jueves, 16 de abril de 2015

La fiesta del Farruncajo



Farruncajo (esto es caló) Hijopútez, de la acreditada ganadería de los Hijopútez, adonis indostano y tipo frío e inteligente, experto cazador de burros de ciudad y disecador de Guardias Civiles, Gran Maestre Guardapiso del anciano Chamorro, el héroe de ésta letrilla, se empilchó (esto es argentino) pa ir al centro de sus placeres y sus vicios. Ya que era un rico de entre la raza cobriza, un escogido, de ésos que llevan oro hasta en aros alrededor del prepucio, paseaba sus veintidós abriles por los sitios más chics, más boîteros, más joteros y más lujosos de San Adrián. Era inevitable, pues, que se convirtiera pronto en un habitual del Copacabana Palace, situado frente al Ayuntamiento bunkerioso. El problema del racismo lo había solucionao pronto: con repartir billetes de cinco mil a los ujieres y acomodadores, era reconocido al punto como un prócer y hasta como un maharajá o nabab, dado lo indostano de su procedencia. Describámoslo someramente: metro setenta y algo, rizoso, flamenco, negro como el carbón, con destellos de aceituna, dientes cariados, patillero piloso, musculitos, manazas de bestia, cuello de toro, nariz aplastada y de gancho, boca sensual y gorda, ojazos de huevo, sin brillo, negros como de negro del Senegal. Nada de frente, arrugas prematuras de vicio barato. Olor de alcohol permanente, taconazos, oséase: un cromo.
Esto es contemporáneo de las guerras que sostuvo Chamorro contra Pep Ventura y contra las facciones que se disputaban su cetro hampón, también dos meses después de que Pusherillos, otro héroe, y el Manivela, quemaran con saña el local de Joâo Fassbinder, el pastor mormonita, con él, y su familia dentro. Por unas cosas o por otras, injustamente (como se ve) Farruncajo era odiado a muerte por otros hamposos y criminales, y capos banderos, tanto gitanos como payos, tanto Chamorros como Mairenas, tanto sanroqueños como adrianenses. Y el Copacabana Palace, aunque controlado por la máfia de los tíos grandes de San Adrián, payos todos, era el lugar de cita de los chorizos de mejor carrera y más altos vuelos. Siempre hay asechanzas, en tales antros de vicio hipocritón y lujoso (ver El Pirata) y, por otra parte, el camino de San Roque a la plaza de San Adrián estaba lleno de recovecos idóneos para acabar con el envidiado (aunque no tanto como Pusherillos) Farruncajo Hijopútez.
Eran las tres de la madrugada de un día de Noviembre. Al salir de su suîte putera, abrochándose la bragueta de los campanones de terciopelo de seda roja cereza, Farruncajo Hijopútez se topó en el pasillo con Pusherillos, otro hábil del gremio, como digo, que acababa de salir un mes antes del atentado que en aquel mismo lugar habían montado algunos chamorreros, como se explicó ya. Eran enemigos, pero no teman, que Pusherillos no quería enfrentarse descaradamente con el poderoso Imperio Chamorrero: sus coletadas adrianenses habían estado a punto de matarlo. No intentaba nada, por tanto, y menos contra un subalterno que, aunque rico (como era Hijopútez) no dejaba de ser un mandado, sometido a la autoridad del Chamorro y a la del Jefe de su familia (de su tribu) Farruncajo Hijopútez tampoco estaba para liarse a tiros; no era la ocasión, además se conocían: pasaron uno junto a otro, se echaron miradas de hielo, y cada uno se fue por su camino.
Pronto, Farrucajo Hijopútez estaba al volante de su potente descapotable verde botella con guardabarros de oro, que llevaba con la capota puesta por ser el tiempo inestable. Una de las cosas que conllevaba ser un tío de peso en la Corte Chamorrera, era el poder disfrutar de lujo, pero un inconveniente era el no llevar guardaespaldas. No importa, se decía Hijopútez y es que era audaz de tomo y lomo, autentico patanegra.
Tomó por la calle del Pedrós, los potentísimos faros cortaban la negrura. (La última lluvia había inutilizado la iluminación municipal). Se perdió en aquel paraje siniestro, no diferente de un callejón. Al llegar al paseo de las palmeras, el de los Blasco, vió que la vía estaba cortada. Habian sacos y vallas del Ayuntamiento. Desviación a la derecha, tomó por el camino del terreno vago, a un lado del terreno vago. Atravesó el pasadizo. Antes de aparecer el coche verde en el amplio plano, cercano a la Autopista, inmediato al vallado terreno vago, Farruncajo Hijopútez era hombre muerto. Apostados en la tapia del terreno vago, seis sombras cobrizas y furtivas, con fusiles con silenciador, le acribillaron a placer. Pararon el coche con audacia. Lo arrinconaron. Quitaron la capota. Farruncajo aún estaba vivo, pero ya agonizando. Se apagaron los faros. Silencio. Brilla un cuchillo en la negrura. Amaneció el coche mojado, inundado de agua, ya que llovió torrencialmente, y dentro, aquella joven promesa de la Gitanería, cosido a balazos (dieciocho impactos en cabeza y pecho), con los cojones en la boca. Como tenía tantos enemigos, nunca se supo a ciencia cierta quién había sido, qué facción había llevado a cabo el asesinato ejemplar.
Con escasa visión, los Hijopútez culparon a Pusherillos, y con los Hijopútez, la Corte Chamorrera, Pusherillos se había enemistado doblemente con los Chamorro, con los de San Adrián y con los de San Roque. Si a eso añadimos a los tíos grandes de San Adrián, la policía, los políticos rojos, el Ayuntamiento, todos los otros capos envidiosos y sus súbditos de La Mina, tenemos que su situación no era cómoda. Si a eso añadimos que los que mataron a Farruncajo eran primos suyos, Chamorreros e Hijopútez, veremos que la inquina que se ganó Pusherillos una vez más: era injusta. A eso se suma que el Chamorro, el Joven, empezó a dar señales de vida, casi completamente restablecido en el Chino de Barcelona, y que prometía volver y “no dejar pendiente ninguna cuenta”. Y Pusherillos tenía una cuenta pendiente, por lo del Manivela y por todo lo que se siguió.
En fin, envalentonado por las falsas promesas de los tíos grandes de San Adrián, que querían sacarle el jugo, viéndose ya el definitivo mafioso apoyado por la Banca (vanos sueños) siendo el definitivo capo, no lúmpen, sino apoyado y consentido por los poderes públicos, Pusherillos no tuvo inconveniente en proclamar que, puesto que lo acusaban de haber despachado al Hijopútez (golpe canela fina nada deshonroso de haberlo hecho), que sí, que sí había sido él el autor de la represalia aquella.
Se habló y se debatió mucho sobre la identidad de aquel cadáver que encontraron flotando en la ribera del Besós, entre juncos resecos, botellas de plástico vacías y latas oxidadas. Alguien debió esmerarse  mucho en  imposibilitar su identificación; tanto como para quemarle la cara con un soplete y cortarle las dos manos. En la comunidad gitana existe una creencia muy arraigada, y esta consiste fundamentalmente en creer que si no recibes un entierro en condiciones, nunca podrás ser reconocido por el padre supremo y tu entrada en el cielo quedará vetada por buena parte de la eternidad. Por eso, en aquella fosa común, existió durante algún tiempo un agujero sobre el cual solían celebrarse misas y eventos a la usanza gitana; con guitarras y cante jondo, y al pie de aquel nicho: sobre un tablón de madera carcomida recubierto de geranios, podía leerse la siguiente inscripción:
“A Puzerillo, nohotro no te ovlidamo”

1984

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