Y llegó el trece de Enero de 1980, cuando el Chamorro fue apresado e
internado en la Modelo. Más tarde, se vio el juicio y fue condenado a cadena
perpetua. Las ilusiones del bandido fueron fugaces. Todos los de su banda: los
violadores, los chorizos del cañón, etcétera, siguieron cumpliendo condena en
la Modelo, pero a él lo mandaron a cierto penal riguroso de Ávila.
Sabidas las
noticias, el Imperio del Chamorro se hundió rápida y definitivamente, y los
sesenta hombres en pie de guerra fueron menguando y sufriendo defecciones, los
gitanos de la familia Chamorro se quedaron en sus feudos de San Roque y se
dedicaron a sus cosas, dejando en paz a San Adrián. Y es más: cuatro meses
después, en Abril, volvieron a ser interlocutores dispuestos para la
consecución de negocios, fundamentalmente de contrabando y de difusión de
billetaje burdamente falsificado a medias con los hampones de San Adrián.
El Chamorro
quedaba cada vez más atrás, solo su recuerdo perduró en los niños y en los que
habían sufrido sus fechorías, y en los múltiples pero tibios partidarios que le
quedaron diseminados en todos los gangs adrianenses, no volvió la paz, ni mucho
menos. Las guerras habían sido terribles, pero no habían acabado. Fachón,
sabedor de los secretos de todas las bandas, o de casi todas, seguía su
campaña, su Cruzada. Con rápidas acciones policiales, fue
haciendo caer uno tras otro a todos los capos importantes y finalmente, le tocó
el turno al Rey del Rock.
Empezaron a
buscarle problemas y a estropearle negocios, pero El Rey del Rock no sedaba por
aludido; si era necesario, acabaría con Fachón. Y eso hizo: era en Mayo de 1980
(ya había muerto, es decir, ya había acabado de agonizar, Joe culo Gordo y el
Rey del Rock tenía decidida ya la forma en que acabaría con el incordiante
exGuardia Civil, que por cierto seguía erre que erre en querer limpiar San
Adrián de malhechores.
Supo que, llevado
de su afición al fútbol, Juan Fachón visitaba frecuentemente el Colegio de Los
Hermanos, donde tenía una buena amistad: la de cierto hermano paisano suyo que,
aparte de impartir clases de mecanografía, se dedicaba a jugar y muy bien al
deporte del balonpié. Normalmente, el sábado por la mañana,
cuando gabrielista estaba ocupado por alguna competición del equipo juvenil, se
reunían varios profesores e insignes vecinos de San Adrián, entre ellos Fachón,
para jugar un partido.
Normalmente,
Fachón iba a buscar a su paisano al Colegio Viejo y, juntos, iban a los
vestuarios a prepararse para el semanal encuentro amateur. Se presentaba una
hora antes del comienzo del encuentro. Éste era el tiempo del que disponía El
Rey del Rock, para llevar a término su execrable acción.
El 20 de Mayo de
1980, el patio de los Hermanos estaba desierto, el sol era espléndido pero
ahora, a las nueve de la mañana, aún no torraba. Los árboles del campo
desprendían, junto a los de la Rambleta, el tibio y encantador perfume, tan
característico, que envolvía el patio en cuanto se levanta un poco de viento a
favor. Se oía, lejano, el canto de algunos pájaros, y varias palomas se
divisaban contra la sombra de los aleros del Colegio Viejo.
Pero no pensaba
El Rey del Rock en nada de esto al atravesar el campo procedente de la entrada
de la Rambleta, oyendo el crujido de la arena al avanzar. No estaba para
mandangas. Lo único que le agradaba era la quietud que, casi monástica,
envolvía los edificios de los Hermanos, le iba muy bien para el plan. De los
futboleros no había aún ni rastro, y cuando llegó a la entrada del patio de
Baloncesto y entró, pensó que quizás Fachón no estaba allí por el momento. Era
posible, pero lo probable es que estuviera ya en algún punto del Edificio
Viejo, curioseando, como era su nostálgica costumbre.
La primera
puerta, la exterior, estaba abierta y por eso pudo El Rey del Rock entrar, pero
la segunda, la acristalada, estaba cerrada. Gruñendo, salió del patio de
Baloncesto otra vez; y se dispuso a intentar el acceso por otro punto.
Anduvo junto a la
pared del Colegio Viejo hacia la puerta grande, de madera, que hay en el centro
de la achatada construcción. Subió los tres peldaños rojizos. Empujó la puerta.
Ésta se abrió, lastimera y crujidoramente. No la abrió del todo, y se deslizó
aprovechando su agilidad asombrosa. La cerró tras él, quedando sumido en la
semioscuridad fresca, de oasis, del pasillo. Se metió por la puerta de la
izquierda, en los lavabos cuasi prusianos (más que lavabos, eran instrumentos
de tortura mental y física) Miró atentamente, nadie, se preguntó si no iría a
aparecer uno de esos viejos cuidadores que pululan como fantasmas por las
construcciones colegiales, pero se olvidó de ésas cavilaciones al ver los
espejos.
Se miró y remiró:
el disfraz era perfecto: en vez de su habitual melena castaña y rizosa, un pelo
a cepillo estilo mod y teñido de rubio. Eso y unas gafas negras estilo
Ramoncín, le hacían irreconocible. Por otra parte, el atuendo era propio de un
mod, con, incluso, pajarita. En cuanto a sus habituales camperas blanco-fosforescentes
¡Ni pensarlo! mocasines punteros de piel de cocodrilo con apliques de brillante
metal y calcetines blancos; no le reconocería nadie, ni nadie repararía en
semejante mamarracho.
Satisfecho, tras
asegurarse del facón y la pistola, se aventuró al pasillo general del Colegio
Viejo: no había nadie. Ni siquiera en los despachos, cerrados con llave, se
preguntó otra vez por el ujier viejo. Luego se asomó al portón que da a la
calle, en el vestíbulo del Colegio, enfrente del Exágono. Vio en la pequeña
avenida comida al jardín, el coche de Fachón. Ya estaba en el Colegio,
pero: ¿Dónde? ¿En el cercano taller? ¿En la también cercana sala de profesores?
Pero supo que lo
más probable es que no estuviera en la planta baja, estaría arriba, con su
amigo el Hno. Jumillo Centénez, su paisano (por si no lo he dicho antes, Fachón
y Jumillo son de Burgos), hablando, mientras varios alumnos aprendían a
escribir a máquina…Pero también podía también estar en el Salón de Actos, al
final del amplio pasillo general...
Nuestro
héroe-enmascarado (en el sentido de disfrazado, su atuendo es el que he
descrito antes; ridículo pero a la mode) atravesó de dos zancadas el vestíbulo
(donde hay varios bancos de espera, las puertas de los despachos y el mueble
con los trofeos futboleros del San Gabriel) y fue por el pasillo, hacia la
derecha. Al pasar por la clasecilla de inglés y la que fue de 5º de EGB,
seguida de ésta, miró cauto, no fuera que el policía estuviera allí. No estaba.
Llegó hasta la
puerta que daba a la Sala de Actos. Entró en ella: desierta y oscura, cerradas
sus ventanas por las cortinas de plomo. Abrió la luz eléctrica. Sólo estaban
las filas y filas de sillas que hay normalmente allí. Apagó las luces y volvió
al pasillo. Se dio cuenta del magnífico efecto que producía. Estaba sumido en
una semipenumbra fresca, acentuada por las frías baldosas desiguales, propias
de Iglesia Antigua. Pero no obstante, a través de los acristalados que
comunicaban algunas clases con el pasillo central, se veía el campo, ya
comenzado a achicharrar por el sol. Un contraste hermosísimo que daba al lugar
la agradabilísima sensación de oasis que ya he comentado. Por otra parte,
en la banda contraria se admiraban a través de las ventanas que daban al
pasillo y las que daban fuera, las copas de los arbustos del jardín de entrada
del Colegio Viejo, por calle Ricart. En una banda el sol a plomo. En el otro
una sombra fresca, y en medio, el efecto de claustro.
Miró El Rey del
Rock el reloj: ya eran las nueve y veintiséis. Debía darse prisa. Andando hacia
la puerta de acceso a la escalera hacia el piso superior, y también a la
escalera que llevaba al oscuro y misterioso sótano del Colegio, salió casi de
sopetón el viejo cuidador. Estaba a escasos dos metros de nuestro rudo héroe.
Este se quedó helado, inmóvil; casi sin respirar siquiera. El viejo no lo vio,
y se dirigió hacia la puerta del patio de Baloncesto. El Rey del Rock lo vio
llegar hasta allí, abrir la puerta acristalada que antes le había impedido el
paso, y salir fuera del Colegio, siempre con una escoba al hombro como un
fusil, y canturreando la canción de moda en 1941
Cuando
desapareció el viejo, el aspirante a asesino (por treintava vez, por lo menos),
se quedó más tranquilo. Asomado a la escalera de subida, oyó la voz de Fachón
diciendo: bien, ya nos veremos en los vestuarios, hasta ahora. Y una
contestación que no captó bien el asesino. Oyó las primeras pisadas en los
escalones, y voló fuera, al pasillo. Pensó: él sale de la escalera, atraviesa
el pasillo y sale por la puerta central del edificio que da directamente
al campo, la que está orientada mirando al río, a Barcelona, y cómo no, al
campo de fútbol de Los Hermanos, yo me meto en el vestíbulo y, cuando esté a su
espalda, lo mato de un tiro, cojo la puerta y me largo en un momento.
Y se situó
parapetado, en el vestíbulo, tras el armario de los trofeos. Y cuando
amartillaba su Colt 45 automático, con silenciador, oyó: Ajuna, Jumillo, voy un
sarmuñante al desván, a endicar. Y una voz que contestaba: De acuerdo, yo me
quedo aostelé. Oyó y vio de refilón, al asomarse a la escalera, cómo bajaba
Fachón. Pero antes de que tuviera tiempo de tirarle, desapareció en la
oscuridad. "Mierda” pensó el malhechor.
Pero ideó una
añagaza mejor: En lugar de seguirlo por la escalera, que es de donde podía
esperarse mejor un ataque, salgo afuera, al jardín de enfrente del Exágono, y
escurriéndome entre los arbustos para que no lo vea la gente que vaya por la
calle, entro sigilosamente por la puerta del jardín que utiliza el jardinero, y
que da al sótano del Colegio. Eso fue lo que hizo: entró sigilosamente en el
sótano, bajó del mismo modo los dos escalones. Inmóvil, escudriñó por el
paisaje de trastos mal definidos y herramientas de jardinería y agudizó el oído
para saber si estaba allí Fachón. Atravesó El Rey del Rock toda la extensión de
la informe sala que hacía de sótano sólo escuchando un cricrí de cucarachas o
ratones, y llegó hasta la puerta que comunicaba con el rellano donde
comenzaba la escalera de subida. Parapetado tras la puerta que daba a ése
rellano desde el sótano propiamente dicho, vio que la habitacioncilla del
jardinero (o ujier, o cuidador o viejo) tenía la luz encendida. Pero la puerta,
a su vez, sólo estaba entreabierta. Salió al rellano y espió El Rey del Rock
dentro de la habitacioncilla. Dentro, de espaldas, estaba Fachón contemplando
un gran cuadro de mediados del siglo pasado, representando a San Luís María de
Montfort (fundador de la Orden Gabrielista), que estaba arrinconado entre los
estantes y diversos cachivaches e instrumentos de jardinería. No lo pensó dos
veces El Rey del Rock: una y va que arde, pero dar un paso para disparar mejor
contra el policía tocó una estantería con el codo, tirando involuntariamente un
frasco de linimento, que se rompió. Instantáneamente, Fachón se echó al suelo,
tras una mesita, sin dar a El Rey del Rock tiempo de disparar. Por el
contrario, el policía burgalés sí que sacó su pistola reglamentaria y
martilleada para la ocasión.
Tiró ya El Rey
del Rock, con silenciador, contra la mano de Fachón, y la pistola saltó de ésta
(buena puntería la del chorizo, pardiez) No cejó Fachón. Lanzó desde el suelo
una caja contra la bombilla, que se rompió, y acto seguido se lanzó como un
toro contra la puerta. Arrolló la mesa y al chorizo, y agarrados los dos contendientes,
fueron dando tumbos en la oscuridad entre, sobre y bajo los cachivaches de la
habitación abigarrada. Disparó de nuevo el chorizo, agarrado a lo que creía una
pierna de Fachón. No hubo signo alguno de que hubiera acertado. Agarrados por
las solapas, luchando, fueron a dar contra una estantería, que cayó junto con
unas diez o doce botellas antediluvianas y latas que sostenía. De pronto El Rey
del Rock notó que su pierna se trababa con algo, y cayó. Se le soltó la presa.
Recibió un sillazo en la cara, que lo aturdió un momento; y cuando, desde el
suelo vio de disparar contra la puerta, sólo vio a ésta moverse cansinamente y
la suave penumbra del rellano. Oyó asimismo ruido de pasos en la escalera. Para
poder salir, encendió su mechero y y vio su pierna hincada en el cuadro que
antes mencioné. Desde una esquina intacta, San Luis María de Montfort le miraba
con aquellos ojos dulces, serenos, de santo de almíbar, como reprochándole. Dos
saltos y se hallaba en el tramo de escaleras de subida. Vio un par de manchas
de sangre. ¡Bien!. Fachón estaba herido. Y desarmado. Seguramente habría
seguido por las escaleras hasta donde se hallaban los alumnos de mecanografía.
Mala cosa, si había algún teléfono arriba, podían llamar a la poli y cazarlo.
Subió rápido pero con cautela. Arriba, nada de nada. Varias salas vacías,
incluida la de máquina, con sus pianos escribientes alineados en perfecto
orden. Miró el reloj. Las diez menos cuarto. Sí, la clase terminaba a menos
veinte, o seguramente antes al haber partido para el profesor, el Hno. Jumillo.
No obstante, Fachón había subido: las manchas de sangre lo confirmaban.
Ya nerviosillo,
El Rey del Rock registró todo el piso alto: los talleres de delineante, el
comedor de los profesores…De allí pasó a la cocina, y de ésta al gigantesco
comedor de los niños. Como habían sillas amontonadas, para que las mujeres de
la cocina pudieran fregar el suelo, se le ocurrió que Fachón podía haber tenido
la ocurrencia de esconderse allí, como él mismo hiciera en situación parecida
cuando la batalla de Can Matacás. Fue hasta el fondo del comedor, donde ya se
dibujaban, en la grata penumbrilla, los rectángulos de espléndido sol que eran
las ventanas, y se puso a mirar por allí.
Ya estaba casi
seguro de la ausencia en aquel punto de Fachón, cuando oyó el ruido de
ruedecillas al rodar, se giró y, asombrado, vio cómo se le venía encima una
gran mesa de ruedas de las que se usaban para llevar platos y perolas. No tuvo
tiempo de apartarse. El furgón lo aplastó contra la pared. Medio aturdido, vio
en el fondo opuesto del comedor a Fachón corriendo pesadamente. Le disparó,
falló. Se sacó la mesa rodante de encima y corrió hacia la puerta por la que el
policía había salido. Así, llegó al rellano de arriba de la escalera. Vio
entreabierta la puerta de la sala de dibujo lineal, que él había cerrado.
Fachón no había
bajado. Estaba allí. Además, una fila de gotas de sangre confirmaba la
hipótesis. Fachón era perro viejo, pero El Rey del Rock era más listo. No se
dio por enterado, y bajó corriendo la escalera, disparando para que el poli
oyera los flops-flops de los tiros con silenciador.
Cuando llegó a la
salida del pasillo general se parapetó traquilamente a la derecha, donde es más
difícil ver si hay alguien al salir por ésa puerta, consultó la hora: las diez
menos nueve, y recargó también tranquila y parsimoniosamente su arma.
Esperó los nueve
minutos preceptivos. Las diez en punto. Empezó a inquietarse, podía venir
alguien buscando a Fachón, pues el partido tenía que empezar ya. Esperó otros
diez minutos sin que apareciera nadie. Era cuestión de suerte, pensó. Se habían
retrasado. Y al fin oyó pasos cautelosos por la escalera. Sonrió. Por fin, el
imbécil se atrevía a abandonar su refugio. Se alegró El Rey del Rock, pues así
no tendría que subir a buscarlo, como ya estaba pensando, especulando con la
pérdida de sangre del policía. Se relamió de gusto y se le ocurrió de pronto,
como única concesión a la estética en toda su vida, que quedaría mejor que los
disparos sonaran por todo el Colegio, que debía tener un eco magnífico.
Quitó el
silenciador, al fin y al cabo, ya no lo pillaban. Apareció
entonces Fachón, corriendo a rencas. Viole los ojos un momento El Rey del Rock,
disparó cuatro tiros a quemarropa contra el policía, y no esperó nada más.
Escupió a la figura caída, quizás agonizante, quizá muerta ya, y atravesó el
vestíbulo y salió por la puerta que está enfrente del Exagono.
Aunque, como ya
he dicho, el sol empezaba a aplomarse, por aquella parte, la sombra mantenía
aún el frescor que apreció de veras el asesino que salía por la puerta
principal del Colegio Viejo. Cruzó tranquilamente la calle por delante de un
autobús y desapareció tranquilamente entre los viandantes.
Fachón no murió
entonces; fallo para el caballero. Herido en vientre, estómago y pulmones,
quedó muy grave. Por otra parte tenía la herida en la pierna, de la que
subsistiría una renquera leve pero molesta para sus aficiones futbolísticas.
Grave como he
dicho, fue llevado primero una larga temporada a un Hospital y luego
llevó a cabo una larga convalecencia en su casa del Paseo de Gracia. Es decir,
que salió fuera de la escena. No muerto, pero sí inutilizado y fuera de
combate. El Rey del Rock quedó un poco decepcionado, pero no molesto, ya que
para el caso era lo mismo: de todas formas, se había deshecho ya de él. Mientras,
el Ayuntamiento mantuvo las medidas anti delincuencia y por tanto, ése
semi-subrepticio mando único de las fuerzas de policía de San Adrián,
teóricamente obedientes de mandos distintos y casi incompatibles. Se mantuvo,
como ya digo, la figura del Jefe del mando unificado de las fuerzas del Orden
en San Adrián del Besós, que recayó, al quedar reemplazado Fachón, en la
persona del capitán Lorente Perigord, de la Policía Nacional. Hubo una pequeña
disputa por el puesto con los de la Guardia Civil, que preferían otro
candidato, pero todo se resolvió bien y sin excesiva animadversión resultante
entre los dos bandos enfrentados.
Hernesto Lorente
Perigord, natural de Tarragona, se reveló pronto como un jefe mucho más blado e
incapaz que Fachón, y los delincuentes volvieron a campar por sus respetos por
San Adrián, como al comienzo de esta historia. No obstante, no se reprodujeron
los excesos con los que El Chamorro había obligado a una represión organizada.
El hampa se mantuvo en sus límites razonables y subrepticios, viviendo de sus
contrabandos con Badalona, sus puntos de peaje y sus asaltos, que no eran
sangrientos, y sí de los normales que se producen, restando ya endémicos desde
que se murió el Jefe, único al que se le hacía algún caso.
La banda del Rey
del Rock alcanzó una cierta supremacía, pero no monopolística como la del
Chamorro y multitud de bandas de quinceañeros proliferaron. (No es ningún hecho
extraordinario, ya que antes de las Guerras Chamorreras existían chorizos por
legiones, pero nunca ruidosos como durante el transcurso de éstas, que no sólo
fastidiaron a las personas de bien y al Ayuntamiento, sino también a los
chorizos de poca monta no implicados, que no podían afanar a gusto y debían
diezmo al Chamorro.
En fin, que todos
comieron perdices y vivieron felices, se había cerrado una Página de la
Historia y se inició una época de paz y prosperidad para El Rey del Rock. Tal
como 1978 fue el año del cénit del Chamorro: 1980-1981 fueron los años de
apogeo de nuestro héroe. Tan bien se le dieron los negocios, que dominaba unas
de veinte a cuarenta manzanas de San Adrián, poseía tres o cuatro coches ( y no
la roñosa Lambretta del Chamorro, ¡Si al menos hubiese sido una Bultaco
Metrasha! aunque uno de ellos era un Mini y vale por la mitad; otros dos o tres
apartamentos, una plantita baja dedicada a Bar, y mantenía (bueno, lo
mantenían) de tres a seis mujeres; era un aren oscilante de todas las razas:
blancas mediterráneas, célticas o ario-nórdicas (si bien unas y otras de la
misma parte de Extremadura), negras de Guinea; de ésos negros que empezaron a
proliferar por San Adrián, y hasta una china (Sin faltar las gitanas, por
descontado) Por otra parte, aún le quedaban energías para tener dos amantes
masculinos; no diré nombres, pero uno peluquero y otro pollero, pues como
sabrán era medio maricón.
Pero no crean que
todo era comer, follar y correr en coches veloces, no: también ejercitaba su
mente en el juego: en una de sus casas se organizaban timbas impresionantes. Y
no crean que sólo de purria maloliente; también algunos de los diez influyentes
de San Adrián acudían con regularidad. Aquello era Jauja; fué una época de
tranquilidad en lo político-bandero. Sólo una vez tuvo que habérselas con una
banda de Badalona que quería un camino entre San Roque y el Ayuntamiento de San
Adrián. Como el pasillo tenía que atravesar sus territorios, el Rey del Rock se
dispuso a hacerles ver lo tonto que sería buscarle la cosquillas, Alta
Política. Ah, incidentalmente podemos comentar que se había disuelto el sóviet
de la empresa Bolós y que ya no se vió ninguna otra tanqueta de la Guardia
Civil por San Adrián. Los propietarios perpetuos del Ayuntamiento jubilaron sus
camisas azules, no pegaban para escuchar Els Segadors. Ni volvió a hablarse
jamás de la Banda de la Correa.

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