jueves, 16 de abril de 2015

Guerra de bandas



No ha mucho tiempo, y hay quien dice que prosigue todavía, extendiose por la región ésta de Badalona, San Adrián…una edad esplendorosa en que, tras la caída del Imperio Municipal, que viose reducido a su mínima expresión, surgieron multitud de bandas mandadas por hombres arrojados y valientes. Luchaban todos contra todos, pero hubo una clase de jefes que, manifestando una grandeza de ánimo excepcional, aspiraron a la supremacía; poniendo por límites a su ímpetu los límites del horizonte.
La caída del Imperio Municipal es cosa hecha hoy, para algunos, pero para otros no es más que un sordo rumor manifestado boca a oreja en las tiendas, bazares, cines y mercados, carente de toda verosimilitud.
Abundando en ello, mas no queriendo entrar en las causas, podría y puede aún decirse que una gran parte de la población de estos míticos municipios no sabe nada de su hundimiento; por lo que esta Edad Mítica y dorada de la Valentía y el Arrojo se ha producido en nuestro pasado inmediato y aún hoy coexiste con nosotros, y con la mediocridad pública tan amargamente aireada por los medios de comunicación.

Si un pacífico ciudadano sale a la calle, pueden ocurrirle dos cosas: una, que prosiga sus mediocres pasos por la vida común y corriente, que es lo más habitual, o que, por el contrario: ocurra el hecho que pocos de los comunes han tenido la suerte o la desgracia de sufrir o de disfrutar.
Juan Sanz: diecinueve años, bastardo de profesión, vago, maleante y malcarado, siempre sucio y barbudo, salió un día claro de su casa en dirección al centro de F.P, donde cursaba los estudios que le imponían sus viejos, aun aceptando su relativa rareza, no dejaba de formar parte de la gente común y corriente (por desgracia).
En el portal de su casa, ocurrió el hecho portentoso: tres gamberros le partieron, por diversión, la nariz con una barra de hierro. Cayó Sanz al suelo, gimiendo, mientras una idea obsesiva abríase camino en su poco desarrollado cerebro: matar a aquellos gilipollas.
No fue larga la pesquisa y descubrió el nariz-roto dónde se reunían sus atentadores. Y una semana después de haber recibido el golpe, entró de pleno en el mundo mítico y esplendoroso de las bandas. A través de un ventanuco de la choza, porque no podía llamarse de otra forma a aquel lugar cercano al Instituto Eugenio D´Ors, vio las caras de los individuos que iba a asesinar.

Eran cuatro, sentados a una mesa pringosa, bajo la luz de una bombilla barata y parpadeante; el jefe, hermano del Chamorro, pelo rizo, barba indefinida, nariz de patata, labios gordos, dientes careados…y sus capitanes: El Punk, el Melenas, un individuo repugnante y melenudo patillero, y el Urko; una bestia parda sin nombre ni cerebro.
Bajo la mesa, a los pies de los chorizos, cuarto de kilo de pólvora, un detonador a pilas, una bomba de mano, dos frascos de vitriolo, tres latas de cocacola llenas de grava y una bolsa de chinchetas y ferricha metálica robinada, conectada por cable a la ventana donde Sanz se hallaba.
El Urko vió el cable y se puso a juguetear con él mientras el jefe de la banda de los polis, que así se llamaban: peroraba sobre un proyecto de violación triple, sin saber que nunca podría llevarlo a cabo. En cierto momento se giró el jefe hacia Urko y le dijo: ¡Valgame! ¿Con sos ficas, chalao? Y vió el cable. Adivinando por un instante los acontecimientos subsiguientes, pudo sólo decir a los otros-¡Esposume! y lanzarse hacia atrás. En aquel momento, Sanz apretó el botón detonador y una horrísona explosión sacudió el vecindario: gran parte de la sede social de la banda de los polis desapareció del mapa. Sanz, ufano y confiado pero raudo, fue a su redil presto a devorar un plato de migas con chorizo ignorando que las gentes del vecindario habían presenciado su acto justiciero. La explosión había destrozado el primitivo local, y los cuatro bribones, aunque destrozados también, habían sobrevivido, por el momento. Cuando llegó la policía y las ambulancias, se pudieron evaluar las pérdidas.

El Punk había resultado atrozmente quemado y desfigurado. Sin brazos ni patas. Aunque en un primer momento, los médicos pensaron que sobreviviría, murió tras atroz agonía, y fué cuando los galenos quisieron sacarle una porción de mesa que se le había incrustado en el paladar, tocando el cerebro. Descanse en paz y regusto. El Melenas fue un pelo más perjudicado, aunque no murió: desfigurado de tal forma que el Dr Portell, de urgencias, al darlo de alta no sabía si lo tenía de cara o le veía el cogote. En cuanto al cuerpo, dos semanas después, aún encontraron varias vértebras y vísceras diversas pegadas a las paredes. De la cintura para abajo era sólo una masa pegada a toda prisa por los médicos, sólo supo el Doctor Maravilles lo que le habrían cosido…porque donde tenía que estar el tobillo, asomaba un pulgar, y el enfermo conservaba intactas las manos…

En silla ruedas fue trasladado a la sede social de la banda, reconstituida a toda prisa por los gangsters sobrevivientes. El Urko fue, desde luego, como se verá más tarde, el más afortunado: lanzado por la explosión hacia el techo, fue encontrado tres días después del atentado barbárico.
Dos números de la policía municipal, inspeccionando a la busca de huellas dactilares delatoras en  las paredes y el techo, tocaron con una barra cierto objeto negruzco y pegajoso, metálico, que vieron pegado a lo que quedaba del cubrimiento de la choza. Cayó, y pudieron observar un monstruoso pero no por ello menos grotesco bocadillo: dos capas de pared y tocho, uralita, un somier y, en medio, cierto ser que tomaron en un principio por ultraterreno que decía: Gllll…Era el Urko.
Estaba tan desfigurado, que los médicos tuvieron que remodelarlo, pero hiciéronlo con tan buena fortuna que quedó mejor el pollo de lo que era por su habitual. En vez de su habitual cara de monstruo come ancianitas, modeláronle una cara bastante agraciada, con nariz prominente, aprovechando una costilla; lo único que perdió, aparte del sebo que le sobraba, fue el brazo derecho, pero le pusieron uno de goma y en paz.

Pero lo bueno fue que, de ser un idiota profundo, pasó, sólo Dios sabe mediante qué resorte de la mente afectado por la explosión o por alguna bendita chincheta a ser una de las entelegencias más claras del barrio, y casi de la Nación. Desde entonces, fue llamado Policarpo y quién sabe si a su triunfal salida del hospital sospechaba ya, o planeaba, los gloriosos proyectos que habían de llevarle a la cima de la fortuna y de la fama justamente merecida.
El jefe de la banda, al echarse de espaldas, había logrado salvar la mitad superior de su cuerpo de la potencia de la explosión, pero en cuanto al rostro, de poco había de servirle el hábil movimiento. Cayóle más tarde una montaña de cascotes que le mutiló de forma desagradable el rostro, y le dejó tuerto.
La parte inferior quedó destrozada. Las piernas se le desprendieron, así como el abdomen, que se abrió por la mitad. Perdió la columna desde las tetillas para abajo, mas no la carne y los órganos, que quedaron, fláccidos, colgando. Sus genitales, detalle macabro, fueron encontrados en una aceitera del vecino edificio, flotando en los perfumados jugos del exquisito aceite de oliva.

No pudiendo hacer otra cosa, los médicos cosieron y recosieron lo que había quedado pegado al cuerpo, de tal suerte que al acabar la artística operación, parecía el hermano del Chamorro una gloriosa larva, tendida en una mesa camilla y sujetada con grapas, destellando en su mirada un odio feroz que no auguraba un destino feliz al que le había dejado en aquel estado.
En la siguiente reunión, se vio clara la línea que la banda iba a seguir en el futuro. El Melenas, por ser extremadamente repugnante, fue confinado hasta nueva orden en un cuarto oscuro, al que echaban de cuando en cuando algún pedazo o resto de viandas.

Solos los dos jefes, ambicioso el renacido Urko-Policarpo y agradablemente asombrado por el cambio el jefe de la banda, hablaron y discutieron largo y tendido: el jefe, ansioso de venganza, proponía antes, para que las otras bandas supiesen que vivía aún, llevar a cabo un golpe sonado, de los que hacen historia, y pensaba mandar al policarpo a la bolsa del crimen de Badalona, para hallar algún chivatazo que permitiese la realización de sus proyectos. El Policarpo, por el contrario, pensaba en anexionarse los territorios de la banda del Roqui, rico ciudadano-estudiante de San Adrián, oveja negra de su familia. Además, acabando con el Roqui, se podrían además vengar de Sanz, que, metido ya en la pendiente del crimen, habíase alistado bajo las banderas del bajito, rubio y arrojado condottiero adrianense; admirado y afamado entre los lúmpenes de Badalona por su atentado canela fina, del que se había declarado autor en todos los bares y ante todos los que habían tenido a bien escucharle.

Dada la divergencia de pareceres entre el Policarpo y su maltrecho jefe, decidió el primero, dando la primera muestra de la fortaleza característica que luego le haría famoso, acabar con los sufrimientos del segundo; y sin dudarlo un momento, le metió dos balas entre ceja y ceja y se proclamó jefe de la banda de los polis, conocida desde entonces por la banda del Poli, de Policarpo. Y contando con una banda de quince hombres, se decidió a acabar con el Roqui y sus secuaces, que eran seis o siete.
Sanz, enviado por su voluntarioso jefe a la bolsa del crimen de Badalona, siendo novato, no sospechó cuando un desconocido le vendió a bajo precio un plan fardón y fácil como aquel del ataque al camión del Bimbo que llevaba la recaudación de Bimbo en Badalona de todo un año.

El Roqui lo felicitó, y se dispuso a llevar a cabo el golpe. Como la ruta del Camión era en cierto vertedero donde vivían dos bandas de gitanos, pidió permiso a la que estaba más cerca de la encrucijada donde él, con dos hombres, pensaba llevar a cabo su lucrativo y bimbero negocio.
Al pedir permiso a una de las bandas, se enajenó la enemistad mortal de la otra, compuesta por gitanos ortodoxos, que sólo podían vengar tal desprecio con la sangre del ofensor; hecho éste que tendrá su importancia más tarde, como veremos.

Era un día magnífico, precioso, pero pasó entero antes de que los tres jefes de la banda del Roqui, apostados e impacientándose tras tres rocas apostadas a los lados del camino, vieran llegar, levantando grandes polvaredas de polvo y basura, la apetecida presa: el Camión de Bimbo. No era ya de día, pero aún la noche no había caído, y las tres torres de la Fécsa, erguidas en el cielo violeta, sitas muy cerca de la encrucijada, habían encendido ya sus luces de señalización.

En la primera piedra estaba uno de los hombres de confianza del Roqui, armado con un pistolón; en la siguiente, estaban dispuestas en zig-zag a los lados del camino, el precario héroe de la primera parte de esta saga badalonesa, Juan Sanz el dinamitero, armado de un subfusil, y en la última, el Roqui en persona con un escopetón de dos cañones, recortados. Martillaron sus armas mientras veían acercarse el vehículo con los gigantescos rótulos BIMBO. Disparó el primer tirador apostado, y se dio cuenta acto seguido de la emboscada que les habían tendido: el camion no era sino un coche camuflado, erizado de fusiles. Saltaron dos del coche y se abalanzaron sobre él, el uno esgrimiendo cierto M-16 muy usado, y el otro un impresionante nunchaku de siete componentes y medio. No le dio tiempo de disparar al desgraciado roquiero y le machacaron a fondo. Mientras uno de los agresores, miembros todos ellos de la banda del Poli, le rajaba con navaja facón los hígados hasta hacérselos una suerte de picadillo mientras el otro le golpeaba con el nunchaku, que se le enrollaba en torno a cabeza y cuello, destrozando huesos, músculos y nervio.

Tanto el Roqui como Sanz estaban al tanto de la añagaza, y éste último disparó una ráfaga de su subfusil contra el coche que avanzaba a toda velocidad por la carreterilla. Vio caer a uno de los pasajeros del auto camuflado, armado de un fusil de asalto. Se rompió el desgraciado poli la nuca, y quedó tendido con los pies por delante, invadidas sus ropas de peladuras, latas y otras materias aún más hediondas. Los del coche contestaron al fuego y Sanz soltó su arma, alcanzado en un hombro y en un costado. En cuanto al Roqui, salió corriendo por entre las montañas y colinas en las que la yerba se mezclaba con los desperdicios y las osamentas de pasados combates, hacia la frontera de los territorios pertenecientes a los gitanos que, por tacañería, había ofendido…

Muerto el primer roquiero y huido el Roqui, varios de los polis se acercaron donde, ensangrentado, Sanz respiraba pesadamente. Pensaron rematarlo en un principio, con las metralletas, pero a uno de los quinquis se le ocurrió una idea  que complacería sin duda a su jefe: consciente, enterraron a Sanz hasta el cuello en basura, lo rociaron con gasolina, bien empapado, y le prendieron fuego. Vieron por unos minutos cómo se consumían los desperdicios y el guiñapo humano que había atentado contra la banda del Poli.

Luego se fueron, dejándolo por muerto. Pero Sanz, dando muestras de una gran voluntad, salió de la pira, ardiendo y así fue hasta un charco cercano a la Fécsa, donde intentó apagar sus ropas y carne. Siendo el charco de productos químicos, quedó hecho una piltrafa, pero pudo sobrevivir, socorrido por unos gitanos. Y huyó a la cercana San Adrián, tras de cuya frontera estaría a salvo, a recuperarse y a preparar su retorno y su venganza.

En cuanto al Roqui, mientras: confiado en que no le encontrarían los que le habían tendido la emboscada, avanzaba por las hileras de tipis y de chabolas de uralita, cartón y estiércol, escopeta en mano y fue sorprendido por un gran número de personajes cetrinos y cobrizos, ataviados todos de camisas negras de grandes y puntiagudas solapas y de pantalones acampanados del mismo color, gitanos y de los más temibles.

Cuando recuperó el sentido, le habían atado a una cruz en un claro cercano al poblado, dispuesto en pose grotesca y forzado a tener la lengua fuera. Varios gitanos viejos patillas de boca de hacha, grises o blancas, arrugas venerables y sombreros Dallas y sortijas gruesas: dictaron su sentencia que se llevó a cabo inmediatamente ante toda la comunidad gitana: le apalearon, le rompieron las gafas, clavándosele los cristales en los ojos, le rompieron las rodillas con barras de hierro y todos los dedos de las manos, le arrancaron las tetillas con tenazas, le aporrearon el rostro, le clavaron un arpón en los genitales y finalmente, le segaron el vientre, quedando con las tripas fuera. Después de dos horas, lo soltaron. El Roqui iría a partir de entonces por Badalona en un carrito, viviendo de la caridad de los jefes de banda, que se apiadaban de la desgracia del que había sido una vez colega suyo. La banda y los territorios del Roqui fueron anexionados por Policarpo, que ya se hacía llamar Policarpo I

Vengados ya los componentes de la primitiva banda de los polis, y visto el éxito de la política anexionista empezada acabando con el Roqui, Policarpo se dejó llevar por esa tendencia, e incrementó su banda en veinte hombres más, a los que armó y pagó bien para mantenerlos fieles a su jefatura. Su carácter se iba endureciendo paulatinamente y cierto día memorable hizo que el Melenas, que había sobrevivido allí encerrado desde su encarcelamiento, fuera metido en un cajón y lanzado al río Besós, luego de ser ejecutado a tiros. Paseando por sus dominios, ampliados a costa de los de bandas pequeñas o mejor, diminutas: vio al Roqui pidiendo por la calle en su carrito. Esto fue al lado del campo del Artigas. Se acercó a él y de un patadón, metió el carrito bajo las ruedas de un camión de ésos gigantescos. El desgraciado murió aplastado, entre el regocijo de la cruel chiquillería mestiza, bastarda, compuesta tanto de rubios pajizos como de morenos negruzcos, de rasgos indostanos y pelo aceitosamente sucio, pululando toda suerte de parásitos.

Liberada de toda su ambición, planeó extender sus dominios al otro lado de la carretera, poniendo sus ojos en los Cañones de Navarone. Pero cuando ya se disponía a tomar la ruta que le llevaría a la cima de las horadadas montañas, tuvo que enfrentarse con algo que estuvo a punto de acabarlo para siempre: su jefe, al que llamaban el Larva y que él había dejado por muerto, fue sacado de la habitación y curado el cerebro no era punto vital en él, y curado por unos gitanos ligados por juramento al legendario Chamorro, ídolo de los quinquis y terror de niños y grandes. Repuesto el Larva, se disponía a dejar a punto un vehículo individual que le permitiría desplazarse: una mesa camilla blindada guarnecida por una potente ametralladora del calibre cincuenta.
Sabiéndose perseguido por su antiguo lugarteniente, cambió de domicilio varias veces. El último de ellos fue en un piso de al lado, o cerca del Colegio de las Monjas de Badalona. Confiado, nunca supo que sus tres secuaces, reclutados en San Adrián, estaban a sueldo del Policarpo y un día tuvo la desagradable sorpresa de verse agarrado por éste. Amordazado con una gruesa tira de esparadrapo, le amputaron las manos con un cuchillo de cocina eléctrico. Y luego, llevado a un descampado cercano a la autopista, vió el patio descampado en que le habían dejado sin posibilidad ni de moverse ni hablar, para ir a buscar lo que Policarpo había definido como ingredientes para un  buen guiso. Volvieron sus captores. El propio Policarpo le tomó en brazos y lo depositó delicadamente en el interior de un bidón, notó como se mojaba. Gasolina: desde fuera echaron, pudo verlo el larvado guiñapo: una cerilla encendida. Pronto fue un infierno el interior del bidón, y el hermano del eximio y glorioso Chamorro, último de esta estirpe, murió entre atroces, qué digo yo ¡Atrocísimos! sufrimientos, sin decir ni esta boca es mía y en el patio quedó un informe montón negruzco de metal y carne chamuscada.

En el colmo ya del descaro, Policarpo I pidió a su madre; una venerable abortista artista de la percha, que le confeccionara una bandera distintiva, y la hizo: blanca, con la inscripción en dos líneas Banda del Poli, Policarpo, y en medio un círculo negro con una calavera y un hueso y un chuchillo, cruzados. Y con nombre y bandera, sintiéndose poco menos que un señor feudal, se afanó Policarpo en la constitución de su Imperio, como él mismo llamaba a sus posesiones. Para financiar sus campañas, colocó en sus territorios numerosos puestos de peaje que se veían obligados a pagar, bajo pena de mutilación, tanto los transeúntes como los agentes de policía municipal. Sólo la Guardia Civil y los Marrones se salvaban de la medida intimidatoria. Para asegurarse una ruta segura desde San Roque hasta los Cañones, fue limpiando varios enclaves a una distancia aproximadamente igual entre todos ellos. Sólo le opusieron resistencia una pareja de viejos, que tras su tienda de juguetes vendían heroína a los niños de seis años. Cruelmente, les hizo beber vitriolo. Así acabó la resistencia. Y por fin llegó el momento de apoderarse del mejor territorio de Badalona: los Cañones. En cuanto vio la posibilidad, no dudó ni un instante.

En uno de ésos terrenos vagos que hay, salpicados aquí y allá de casuchas de toda clase, color y condición estética, se levantaba una casona con ventanas en todos los lados, cerradas por persianas correderas. El Amo de los Cañones estaba sólo, dentro. Avanzó Policarpo, abrió la puerta con su erecto brazo de goma y entró esgrimiendo una escopeta de dos cañones. El Cañonero, como le llamaban, estaba sentado en una mesa, impasible, trasegando carajillo tras otro y haciendo solitarios con una baraja española. Era un hombre de cincuenta años, de cara torturada y marcada, arrugadísimo, curtido y de piel color marrón. El pelo, abundante, egominado hacia atrás, y con vistosas patillas. Iba en camiseta sobre la que lucía una pistolera a lo 007 en la que descansaba un respetable colt calibre cuarenta y cinco. No le hizo caso al Policarpo cuando éste entró. Con el tono gangoso propio de su condición arrabalera y a medias con el que da un palillo incrustado desde tiempo inmemorial en las hediondas y apestosas encías, le dijo al jefe de la banda del Poli: Abrí, no abiyeles chí que aquerar acoí, si camelas endicarme, me mangas cita. El Policarpo repuso: Voy a quesar el brojeró de los Cañones, así me maten, socio. Y mientras, levantaba la persiana dejando ver a dieciséis hombres armados tanto de pistolas y escopetas como de navajas y hachas.

-O najas por las buenas: repuso el Cañonero-O najarás mullí, con ese brazo de goma chibelao al bullaté: siguió hablando el Cañonero-Este es mi pedazo firmao y acreditao con papeles y aquí mando yo. Y señaló un papel amarillo pegado a la pared, entonces, agarrando una silla, se la lanzó al Policarpo, al cual se le desprendió, por tal causa, el brazo de goma. Éste se echó al suelo y parapetado tras la silla, le descargó al viejo su escopetón, cargado de metralla, dándole de lleno mientras éste sacaba su pistola. Cayó el Cañonero encima de la mesa que se derrumbó podrida, con gran estrépito, rodando por el suelo vasos, copas, cartas, botellas vacías y llenas, gusanos, polillas y restos de comida. Un pan con una costra verdosa fue a rodar, seco, al lado del Policarpo que era ayudado a levantarse por sus hombres. En un bar no lejano estaban los diez hombres que componían la banda de Los Cañones, que se presentaron, alarmados por los tiros y el chivatazo de un vecino, en la sede social de su no muy lícita asociación profesional. Alrededor de la casucha, vieron a los de la banda del Poli sacando el cadáver del eximio Cañonero.

Policarpo, ya otra vez, con su brazo de goma colocado, erecto, en eterno saludo, se volvió hacia el grupo estupefacto de maleantes. Les propuso unirse a su banda y les prometió botín. Viendo que la mayoría aceptaba, saltó el Zurdo; un Travolta agitanado vestido de blanco y con pantalones de pata de elefante. Sus facciones, ya de por sí bastante mal compuestas, amén de teñidas de cierto color parduzco y rugoso, se desencajaron un tanto al emitir por el hueco que existía entre los dos gigantescos abultamientos que eran sus labios lo siguiente-No aquerais: Cañones nos cuidaba y alimentaba bien. Y acto seguido sacó su pistola, apuntando al Policarpo. Uno de los de la banda de este último separó la mano que empuñaba la pistola del resto del cuerpo a base de hachazo contundente. Cayó el Zurdo, mientras otros de los secuaces del Cañonero sacaron sus armas: cayeron al instante, traspasados sus corazones por sendos pedazos de plomo. En cuanto al Zurdo, alguien le acercó una pistola a la sien, y lo acabó. El resto de los cañoneros, siete en total, no eran tan escrupulosos y cedieron a la codicia por el botín. Policarpo, al finalizar aquel día en la montaña de los Cañones, era el jefe de banda más poderoso de Badalona. Cerca de cincuenta hombres seguían sus órdenes. Estaba en el cénit de su carrera y, emocionado y sugerido por la victoria obtenida, lanzó el siguiente vibrante discurso, mientras era aclamado por los presentes:
-Yo, Policarpo Primero, jefe de la banda del Poli, juro aquí sobre los restos de esta burolla que nada se interpondrá entre mí y mis manejos, asín se muera mi papa, ayer era duisqueró, hoy soy jelaló, pero mañana seré patriarca de Badalona (aplausos) Ondeando su capa al viento, cimbreando la nariz mal pegada, iluminado por los últimos rayos del crepúsculo, destacando su negra silueta contra el cielo rojo, verde, amarillo, violeta, de gruesas nubes y rayos hendedores; agitando en dirección al Sur su brazo rígido con crispado ademán- ¡Barcelona!: exclamó-¡Barcelona!, y fue su perorata elevada al cielo por el apoyo de gritos y vítores, que no pudieron por menos que alarmar a la guarnición de los Cañones, que se asomó, alarmada. Finalmente, de pie aún sobre el montículo, girado el rostro hacia la extensión urbana que se desparramaba hacia el Sur desde el mar a las montañas circundantes, hacia las torres puntiagudas y brillantes oropeles, clamó: Mañana todo esto será mío.
Fue un momento fastuoso, mas el ánimo del bravo conquistador no dejaba a menudo lugar para estos raptos de romanticismo y emoción, y ya al día siguiente se preparaba para consolidar y extender su imperio. Mediante un pasillo unió sus posesiones sanrroqueñas con la zona de la calle de las Flores, de donde expulsó a su amo tal que asina:
El amo de aquella lucrativa zona, que le interesaba al Policarpo por su cercanía al mar, era cierto sujeto de escaso cerebro, como era la tradición de los ocupantes de semejantes puestos, y para colmo de males, marroquí; uno de ésos que llevan un gorrito de lana y siempre tienen frío. Policarpo le expresó sus reivindicaciones territoriales, y oponiéndose el moro, sufrió la furia del conquistador más grande de esta parte de la Carretera, yéndose de narices contra un tablón. Avisado así de lo inútil de la resistencia ante tal personaje, siguió las órdenes de éste y se fue a incordiar al Barrio Chino, no sin esperar esperanzado un retorno a la posición que le costó Dios y Ayuda conseguir.
Y en llegando las tenazas de su poder a los Cañones y a la calle de las Flores, fue lógica la anexión de la zona que hay entre ésos dos puntos. Cerca de los Cañones, tenía su sede la banda de los Científicos, que había nacido como Asociación Paramilitar de Vecinos para autodefensa, y que se había convertido en banda bajo la jefatura de cierto doctor afamado, que con dos o tres guardaespaldas siempre pegados a sus espaldas, se dedicaba a utilizar métodos científicos para acabar con los chorizos y los que no le pagaban la cuota de protección por él exigida.

Como siempre, y confiando en su buena estrella, Policarpo fue al cuartel general de este doctor chorizo: su consultorio. Se abrió paso a balazos acabando con algunos auxiliares sanitarios que, armados de instrumentos tan heterodoxos como bisturíes y frascos de cloroformo, intentaban impedirle la entrada en el Santuario privado del loco Doctor Porrero. Delgado, de amplia y abombada frente, vestido con corrección pero con ropas anchas, como si hubiese adelgazado recientemente, en efecto, odiaba en grado sumo a la Gordura, a la que exterminaba con saña implacable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario