La misma mañana
en que Chulo Boy salía de su guarida en pos de horizontes más halagüeños para
morir otra mañana, dos días después, con orgía de tiros, intentando aún pasar
por el puente a Barcelona, otro teniente del Chamorro, Paco Chapucheros,
intentaba asímismo huir de un San Adrián, súbitamente inhóspito para los
Chamorreros. Ambos se hallaban, a las cinco de la mañana de aquel fresco 2 de
Abril de 1980, en un piso de la Calle Mayor de San Adrián. Más o menos, entre
el Blau y el Augé por aquella banda de la calle, o creo, delante de La Rita.
Estaba el piso en una 1ª planta, y por la abertura del balcón se veían, al
alcance de la mano, los árboles de la avenida. Por las
entreabiertas portezuelas y los postigos de madera, se filtraba una luz ténue y
un frescor mañanero encantador, vivificante. En una mesa redonda, antigua como
todo el edificio, se hallaba sentado Chulo Boy, en mangas de camisa. Era de
nariz grande, moreno, bajo, con ojos saltones y una barbilla tan prognata que
rozaba la monstruosidad. Sorbía lentamente el café, ruidosamente, dejando vagar
la vista por la acogedora habitación. El suelo era de baldosa antigua, fresca,
amarilla, y rota a cachos pero compacta; grata a los pies descalzos del
gángster. Medio suelo estaba cubierto por una alfombra ocre, suave y elegante.
Sobre las antiguas molduras y adornos de paredes y puertas se había tendido una
capa gruesa de pintura blanca y se habían tachonado los muros, así revestidos,
con grandes pósters de personajes que Chulo Boy no conocía ni conocería. El
menos recargado de detalles horteras-un poco pop-art, como todos los carteles
de los partidos de Izquierda, representando a Marx, Lenin, Mao y Che Guevara
dándose la mano como los tres mosqueteros que eran cuatro, dibujado con un tipo
de grafismo parecido al de la película Yellow Submarine. Unas vastas
estanterías de madera clara; con ése aspecto de bricolage que tienen las casas
de los “progres” alojaban gran cantidad de libros, todos de ediciones de tapa
blanda y de bolsillo, y varias colecciones completas, encuadernadas. Allí había
desde Borges a cómics underground (oh, modernidad) En una esquina, una
mesilla blanca con una lámpara pop, varios mantones de Manila colgados de las
paredes. Un amplio sofá, varias lámparas y macetas sustentadas por gruesos
cordeles de macramé y una mecedora de época pintada de color blanco completaban
el escenario. La vista aburrida del chorizo se posó unos momentos en las
tapas rojas de una colección de clásicos surrealistas, luego fue desviada por
el súbito movimiento de la cortina, impulsada por una ráfaga pasajera de
viento que portaba niebla y olor de humedad urbana.
Al volver la
vista a los objetivos anteriores, ésta topó antes de lograr tal cosa con la
pistola que, bien metida en la funda, descansaba entre la mantequilla y el
ketchup. Sobre el mantel, al lado de la pistola, descansaban otros elementos de
la indumentaria del teniente chamorrero: gustaba de vestirse lento, los días de
“baile”, como los toreros. De mil y una oquedades y bolsillos secretos saldrían
cuando hiciera falta los mil y un recursos ocultos. Estaban los cuchillos y la
navaja, la cuerda-lazo de seda o rayón con una pesilla, los vacía-ojos, que se
instalaría en los pulgares, las dos botellitas de salfumán…y las punteras de
acero que habían en sus botas, tacones, codos y rodillas, así como en hombros.
La cazadora se mantenía casi derecha en la silla, por ésa razón. Del
ensimismamiento tontón que le embargaba le sacó su compadre, Paco Chapucheros.
Entró en la
habitación a través de una puerta de colgajos tintineantes-como de tienda
antigua-vestido ya, pero secándose aún con una toalla los rizosos cabellos,
que, con el agua, parecían una cascada de gusanos de tierra, negros, que le
hubieran caído en la cabeza. Era machucho, gitano, sensual. Patillas
inmensas volteaban su cara gordezuela y papadosa; una barba azul oscuro no
despejaba nunca su semblante, y dos cicatrices recosidas le dibujaban un
parapeto alrededor del ojo izquierdo. Ojo. Ojos, que eran grandes, negros,
profundos…una nariz ganchuda y unos labios morados encuadraban del todo su personalidad.
Se sentó, saludó a Chulo Boy y siguió aún por unos momentos dándole a la
toalla. Juzgadas tales refriegas como suficientes, cesaron; y atacó el gitano
la bandeja del bacon.
El desayuno
tempranero era consistente y les esperaba una dura jornada: huevos,”bacon”,
mantequilla, tostadas, mermelada…café, copa y puro, sobre todo la copa, que no
llevaban ambos chorizos en el cuerpo menos de tres, y eso que aún estaban
recién levantados. Chulo Boy no forzó la conversación, y el gitano tampoco, oyéndose sólo
en la habitación un chomp-chomp delatador de la bestia hambrienta saciando
salvajemente sus apetitos.
Entró entonces en
la habitación una chica. La chica, muchacha bien liberada y progre, se había
visto obligada a dar cobijo a los chorizos en su última noche en San Adrián por
causa de una deuda de juego de su hermano, que quedaba así saldada, ayudando a
estos secuaces del Chamorro. Ayuda…y el culo, por supuesto.
Guapa, labios
carnosos y ojos de Carolina de Mónaco, pelo marrón con destellos dorados, bien formada,
de mórbida y firme carne dorada en las playas chic; se secaba la cabeza con una
toalla al igual que hiciera antes el chorizo. Iba descalza, y vestía pantalones
tejanos y camiseta morada; dio un Buenos días y al pasar al lado del gitano
dejóse palpar bien palpada: una arrambada era el saludo de la bestia feroz que
era Paco Chapucheros.
Chulo Boy deslizó
un hola, y siguió ensimismado en sus pensamientos, afilando un vacía ojos
de aspecto terrorífico. La tosquedad del teniente del Chamorro estaba justificada;
la chica había pasado la noche con su compañero, y habían tomado la ducha
juntos; el Chulo estaba celoso, o envidioso.
Cuando ella se
sentó, y, atacando los huevos hizo coro orquestal a los chómps-chómps del
gitano con los propios,el teniente chamorrero se levantó, eructando a su vez,
indignado. Era evidente que la progre, cuyo nombre ocultaré por ser muy
conocida en San Adrián-había hecho cursos intensivos de forma comer proletaria,
olvidando las maneras aprendidas con las monjitas y en colegios buenos.
Reeducación, le llamaban los compañeros del Partido.
Eso desagradaba a
Chulo Boy, que prefería en los otros el refinamiento que no poseía
personalmente, sobre todo en las mujeres. Él amaba el lujo y el comunismo le
parecía la cumbre de la idiocia. Y es que él sí era proletario.
-Berjas, chitás,
y que se saban de comportarse: deslizó su mirada por las piernas con tejanos de
la progre-Y con barruñís, a más a más: pensaba, y ya era mucho pensar.
Andó hasta el
balcón que estaba abierto y asomando su cabeza entre los hermosos postigos como
todos los de las casas antiguas de San Adrián, aspiró el ambiente fresco y
mañanero. Luego, avanzó hacia el sofá, en el que se dejó caer con placidez,
como ahorrando fuerzas para el trajín que, de seguro, les esperaba. Metió mano
entre el sofá y la mesilla del rincón, rebuscando la botella de Machaquito que
dejó allí la noche anterior. La tanteó, la halló y la sacó, estaba vacía: la
volvió a dejar.
Mientras, el
gitano y la chica habían acabado la pitanza matutina. Él eructó dos veces,
ruidosamente. Ella quizá por un rastro lejano de lo más elemental de su
educación, o por la divergencia fisiológica, no lo hizo. Se sirvieron abundante
café con leche mientras iniciaban una suerte de conversación subterránea. Sí,
subterránea, porque por debajo de la mesa el gitano rozó seguidamente su pierna
contra la de la chica, y ella, gustosamente, se dejó. Casi instantáneamente,
uno de los impecables calcetines rojos del gitano se deslizó cual explorador
por la entrepierna de la jugosa y al llegar a cierto punto, comenzó a moverse
rítmicamente. De tales juegos que sólo Dios sabe cómo hubieran acabado, les
sacó Chulo Boy.
Levantándose de
pronto, se dirigió al gitano, que esbozó un rictus; preguntándole por el plan a
seguir. Durante la noche habían decidido ir cada uno por un lado para no
atraer demasiado la atención de sus múltiples perseguidores. Chulo Boy había
decidido pasar a Badalona, donde estaba el Chamorro, por la parte de la
Carretera, e inquirió al gitano sobre el camino que él elegiría.
Paco Chapucheros
le contestó de mala manera:
-A ti no te
olacera a sosqué yo vaya: molesto por la interrupción.
La muchacha se
había levantado y retiraba la mesa, desechando ya la consecución del juego
interrumpido. Desapareció en dirección a la cocina y sin más palabras, se
dedicaron cada uno a calarse sus indumentarias y armamento.
Paco Chapucheros
se caló los cuchillos en fundas apropiadas situadas en las pantorrillas, los
zapatos punteros, en fin, aproximadamente como su compañero.Y finalmente, la
cartuchera de su Mágnum en el pecho, dejando ver la correa sobre su descuidada
corbata a topos rojos.Y dejó preparadas otras dos pistolas Colt 45 automáticas
sobre la mesa, para colocarlas a la hora de salir en cada bolsillo de su
chaquetón.
Pasado el enfado,
fué el gitano al cuarto y volvió con un botellón de “Machaquito” y dos vasos de
talla generosa. El resto del enfado que subsistía aún en el Chulo se pasó al ver el
néctar del que era viciosamente adepto, brindaron a vaso lleno por la
consecución de sus objetivos reconciliados.
-Voy a chasar por
la calle de los gitanos que va desde la plaza mayor hasta San Roque, es el
andró más tiquillo y me bomboreá la cohedí: dijo Paco.
-Tus pedicos:
contestó alegre Chulo Boy-Yo lo panchajañaré po la general y si no puedo
antrasaurar, panchajañaré por Barcelona o por La Mina o pol Puente. Tamí
presumo que lo tablearé por aoplé, lo olacerante es silabarse y una begai abrí,
uno acaná ardiñela con lo que puede: agregó enseñando un grueso fajo de
billetes que llevaba en el bolsillo interior de su cazadora-armadura.
El otro rió
forzadamente para darse ánimos y se levantó, dejando al barbilludo hinchándose
del abrasador mejunje. Llegado a la puerta de colgajos, llamó
-No canguelé, sos
na bucharo sar ocolo coin quesa los la balguí, Montse es acnao taloriano per
acoí.
Apareció la
progre, ya calzada pero aún con el pelo encantadoramente revuelto, reluciente y
húmedamente erótico. Siempre sonriendo; el Paco le pidió un geranio rojo. Era
su supersticiosa costumbre llevar en cada baile un geranio rojo en la solapa.
Salió la chica y volvió al punto con el encargo, recién cortado y
goteante. Como premio;se creía él: le dió un beso larguísimo y pegajoso, se
creía que había ligao.
Luego se puso el
chaquetón y echó en cada bolsillo una de las pistolas. Se levantó Chulo Boy e
invitaron a la chica a brindar por la Suerte. Asín hicieron los tres; luego,
recogiendo sus cosas, salieron los dos gángsters del piso. Un beso al aire fue
la despedida a la chica, un hasta la vista, guapa y bajaron las escaleras.
Llegados al portal, se dieron la mano serios como actores de tragedia y
desaparecieron en la neblina adrianense, cada uno por su lado. A la altura del
Ribó, Paco Chapucheros se giró y vio aún a su cófrade en la esquina del
quiosco, ya en la Carretera General. Aquel levantó el brazo, Paco hizo lo
mismo. Luego desapareció: iba andando cauteloso. No es que hiciera frío, ya,
pero a ésa hora aún hacía un cierto frescor, se arrebujó complacido en el
cuello de su chaqueta, que había levantado, contempló cauteloso todos los
puntos por donde podía hallar enemigos y de paso, los tejados y partes
superiores de las casas con su encanto adrianense, mezcla de pueblecillo
francés de película de la belle époque, de pueblo de Kansas poblado de hombres
aprovechados y prácticos, raro intermezzo de habitantes de pueblo lovecraftiano
y honrados mercaderes de la República Veneciana.
Llegó a la plaza
del Ayuntamiento. Silenciosa, fría, con la fuente muerta, cruzada sólo por bultos
negros de viandantes mañaneros. Ninguno amenazador. Las persianas aún bajadas.
Cruzó el estrecho tramillo de calzada esquinero y llegóse al cuerpo principal,
propiamente dicho, de la plaza. No paró, pero fue andando muy lentamente a su
través, con los ojos abiertos como platos. Nada por un lado ni por el otro: era
increíblemente regocijante, pero cierto: no le habían descubierto; ninguno de
sus perseguidores había sido apostado en la plaza: habrían pensado que no
tendría suficientes pelotas de utilizar aquel trayecto; el más fácil y por esto
el más expuesto.
Se dejó de
reflexiones y cruzó la calle hacia la isleta de la parada del 43, frente de la
panadería del Gou, escrutó los rostros de las dos personas que esperaban allí:
uno era una vieja emperifollada que había dejado su perrita chuchú en cualquier
sitio. El otro era más inquietante: como de cuarenta años, pero bien llevados;
con bufanda y un bulto extraño bajo el sobaco izquierdo. Se paró al lado como
si esperara el autobús también. Observó al tipo más atentamente: expresión
extrañamente beatífica, pelo rasurado corto, con cogote de Kénnedy.
Sospechosísimo: debía ser, si no un bandero adrianense no era el tipo, por lo
menos uno de los hombres de Fachón ¿Un asesino mercenario de afuera?.
Amagó una añagaza,
dejó el grupito, avanzando en dirección al mar. Lentamente, atento a los
movimientos del beatífico sospechoso: éste le siguió. Andó tras el gitano unos
diez pasos cuando éste se giró de pronto. Cuando esto sucedió, el del bulto
dejó caer un papel en una papelera inmediata: indecisión en el chorizo, que
volvió a la parada. Volvió también el de la bufanda y cuando el chorizo estaba
en la sima de la duda apareció, oportuno, un autobús. Si no subía el
sospechoso, sabría a qué atenerse. Llegó el autobús. Si hubiera estado para
sutilezas, hubiera advertido que su rótulo era NU. Subió la vieja, y no el
bufandero. Y para el chorizo no hubo duda: en cuanto arrancó el autobús, se
agachó como un rayo, extrajo un cuchillo Bowie así de grande y se lanzó contra
el del cogote rapado. Todo fue rápido, casi sin sentirlo: cayó inerme el cura.
Que era eso: un cura; caída la bufanda, vio el chorizo el alzacuello indicador,
indicador de su error.
De la boca del
sacerdote salía un hilillo rojo y espeso. El chorizo no lo podía creer: abrió
el chaquetón del muerto para ver qué era lo que producía la hinchazón
sospechosa: una Biblia, puesta sobre el corazón de su poseedor. Miró hacia
todos lados: al parecer, no lo había visto nadie; una niebla de contaminación
espesa se cernía desde hacía días sobre el pueblo al borde del Besós, de aguas
negras y pululantes de inquietantes presencias.
Pasaron dos
coches cerca, pero no se detuvieron. Entonces agarró al cura, lo colocó tendido
en el banco de la parada, le cruzó las manos sobre el pecho y puso sobre su
semblante una hoja de periódico sacada de la papelera inmediata. Siguió sus
pasos más apresuradamente ¡Había matado a un cura en plena plaza mayor de San
Adrián y no lo había visto nadie! Otro autobús llegó a la parada, éste con el
rótulo 43. Pasó de largo. Cerca de Pueblo Nuevo colisionó con un autocar
muriendo todos sus ocupantes, afortunadamente escasos. El número del
cura-gabrielista, había salido de todas formas aquel día 2 de Abril de 1980.
En esto que el
rizoso agitanado había llegado ya a la esquina del Pedrós. Hacia el mar;
escenario de salvajes turbas cenetistas que avanzan al son del arpa de la
muerte. Frente a él, la parda pared de una fábrica antediluviana,
surcada de pintadas extremistas y tapada en parte por un mural comunista en que
se decapita a un obeso empresario de bolsillos llenos de dinero verde como
lechugas. Avanzó cautelosamente, tratando de esforzar su vista hasta el punto
de ver él primero a sus enemigos, que ellos a él. Llegó a la primera travesera,
la calle de los Tena, gris, impasible, silenciosa. Se asomó por la esquina,
mano en la pistola. A lo lejos, un honorable padre de familia media metía algo
en el maletero de un R-8 azul oscuro metalizado. Atravesó el hueco y siguió en
su camino original. Ojo avizor, no quitó el ídem de un ama de casa matutina que
avanzaba por la acera opuesta.
Sin más
problemas, llegó a la ancha calle de los Blasco, con su isleta central de
palmeras. Pero, alto: tocando a ésa calle hay cierta casa oscura medieval, es
como de 1930 en la que se colocan los días de mercado los vendedores de
Rembrandts y Velázquez y los vendedores de alfombras persas con el sello del
Sha Reza Pahlev. Y allí, algo asombroso, increíble; incroyable: un viejo con un
organillo, interpretando pieza tras pieza zarzuelera, con un mono vestido de
mariscal de campo; increíble y sospechosísimo. Lentamente, gravitó entorno al
viejo para ver si era lo que parecía. Sí: un anciano, y no proliferan los
banderos o los polis a ser viejos de ochenta años, o no suelen reclutarlos con
demasiada asiduidad.
Siguió su camino.
Llegado a la callejuela que comunica la gran avenida de las palmeras con la
Autopista al lado del famoso terreno vago; escenario de tantas fechorías y
reyertas, huerto del cura de los guapos adrianenses: vió entre los jirones
azulados, dos figuras amenazadoras, mano en los bolsillos. Indudablemente,
chorizos con el pelo afro: se metió en la callejuela. En un segundo, oyó unos
leves flóps-flóps y vió caer primero al mono, luego al viejo, y luego saltar un
cacho de la esquina. Le disparaban a él…
Se puso a correr
hasta finiquitar la callejuela, echó a mano izquierda para Badalona. Y pensando
burlar así a sus perseguidores: de un salto, se coló en el terreno vago. Cayó
sobre un montón de deshechos fétidos. Se tajó con un cristal polimorfo y verde.
Semiacurrucado, oyó las pisadas de los banderos, al otro lado del muro:
fragmentariamente, pudo oír que lo habían reconocido; posiblemente por el
geranio rojo…
-Habrá salmuñao
andré del chén, digo yo.
Y corrió hacia
uno de los tres camiones que, en fila: estaban allí metidos, aparcados como
mamuts disecados en hielo seco y niebla azul, los vio saltar dentro del solar:
uno era alto, de raza blanca; payo rubiasco o teñido; con permanente pistola
Magnum en la zarpa enguantada de ante amarillo y peludo. El otro era un gitano,
con pelo a lo afro, cazadora tejana con clavos a granel, gastada y sucia, con
un revólver corto, las pistolas de ambos, con silenciador, las suyas; las tres
también llevaban, pero con una tenía suficiente para acabar a sus enemigos
hasta, incluso, con cierto desahogo y virtuosismo, su Magnum estaba cargada con
balas expansivas.
Oculto como
estaba entre unos matajos de hierba parásita, entre las gigantescas ruedas de
un Pegaso: apuntó con parsimonia, los dos chorizos por cierto, ¿De qué banda
eran?: caminaban atisbando el menor movimiento en las sombras de las esquinas
del terreno vago, casi de espaldas enteramente a su oculto y experto
adversario. Tiró al ojo del rubiasco. Éste saltó junto con media cara, esparciendo
sus sesos por el suelo, en un semicírculo sangriento de tachones pardos.
El otro se dio
media vuelta instantáneamente, presto a disparar, con la espalda inclinada, las
piernas abiertas y dobladas, la cabeza baja y sujetando el arma con ambas
manos. Tiró rápido Paco dos tiros, instantáneamente: pero esto no privó al
gitano malevo de su arma y de la mayoría de sus dedos. Y el otro en cambio: fue
privado de sus testículos y de bastante de la carne de la entrepierna mientras
que su pene se convirtió en bolsas de gelatina y papilla.
En el aire aún,
derrumbado y gimiendo, recibió el gitano otro tiro en el cuello: quedó quieto,
aún respirando pesadamente. Paco Chapucheros salió de su madriguera, sucio el
gabán de tierra húmeda y se acercó hasta los dos caídos: el gitano estaba
asfixiándose: el balazo le había reventado el cuello, desparramando sus nervios
y tocado la tráquea, partiéndosela. Sus manos conservaban sólo los pulgares:
eran una masa informe, roja y negruzca en parte. Y en la entrepierna de sus
vaqueros, una gigantesca tijera había efectuado una mella aterradoramente
extensa, viéndose entre los rebordes de lona requemaos un amasijo
sanguinoliento sin forma ni nombre. Salvó al desgraciao de una muerte lenta y
horrible clavándole un tiro de su Magnum en el nido de las agujas, acabándole
casi de separar la cabeza del cuerpo.
Hecho esto, salió
el teniente del Chamorro del solar por la banda de la avenida de las palmeras.
Pese al tiempo perdido, aún era de mañana y la neblina y el sueño cubría aún de
los curiosos el rastro de sangre que iba dejando en su huída. Nadie había
descubierto aún el cuerpo del viejo organillero que tan extraño era en aquel
lugar. El mono, herido y atado por el cuello al organillo, se afanaba por
soltarse inútilmente, exhalando suspiros animalescos; que se fueron
haciendo cada vez más lejanos para Paco Chapucheros.
Notando el tajo
que se había hecho en la pierna, paróse un momento a desclavarse el pedazo de
cristal que lo había provocado y que, por las prisas, no había podido atender
antes. Abstraído como estaba en tan delicada operación y dolorosa, no se
percató del auto negro que, proveniente de Badalona; de San Roque, más
exactamente: se paró a unos diez metros antes de llegar a él, cuando lo vió fue
tarde: habían salido de él dos hombres, y un tercero esperaba al volante:
corrían, portando sendos nunchaku: eran chinos, o coreanos.
Simultáneamente
al movimiento que hacía de llevarse las manos a los bolsillos, un flash pasó
por su mente: la espectacular parada de pies que El Chamorro había inflingido
escasos meses antes a los turbios manejos del naciente y floreciente gang de
los coreanos, en competencia con el hampa local: estos, los de antes; siete
bandas más y la policía le buscaban para matarlo. Pero esto fue sólo un
segundo.
Experimentó el
golpe que le echaron, aplastándole la nariz y explotándole el hueso de la
mejilla, que se hundió con un crash lastimero. El otro nunchakazo se lo
atizaron en los testículos. Notó, doblado en el suelo, que éstos se arrugaban
después de estallar y cómo de su pene surgía un hilillo de sangre, orina y
sémen. Con las pistolas en los bolsillos, disparó hacia arriba, repetidamente,
al borde del desmayo. Un tiro le entró por la nariz a un chino, saliéndole por
la coronilla. Todo el cuero cabelludo fue a parar a quince metros. Cayó al
suelo, soltando el nunchaku. Y otros tres tiros se le hincaron al otro chino en
su fea geta, creo que se fue al nirvana.
Caído el último
de sus atacantes, disparó contra el que restaba en el coche, ya en marcha
contra el gitano: seis tiros destrozaron el parabrisas, cegando al chino. El
coche se estampó contra la cortina de hierro de un escaparate cerrado; un bazar
paquistaní. Incrustado allí, el coche estalló en mil pedazos y una hoguera bien
cebada con la gasolina del depósito recién llenado.
A duras
penas salió corriendo el gitano, ahora castrado por el sencillo método del
golpe reventón. La explosión había sido oída en todo el vecindario, y las
ventanas comenzaban a abrirse mostrando a los inquilinos alarmados. Le vio
cantidad de gente, y claro: alguien llamó a la policía. Todavía no existía la
actual comisaría, muy cercana a donde se desarrollan estos hechos.
Tal era su marcha
lastimera, apoyándose en las paredes bajo la vista de aquel gigantesco número
de espectadores, que aún no había llegado a San Roque, donde los Chamorros le
protegerían, cuando se presentó allí un coche Z de los marrones.
Bajaron dos
policías barbudos, que fueron hacia él, medio derrengado en la acera,
vomitando, a escasos sesenta metros de donde yacían los chinos.
-Cuidado,
Mendoza, que este lleva cacharra.
-Descuida...Oiga:
tranquilo, suelte el arma, tranquilo, no le haremos nada.
Otros dos
policías salían del Z expectantes; pistola en mano.
Cegado su ya de
principio poco dotado entendimiento, Paco Chapucheros descargó su arma sobre
los dos policías cercanos, estos respondieron y se lió la parda: otros dos policías
muertos, 20 vecinos muertos, 6 heridos de gravedad y otros 20 o 30 leves.
Después de
aquello, soltó las pistolas vacías y sacó su Magnum y su cuchillo Bowie
inmenso; el mismo que utilizara para matar al cura, siguió corriendo, cojeando
como pudo, hasta llegar, sin dar tiempo a la venida de más policías, hasta San
Roque. Llorando de alegría, se sentó momentáneamente en una placeta: no veía a
ningún contacto del Chamorro y él mismo no sabía donde se hallaba la guarida
actual de éste, nadie salió a su encuentro.
Oyendo ya las
sirenas, cada vez más cercanas, atravesó la aún desierta carretera y las aún
desiertas calles; eran las seis de la mañana hasta llegar a la fachada del
Instituto Nacional Eugenio D´Ors. Quedó allí arrodillado junto a los
repintarrajeados muros, formándose bajo su entrepierna un charco cada vez más
grande de sangre.
Perdido ya todo
sentido, oyó de pronto una voz a través de un megáfono:
-¡Ríndase: tire
el arma lejos: ríndase o disparamos!
Volvió la cara
tumefacta y desfigurada, viendo media docena de coches de policía en
semicírculo en torno a él, y unos veinte policías marrones apuntándole con sus
armas. Hizo un gesto de rendición, con gran esfuerzo, y levantándose, andó unos
pasos a lo largo de la acera, con la pistola casi suelta, como si la fuera a
lanzar al momento siguiente.
Al lado de la
verja del Instituto, se lanzó hacia ella, disparando contra la policía,
¡Cerrada! Antes de un segundo, fue acribillado por los policías que lo tenían
encañonado: sus dos disparos, de Magnum expansivas, no dieron con nadie, de
momento: una hora después, apareció una gitana con un churumbel muerto en
brazos, la cabeza reventada. El tiro no se había perdido, y él inició un baile
en el aire, agarrado a la verja, impulsado como un muñeco por la granizada de
tiros que llovieron sobre él.
Muerto, agarrado
aún a la verja, pero deslizándose ya para abajo, la maldita cedió y se abrió, y
el cuerpo cayó por los tres escasos escalones, yendo a dar en la sucia y
crujiente arena, de cara al cielo, al sol, como no llevaba documentación, fue
difícil identificarlo, pero al fin se consiguió, y ésta es su ficha:
Nombre: Francisco
Gómez González.
Álias: el
Chapuchero, Paco el Asesino, Paco Chamorro.
Causa de la
muerte: 2 impactos en la cavidad cranial con la pérdida resultante de masa
encefalica.
Otras lesiones:
28 impactos de bala de diversa consideración, repartidos en extremidades y
abdomen.
Fractura del
hueso de la mejilla izquierda, rotura de la nariz, rotura de 10 dientes,
fractura de maxilar.Quemaduras en los muslos. Golpe contundente en la región
genital con efectos mutilantes.
Corte en la
pantorrilla derecha, cortes y magulladuras diversos.
Armas que llevaba
en el momento de su muerte: 6 pulgares vacía-ojos, dos cuchillos: 1 cuchillo
Bowie, una pistola Magnum, zapatos con punteras reforzadas, punteras reforzadas
en hombros, codos y rodillas.
Cargos por los
que se le acusa: 10 asesinatos a sangre fría (en 1er grado)
Cargos pendientes
de procedimiento:
3 violaciones.
2 estupros.
6 cargos por
lesiones leves.
2 cargos por
lesiones graves: castración y amputación de orejas.
11 asesinatos el
día de su muerte, en las personas de 4 agentes de la Policía Nacional.
3 chinos, 2
banderos, 1 viejo y un cura.
Estragos y
responsabilidad en 20 muertos por explosión y 36 heridos de diversa
consideración.
Imprudencia
temeraria con resultado de la muerte de: un niño gitano de corta edad.
Posesión ilícita
de armas. Pertenencia a banda armada.
70 robos con
intimidación denunciados.
Extorsión y
chantaje.
Coacción y
amenazas.
Pero la muerte
extingue las causas ¿O no? Éste se fue al Cielo de cabeza. Dos días
después, Montse X acogió con una carcajada la noticia de la muerte de Paco y de
su amigo, por parte de su hermano, el deudor del Chamorro, el mismo día 2 de
Abril , el Chamorro acogió con la mayor frialdad idénticas noticias, no
haciendo el más leve comentario. Juan Fachón, jefe de la policía de San
Adrián, consignó en su Diario de Guerra contra el Crimen 1970-1983 que su alegría
por la muerte de tales terribles personajes era inmensa, pero menor a la que
sentiría acabando a tiros con cada uno de los 16 principales jefes de Banda de
San Adrián, entre ellos El Rey del Rock y como no: El Chamorro.
31 de
Agosto de 1983

No hay comentarios:
Publicar un comentario