Yo conocí al
finado Ródeno García. Sí, fuimos al Colegio juntos, a Los Hermanos. Su muerte
ha sido para nosotros, sus compañeros, algo sorprendente. Claro está que no
todos le habíamos tratado con igual asiduidad, ni antes en el Colegio ni
después fuera. Y aun los que lo tratamos, no puedo decir sin temor a
equivocarme que lo conociéramos bien.
Débese tal
circunstancia a la natural despreocupación de los escolares; a lo lejos que
estaba entonces de nosotros el sórdido mundo de los crímenes, oculto en las
páginas de los periódicos, que nunca leímos y también a que su minúscula
persona no era siquiera vista por los demás, como no fuera para la burla y el
escarnio perennes.
Personalmente, no
le traté en exceso cuando ya ambos habíamos dejado Los Hermanos, pero alguno de
mis amigos sí lo hizo hasta años después, por lo cual no perdí del todo un
cierto contacto indirecto. Las veces que me lo topé, en la calle o en el
autobús, no me confirmó que hubiera caído aún más bajo, como decían; pero en
las tertulias de amigos, en ocasiones, le nombraban para comentar su
comportamiento sospechoso, neurótico, extraño. Su aspecto iba deteriorándose
poco a poco, contaban; no se lavaba; su piel, por tal causa, había ido tomando
un tono amarillento y sucio. Estaba cada vez más consumido, como un higo seco.
Y su estatura no aumentaba, yendo, además, siempre encorvado. Luego de reírnos,
pasábamos siempre a otro tema y no volvíamos a acordarnos de él para nada.
Cierta vez, cuando ya lo teníamos absolutamente olvidado, me lo encontré en el
autobús. Habiéndole saludado, me pareció que lo mejor sería sentarme en el
sitio vacío junto a él. Por añadidura, todos los demás estaban ocupados.
Hablamos de cosas
intrascendentes: los estudios…y cuatro chorradas más. Su conversación no era
inteligente ni lúcida, pero sí enrevesada como los laberintos que abre una
rata, inquieta y husmeante; su voz era algo así como un susurro, gutural y casi
inaudible.
Después de un
vacío en el que ambos callamos, me dijo-¿Te acuerdas de lo que hacían en el
cole?
Le respondí: Sí,
a todos nos trataban mal los curas, y luego pasé a disertar sobre las
servidumbres que aquel grupo de tarados nos habían hecho padecer, exagerando,
claro está. En tono jocoso, pinté (ahora me doy cuenta) más para mí mismo que
para él, un cuadro tremebundo y grotesco con monstruos por maestros,
formaciones estúpidas bajo la lluvia, castigos y cartas a casa…etc.
Finalmente,
llegué al Bola- ¿Te acuerdas del Bola?: le dije.
Un gruñido por lo
bajo fue toda la contestación. Aunque puede que el ruido del autobús al saltar
un bache me impidiera entenderle. Acto seguido, agregó:”¿Y vosotros? También
vosotros me atormentábais…”
Gozoso, seguí
hablando de las barrabasadas que les hacíamos a otros compañeros, para quitarle
hierro al asunto, en las que incluso intervenía el propio Ródeno. Le mencioné
al Ortega, al que echamos del Colegio sin ningún escrúpulo como una mierda, que
eso era. Ví que no me escuchaba: miraba al vacío y entonces supe que era exacto
a una rata. También percibí entonces el olor. No me engaño, olía a queso.
Había llegado a
mi parada. Me despedí. Levanté la vista y dijo algo, ví que sus labios se
movían. Bajé.
Mucho tiempo después
pude recordar, o quizás lo imagino, que cuando le dejé, pronunció algo así
como:”Me las pagaréis, todos”
Durante varios
meses, nuestros caminos no volvieron a cruzarse. Entonces vino aquello: un
hecho luctuoso conmocionó a todo San Adrián, y aun a todas las
poblaciones circundantes. No entraré en detalles, en los que abundan las notas
periodísticas, pero en el Colegio de Los Hermanos, tuvo lugar una horrible
matanza.
La policía halló
siete muertos, horriblemente mutilados y descuartizados. Y a otros cuatro
heridos en un estado gravísimo. Todos eran Hermanos y profesores del Sgdo
Corazón, que ése era el verdadero nombre de nuestro Colegio.
No se supo nunca
quién había sido. Los cuatro heridos murieron antes de poder despegar los
labios. Y eso, aquellos que los conservaban. Según se dijo entonces, el arma
empleada había sido la sierra eléctrica, junto con diversos objetos punzantes;
y se dijo asimismo que podía haber sido una sola persona quien efectuara tan
horrendo acto, pues las víctimas habían sido sorprendidas una a una.
El criminal
sádico había actuado con una perfecta sincronización, sabiendo al dedillo los
horarios de todas y cada una de sus víctimas. Tuvo, incluso, la cachaza de
dejar inconscientes a cuatro de ellos, a los que, atados y amordazados en las
camas del dormitorio general, había torturado con saña después. La agonía de
estos últimos había sido larguísima. Se calcula que sobrevivieron toda una
noche atados tras sufrir las heridas que causarían su muerte. El único que
según se pensó en un principio se habría salvado de la matanza era el Hno
Gregorio, por su increíble vitalidad y por no hallársele por ningún lado,
luego, encontraron sus restos en una bañera llena de ácido sulfúrico.
El forense
dictaminó que había muerto apenas tres horas antes de que los empleados del
Colegio, un lunes por la mañana, descubrieran el horrendo espectáculo. Todo ello,
medio en broma medio en serio (no perdiendo nunca el buen humor: esos cerdos lo
merecían) nos hizo sospechar al punto de nuestro neurótico ex compañero. Entre
risotadas, estudiamos minuciosamente las posibilidades de que él lo hiciera. No
tuvimos empacho en proclamar que, para nosotros, él tan para poco, era el
sádico criminal.
Supimos que
apenas un mes antes del suceso había abandonado sus estudios de Formación
Profesional. Nos hizo gracia y lo consideramos una prueba más. La
investigación le dejó en paz a él, como a nosotros (pienso que todos los
alumnos y ex alumnos, éramos potenciales sospechosos), y no tuvimos más
noticias suyas hasta cuando nos enteramos de su muerte, mucho después; le
habían matado a tiros en una casa abandonada, que hace chaflán y que hay
enfrente del Pulidor, apenas a doscientos metros del Colegio de Los Hermanos.
Por su parte, él
también iba armado. Llevaba un cuchillo y una pistola, que había usado a
discreción. En el lugar se hallaron multitud de casquillos. Le encontraron unos
golfos unos días más tarde, en una esquina del jardín desolado, entre las
hierbas crecidas, junto a un banco de piedra donde una vez me senté, con los
gatos.
Ahora me doy
cuenta que fue él verdaderamente quien mató al Bola y a los otros. Lo que no sé
es por qué no acabó su venganza matándonos también a quienes le habíamos
marginado y pateado siempre, como me prometiera; puede que le mataran antes de
que tuviera ocasión.
Aunque dejó pasar
demasiado tiempo, si aún tenía intención de atentar contra nosotros. Eso no lo
sabremos nunca. Pero lo que sí sé es que no se dejó matar. Él, la rata, luchó
como un león, como un héroe, como un cuchillero, y es raro su destino. Siempre
nos pareció nada, una cosa de la que no valía la pena preocuparse, ni aun para
evitar el pisotearla.Y acabó siendo un triunfador. Me dijeron que ejercía de
asesino a sueldo y que debía a la Justicia más de media docena de muertes. Le tenían
por el mejor, nunca lo ficharon. A mis ojos, Ródeno García está totalmente
rehabilitado y en un muro cercano a la Fécsa, con grandes perforaciones que
permiten distinguir los terrenos vagos de derribadas fábricas y el mar, cerca
de la vía del tren, hay un gran mural grabado a facón sobre el estuco negruzco
y arenoso No hemos conseguido sea declarado Monumento Nacional, ni municipal
siquiera, y esta escueta Crónica queda expuesta al primer bulldózer que derribe
la pared. No muy lejos tenemos incluso nuestra Ciudadela Sagrada con la tumba
de nuestro Osiris: la fábrica del Anís del Mono ¿Por qué esta Historia no
interesa a los arqueólogos del Ayuntamiento? ¿Por qué me han rechazado, para
poner con los hallazgos ibéricos, mi cromo preferido-momificado por llevarlo
durante años en el bolsillo de los pantalones, de la serie de la tele de El
Planeta de los Simios? Que respondan las Torres de la Fécsa.
Rúnfelz venía de
calle arriba, con paso apresurado, mas comedido, cual si huyera, que de hecho
es lo que hacía. Pasó por delante de la peluquería del maricón, vislumbrando en
la negrura interior un par de figuras punkeras recortadas en una luz rojiza de
fotomatón. Llegó finalmente a la taberna. Entró; era un lugar pasablemente
repugnante y anacrónico: las baldosas eran desiguales, como desigual era el
color de los diferentes cristales de la puerta, lo cual producía un efecto
horrible. El mostrador estaba parcialmente oculto por una viejísima cafetera,
de engranajes y resortes infinitos, tamizada por una lona o cuero completamente
putrefacto, y oliendo.
Las mesas de la
clientela, no había una igual a otra; y las sillas eran todas, asimismo, de
diferentes juegos. Los estantes estaban llenos de botellas de marcas ilegibles
y desconocidas; una de ellas vestida con un traje campero andaluz de color
rojo, con sombrerillo cordobés incluído. Una pila de
fotos de tías en cueros antiquísimas, el papel de los desconchones, el biombo
del fondo y el ambiente de putrefacción vinosa, suciedad y humedad, acababan de
rematar el escenario.
En cuanto a los
personajes: eran tres: un tío en una mesa-edad indefinida, cetrino, camisa de
habaneras trasegando caña tras caña de manzanilla y abriendo a puntazos
faconeros una lata cubierta de tanto robín que se hacía imposible su identificación
supuestamente de anchoas. Peroraba además en dialecto andaluz cuasi extranjero
sobre la mejor forma de pasar contrabando burlando a los carabineros.
Un momento
después, se preguntó en voz alta si aún existía ese cuerpo.
El segundo
personaje era un parroquiano habitual, no menos cetrino y arrabalero que el
anterior, pero ataviado con una camiseta mugrienta. Además, era un pelo más
alto, y se veían algunas canas en patillas y sienes. Chupaba una colilla
hedionda, y al ver entrar a Rúnfelz, gritó:
-¡Paco, Paco!
Luego desfiló
tras el biombo, y ya no salió de allí.
El tercero era el
dueño de la taberna, que tan pomposamente se intitulaba La Casita Blanca, salió
de una puertecilla de efluvios cloaqueros secándose las manos con una…¿toalla?
Su aspecto sorprendió a Rúnfelz un tanto; era gordo, con aspecto de hinchazón
babosa. Además toda su piel, a instancias de alguna enfermedad, presentaba dos
colores, distribuídos a clapas: uno de piel normal y otro más oscuro, o
viceversa, no se sabía cuál de los dos colores de su piel era el original.
Posiblemente, era
el más oscuro, de un tono marrón enterquecido. Por supuesto, hablaba con voz
gangoso-arrabalera en cierto dialecto andaluz que a Rúnfelz le pareció
sevillano. Sevillano, y de lo más cerrao, porque al primer parlamento, nuestro
recién llegado héroe no cazó una. Suponiendo que le preguntaba lo que
quería-Rúnfelz, un coñác: musitó, se giró el dueño en busca del mugriento
botellón que entendía pleno de tal bebida, y el recién llegado le dijo por lo
bajini:
-Estoy aquí por
encargo del Chapao.Y más tarde, agregó-Y un paquete de ducados, jefe. Apenas le
miró el barrigón tabernero.Y Rúnfelz dudó por unos momentos que sus palabras
hubiesen sido oídas o entendidas.
De reojo, se fijó
en el de la camisa de habaneras: hablaba susurrando, entendiéndosele una
palabra de cada diez, de la mejor manera de arreglar el país: cortando cabezas.
Mientras, devoraba, ayudado por su hoja afilada una anchoa tras otra, emitiendo
unos ruidillos gorgoteantes que hacían pensar en Lovecraft. Inútil aclarar la
alusión, el ambiente era propicio a más no poder, por su podredumbre blasfema.
No pudo Rúnfelz
detectar si el cuasi ininteligible parlamento del cetrino era comunista o de
extrema derecha, pero se tranquilizó pensando que sus palabras inmediatamente
anteriores habían quedado entre él y el tabernero. Estos pensamientos de
Rúnfelz fueron saludados por un sonoro eructo del tío de las anchoas.
En esto, el
tabernero había vuelto con el paquete de tabaco, le dijo a Rúnfelz de pasar
tras el biombo, pues no le convenía que le viesen allí. Estuvo de acuerdo. Pasó
tras el biombo, y allí vió al parroquiano de las canas encendiendo una
televisión pequeña, portátil, que estaba alojada sobre un mueble de dudosa
forma, repleto de cachivaches. Todos ellos envueltos en el halo de porquería
que impregnaba el local.
El de las canas
dijo para el tabernero y para el, cada vez menos recién llegado, que había
corrida; y unos segundos después, mientras el Barrigón ese era el apodo del
tabernero le llevaba una copa de coñac a Rúnfelz, les acarició los oídos, es un
decir: la voz de Matías Prats comentando una corrida que presenció en el año
1950 Rúnfelz, tras desprenderse de la chaqueta de cuero que llevaba, se
fijó en aquella otra mitad del ruinoso bar: estaba el mueble con la tele, una
mesa ante ellos, y unas diez sillas puestas contra la próxima pared: a la
izquierda había un balcón que daba a un patiecito interior con tendedores
poblados de ropa a secar y dentro de la casa se veían, a la izquierda también,
una puerta entreabierta, que era la de la cocina, y otra cerrada que supuso
sería la de la habitación del tabernero.
A la derecha, al
fondo, había una mesita octogonal, arábiga, con un antediluviano gramófono, de
aquellos de trompa niquelada. Del alto techo colgaba una bombilla guarnecida
con un trozo de periódico, y en las paredes se repetía la decoración de
azulejos y el tono mohoso que hacía formarse en el alto de las paredes umbrosos
continentes fantásticos y figuras fantasmales, de perfiles móviles, cambiantes,
renovados día a día por el caudal subrepticio de una gotera monumental y
pudridora. El tabernero había desaparecido de nuevo, sólo un sordo rumor
proveniente del cuartucho delataba su presencia en las desiertas ruinas. El de
la camisa de habaneras, al parecer, había acabado las anchoas, y pedía a
gritos, con acompañamiento de puñetazos y palmadas en la mesa, otra lata.
Salió el Barrigón
del cuartucho y le puso en las manos al cetrino y solitario comensal lo que
había pedido. Esta nueva lata estaba más robinada, si cabe, que la primera, y
la marca, impresa a colores sobre el mismo metal, lo cual demostraba su
antigüedad, y estaba tan alterada e ilegible como la anterior.
Otra vez ruído
del descascarillado del recipiente anchoero. Otra vez el sorbeteo del aceite
por el repugnante personaje. Otra vez aquellos ruídos lovecraftianos…Y el
ruído, otra vez, del facón al rascar en el metal de la desvencijada lata.
El dueño del
local se acercó a Rúnfelz, que contrastaba por su tibieza frente a la
exaltación del canoso ante la corrida sangrienta, y le preguntó si quería comer
algo. Se disculpó el fugitivo como pudo, pues aunque tenía hambre, hubiera sido
incapaz de probar bocado en aquel tugurio y con tales personajes en derredor.
El canoso dijo
que sí por el forastero,y al punto recibió un tajo de longaniza verdosa y un
cacho pan. Rúnfelz se alegró de no haber aceptado el ofrecimiento de su
huésped. Y saludó al Barrigón con un “hasta ahora”, cuando éste dijo que salía
un momento. El exaltado canoso, casi no hizo caso a su sustentador pues a las
claras se veía que era un gorrón de oficio y se limitó a dar un mugido entre
los chomps-chomps de la masticación y los olés a las verónicas del Esplá, que
lo estaba haciendo bien aquella tarde.
Vuelto hacia la
puerta de salida, Rúnfelz vió que en ella esperaba al dueño que se estaba
poniendo una chaqueta para salir una especie de gigante de aspecto
atemorizador: tenía el pelo a cepillo, blanco, y el rostro simiesco. Vestía un chaquetón
vagamente peludo y sombrío, posiblemente marrón.
Como tardara el
tabernero contrabadista en salir, se arrancó a cantar La leyenda del beso
versión Mocedades muy sui generis, para entretenerse. Cuando al fin salió el
Barrigón, el gigante había cambiado el cante por unos silbazos dirigidos
presumiblemente a los coches, con un silbato que llevaba.
Rúnfelz empezó a
darse cuenta de que el tipo en cuestión no estaba bien de la cabeza. No tardó
en confirmárselo el tabernero, al decirle al tipo, ya en la calle,que no pitara
más, que todo el mundo le obedecía y sabía que era el que mandaba. El gigantón
contestó guardándose el pito y esgrimiendo unos mugidos apagados, de bestia
feroz. Se fueron y quedó sólo Rúnfelz en el bar con los dos cetrinos. El de las
anchoas dormitaba sobre los restos de su pitanza eructando entre ronquido y
ronquido, y el otro no cesaba en sus alabanzas a los toreros, a los toros y al
Machaquito, licor éste del que no dejó de servirse tres copazos uno detrás del
otro.
Supuso Rúnfelz que
el Barrigón no habría ido muy lejos, pues de lo contrario habría cerrado el bar
con su pesada persiana. Por otra parte, al dejar a los dos tipos en el local,
demostraba que éstos le merecían confianza y no le robarían nada como no fueran
algunas copas que se tomaron de estranquis.
Como estaba harto
del tío canoso, que con sus comentarios de la corrida le forzaba a la
conversación, se levantó Rúnfelz agarrando un periódico de varios meses atrás
que se hallaba sobre la mesa del televisor, y dio la vuelta al biombo,
colocándose en una de las mesitas de la clientela. La lectura, casualidad de
casualidades, le pareció interesante, pues había un reportaje de varias
páginas, con fotos, de no sé qué hallazgo arqueológico en tierras de China: una
tumba con estatuas de piedra de tamaño natural; y sólo se vió interrumpido por
los gorgojeos del que dormía a escasos dos metros, y por la entrada en el local
de tres tíos malcarados, todos con camisa de habaneras. Uno de ellos con
pantalones de campana y todos ellos con el aspecto cetrino y cejijunto que
presentaban los que ya estaban en el bar.
Rúnfelz les dijo
que el Paco no estaba, y los tíos se sirvieron por sí mismos las bebidas. Todos
se instalaron al lado del que miraba la tele. Y el coro de olés, las peroratas
sobre el estilo torero, aderezadas con pinceladas anecdótico-flamencas, y
regadas cómo no, con una nueva ronda de Machaquito que dejó la botella
temblando, se multiplicaron. Rúnfelz se vió imposibilitado de continuar
la lectura, y exasperado, consultó su reloj para hacerse una idea de cuánto
rato de martirio le esperaba todavía.
El Barrigón tardó
más de lo que hubiese sido normal, y cuando al fin volvió, Rúnfelz había medido
a zancadas cien veces el local, la corrida había terminado siendo sustituída la
tele por un disco de pasodobles en el gramófono, y habíase nuestro héroe dado
cuenta de que uno de los tres tíos malcarados estaba un poco tocao. Su aspecto,
con cejas pobladas y unidas sobre la nariz en tupido bosque, sus ojos saltones,
su lengua colgante y su charla balbuceante le delataban. O era un subnormal o
le faltaba poco.
Fue un
relampagueo duro y corto en la ventana superior del patiecito, duró un momento,
y luego la negrura. Rúnfelz, acurrucado tras una mesa, alzó la cara hacia donde
se viera unos momentos antes la señal indicadora del enemigo. Era la tarde, ya.
La persecución había durado todo el día, desde la fresca mañana de manchas
amarillas y sombras azules, pasando por el mediodía de fuego y calor, y hasta
ahora. Estaba cansado, muy cansado. Y en la pelliza, pesada y oscura, dos
rasgones brutales marcaban un túnel hacia las vísceras, sangrantes, del hombre
acorralado.
Comenzaba a
experimentar el mareo de la pérdida de sangre.Y tuvo que hacer esfuerzos para
no ceder a la somnolencia en aquel aire pesado, denso, caliente. Sudaba. Aferró
la pistola aún más fuerte. Observó, avizorando minuciosamente, todo su entorno,
su vista describió un amplio círculo.
Todo el
patiecito, más hondo que el nivel de la calle, estaba cubierto por la espesa
sombra marrón del muro grueso. Pero la sombra no traía el fresco, y era el
lugar como una cubeta de aire viciado, irrespirable. Todo estaba lleno de
cachivaches: mesas, sillas, gallinero, cobertizos sanitarios (pero infectos)
aperos y tablas sin uso conocido, macetas. Un entoldado, o entramado de hilos
tendederos, cubría parcialmente el fondo; una alfombrilla de juncos se cernía
de un lado a otro proyectando un dibujo complicado, mecida por el fluir y
refluir del aire que…
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