Farruncajo (esto
es caló) Hijopútez, de la acreditada ganadería de los Hijopútez, adonis
indostano y tipo frío e inteligente, experto cazador de burros de ciudad y
disecador de Guardias Civiles, Gran Maestre Guardapiso del anciano Chamorro, el
héroe de ésta letrilla, se empilchó (esto es argentino) pa ir al centro de sus
placeres y sus vicios. Ya que era un rico de entre la raza cobriza, un
escogido, de ésos que llevan oro hasta en aros alrededor del prepucio, paseaba
sus veintidós abriles por los sitios más chics, más boîteros, más joteros y más
lujosos de San Adrián. Era inevitable, pues, que se convirtiera pronto en un
habitual del Copacabana Palace, situado frente al Ayuntamiento bunkerioso. El
problema del racismo lo había solucionao pronto: con repartir billetes de cinco
mil a los ujieres y acomodadores, era reconocido al punto como un prócer y
hasta como un maharajá o nabab, dado lo indostano de su procedencia.
Describámoslo someramente: metro setenta y algo, rizoso, flamenco, negro como
el carbón, con destellos de aceituna, dientes cariados, patillero piloso,
musculitos, manazas de bestia, cuello de toro, nariz aplastada y de gancho,
boca sensual y gorda, ojazos de huevo, sin brillo, negros como de negro del
Senegal. Nada de frente, arrugas prematuras de vicio barato. Olor de alcohol
permanente, taconazos, oséase: un cromo.
Esto es
contemporáneo de las guerras que sostuvo Chamorro contra Pep Ventura y contra
las facciones que se disputaban su cetro hampón, también dos meses después de
que Pusherillos, otro héroe, y el Manivela, quemaran con saña el local de Joâo
Fassbinder, el pastor mormonita, con él, y su familia dentro. Por unas cosas o
por otras, injustamente (como se ve) Farruncajo era odiado a muerte por otros
hamposos y criminales, y capos banderos, tanto gitanos como payos, tanto
Chamorros como Mairenas, tanto sanroqueños como adrianenses. Y el Copacabana
Palace, aunque controlado por la máfia de los tíos grandes de San Adrián, payos
todos, era el lugar de cita de los chorizos de mejor carrera y más altos
vuelos. Siempre hay asechanzas, en tales antros de vicio hipocritón y lujoso
(ver El Pirata) y, por otra parte, el camino de San Roque a la plaza de San
Adrián estaba lleno de recovecos idóneos para acabar con el envidiado (aunque
no tanto como Pusherillos) Farruncajo Hijopútez.
Eran las tres de
la madrugada de un día de Noviembre. Al salir de su suîte putera, abrochándose
la bragueta de los campanones de terciopelo de seda roja cereza, Farruncajo
Hijopútez se topó en el pasillo con Pusherillos, otro hábil del gremio, como
digo, que acababa de salir un mes antes del atentado que en aquel mismo lugar
habían montado algunos chamorreros, como se explicó ya. Eran enemigos, pero no
teman, que Pusherillos no quería enfrentarse descaradamente con el poderoso
Imperio Chamorrero: sus coletadas adrianenses habían estado a punto de matarlo.
No intentaba nada, por tanto, y menos contra un subalterno que, aunque rico (como
era Hijopútez) no dejaba de ser un mandado, sometido a la autoridad del
Chamorro y a la del Jefe de su familia (de su tribu) Farruncajo Hijopútez
tampoco estaba para liarse a tiros; no era la ocasión, además se conocían:
pasaron uno junto a otro, se echaron miradas de hielo, y cada uno se fue por su
camino.
Pronto, Farrucajo
Hijopútez estaba al volante de su potente descapotable verde botella con
guardabarros de oro, que llevaba con la capota puesta por ser el tiempo
inestable. Una de las cosas que conllevaba ser un tío de peso en la Corte
Chamorrera, era el poder disfrutar de lujo, pero un inconveniente era el no
llevar guardaespaldas. No importa, se decía Hijopútez y es que era audaz de
tomo y lomo, autentico patanegra.
Tomó por la calle
del Pedrós, los potentísimos faros cortaban la negrura. (La última lluvia había
inutilizado la iluminación municipal). Se perdió en aquel paraje siniestro, no
diferente de un callejón. Al llegar al paseo de las palmeras, el de los Blasco,
vió que la vía estaba cortada. Habian sacos y vallas del Ayuntamiento.
Desviación a la derecha, tomó por el camino del terreno vago, a un lado del
terreno vago. Atravesó el pasadizo. Antes de aparecer el coche verde en el
amplio plano, cercano a la Autopista, inmediato al vallado terreno vago,
Farruncajo Hijopútez era hombre muerto. Apostados en la tapia del terreno vago,
seis sombras cobrizas y furtivas, con fusiles con silenciador, le acribillaron
a placer. Pararon el coche con audacia. Lo arrinconaron. Quitaron la capota.
Farruncajo aún estaba vivo, pero ya agonizando. Se apagaron los faros.
Silencio. Brilla un cuchillo en la negrura. Amaneció el coche mojado, inundado
de agua, ya que llovió torrencialmente, y dentro, aquella joven promesa de la
Gitanería, cosido a balazos (dieciocho impactos en cabeza y pecho), con los
cojones en la boca. Como tenía tantos enemigos, nunca se supo a ciencia cierta quién
había sido, qué facción había llevado a cabo el asesinato ejemplar.
Con escasa
visión, los Hijopútez culparon a Pusherillos, y con los Hijopútez, la Corte
Chamorrera, Pusherillos se había enemistado doblemente con los Chamorro, con
los de San Adrián y con los de San Roque. Si a eso añadimos a los tíos grandes
de San Adrián, la policía, los políticos rojos, el Ayuntamiento, todos los otros
capos envidiosos y sus súbditos de La Mina, tenemos que su situación no era
cómoda. Si a eso añadimos que los que mataron a Farruncajo eran primos suyos,
Chamorreros e Hijopútez, veremos que la inquina que se ganó Pusherillos una vez
más: era injusta. A eso se suma que el Chamorro, el Joven, empezó a dar señales de
vida, casi completamente restablecido en el Chino de Barcelona, y que prometía
volver y “no dejar pendiente ninguna cuenta”. Y Pusherillos tenía una cuenta
pendiente, por lo del Manivela y por todo lo que se siguió.
En fin,
envalentonado por las falsas promesas de los tíos grandes de San Adrián, que
querían sacarle el jugo, viéndose ya el definitivo mafioso apoyado por la Banca
(vanos sueños) siendo el definitivo capo, no lúmpen, sino apoyado y consentido
por los poderes públicos, Pusherillos no tuvo inconveniente en proclamar que,
puesto que lo acusaban de haber despachado al Hijopútez (golpe canela fina nada
deshonroso de haberlo hecho), que sí, que sí había sido él el autor de la
represalia aquella.
Se habló y se
debatió mucho sobre la identidad de aquel cadáver que encontraron flotando en
la ribera del Besós, entre juncos resecos, botellas de plástico vacías y latas
oxidadas. Alguien debió esmerarse mucho en imposibilitar su
identificación; tanto como para quemarle la cara con un soplete y cortarle las
dos manos. En la comunidad gitana existe una creencia muy arraigada, y esta
consiste fundamentalmente en creer que si no recibes un entierro en
condiciones, nunca podrás ser reconocido por el padre supremo y tu entrada en
el cielo quedará vetada por buena parte de la eternidad. Por eso, en aquella
fosa común, existió durante algún tiempo un agujero sobre el cual solían
celebrarse misas y eventos a la usanza gitana; con guitarras y cante jondo, y
al pie de aquel nicho: sobre un tablón de madera carcomida recubierto de
geranios, podía leerse la siguiente inscripción:
“A Puzerillo,
nohotro no te ovlidamo”
1984

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