No ha mucho
tiempo, y hay quien dice que prosigue todavía, extendiose por la región ésta de
Badalona, San Adrián…una edad esplendorosa en que, tras la caída del Imperio
Municipal, que viose reducido a su mínima expresión, surgieron multitud de
bandas mandadas por hombres arrojados y valientes. Luchaban todos contra todos,
pero hubo una clase de jefes que, manifestando una grandeza de ánimo
excepcional, aspiraron a la supremacía; poniendo por límites a su ímpetu los
límites del horizonte.
La caída del
Imperio Municipal es cosa hecha hoy, para algunos, pero para otros no es más
que un sordo rumor manifestado boca a oreja en las tiendas, bazares, cines y
mercados, carente de toda verosimilitud.
Abundando en
ello, mas no queriendo entrar en las causas, podría y puede aún decirse que una
gran parte de la población de estos míticos municipios no sabe nada de su
hundimiento; por lo que esta Edad Mítica y dorada de la Valentía y el Arrojo se
ha producido en nuestro pasado inmediato y aún hoy coexiste con nosotros, y con
la mediocridad pública tan amargamente aireada por los medios de comunicación.
Si un pacífico
ciudadano sale a la calle, pueden ocurrirle dos cosas: una, que prosiga sus
mediocres pasos por la vida común y corriente, que es lo más habitual, o que,
por el contrario: ocurra el hecho que pocos de los comunes han tenido la suerte
o la desgracia de sufrir o de disfrutar.
Juan Sanz:
diecinueve años, bastardo de profesión, vago, maleante y malcarado, siempre
sucio y barbudo, salió un día claro de su casa en dirección al centro de F.P,
donde cursaba los estudios que le imponían sus viejos, aun aceptando su
relativa rareza, no dejaba de formar parte de la gente común y corriente (por
desgracia).
En el portal de
su casa, ocurrió el hecho portentoso: tres gamberros le partieron, por
diversión, la nariz con una barra de hierro. Cayó Sanz al suelo, gimiendo,
mientras una idea obsesiva abríase camino en su poco desarrollado cerebro:
matar a aquellos gilipollas.
No fue larga la
pesquisa y descubrió el nariz-roto dónde se reunían sus atentadores. Y una
semana después de haber recibido el golpe, entró de pleno en el mundo mítico y
esplendoroso de las bandas. A través de un ventanuco de la choza,
porque no podía llamarse de otra forma a aquel lugar cercano al Instituto
Eugenio D´Ors, vio las caras de los individuos que iba a asesinar.
Eran cuatro,
sentados a una mesa pringosa, bajo la luz de una bombilla barata y parpadeante;
el jefe, hermano del Chamorro, pelo rizo, barba indefinida, nariz de patata,
labios gordos, dientes careados…y sus capitanes: El Punk, el Melenas, un
individuo repugnante y melenudo patillero, y el Urko; una bestia parda sin
nombre ni cerebro.
Bajo la mesa, a
los pies de los chorizos, cuarto de kilo de pólvora, un detonador a pilas, una
bomba de mano, dos frascos de vitriolo, tres latas de cocacola llenas de grava
y una bolsa de chinchetas y ferricha metálica robinada, conectada por cable a
la ventana donde Sanz se hallaba.
El Urko vió el
cable y se puso a juguetear con él mientras el jefe de la banda de los polis,
que así se llamaban: peroraba sobre un proyecto de violación triple, sin saber
que nunca podría llevarlo a cabo. En cierto momento se giró el jefe hacia Urko
y le dijo: ¡Valgame! ¿Con sos ficas, chalao? Y vió el cable. Adivinando por un
instante los acontecimientos subsiguientes, pudo sólo decir a los
otros-¡Esposume! y lanzarse hacia atrás. En aquel momento, Sanz apretó el botón
detonador y una horrísona explosión sacudió el vecindario: gran parte de la
sede social de la banda de los polis desapareció del mapa. Sanz, ufano y
confiado pero raudo, fue a su redil presto a devorar un plato de migas con
chorizo ignorando que las gentes del vecindario habían presenciado su acto justiciero.
La explosión había destrozado el primitivo local, y los cuatro bribones, aunque
destrozados también, habían sobrevivido, por el momento. Cuando llegó la
policía y las ambulancias, se pudieron evaluar las pérdidas.
El Punk había
resultado atrozmente quemado y desfigurado. Sin brazos ni patas. Aunque en un
primer momento, los médicos pensaron que sobreviviría, murió tras atroz agonía,
y fué cuando los galenos quisieron sacarle una porción de mesa que se le había
incrustado en el paladar, tocando el cerebro. Descanse en paz y regusto. El
Melenas fue un pelo más perjudicado, aunque no murió: desfigurado de tal forma
que el Dr Portell, de urgencias, al darlo de alta no sabía si lo tenía de cara
o le veía el cogote. En cuanto al cuerpo, dos semanas después, aún encontraron
varias vértebras y vísceras diversas pegadas a las paredes. De la cintura para
abajo era sólo una masa pegada a toda prisa por los médicos, sólo supo el
Doctor Maravilles lo que le habrían cosido…porque donde tenía que estar el
tobillo, asomaba un pulgar, y el enfermo conservaba intactas las manos…
En silla ruedas
fue trasladado a la sede social de la banda, reconstituida a toda prisa por los
gangsters sobrevivientes. El Urko fue, desde luego, como se verá más tarde, el
más afortunado: lanzado por la explosión hacia el techo, fue encontrado tres
días después del atentado barbárico.
Dos números de la
policía municipal, inspeccionando a la busca de huellas dactilares delatoras
en las paredes y el techo, tocaron con una barra cierto objeto negruzco y
pegajoso, metálico, que vieron pegado a lo que quedaba del cubrimiento de la
choza. Cayó, y pudieron observar un monstruoso pero no por ello menos grotesco
bocadillo: dos capas de pared y tocho, uralita, un somier y, en medio, cierto
ser que tomaron en un principio por ultraterreno que decía: Gllll…Era el Urko.
Estaba tan
desfigurado, que los médicos tuvieron que remodelarlo, pero hiciéronlo con tan
buena fortuna que quedó mejor el pollo de lo que era por su habitual. En vez de
su habitual cara de monstruo come ancianitas, modeláronle una cara bastante
agraciada, con nariz prominente, aprovechando una costilla; lo único que
perdió, aparte del sebo que le sobraba, fue el brazo derecho, pero le pusieron
uno de goma y en paz.
Pero lo bueno fue
que, de ser un idiota profundo, pasó, sólo Dios sabe mediante qué resorte de la
mente afectado por la explosión o por alguna bendita chincheta a ser una de las
entelegencias más claras del barrio, y casi de la Nación. Desde entonces, fue
llamado Policarpo y quién sabe si a su triunfal salida del hospital sospechaba
ya, o planeaba, los gloriosos proyectos que habían de llevarle a la cima de la
fortuna y de la fama justamente merecida.
El jefe de la
banda, al echarse de espaldas, había logrado salvar la mitad superior de su
cuerpo de la potencia de la explosión, pero en cuanto al rostro, de poco había
de servirle el hábil movimiento. Cayóle más tarde una montaña de cascotes que
le mutiló de forma desagradable el rostro, y le dejó tuerto.
La parte inferior
quedó destrozada. Las piernas se le desprendieron, así como el abdomen, que se
abrió por la mitad. Perdió la columna desde las tetillas para abajo, mas no la
carne y los órganos, que quedaron, fláccidos, colgando. Sus genitales, detalle
macabro, fueron encontrados en una aceitera del vecino edificio, flotando en
los perfumados jugos del exquisito aceite de oliva.
No pudiendo hacer
otra cosa, los médicos cosieron y recosieron lo que había quedado pegado al
cuerpo, de tal suerte que al acabar la artística operación, parecía el hermano
del Chamorro una gloriosa larva, tendida en una mesa camilla y sujetada con
grapas, destellando en su mirada un odio feroz que no auguraba un destino feliz
al que le había dejado en aquel estado.
En la siguiente
reunión, se vio clara la línea que la banda iba a seguir en el futuro. El
Melenas, por ser extremadamente repugnante, fue confinado hasta nueva orden en
un cuarto oscuro, al que echaban de cuando en cuando algún pedazo o resto de
viandas.
Solos los dos
jefes, ambicioso el renacido Urko-Policarpo y agradablemente asombrado por el
cambio el jefe de la banda, hablaron y discutieron largo y tendido: el jefe,
ansioso de venganza, proponía antes, para que las otras bandas supiesen que
vivía aún, llevar a cabo un golpe sonado, de los que hacen historia, y pensaba
mandar al policarpo a la bolsa del crimen de Badalona, para hallar algún
chivatazo que permitiese la realización de sus proyectos. El Policarpo, por el
contrario, pensaba en anexionarse los territorios de la banda del Roqui, rico
ciudadano-estudiante de San Adrián, oveja negra de su familia. Además, acabando
con el Roqui, se podrían además vengar de Sanz, que, metido ya en la pendiente
del crimen, habíase alistado bajo las banderas del bajito, rubio y arrojado
condottiero adrianense; admirado y afamado entre los lúmpenes de Badalona por
su atentado canela fina, del que se había declarado autor en todos los bares y
ante todos los que habían tenido a bien escucharle.
Dada la
divergencia de pareceres entre el Policarpo y su maltrecho jefe, decidió el
primero, dando la primera muestra de la fortaleza característica que luego le
haría famoso, acabar con los sufrimientos del segundo; y sin dudarlo un
momento, le metió dos balas entre ceja y ceja y se proclamó jefe de la banda de
los polis, conocida desde entonces por la banda del Poli, de Policarpo. Y
contando con una banda de quince hombres, se decidió a acabar con el Roqui y
sus secuaces, que eran seis o siete.
Sanz, enviado por
su voluntarioso jefe a la bolsa del crimen de Badalona, siendo novato, no
sospechó cuando un desconocido le vendió a bajo precio un plan fardón y fácil
como aquel del ataque al camión del Bimbo que llevaba la recaudación de Bimbo
en Badalona de todo un año.
El Roqui lo
felicitó, y se dispuso a llevar a cabo el golpe. Como la ruta del Camión era en
cierto vertedero donde vivían dos bandas de gitanos, pidió permiso a la que
estaba más cerca de la encrucijada donde él, con dos hombres, pensaba llevar a
cabo su lucrativo y bimbero negocio.
Al pedir permiso
a una de las bandas, se enajenó la enemistad mortal de la otra, compuesta por
gitanos ortodoxos, que sólo podían vengar tal desprecio con la sangre del
ofensor; hecho éste que tendrá su importancia más tarde, como veremos.
Era un día
magnífico, precioso, pero pasó entero antes de que los tres jefes de la banda
del Roqui, apostados e impacientándose tras tres rocas apostadas a los lados
del camino, vieran llegar, levantando grandes polvaredas de polvo y basura, la
apetecida presa: el Camión de Bimbo. No era ya de día, pero aún la noche no
había caído, y las tres torres de la Fécsa, erguidas en el cielo violeta, sitas
muy cerca de la encrucijada, habían encendido ya sus luces de señalización.
En la primera
piedra estaba uno de los hombres de confianza del Roqui, armado con un
pistolón; en la siguiente, estaban dispuestas en zig-zag a los lados del
camino, el precario héroe de la primera parte de esta saga badalonesa, Juan
Sanz el dinamitero, armado de un subfusil, y en la última, el Roqui en persona
con un escopetón de dos cañones, recortados. Martillaron sus armas mientras
veían acercarse el vehículo con los gigantescos rótulos BIMBO. Disparó el
primer tirador apostado, y se dio cuenta acto seguido de la emboscada que les
habían tendido: el camion no era sino un coche camuflado, erizado de fusiles.
Saltaron dos del coche y se abalanzaron sobre él, el uno esgrimiendo cierto
M-16 muy usado, y el otro un impresionante nunchaku de siete componentes y
medio. No le dio tiempo de disparar al desgraciado roquiero y le machacaron a
fondo. Mientras uno de los agresores, miembros todos ellos de la banda del
Poli, le rajaba con navaja facón los hígados hasta hacérselos una suerte de
picadillo mientras el otro le golpeaba con el nunchaku, que se le enrollaba en
torno a cabeza y cuello, destrozando huesos, músculos y nervio.
Tanto el Roqui como Sanz estaban al tanto de la añagaza, y éste último
disparó una ráfaga de su subfusil contra el coche que avanzaba a toda velocidad
por la carreterilla. Vio caer a uno de los pasajeros del auto camuflado, armado
de un fusil de asalto. Se rompió el desgraciado poli la nuca, y quedó tendido
con los pies por delante, invadidas sus ropas de peladuras, latas y otras
materias aún más hediondas. Los del coche contestaron al fuego y Sanz soltó su
arma, alcanzado en un hombro y en un costado. En cuanto al Roqui, salió
corriendo por entre las montañas y colinas en las que la yerba se mezclaba con
los desperdicios y las osamentas de pasados combates, hacia la frontera de los
territorios pertenecientes a los gitanos que, por tacañería, había ofendido…
Muerto el primer
roquiero y huido el Roqui, varios de los polis se acercaron donde,
ensangrentado, Sanz respiraba pesadamente. Pensaron rematarlo en un principio,
con las metralletas, pero a uno de los quinquis se le ocurrió una idea
que complacería sin duda a su jefe: consciente, enterraron a Sanz hasta el
cuello en basura, lo rociaron con gasolina, bien empapado, y le prendieron
fuego. Vieron por unos minutos cómo se consumían los desperdicios y el guiñapo
humano que había atentado contra la banda del Poli.
Luego se fueron,
dejándolo por muerto. Pero Sanz, dando muestras de una gran voluntad, salió de
la pira, ardiendo y así fue hasta un charco cercano a la Fécsa, donde intentó
apagar sus ropas y carne. Siendo el charco de productos químicos, quedó hecho
una piltrafa, pero pudo sobrevivir, socorrido por unos gitanos. Y huyó a la
cercana San Adrián, tras de cuya frontera estaría a salvo, a recuperarse y a
preparar su retorno y su venganza.
En cuanto al
Roqui, mientras: confiado en que no le encontrarían los que le habían tendido
la emboscada, avanzaba por las hileras de tipis y de chabolas de uralita,
cartón y estiércol, escopeta en mano y fue sorprendido por un gran número de
personajes cetrinos y cobrizos, ataviados todos de camisas negras de grandes y
puntiagudas solapas y de pantalones acampanados del mismo color, gitanos y de
los más temibles.
Cuando recuperó
el sentido, le habían atado a una cruz en un claro cercano al poblado,
dispuesto en pose grotesca y forzado a tener la lengua fuera. Varios gitanos
viejos patillas de boca de hacha, grises o blancas, arrugas venerables y
sombreros Dallas y sortijas gruesas: dictaron su sentencia que se llevó a cabo
inmediatamente ante toda la comunidad gitana: le apalearon, le rompieron las
gafas, clavándosele los cristales en los ojos, le rompieron las rodillas con
barras de hierro y todos los dedos de las manos, le arrancaron las tetillas con
tenazas, le aporrearon el rostro, le clavaron un arpón en los genitales y
finalmente, le segaron el vientre, quedando con las tripas fuera. Después de
dos horas, lo soltaron. El Roqui iría a partir de entonces por Badalona en un
carrito, viviendo de la caridad de los jefes de banda, que se apiadaban de la
desgracia del que había sido una vez colega suyo. La banda y los territorios
del Roqui fueron anexionados por Policarpo, que ya se hacía llamar Policarpo I
Vengados ya los componentes de la primitiva banda de los polis, y visto
el éxito de la política anexionista empezada acabando con el Roqui, Policarpo
se dejó llevar por esa tendencia, e incrementó su banda en veinte hombres más,
a los que armó y pagó bien para mantenerlos fieles a su jefatura. Su carácter
se iba endureciendo paulatinamente y cierto día memorable hizo que el Melenas, que
había sobrevivido allí encerrado desde su encarcelamiento, fuera metido en un
cajón y lanzado al río Besós, luego de ser ejecutado a tiros. Paseando por sus
dominios, ampliados a costa de los de bandas pequeñas o mejor, diminutas: vio
al Roqui pidiendo por la calle en su carrito. Esto fue al lado del campo del
Artigas. Se acercó a él y de un patadón, metió el carrito bajo las ruedas de un
camión de ésos gigantescos. El desgraciado murió aplastado, entre el regocijo
de la cruel chiquillería mestiza, bastarda, compuesta tanto de rubios pajizos
como de morenos negruzcos, de rasgos indostanos y pelo aceitosamente sucio,
pululando toda suerte de parásitos.
Liberada de toda
su ambición, planeó extender sus dominios al otro lado de la carretera,
poniendo sus ojos en los Cañones de Navarone. Pero cuando ya se disponía a
tomar la ruta que le llevaría a la cima de las horadadas montañas, tuvo que
enfrentarse con algo que estuvo a punto de acabarlo para siempre: su jefe, al
que llamaban el Larva y que él había dejado por muerto, fue sacado de la
habitación y curado el cerebro no era punto vital en él, y curado por unos
gitanos ligados por juramento al legendario Chamorro, ídolo de los quinquis y
terror de niños y grandes. Repuesto el Larva, se disponía a dejar a punto un
vehículo individual que le permitiría desplazarse: una mesa camilla blindada
guarnecida por una potente ametralladora del calibre cincuenta.
Sabiéndose
perseguido por su antiguo lugarteniente, cambió de domicilio varias veces. El
último de ellos fue en un piso de al lado, o cerca del Colegio de las Monjas de
Badalona. Confiado, nunca supo que sus tres secuaces, reclutados en San Adrián,
estaban a sueldo del Policarpo y un día tuvo la desagradable sorpresa de verse
agarrado por éste. Amordazado con una gruesa tira de esparadrapo, le amputaron
las manos con un cuchillo de cocina eléctrico. Y luego, llevado a un descampado
cercano a la autopista, vió el patio descampado en que le habían dejado sin
posibilidad ni de moverse ni hablar, para ir a buscar lo que Policarpo había
definido como ingredientes para un buen guiso. Volvieron sus captores. El
propio Policarpo le tomó en brazos y lo depositó delicadamente en el interior
de un bidón, notó como se mojaba. Gasolina: desde fuera echaron, pudo verlo el
larvado guiñapo: una cerilla encendida. Pronto fue un infierno el interior del
bidón, y el hermano del eximio y glorioso Chamorro, último de esta estirpe,
murió entre atroces, qué digo yo ¡Atrocísimos! sufrimientos, sin decir ni esta
boca es mía y en el patio quedó un informe montón negruzco de metal y carne
chamuscada.
En el colmo ya
del descaro, Policarpo I pidió a su madre; una venerable abortista artista de
la percha, que le confeccionara una bandera distintiva, y la hizo: blanca, con
la inscripción en dos líneas Banda del Poli, Policarpo, y en medio un círculo
negro con una calavera y un hueso y un chuchillo, cruzados. Y con nombre y
bandera, sintiéndose poco menos que un señor feudal, se afanó Policarpo en la
constitución de su Imperio, como él mismo llamaba a sus posesiones. Para
financiar sus campañas, colocó en sus territorios numerosos puestos de peaje
que se veían obligados a pagar, bajo pena de mutilación, tanto los transeúntes
como los agentes de policía municipal. Sólo la Guardia Civil y los Marrones se
salvaban de la medida intimidatoria. Para asegurarse una ruta segura desde San
Roque hasta los Cañones, fue limpiando varios enclaves a una distancia
aproximadamente igual entre todos ellos. Sólo le opusieron resistencia una
pareja de viejos, que tras su tienda de juguetes vendían heroína a los niños de
seis años. Cruelmente, les hizo beber vitriolo. Así acabó la resistencia. Y por
fin llegó el momento de apoderarse del mejor territorio de Badalona: los
Cañones. En cuanto vio la posibilidad, no dudó ni un instante.
En uno de ésos
terrenos vagos que hay, salpicados aquí y allá de casuchas de toda clase, color
y condición estética, se levantaba una casona con ventanas en todos los lados,
cerradas por persianas correderas. El Amo de los Cañones estaba sólo, dentro. Avanzó
Policarpo, abrió la puerta con su erecto brazo de goma y entró esgrimiendo una
escopeta de dos cañones. El Cañonero, como le llamaban, estaba sentado en una
mesa, impasible, trasegando carajillo tras otro y haciendo solitarios con una
baraja española. Era un hombre de cincuenta años, de cara torturada y marcada,
arrugadísimo, curtido y de piel color marrón. El pelo, abundante, egominado
hacia atrás, y con vistosas patillas. Iba en camiseta sobre la que lucía una
pistolera a lo 007 en la que descansaba un respetable colt calibre cuarenta y
cinco. No le hizo caso al Policarpo cuando éste entró. Con el tono gangoso
propio de su condición arrabalera y a medias con el que da un palillo
incrustado desde tiempo inmemorial en las hediondas y apestosas encías, le dijo
al jefe de la banda del Poli: Abrí, no abiyeles chí que aquerar acoí, si
camelas endicarme, me mangas cita. El Policarpo repuso: Voy a quesar el brojeró
de los Cañones, así me maten, socio. Y mientras, levantaba la persiana dejando
ver a dieciséis hombres armados tanto de pistolas y escopetas como de navajas y
hachas.
-O najas por las
buenas: repuso el Cañonero-O najarás mullí, con ese brazo de goma chibelao al
bullaté: siguió hablando el Cañonero-Este es mi pedazo firmao y acreditao con papeles
y aquí mando yo. Y señaló un papel amarillo pegado a la pared, entonces,
agarrando una silla, se la lanzó al Policarpo, al cual se le desprendió, por
tal causa, el brazo de goma. Éste se echó al suelo y parapetado tras la silla,
le descargó al viejo su escopetón, cargado de metralla, dándole de lleno
mientras éste sacaba su pistola. Cayó el Cañonero encima de la mesa que se
derrumbó podrida, con gran estrépito, rodando por el suelo vasos, copas,
cartas, botellas vacías y llenas, gusanos, polillas y restos de comida. Un pan
con una costra verdosa fue a rodar, seco, al lado del Policarpo que era ayudado
a levantarse por sus hombres. En un bar no lejano estaban los diez hombres que
componían la banda de Los Cañones, que se presentaron, alarmados por los tiros
y el chivatazo de un vecino, en la sede social de su no muy lícita asociación
profesional. Alrededor de la casucha, vieron a los de la banda del Poli sacando
el cadáver del eximio Cañonero.
Policarpo, ya
otra vez, con su brazo de goma colocado, erecto, en eterno saludo, se volvió
hacia el grupo estupefacto de maleantes. Les propuso unirse a su banda y les
prometió botín. Viendo que la mayoría aceptaba, saltó el Zurdo; un Travolta
agitanado vestido de blanco y con pantalones de pata de elefante. Sus facciones,
ya de por sí bastante mal compuestas, amén de teñidas de cierto color parduzco
y rugoso, se desencajaron un tanto al emitir por el hueco que existía entre los
dos gigantescos abultamientos que eran sus labios lo siguiente-No aquerais:
Cañones nos cuidaba y alimentaba bien. Y acto seguido sacó su pistola,
apuntando al Policarpo. Uno de los de la banda de este último separó la mano
que empuñaba la pistola del resto del cuerpo a base de hachazo contundente.
Cayó el Zurdo, mientras otros de los secuaces del Cañonero sacaron sus armas:
cayeron al instante, traspasados sus corazones por sendos pedazos de plomo. En
cuanto al Zurdo, alguien le acercó una pistola a la sien, y lo acabó. El resto
de los cañoneros, siete en total, no eran tan escrupulosos y cedieron a la
codicia por el botín. Policarpo, al finalizar aquel día en la montaña de los
Cañones, era el jefe de banda más poderoso de Badalona. Cerca de cincuenta
hombres seguían sus órdenes. Estaba en el cénit de su carrera y, emocionado y
sugerido por la victoria obtenida, lanzó el siguiente vibrante
discurso, mientras era aclamado por los presentes:
-Yo, Policarpo
Primero, jefe de la banda del Poli, juro aquí sobre los restos de esta burolla
que nada se interpondrá entre mí y mis manejos, asín
se muera mi papa, ayer era duisqueró,
hoy soy jelaló, pero mañana seré patriarca de Badalona (aplausos) Ondeando
su capa al viento, cimbreando la nariz mal pegada, iluminado por los últimos
rayos del crepúsculo, destacando su negra silueta contra el cielo rojo, verde,
amarillo, violeta, de gruesas nubes y rayos hendedores; agitando en dirección
al Sur su brazo rígido con crispado ademán- ¡Barcelona!: exclamó-¡Barcelona!, y
fue su perorata elevada al cielo por el apoyo de gritos y vítores, que no
pudieron por menos que alarmar a la guarnición de los Cañones, que se asomó,
alarmada. Finalmente, de pie aún sobre el montículo, girado el rostro hacia la
extensión urbana que se desparramaba hacia el Sur desde el mar a las montañas
circundantes, hacia las torres puntiagudas y brillantes oropeles, clamó: Mañana
todo esto será mío.
Fue un momento
fastuoso, mas el ánimo del bravo conquistador no dejaba a menudo lugar para
estos raptos de romanticismo y emoción, y ya al día siguiente se preparaba para
consolidar y extender su imperio. Mediante un pasillo unió sus posesiones
sanrroqueñas con la zona de la calle de las Flores, de donde expulsó a su amo
tal que asina:
El amo de aquella
lucrativa zona, que le interesaba al Policarpo por su cercanía al mar, era
cierto sujeto de escaso cerebro, como era la tradición de los ocupantes de
semejantes puestos, y para colmo de males, marroquí; uno de ésos que llevan un
gorrito de lana y siempre tienen frío. Policarpo le expresó sus
reivindicaciones territoriales, y oponiéndose el moro, sufrió la furia del
conquistador más grande de esta parte de la Carretera, yéndose de narices
contra un tablón. Avisado así de lo inútil de la resistencia ante tal
personaje, siguió las órdenes de éste y se fue a incordiar al Barrio Chino, no
sin esperar esperanzado un retorno a la posición que le costó Dios y Ayuda
conseguir.
Y en llegando las
tenazas de su poder a los Cañones y a la calle de las Flores, fue lógica la
anexión de la zona que hay entre ésos dos puntos. Cerca de los Cañones, tenía
su sede la banda de los Científicos, que había nacido como Asociación
Paramilitar de Vecinos para autodefensa, y que se había convertido en banda
bajo la jefatura de cierto doctor afamado, que con dos o tres guardaespaldas
siempre pegados a sus espaldas, se dedicaba a utilizar métodos científicos para
acabar con los chorizos y los que no le pagaban la cuota de protección por él
exigida.
Como siempre, y
confiando en su buena estrella, Policarpo fue al cuartel general de este doctor
chorizo: su consultorio. Se abrió paso a balazos acabando con algunos
auxiliares sanitarios que, armados de instrumentos tan heterodoxos como
bisturíes y frascos de cloroformo, intentaban impedirle la entrada en el
Santuario privado del loco Doctor Porrero. Delgado, de amplia y abombada frente,
vestido con corrección pero con ropas anchas, como si hubiese adelgazado
recientemente, en efecto, odiaba en grado sumo a la Gordura, a la que
exterminaba con saña implacable.
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