jueves, 16 de abril de 2015

La Rata



Yo conocí al finado Ródeno García. Sí, fuimos al Colegio juntos, a Los Hermanos. Su muerte ha sido para nosotros, sus compañeros, algo sorprendente. Claro está que no todos le habíamos tratado con igual asiduidad, ni antes en el Colegio ni después fuera. Y aun los que lo tratamos, no puedo decir sin temor a equivocarme que lo conociéramos bien.
Débese tal circunstancia a la natural despreocupación de los escolares; a lo lejos que estaba entonces de nosotros el sórdido mundo de los crímenes, oculto en las páginas de los periódicos, que nunca leímos y también a que su minúscula persona no era siquiera vista por los demás, como no fuera para la burla y el escarnio perennes.
Personalmente, no le traté en exceso cuando ya ambos habíamos dejado Los Hermanos, pero alguno de mis amigos sí lo hizo hasta años después, por lo cual no perdí del todo un cierto contacto indirecto. Las veces que me lo topé, en la calle o en el autobús, no me confirmó que hubiera caído aún más bajo, como decían; pero en las tertulias de amigos, en ocasiones, le nombraban para comentar su comportamiento sospechoso, neurótico, extraño. Su aspecto iba deteriorándose poco a poco, contaban; no se lavaba; su piel, por tal causa, había ido tomando un tono amarillento y sucio. Estaba cada vez más consumido, como un higo seco. Y su estatura no aumentaba, yendo, además, siempre encorvado. Luego de reírnos, pasábamos siempre a otro tema y no volvíamos a acordarnos de él para nada. Cierta vez, cuando ya lo teníamos absolutamente olvidado, me lo encontré en el autobús. Habiéndole saludado, me pareció que lo mejor sería sentarme en el sitio vacío junto a él. Por añadidura, todos los demás estaban ocupados.
Hablamos de cosas intrascendentes: los estudios…y cuatro chorradas más. Su conversación no era inteligente ni lúcida, pero sí enrevesada como los laberintos que abre una rata, inquieta y husmeante; su voz era algo así como un susurro, gutural y casi inaudible.
Después de un vacío en el que ambos callamos, me dijo-¿Te acuerdas de lo que hacían en el cole?
Le respondí: Sí, a todos nos trataban mal los curas, y luego pasé a disertar sobre las servidumbres que aquel grupo de tarados nos habían hecho padecer, exagerando, claro está. En tono jocoso, pinté (ahora me doy cuenta) más para mí mismo que para él, un cuadro tremebundo y grotesco con monstruos por maestros, formaciones estúpidas bajo la lluvia, castigos y cartas a casa…etc.
Finalmente, llegué al Bola- ¿Te acuerdas del Bola?: le dije.
Un gruñido por lo bajo fue toda la contestación. Aunque puede que el ruido del autobús al saltar un bache me impidiera entenderle. Acto seguido, agregó:”¿Y vosotros? También vosotros me atormentábais…”
Gozoso, seguí hablando de las barrabasadas que les hacíamos a otros compañeros, para quitarle hierro al asunto, en las que incluso intervenía el propio Ródeno. Le mencioné al Ortega, al que echamos del Colegio sin ningún escrúpulo como una mierda, que eso era. Ví que no me escuchaba: miraba al vacío y entonces supe que era exacto a una rata. También percibí entonces el olor. No me engaño, olía a queso.
Había llegado a mi parada. Me despedí. Levanté la vista y dijo algo, ví que sus labios se movían. Bajé.
Mucho tiempo después pude recordar, o quizás lo imagino, que cuando le dejé, pronunció algo así como:”Me las pagaréis, todos”
Durante varios meses, nuestros caminos no volvieron a cruzarse. Entonces vino aquello: un hecho luctuoso conmocionó a todo  San Adrián, y aun a todas las poblaciones circundantes. No entraré en detalles, en los que abundan las notas periodísticas, pero en el Colegio de Los Hermanos, tuvo lugar una horrible matanza.
La policía halló siete muertos, horriblemente mutilados y descuartizados. Y a otros cuatro heridos en un estado gravísimo. Todos eran Hermanos y profesores del Sgdo Corazón, que ése era el verdadero nombre de nuestro Colegio.
No se supo nunca quién había sido. Los cuatro heridos murieron antes de poder despegar los labios. Y eso, aquellos que los conservaban. Según se dijo entonces, el arma empleada había sido la sierra eléctrica, junto con diversos objetos punzantes; y se dijo asimismo que podía haber sido una sola persona quien efectuara tan horrendo acto, pues las víctimas habían sido sorprendidas una a una.
El criminal sádico había actuado con una perfecta sincronización, sabiendo al dedillo los horarios de todas y cada una de sus víctimas. Tuvo, incluso, la cachaza de dejar inconscientes a cuatro de ellos, a los que, atados y amordazados en las camas del dormitorio general, había torturado con saña después. La agonía de estos últimos había sido larguísima. Se calcula que sobrevivieron toda una noche atados tras sufrir las heridas que causarían su muerte. El único que según se pensó en un principio se habría salvado de la matanza era el Hno Gregorio, por su increíble vitalidad y por no hallársele por ningún lado, luego, encontraron sus restos en una bañera llena de ácido sulfúrico.
El forense dictaminó que había muerto apenas tres horas antes de que los empleados del Colegio, un lunes por la mañana, descubrieran el horrendo espectáculo. Todo ello, medio en broma medio en serio (no perdiendo nunca el buen humor: esos cerdos lo merecían) nos hizo sospechar al punto de nuestro neurótico ex compañero. Entre risotadas, estudiamos minuciosamente las posibilidades de que él lo hiciera. No tuvimos empacho en proclamar que, para nosotros, él tan para poco, era el sádico criminal.
Supimos que apenas un mes antes del suceso había abandonado sus estudios de Formación Profesional. Nos hizo gracia y lo consideramos una prueba más. La investigación le dejó en paz a él, como a nosotros (pienso que todos los alumnos y ex alumnos, éramos potenciales sospechosos), y no tuvimos más noticias suyas hasta cuando nos enteramos de su muerte, mucho después; le habían matado a tiros en una casa abandonada, que hace chaflán y que hay enfrente del Pulidor, apenas a doscientos metros del Colegio de Los Hermanos.
Por su parte, él también iba armado. Llevaba un cuchillo y una pistola, que había usado a discreción. En el lugar se hallaron multitud de casquillos. Le encontraron unos golfos unos días más tarde, en una esquina del jardín desolado, entre las hierbas crecidas, junto a un banco de piedra donde una vez me senté, con los gatos.
Ahora me doy cuenta que fue él verdaderamente quien mató al Bola y a los otros. Lo que no sé es por qué no acabó su venganza matándonos también a quienes le habíamos marginado y pateado siempre, como me prometiera; puede que le mataran antes de que tuviera ocasión.
Aunque dejó pasar demasiado tiempo, si aún tenía intención de atentar contra nosotros. Eso no lo sabremos nunca. Pero lo que sí sé es que no se dejó matar. Él, la rata, luchó como un león, como un héroe, como un cuchillero, y es raro su destino. Siempre nos pareció nada, una cosa de la que no valía la pena preocuparse, ni aun para evitar el pisotearla.Y acabó siendo un triunfador. Me dijeron que ejercía de asesino a sueldo y que debía a la Justicia más de media docena de muertes. Le tenían por el mejor, nunca lo ficharon. A mis ojos, Ródeno García está totalmente rehabilitado y en un muro cercano a la Fécsa, con grandes perforaciones que permiten distinguir los terrenos vagos de derribadas fábricas y el mar, cerca de la vía del tren, hay un gran mural grabado a facón sobre el estuco negruzco y arenoso No hemos conseguido sea declarado Monumento Nacional, ni municipal siquiera, y esta escueta Crónica queda expuesta al primer bulldózer que derribe la pared. No muy lejos tenemos incluso nuestra Ciudadela Sagrada con la tumba de nuestro Osiris: la fábrica del Anís del Mono ¿Por qué esta Historia no interesa a los arqueólogos del Ayuntamiento? ¿Por qué me han rechazado, para poner con los hallazgos ibéricos, mi cromo preferido-momificado por llevarlo durante años en el bolsillo de los pantalones, de la serie de la tele de El Planeta de los Simios? Que respondan las Torres de la Fécsa.

Rúnfelz venía de calle arriba, con paso apresurado, mas comedido, cual si huyera, que de hecho es lo que hacía. Pasó por delante de la peluquería del maricón, vislumbrando en la negrura interior un par de figuras punkeras recortadas en una luz rojiza de fotomatón. Llegó finalmente a la taberna. Entró; era un lugar pasablemente repugnante y anacrónico: las baldosas eran desiguales, como desigual era el color de los diferentes cristales de la puerta, lo cual producía un efecto horrible. El mostrador estaba parcialmente oculto por una viejísima cafetera, de engranajes y resortes infinitos, tamizada por una lona o cuero completamente putrefacto, y oliendo.
Las mesas de la clientela, no había una igual a otra; y las sillas eran todas, asimismo, de diferentes juegos. Los estantes estaban llenos de botellas de marcas ilegibles y desconocidas; una de ellas vestida con un traje campero andaluz de color rojo, con sombrerillo cordobés incluído. Una pila de fotos de tías en cueros antiquísimas, el papel de los desconchones, el biombo del fondo y el ambiente de putrefacción vinosa, suciedad y humedad, acababan de rematar el escenario.
En cuanto a los personajes: eran tres: un tío en una mesa-edad indefinida, cetrino, camisa de habaneras trasegando caña tras caña de manzanilla y abriendo a puntazos faconeros una lata cubierta de tanto robín que se hacía imposible su identificación supuestamente de anchoas. Peroraba además en dialecto andaluz cuasi extranjero sobre la mejor forma de pasar contrabando burlando a los carabineros.
Un momento después, se preguntó en voz alta si aún existía ese cuerpo.
El segundo personaje era un parroquiano habitual, no menos cetrino y arrabalero que el anterior, pero ataviado con una camiseta mugrienta. Además, era un pelo más alto, y se veían algunas canas en patillas y sienes. Chupaba una colilla hedionda, y al ver entrar a Rúnfelz, gritó:
-¡Paco, Paco!
Luego desfiló tras el biombo, y ya no salió de allí.
El tercero era el dueño de la taberna, que tan pomposamente se intitulaba La Casita Blanca, salió de una puertecilla de efluvios cloaqueros secándose las manos con una…¿toalla? Su aspecto sorprendió a Rúnfelz un tanto; era gordo, con aspecto de hinchazón babosa. Además toda su piel, a instancias de alguna enfermedad, presentaba dos colores, distribuídos a clapas: uno de piel normal y otro más oscuro, o viceversa, no se sabía cuál de los dos colores de su piel era el original.
Posiblemente, era el más oscuro, de un tono marrón enterquecido. Por supuesto, hablaba con voz gangoso-arrabalera en cierto dialecto andaluz que a Rúnfelz le pareció sevillano. Sevillano, y de lo más cerrao, porque al primer parlamento, nuestro recién llegado héroe no cazó una. Suponiendo que le preguntaba lo que quería-Rúnfelz, un coñác: musitó, se giró  el dueño en busca del mugriento botellón que entendía pleno de tal bebida, y el recién llegado le dijo por lo bajini:
-Estoy aquí por encargo del Chapao.Y más tarde, agregó-Y un paquete de ducados, jefe. Apenas le miró el barrigón tabernero.Y Rúnfelz dudó por unos momentos que sus palabras hubiesen sido oídas o entendidas.
De reojo, se fijó en el de la camisa de habaneras: hablaba susurrando, entendiéndosele una palabra de cada diez, de la mejor manera de arreglar el país: cortando cabezas. Mientras, devoraba, ayudado por su hoja afilada una anchoa tras otra, emitiendo unos ruidillos gorgoteantes que hacían pensar en Lovecraft. Inútil aclarar la alusión, el ambiente era propicio a más no poder, por su podredumbre blasfema.
No pudo Rúnfelz detectar si el cuasi ininteligible parlamento del cetrino era comunista o de extrema derecha, pero se tranquilizó pensando que sus palabras inmediatamente anteriores habían quedado entre él y el tabernero. Estos pensamientos de Rúnfelz fueron saludados por un sonoro eructo del tío de las anchoas.
En esto, el tabernero había vuelto con el paquete de tabaco, le dijo a Rúnfelz de pasar tras el biombo, pues no le convenía que le viesen allí. Estuvo de acuerdo. Pasó tras el biombo, y allí vió al parroquiano de las canas encendiendo una televisión pequeña, portátil, que estaba alojada sobre un mueble de dudosa forma, repleto de cachivaches. Todos ellos envueltos en el halo de porquería que impregnaba el local.
El de las canas dijo para el tabernero y para el, cada vez menos recién llegado, que había corrida; y unos segundos después, mientras el Barrigón ese era el apodo del tabernero le llevaba una copa de coñac a Rúnfelz, les acarició los oídos, es un decir: la voz de Matías Prats comentando una corrida que presenció en el año 1950 Rúnfelz, tras desprenderse de la chaqueta de cuero que llevaba, se fijó en aquella otra mitad del ruinoso bar: estaba el mueble con la tele, una mesa ante ellos, y unas diez sillas puestas contra la próxima pared: a la izquierda había un balcón que daba a un patiecito interior con tendedores poblados de ropa a secar y dentro de la casa se veían, a la izquierda también, una puerta entreabierta, que era la de la cocina, y otra cerrada que supuso sería la de la habitación del tabernero.
A la derecha, al fondo, había una mesita octogonal, arábiga, con un antediluviano gramófono, de aquellos de trompa niquelada. Del alto techo colgaba una bombilla guarnecida con un trozo de periódico, y en las paredes se repetía la decoración de azulejos y el tono mohoso que hacía formarse en el alto de las paredes umbrosos continentes fantásticos y figuras fantasmales, de perfiles móviles, cambiantes, renovados día a día por el caudal subrepticio de una gotera monumental y pudridora. El tabernero había desaparecido  de nuevo, sólo un sordo rumor proveniente del cuartucho delataba su presencia en las desiertas ruinas. El de la camisa de habaneras, al parecer, había acabado las anchoas, y pedía a gritos, con acompañamiento de puñetazos y palmadas en la mesa, otra lata.
Salió el Barrigón del cuartucho y le puso en las manos al cetrino y solitario comensal lo que había pedido. Esta nueva lata estaba más robinada, si cabe, que la primera, y la marca, impresa a colores sobre el mismo metal, lo cual demostraba su antigüedad, y estaba tan alterada e ilegible como la anterior.
Otra vez ruído del descascarillado del recipiente anchoero. Otra vez el sorbeteo del aceite por el repugnante personaje. Otra vez aquellos ruídos lovecraftianos…Y el ruído, otra vez, del facón al rascar en el metal de la desvencijada lata.
El dueño del local se acercó a Rúnfelz, que contrastaba por su tibieza frente a la exaltación del canoso ante la corrida sangrienta, y le preguntó si quería comer algo. Se disculpó el fugitivo como pudo, pues aunque tenía hambre, hubiera sido incapaz de probar bocado en aquel tugurio y con tales personajes en derredor.
El canoso dijo que sí por el forastero,y al punto recibió un tajo de longaniza verdosa y un cacho pan. Rúnfelz se alegró de no haber aceptado el ofrecimiento de su huésped. Y saludó al Barrigón con un “hasta ahora”, cuando éste dijo que salía un momento. El exaltado canoso, casi no hizo caso a su sustentador pues a las claras se veía que era un gorrón de oficio y se limitó a dar un mugido entre los chomps-chomps de la masticación y los olés a las verónicas del Esplá, que lo estaba haciendo bien aquella tarde.
Vuelto hacia la puerta de salida, Rúnfelz vió que en ella esperaba al dueño que se estaba poniendo una chaqueta para salir una especie de gigante de aspecto atemorizador: tenía el pelo a cepillo, blanco, y el rostro simiesco. Vestía un chaquetón vagamente peludo y sombrío, posiblemente marrón.
Como tardara el tabernero contrabadista en salir, se arrancó a cantar La leyenda del beso versión Mocedades muy sui generis, para entretenerse. Cuando al fin salió el Barrigón, el gigante había cambiado el cante por unos silbazos dirigidos presumiblemente a los coches, con un silbato que llevaba.
Rúnfelz empezó a darse cuenta de que el tipo en cuestión no estaba bien de la cabeza. No tardó en confirmárselo el tabernero, al decirle al tipo, ya en la calle,que no pitara más, que todo el mundo le obedecía y sabía que era el que mandaba. El gigantón contestó guardándose el pito y esgrimiendo unos mugidos apagados, de bestia feroz. Se fueron y quedó sólo Rúnfelz en el bar con los dos cetrinos. El de las anchoas dormitaba sobre los restos de su pitanza eructando entre ronquido y ronquido, y el otro no cesaba en sus alabanzas a los toreros, a los toros y al Machaquito, licor éste del que no dejó de servirse tres copazos uno detrás del otro.
Supuso Rúnfelz que el Barrigón no habría ido muy lejos, pues de lo contrario habría cerrado el bar con su pesada persiana. Por otra parte, al dejar a los dos tipos en el local, demostraba que éstos le merecían confianza y no le robarían nada como no fueran algunas copas que se tomaron de estranquis.
Como estaba harto del tío canoso, que con sus comentarios de la corrida le forzaba a la conversación, se levantó Rúnfelz agarrando un periódico de varios meses atrás que se hallaba sobre la mesa del televisor, y dio la vuelta al biombo, colocándose en una de las mesitas de la clientela. La lectura, casualidad de casualidades, le pareció interesante, pues había un reportaje de varias páginas, con fotos, de no sé qué hallazgo arqueológico en tierras de China: una tumba con estatuas de piedra de tamaño natural; y sólo se vió interrumpido por los gorgojeos del que dormía a escasos dos metros, y por la entrada en el local de tres tíos malcarados, todos con camisa de habaneras. Uno de ellos con pantalones de campana y todos ellos con el aspecto cetrino y cejijunto que presentaban los que ya estaban en el bar.
Rúnfelz les dijo que el Paco no estaba, y los tíos se sirvieron por sí mismos las bebidas. Todos se instalaron al lado del que miraba la tele. Y el coro de olés, las peroratas sobre el estilo torero, aderezadas con pinceladas anecdótico-flamencas, y regadas cómo no, con una nueva ronda de Machaquito que dejó la botella temblando, se multiplicaron. Rúnfelz se vió imposibilitado de continuar la lectura, y exasperado, consultó su reloj para hacerse una idea de cuánto rato de martirio le esperaba todavía.
El Barrigón tardó más de lo que hubiese sido normal, y cuando al fin volvió, Rúnfelz había medido a zancadas cien veces el local, la corrida había terminado siendo sustituída la tele por un disco de pasodobles en el gramófono, y habíase nuestro héroe dado cuenta de que uno de los tres tíos malcarados estaba un poco tocao. Su aspecto, con cejas pobladas y unidas sobre la nariz en tupido bosque, sus ojos saltones, su lengua colgante y su charla balbuceante le delataban. O era un subnormal o le faltaba poco.
Fue un relampagueo duro y corto en la ventana superior del patiecito, duró un momento, y luego la negrura. Rúnfelz, acurrucado tras una mesa, alzó la cara hacia donde se viera unos momentos antes la señal indicadora del enemigo. Era la tarde, ya. La persecución había durado todo el día, desde la fresca mañana de manchas amarillas y sombras azules, pasando por el mediodía de fuego y calor, y hasta ahora. Estaba cansado, muy cansado. Y en la pelliza, pesada y oscura, dos rasgones brutales marcaban un túnel hacia las vísceras, sangrantes, del hombre acorralado.
Comenzaba a experimentar el mareo de la pérdida de sangre.Y tuvo que hacer esfuerzos para no ceder a la somnolencia en aquel aire pesado, denso, caliente. Sudaba. Aferró la pistola aún más fuerte. Observó, avizorando minuciosamente, todo su entorno, su vista describió un amplio círculo.
Todo el patiecito, más hondo que el nivel de la calle, estaba cubierto por la espesa sombra marrón del muro grueso. Pero la sombra no traía el fresco, y era el lugar como una cubeta de aire viciado, irrespirable. Todo estaba lleno de cachivaches: mesas, sillas, gallinero, cobertizos sanitarios (pero infectos) aperos y tablas sin uso conocido, macetas. Un entoldado, o entramado de hilos tendederos, cubría parcialmente el fondo; una alfombrilla de juncos se cernía de un lado a otro proyectando un dibujo complicado, mecida por el fluir y refluir del aire que…

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