía tres o cuatro coches ( y no la roñosa Lambretta del Chamorro, ¡Si al menos hubiese sido una Bultaco Metrasha! aunque uno de ellos era un Mini y vale por la mitad; otros dos o tres apartamentos, una plantita baja dedicada a Bar, y mantenía (bueno, lo mantenían) de tres a seis mujeres; era un aren oscilante de todas las razas: blancas mediterráneas, célticas o ario-nórdicas (si bien unas y otras de la misma parte de Extremadura), negras de Guinea; de ésos negros que empezaron a proliferar por San Adrián, y hasta una china (Sin faltar las gitanas, por descontado) Por otra parte, aún le quedaban energías para tener dos amantes masculinos; no diré nombres, pero uno peluquero y otro pollero, pues como sabrán era medio maricón.

Pero no crean que todo era comer, follar y correr en coches veloces, no: también ejercitaba su mente en el juego: en una de sus casas se organizaban timbas impresionantes. Y no crean que sólo de purria maloliente; también algunos de los diez influyentes de San Adrián acudían con regularidad. Aquello era Jauja; fué una época de tranquilidad en lo político-bandero. Sólo una vez tuvo que habérselas con una banda de Badalona que quería un camino entre San Roque y el Ayuntamiento de San Adrián. Como el pasillo tenía que atravesar sus territorios, el Rey del Rock se dispuso a hacerles ver lo tonto que sería buscarle la cosquillas, Alta Política. Ah, incidentalmente podemos comentar que se había disuelto el sóviet de la empresa Bolós y que ya no se vió ninguna otra tanqueta de la Guardia Civil por San Adrián. Los propietarios perpetuos del Ayuntamiento jubilaron sus camisas azules, no pegaban para escuchar Els Segadors. Ni volvió a hablarse jamás de la Banda de la Correa.

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