Mañuerre
Gütiesse, sensual gitano de la raza, había militado en todas las guerras, a tal
punto que era el último superviviente de todas ellas. Él había sido el que
mandó al nirvana o walhalla de los gitanos al Cortagüevones, orondo e
intelectual caudillo gitanero, y quien amilanó-por el método de caparlo
dejándolo eunuco pa tóa su vida al Cojones-Macho, que luego fue llamado el
manso, y que perdió, con la virilidad, el arrojo y el valor, y por tanto su
banda y sus feudos. Mañuerre era peligroso, aún ahora, surcado de tajadas de
navajón y más feo que un orangután, lo cual es habitual entre los de su
condición, estirpe, casta y raza.
Él había visto
hacerse y deshacerse enteros imperios, con todo su esplendor y gloria. ¡Carpe
Diem, Caput Mundi! se decía; convenientemente traducidas las hermosas palabras
latinas a su jerigonza infrahumana o por ahí. Con su sempiterna colilla añeja,
fruncido el curtío entrecejo, no de pensar, explicaba sus vivencias en el bar
La Casita Blanca, que frecuentaba, ya pingajo acabado, como de piedad. Sus
palabras, medio en caló medio en español, trenzaban el espeso cañamazo de las
grandes acciones guerreras: relataba su arrojo casi danzando ante los
concurrentes al hacer los gestos de las acciones que explicaba, que vivía al
volver a ellas. Entre el comienzo del año y el mes de julio, en que al dueño,
El Barrigón, le dio un ataque y se cerró el bar, estuvo yendo allí. La larga
tertulia, sobre todo consigo mismo, le había hecho palpar y estabilizar sus
recuerdos al presentárselos ante sí, ordenados solamente por el furor de la
narración, pero adquiriendo cierto auténtico orden con ello. En Enero se había
cruzado, como luego en Abril, con jóvenes del Movimiento Humanista.
Una muchacha,
María, le paró y le preguntó: ¿Qué piensas del ser humano? Mañuerre, pese a
todo, no tenía más de 30 años. Se quedó un momento mirando fijamente a la
muchacha, oscilando su ánimo entre cortar por lo seco o contarle su vida, el
Romance heróico que era ya su vida. Contestó: echángüén caló paé pijoé: las
muhere no tienen cohone. Allí acabó el intento del Movimiento Humanista, en la
acera de los pisos de l´Alberch, frente a la gasolinera de San Adrián, de
captar a Mañuerre Gütiesse. Mañuerre Gütiesse, durante los siguientes minutos,
parado ahí, ante el ancho cruce de la carretera general con la carretera de
Santa Coloma, las luces de los edificios por la noche, el tráfico, oteando o
intuyendo el perfil de Barcelona a su derecha, allí al fondo más allá del
puente, pensó que su mundo era muy otro que éste grande, donde la gente tiene
ideas, piensa, pide firmas, pone negocios, se muere de hambre, se frustra, se
queja.” El mundo payo”se dijo para sí, pero no era tal.
El mundo al que
él se refería, opuesto a éste, su mundo, era aquel mítico mundo del Chamorro y
el Policarpo, donde la Intriga Global decidía San Roque o La Mina; parado ahí,
por unos momentos, se sintió fuera de su mundo, como si hubiera chocado con un
antiuniverso; en el fresco de los primeros meses del año, en cuestión de
segundos, reentró de nuevo en su mundo, en su universo, en su dimensión de la
realidad. Sí, pensó: más allá de las fronteras existía un gran mundo: el de
España, Europa, América ¿El mundo de los libros? ¿El mundo de los papeles? Sí:
sin duda era ése. Un mundo que no era la Vida: era más amplio. Contempló el
fresco abierto, hacia Barcelona: hacia el gran mundo, y se dio la vuelta.
Andando, pensó que su mundo no se conocería, que se perdería cuando él muriera:
tenía treinta años, sí, pero estaba acabado. Su mundo era toda esa dimensión
social de la realidad que existió ahí: entre San Adrián y Badalona, una época,
que por suceder en un nivel de información marginal, no existía. ¿Cuántos
mundos como el suyo, habían nacido y muerto al margen? Él sólo conocía el suyo,
lo que ocurrió en aquella Era de Gloria era nuevo: se entusiasmó. Contaría lo
que sucedió: lo escribiría: todos lo sabrían. Se perdió tras una esquina;
dentro de su pecho, detrás de su frente, ardía la cosa: ya tenía sentido su
existencia: rescataría lo que ocurrió.
El día que murió,
porque no recuperó más la consciencia, Paco el Barrigón, se encontró Mañuerre
cerrado el tugurio. En otro bar se enteró de lo sucedido. Tuvo la sensación de
que se abría un abismo a sus pies. El Machaquito la destruyó. Pero ¿A qué se
dedicaba Mañuerre? Pues a deambular; los días siguientes al cierre de La Casita
Blanca tuvo más que nunca la sensación de que su mismo ser se hallaba en una
posición distinta al deambular por ésas calles del final de debajo de San
Adrián. Ya no andaba por ellas al acecho. No eran ya posiciones hostiles o
amigas: los feudos, organización metafísica de la realidad, las autoridades
(los Cojones, vamos) se habían desvanecido. Tal calle era sólo tal calle,
ahora, para él. A ésa impresión de ciudadanía que incluso a él lo embargaba
contribuía no poco el decorado, como contribuía no poco la retórica con que, y
sólo a fuerza de ella, se había transformado todo (el cambiante mundo
costumbrista) pero eterno, que para él era el todo, de puro alicorto que era su
pensamiento en el decenio que iba de 1980 a 1990. Su mundo, su época, se
extendía de 1970 a 1980: ése era el mundo que le había sido dado para que lo
transformase por su realizarse en él. Y como la posibilidad, la única que
tenía, de realizarse en él, ya había prescrito, estaba acabado. Pero su tiempo
no era 1970, era El Tiempo. Sólo ahora, derrotado, hecho ser lo que no era,
convenía en reconocer que era 1970.
San Adrián estaba
cambiado, con el PRYCA. Era la entera época del desorden, que a él se le
antojaba metafísica, la del navajerismo y el travolteo, vaya, lo que echaba de
menos. El mundo entero había echado a andar en otra dirección que la suya: lo
que pareció posibilidad trascendente resultó no ser más que efímero resplandor
no contactado, digamos, con la línea verdadera (o más fuerte) de los
acontecimientos. En San Roque y La Mina los patriarcas gitanos luchaban contra
la droga, ya otras maneras de delincuencia, de más radio de acción, habían
sustituido a los Imperios locales, aspirantes a la supremacía. Por supuesto, él
no hilaba tan fino, pero en síntesis, lo que pensaba era esto: Policarpo y los
otros habían intentado comenzar y acabar la Historia tal y como les venía, sin
tener en cuenta que la Historia ya estaba empezada. Pero esto en aquel momento
de caos, en el margen del margen, en el subsuelo de la ruia del resto, donde
todo, pensamiento y acción, llegaban ya podridos a las nacientes conciencias,
distorsionadas y parciales, grotescas, había parecido lo único posible.
Policarpo aspiró a la supremacía. Policarpo le recordaba a Saddam Hussein, es
decir: lo de Saddam Hussein era un retrato de Policarpo. Policarpo lo había
empezado todo, y con él, Mañuerre Gütiesse, acababa. En él, desde los últimos
días de pensamiento, que ya eran meses: de enero a septiembre; y a pensar él lo
llamaba cacúmen, en ésa veta se daba la distorsión entre ésa realidad derrotada
y la realidad dominante, al menos para él, para su vivencia subjetiva pues,
objetivamente, era una realidad de segunda clase. Estamos en el año 1990.
