jueves, 16 de abril de 2015

Paso sangriento de San Adrián a Badalona



La misma mañana en que Chulo Boy salía de su guarida en pos de horizontes más halagüeños para morir otra mañana, dos días después, con orgía de tiros, intentando aún pasar por el puente a Barcelona, otro teniente del Chamorro, Paco Chapucheros, intentaba asímismo huir de un San Adrián, súbitamente inhóspito para los Chamorreros. Ambos se hallaban, a las cinco de la mañana de aquel fresco 2 de Abril de 1980, en un piso de la Calle Mayor de San Adrián. Más o menos, entre el Blau y el Augé por aquella banda de la calle, o creo, delante de La Rita. Estaba el piso en una 1ª planta, y por la abertura del balcón se veían, al alcance de la mano, los árboles de la avenida. Por las entreabiertas portezuelas y los postigos de madera, se filtraba una luz ténue y un frescor mañanero encantador, vivificante. En una mesa redonda, antigua como todo el edificio, se hallaba sentado Chulo Boy, en mangas de camisa. Era de nariz grande, moreno, bajo, con ojos saltones y una barbilla tan prognata que rozaba la monstruosidad. Sorbía lentamente el café, ruidosamente, dejando vagar la vista por la acogedora habitación. El suelo era de baldosa antigua, fresca, amarilla, y rota a cachos pero compacta; grata a los pies descalzos del gángster. Medio suelo estaba cubierto por una alfombra ocre, suave y elegante. Sobre las antiguas molduras y adornos de paredes y puertas se había tendido una capa gruesa de pintura blanca y se habían tachonado los muros, así revestidos, con grandes pósters de personajes que Chulo Boy no conocía ni conocería. El menos recargado de detalles horteras-un poco pop-art, como todos los carteles de los partidos de Izquierda, representando a Marx, Lenin, Mao y Che Guevara dándose la mano como los tres mosqueteros que eran cuatro, dibujado con un tipo de grafismo parecido al de la película Yellow Submarine. Unas vastas estanterías de madera clara; con ése aspecto de bricolage que tienen las casas de los “progres” alojaban gran cantidad de libros, todos de ediciones de tapa blanda y de bolsillo, y varias colecciones completas, encuadernadas. Allí había desde Borges a cómics underground (oh, modernidad) En una esquina, una mesilla blanca con una lámpara pop, varios mantones de Manila colgados de las paredes. Un amplio sofá, varias lámparas y macetas sustentadas por gruesos cordeles de macramé y una mecedora de época pintada de color blanco completaban el escenario. La vista aburrida del chorizo  se posó unos momentos en las tapas rojas de una colección de clásicos surrealistas, luego fue desviada por el súbito movimiento de la cortina, impulsada por una ráfaga pasajera  de viento que portaba niebla y olor de humedad urbana.
Al volver la vista a los objetivos anteriores, ésta topó antes de lograr tal cosa con la pistola que, bien metida en la funda, descansaba entre la mantequilla y el ketchup. Sobre el mantel, al lado de la pistola, descansaban otros elementos de la indumentaria del teniente chamorrero: gustaba de vestirse lento, los días de “baile”, como los toreros. De mil y una oquedades y bolsillos secretos saldrían cuando hiciera falta los mil y un recursos ocultos. Estaban los cuchillos y la navaja, la cuerda-lazo de seda o rayón con una pesilla, los vacía-ojos, que se instalaría en los pulgares, las dos botellitas de salfumán…y las punteras de acero que habían en sus botas, tacones, codos y rodillas, así como en hombros. La cazadora se mantenía casi derecha  en la silla, por ésa razón. Del ensimismamiento tontón que le embargaba le sacó su compadre, Paco Chapucheros.
Entró en la habitación a través de una puerta de colgajos tintineantes-como de tienda antigua-vestido ya, pero secándose aún con una toalla los rizosos cabellos, que, con el agua, parecían una cascada de gusanos de tierra, negros, que le hubieran caído en la cabeza. Era machucho, gitano, sensual. Patillas inmensas volteaban su cara gordezuela y papadosa; una barba azul oscuro no despejaba nunca su semblante, y dos cicatrices recosidas  le dibujaban un parapeto alrededor del ojo izquierdo. Ojo. Ojos, que eran grandes, negros, profundos…una nariz ganchuda y unos labios morados encuadraban del todo su personalidad. Se sentó, saludó a Chulo Boy y siguió aún por unos momentos dándole a la toalla. Juzgadas tales refriegas como suficientes, cesaron; y atacó el gitano la bandeja del bacon.
El desayuno tempranero era consistente y les esperaba una dura jornada: huevos,”bacon”, mantequilla, tostadas, mermelada…café, copa y puro, sobre todo la copa, que no llevaban ambos chorizos en el cuerpo menos de tres, y eso que aún estaban recién levantados. Chulo Boy no forzó la conversación, y el gitano tampoco, oyéndose sólo en la habitación un chomp-chomp delatador de la bestia hambrienta saciando salvajemente sus apetitos.
Entró entonces en la habitación una chica. La chica, muchacha bien liberada y progre, se había visto obligada a dar cobijo a los chorizos en su última noche en San Adrián por causa de una deuda de juego de su hermano, que quedaba así saldada, ayudando a estos secuaces del Chamorro. Ayuda…y el culo, por supuesto.
Guapa, labios carnosos y ojos de Carolina de Mónaco, pelo marrón con destellos dorados, bien formada, de mórbida y firme carne dorada en las playas chic; se secaba la cabeza con una toalla al igual que hiciera antes el chorizo. Iba descalza, y vestía pantalones tejanos y camiseta morada; dio un Buenos días y al pasar al lado del gitano dejóse palpar bien palpada: una arrambada era el saludo de la bestia feroz que era Paco Chapucheros.
Chulo Boy deslizó un hola, y siguió ensimismado en sus pensamientos, afilando un vacía ojos de aspecto terrorífico. La tosquedad del teniente del Chamorro estaba justificada; la chica había pasado la noche con su compañero, y habían tomado la ducha juntos; el Chulo estaba celoso, o envidioso.
Cuando ella se sentó, y, atacando los huevos hizo coro orquestal a los chómps-chómps del gitano con los propios,el teniente chamorrero se levantó, eructando a su vez, indignado. Era evidente que la progre, cuyo nombre ocultaré por ser muy conocida en San Adrián-había hecho cursos intensivos de forma comer proletaria, olvidando las maneras aprendidas con las monjitas y en colegios buenos. Reeducación, le llamaban los compañeros del Partido.
Eso desagradaba a Chulo Boy, que prefería en los otros el refinamiento que no poseía personalmente, sobre todo en las mujeres. Él amaba el lujo y el comunismo le parecía la cumbre de la idiocia. Y es que él sí era proletario.
-Berjas, chitás, y que se saban de comportarse: deslizó su mirada por las piernas con tejanos de la progre-Y con barruñís, a más a más: pensaba, y ya era mucho pensar.
Andó hasta el balcón que estaba abierto y asomando su cabeza entre los hermosos postigos como todos los de las casas antiguas de San Adrián, aspiró el ambiente fresco y mañanero. Luego, avanzó hacia el sofá, en el que se dejó caer con placidez, como ahorrando fuerzas para el trajín que, de seguro, les esperaba. Metió mano entre el sofá y la mesilla del rincón, rebuscando la botella de Machaquito que dejó allí la noche anterior. La tanteó, la halló y la sacó, estaba vacía: la volvió a dejar.
Mientras, el gitano y la chica habían acabado la pitanza matutina. Él eructó dos veces, ruidosamente. Ella quizá por un rastro lejano de lo más elemental de su educación, o por la divergencia fisiológica, no lo hizo. Se sirvieron abundante café con leche mientras iniciaban una suerte de conversación subterránea. Sí, subterránea, porque por debajo de la mesa el gitano rozó seguidamente su pierna contra la de la chica, y ella, gustosamente, se dejó. Casi instantáneamente, uno de los impecables calcetines rojos del gitano se deslizó cual explorador por la entrepierna de la jugosa y al llegar a cierto punto, comenzó a moverse rítmicamente. De tales juegos que sólo Dios sabe cómo hubieran acabado, les sacó Chulo Boy.
Levantándose de pronto, se dirigió al gitano, que esbozó un rictus; preguntándole por el plan a seguir. Durante la noche habían decidido ir cada uno por un lado para no atraer demasiado la atención de sus múltiples perseguidores. Chulo Boy había decidido pasar a Badalona, donde estaba el Chamorro, por la parte de la Carretera, e inquirió al gitano sobre el camino que él elegiría.
Paco Chapucheros le contestó de mala manera:
-A ti no te olacera a sosqué yo vaya: molesto por la interrupción.
La muchacha se había levantado y retiraba la mesa, desechando ya la consecución del juego interrumpido. Desapareció en dirección a la cocina y sin más palabras, se dedicaron cada uno a calarse sus indumentarias y armamento.
Paco Chapucheros se caló los cuchillos en fundas apropiadas situadas en las pantorrillas, los zapatos punteros, en fin, aproximadamente como su compañero.Y finalmente, la cartuchera de su Mágnum en el pecho, dejando ver la correa sobre su descuidada corbata a topos rojos.Y dejó preparadas otras dos pistolas Colt 45 automáticas sobre la mesa, para colocarlas a la hora de salir en cada bolsillo de su chaquetón.
Pasado el enfado, fué el gitano al cuarto y volvió con un botellón de “Machaquito” y dos vasos de talla generosa. El resto del enfado que subsistía aún en el Chulo se pasó al ver el néctar del que era viciosamente adepto, brindaron a vaso lleno por la consecución de sus objetivos reconciliados.
-Voy a chasar por la calle de los gitanos que va desde la plaza mayor hasta San Roque, es el andró más tiquillo y me bomboreá la cohedí: dijo Paco.
-Tus pedicos: contestó alegre Chulo Boy-Yo lo panchajañaré po la general y si no puedo antrasaurar, panchajañaré por Barcelona o por La Mina o pol Puente. Tamí presumo que lo tablearé por aoplé, lo olacerante es silabarse y una begai abrí, uno acaná ardiñela con lo que puede: agregó enseñando un grueso fajo de billetes que llevaba en el bolsillo interior de su cazadora-armadura.
El otro rió forzadamente para darse ánimos y se levantó, dejando al barbilludo hinchándose del abrasador mejunje. Llegado a la puerta de colgajos, llamó
-No canguelé, sos na bucharo sar ocolo coin quesa los la balguí, Montse es acnao taloriano per acoí.
Apareció la progre, ya calzada pero aún con el pelo encantadoramente revuelto, reluciente y húmedamente erótico. Siempre sonriendo; el Paco le pidió un geranio rojo. Era su supersticiosa costumbre llevar en cada baile un geranio rojo en la solapa. Salió la chica  y volvió al punto con el encargo, recién cortado y goteante. Como premio;se creía él: le dió un beso larguísimo y pegajoso, se creía que había ligao.
Luego se puso el chaquetón y echó en cada bolsillo una de las pistolas. Se levantó Chulo Boy e invitaron a la chica a brindar por la Suerte. Asín hicieron los tres; luego, recogiendo sus cosas, salieron los dos gángsters del piso. Un beso al aire fue la despedida a la chica, un hasta la vista, guapa y bajaron las escaleras. Llegados al portal, se dieron la mano serios como actores de tragedia y desaparecieron en la neblina adrianense, cada uno por su lado. A la altura del Ribó, Paco Chapucheros se giró y vio aún a su cófrade en la esquina del quiosco, ya en la Carretera General. Aquel levantó el brazo, Paco hizo lo mismo. Luego desapareció: iba andando cauteloso. No es que hiciera frío, ya, pero a ésa hora aún hacía un cierto frescor, se arrebujó complacido en el cuello de su chaqueta, que había levantado, contempló cauteloso todos los puntos por donde podía hallar enemigos y de paso, los tejados y partes superiores de las casas con su encanto adrianense, mezcla de pueblecillo francés de película de la belle époque, de pueblo de Kansas poblado de hombres aprovechados y prácticos, raro intermezzo de habitantes de pueblo lovecraftiano y honrados mercaderes de la República Veneciana.
Llegó a la plaza del Ayuntamiento. Silenciosa, fría, con la fuente muerta, cruzada sólo por bultos negros de viandantes mañaneros. Ninguno amenazador. Las persianas aún bajadas. Cruzó el estrecho tramillo de calzada esquinero y llegóse al cuerpo principal, propiamente dicho, de la plaza. No paró, pero fue andando muy lentamente a su través, con los ojos abiertos como platos. Nada por un lado ni por el otro: era increíblemente regocijante, pero cierto: no le habían descubierto; ninguno de sus perseguidores había sido apostado en la plaza: habrían pensado que no tendría suficientes pelotas de utilizar aquel trayecto; el más fácil y por esto el más expuesto.
Se dejó de reflexiones y cruzó la calle hacia la isleta de la parada del 43, frente de la panadería del Gou, escrutó los rostros de las dos personas que esperaban allí: uno era una vieja emperifollada que había dejado su perrita chuchú en cualquier sitio. El otro era más inquietante: como de cuarenta años, pero bien llevados; con bufanda y un bulto extraño bajo el sobaco izquierdo. Se paró al lado como si esperara el autobús también. Observó al tipo más atentamente: expresión extrañamente beatífica, pelo rasurado corto, con cogote de Kénnedy. Sospechosísimo: debía ser, si no un bandero adrianense no era el tipo, por lo menos uno de los hombres de Fachón ¿Un asesino mercenario de afuera?.
Amagó una añagaza, dejó el grupito, avanzando en dirección al mar. Lentamente, atento a los movimientos del beatífico sospechoso: éste le siguió. Andó tras el gitano unos diez pasos cuando éste se giró de pronto. Cuando esto sucedió, el del bulto dejó caer un papel en una papelera inmediata: indecisión en el chorizo, que volvió a la parada. Volvió también el de la bufanda y cuando el chorizo estaba en la sima de la duda apareció, oportuno, un autobús. Si no subía el sospechoso, sabría a qué atenerse. Llegó el autobús. Si hubiera estado para sutilezas, hubiera advertido que su rótulo era NU. Subió la vieja, y no el bufandero. Y para el chorizo no hubo duda: en cuanto arrancó el autobús, se agachó como un rayo, extrajo un cuchillo Bowie así de grande y se lanzó contra el del cogote rapado. Todo fue rápido, casi sin sentirlo: cayó inerme el cura. Que era eso: un cura; caída la bufanda, vio el chorizo el alzacuello indicador, indicador de su error.
De la boca del sacerdote salía un hilillo rojo y espeso. El chorizo no lo podía creer: abrió el chaquetón del muerto para ver qué era lo que producía la hinchazón sospechosa: una Biblia, puesta sobre el corazón de su poseedor. Miró hacia todos lados: al parecer, no lo había visto nadie; una niebla de contaminación espesa se cernía desde hacía días sobre el pueblo al borde del Besós, de aguas negras y pululantes de inquietantes presencias.
Pasaron dos coches cerca, pero no se detuvieron. Entonces agarró al cura, lo colocó tendido en el banco de la parada, le cruzó las manos sobre el pecho y puso sobre su semblante una hoja de periódico sacada de la papelera inmediata. Siguió sus pasos más apresuradamente ¡Había matado a un cura en plena plaza mayor de San Adrián y no lo había visto nadie! Otro autobús llegó a la parada, éste con el rótulo 43. Pasó de largo. Cerca de Pueblo Nuevo colisionó con un autocar muriendo todos sus ocupantes, afortunadamente escasos. El número del cura-gabrielista, había salido de todas formas aquel día 2 de Abril de 1980.
En esto que el rizoso agitanado había llegado ya a la esquina del Pedrós. Hacia el mar; escenario de salvajes turbas cenetistas que avanzan al son del arpa de la muerte. Frente a él, la  parda pared de una fábrica antediluviana, surcada de pintadas extremistas y tapada en parte por un mural comunista en que se decapita a un obeso empresario de bolsillos llenos de dinero verde como lechugas. Avanzó cautelosamente, tratando de esforzar su vista hasta el punto de ver él primero a sus enemigos, que ellos a él. Llegó a la primera travesera, la calle de los Tena, gris, impasible, silenciosa. Se asomó por la esquina, mano en la pistola. A lo lejos, un honorable padre de familia media metía algo en el maletero de un R-8 azul oscuro metalizado. Atravesó el hueco y siguió en su camino original. Ojo avizor, no quitó el ídem de un ama de casa matutina que avanzaba por la acera opuesta.
Sin más problemas, llegó a la ancha calle de los Blasco, con su isleta central de palmeras. Pero, alto: tocando a ésa calle hay cierta casa oscura medieval, es como de 1930 en la que se colocan los días de mercado los vendedores de Rembrandts y Velázquez y los vendedores de alfombras persas con el sello del Sha Reza Pahlev. Y allí, algo asombroso, increíble; incroyable: un viejo con un organillo, interpretando pieza tras pieza zarzuelera, con un mono vestido de mariscal de campo; increíble y sospechosísimo. Lentamente, gravitó entorno al viejo para ver si era lo que parecía. Sí: un anciano, y no proliferan los banderos o los polis a ser viejos de ochenta años, o no suelen reclutarlos con demasiada asiduidad.
Siguió su camino. Llegado a la callejuela que comunica la gran avenida de las palmeras con la Autopista al lado del famoso terreno vago; escenario de tantas fechorías y reyertas, huerto del cura de los guapos adrianenses: vió entre los jirones azulados, dos figuras amenazadoras, mano en los bolsillos. Indudablemente, chorizos con el pelo afro: se metió en la callejuela. En un segundo, oyó unos leves flóps-flóps y vió caer primero al mono, luego al viejo, y luego saltar un cacho de la esquina. Le disparaban a él…
Se puso a correr hasta finiquitar la callejuela, echó a mano izquierda para Badalona. Y pensando burlar así a sus perseguidores: de un salto, se coló en el terreno vago. Cayó sobre un montón de deshechos fétidos. Se tajó con un cristal polimorfo y verde. Semiacurrucado, oyó las pisadas de los banderos, al otro lado del muro: fragmentariamente, pudo oír que lo habían reconocido; posiblemente por el geranio rojo…
-Habrá salmuñao andré del chén, digo yo.
Y corrió hacia uno de los tres camiones que, en fila: estaban allí metidos, aparcados como mamuts disecados en hielo seco y niebla azul, los vio saltar dentro del solar: uno era alto, de raza blanca; payo rubiasco o teñido; con permanente pistola Magnum en la zarpa enguantada de ante amarillo y peludo. El otro era un gitano, con pelo a lo afro, cazadora tejana con clavos a granel, gastada y sucia, con un revólver corto, las pistolas de ambos, con silenciador, las suyas; las tres también llevaban, pero con una tenía suficiente para acabar a sus enemigos hasta, incluso, con cierto desahogo y virtuosismo, su Magnum estaba cargada con balas expansivas.
Oculto como estaba entre unos matajos de hierba parásita, entre las gigantescas ruedas de un Pegaso: apuntó con parsimonia, los dos chorizos por cierto, ¿De qué banda eran?: caminaban atisbando el menor movimiento en las sombras de las esquinas del terreno vago, casi de espaldas enteramente a su oculto y experto adversario. Tiró al ojo del rubiasco. Éste saltó junto con media cara, esparciendo sus sesos por el suelo, en un semicírculo sangriento de tachones pardos.
El otro se dio media vuelta instantáneamente, presto a disparar, con la espalda inclinada, las piernas abiertas y dobladas, la cabeza baja y sujetando el arma con ambas manos. Tiró rápido Paco dos tiros, instantáneamente: pero esto no privó al gitano malevo de su arma y de la mayoría de sus dedos. Y el otro en cambio: fue privado de sus testículos y de bastante de la carne de la entrepierna mientras que su pene se convirtió en bolsas  de gelatina y papilla.
En el aire aún, derrumbado y gimiendo, recibió el gitano otro tiro en el cuello: quedó quieto, aún respirando pesadamente. Paco Chapucheros salió de su madriguera, sucio el gabán de tierra húmeda y se acercó hasta los dos caídos: el gitano estaba asfixiándose: el balazo le había reventado el cuello, desparramando sus nervios y tocado la tráquea, partiéndosela. Sus manos conservaban sólo los pulgares: eran una masa informe, roja y negruzca en parte. Y en la entrepierna de sus vaqueros, una gigantesca tijera había efectuado una mella aterradoramente extensa, viéndose entre los rebordes de lona requemaos un amasijo sanguinoliento sin forma ni nombre. Salvó al desgraciao de una muerte lenta y horrible clavándole un tiro de su Magnum en el nido de las agujas, acabándole casi de separar la cabeza del cuerpo.
Hecho esto, salió el teniente del Chamorro del solar por la banda de la avenida de las palmeras. Pese al tiempo perdido, aún era de mañana y la neblina y el sueño cubría aún de los curiosos  el rastro de sangre que iba dejando en su huída. Nadie había descubierto aún el cuerpo del viejo organillero que tan extraño era en aquel lugar. El mono, herido y atado por el cuello al organillo, se afanaba por soltarse  inútilmente, exhalando suspiros animalescos; que se fueron haciendo cada vez más lejanos para Paco Chapucheros.
Notando el tajo que se había hecho en la pierna, paróse un momento a desclavarse el pedazo de cristal que lo había provocado y que, por las prisas, no había podido atender antes. Abstraído como estaba en tan delicada operación y dolorosa, no se percató del auto negro que, proveniente de Badalona; de San Roque, más exactamente: se paró a unos diez metros antes de llegar a él, cuando lo vió fue tarde: habían salido de él dos hombres, y un tercero esperaba al volante: corrían, portando sendos nunchaku: eran chinos, o coreanos.
Simultáneamente al movimiento que hacía de llevarse las manos a los bolsillos, un flash pasó por su mente: la espectacular parada de pies que El Chamorro había inflingido escasos meses antes a los turbios manejos del naciente y floreciente gang de los coreanos, en competencia con el hampa local: estos, los de antes; siete bandas más y la policía le buscaban para matarlo. Pero esto fue sólo un segundo.
Experimentó el golpe que le echaron, aplastándole la nariz y explotándole el hueso de la mejilla, que se hundió con un crash lastimero. El otro nunchakazo se lo atizaron en los testículos. Notó, doblado en el suelo, que éstos se arrugaban después de estallar y cómo de su pene surgía un hilillo de sangre, orina y sémen. Con las pistolas en los bolsillos, disparó hacia arriba, repetidamente, al borde del desmayo. Un tiro le entró por la nariz a un chino, saliéndole por la coronilla. Todo el cuero cabelludo fue a parar a quince metros. Cayó al suelo, soltando el nunchaku. Y otros tres tiros se le hincaron al otro chino en su fea geta, creo que se fue al nirvana.
Caído el último de sus atacantes, disparó contra el que restaba en el coche, ya en marcha contra el gitano: seis tiros destrozaron el parabrisas, cegando al chino. El coche se estampó contra la cortina de hierro de un escaparate cerrado; un bazar paquistaní. Incrustado allí, el coche estalló en mil pedazos y una hoguera bien cebada con la gasolina del depósito recién llenado.
 A duras penas salió corriendo el gitano, ahora castrado por el sencillo método del golpe reventón. La explosión había sido oída en todo el vecindario, y las ventanas comenzaban a abrirse mostrando a los inquilinos alarmados. Le vio cantidad de gente, y claro: alguien llamó a la policía. Todavía no existía la actual comisaría, muy cercana a donde se desarrollan estos hechos.
Tal era su marcha lastimera, apoyándose en las paredes bajo la vista de aquel gigantesco número de espectadores, que aún no había llegado a San Roque, donde los Chamorros le protegerían, cuando se presentó allí un coche Z de los marrones.
Bajaron dos policías barbudos, que fueron hacia él, medio derrengado en la acera, vomitando, a escasos sesenta metros de donde yacían los chinos.
-Cuidado, Mendoza, que este lleva cacharra.
-Descuida...Oiga: tranquilo, suelte el arma, tranquilo, no le haremos nada.
Otros dos policías salían del Z expectantes; pistola en mano.
Cegado su ya de principio poco dotado entendimiento, Paco Chapucheros descargó su arma sobre los dos policías cercanos, estos respondieron y se lió la parda: otros dos policías muertos, 20 vecinos muertos, 6 heridos de gravedad y otros 20 o 30 leves.
Después de aquello, soltó las pistolas vacías y sacó su Magnum y su cuchillo Bowie inmenso; el mismo que utilizara para matar al cura, siguió corriendo, cojeando como pudo, hasta llegar, sin dar tiempo a la venida de más policías, hasta San Roque. Llorando de alegría, se sentó momentáneamente en una placeta: no veía a ningún contacto del Chamorro y él mismo no sabía donde se hallaba la guarida actual de éste, nadie salió a su encuentro.
Oyendo ya las sirenas, cada vez más cercanas, atravesó la aún desierta carretera y las aún desiertas calles; eran las seis de la mañana hasta llegar a la fachada del Instituto Nacional Eugenio D´Ors. Quedó allí arrodillado junto a los repintarrajeados muros, formándose bajo su entrepierna un charco cada vez más grande de sangre.
Perdido ya todo sentido, oyó de pronto una voz a través de un megáfono:
-¡Ríndase: tire el arma lejos: ríndase o disparamos!
Volvió la cara tumefacta y desfigurada, viendo media docena de coches de policía en semicírculo en torno a él, y unos veinte policías marrones apuntándole con sus armas. Hizo un gesto de rendición, con gran esfuerzo, y levantándose, andó unos pasos a lo largo de la acera, con la pistola casi suelta, como si la fuera a lanzar al momento siguiente.
Al lado de la verja del Instituto, se lanzó hacia ella, disparando contra la policía, ¡Cerrada! Antes de un segundo, fue acribillado por los policías que lo tenían encañonado: sus dos disparos, de Magnum expansivas, no dieron con nadie, de momento: una hora después, apareció una gitana con un churumbel muerto en brazos, la cabeza reventada. El tiro no se había perdido, y él inició un baile en el aire, agarrado a la verja, impulsado como un muñeco por la granizada de tiros que llovieron sobre él.
Muerto, agarrado aún a la verja, pero deslizándose ya para abajo, la maldita cedió y se abrió, y el cuerpo cayó por los tres escasos escalones, yendo a dar en la sucia y crujiente arena, de cara al cielo, al sol, como no llevaba documentación, fue difícil identificarlo, pero al fin se consiguió, y ésta es su ficha:
Nombre: Francisco Gómez González.
Álias: el Chapuchero, Paco el Asesino, Paco Chamorro.
Causa de la muerte: 2 impactos en la cavidad cranial con la pérdida resultante de masa encefalica.
Otras lesiones: 28 impactos de bala de diversa consideración, repartidos en extremidades y abdomen.
Fractura del hueso de la mejilla izquierda, rotura de la nariz, rotura de 10 dientes, fractura de maxilar.Quemaduras en los muslos. Golpe contundente en la región genital con efectos mutilantes.
Corte en la pantorrilla derecha, cortes y magulladuras diversos.
Armas que llevaba en el momento de su muerte: 6 pulgares vacía-ojos, dos cuchillos: 1 cuchillo Bowie, una pistola Magnum, zapatos con punteras reforzadas, punteras reforzadas en hombros, codos y rodillas.
Cargos por los que se le acusa: 10 asesinatos a sangre fría (en 1er grado)
Cargos pendientes de procedimiento:
3 violaciones.
2 estupros.
6 cargos por lesiones leves.
2 cargos por lesiones graves: castración y amputación de orejas.
11 asesinatos el día de su muerte, en las personas de 4 agentes de la Policía Nacional.
3 chinos, 2 banderos, 1 viejo y un cura.
Estragos y responsabilidad en 20 muertos por explosión y 36 heridos de diversa consideración.
Imprudencia temeraria con resultado de la muerte de: un niño gitano de corta edad.
Posesión ilícita de armas. Pertenencia a banda armada.
70 robos con intimidación denunciados.
Extorsión y chantaje.
Coacción y amenazas.
Pero la muerte extingue las causas ¿O no? Éste se fue al Cielo de cabeza. Dos días después, Montse X acogió con una carcajada la noticia de la muerte de Paco y de su amigo, por parte de su hermano, el deudor del Chamorro, el mismo día 2 de Abril , el Chamorro acogió con la mayor frialdad idénticas noticias, no haciendo el más leve comentario. Juan Fachón, jefe de la policía de San Adrián, consignó en su Diario de Guerra contra el Crimen 1970-1983 que su alegría por la muerte de tales terribles personajes era inmensa, pero menor a la que sentiría acabando a tiros con cada uno de los 16 principales jefes de Banda de San Adrián, entre ellos El Rey del Rock y como no: El Chamorro.

 31 de Agosto de 1983

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