Andrés Cabalgoso
Gumicud era uruguayo. Trajeado en blanco, blanco sombrero con una cinta negra,
de ala ancha, camisa rosa y corbata de un siena muy aclarado, daba de comer a
invisibles palomas, echando contínuamente al suelo puñados de cañamones y maíz
que sacaba de una gran paperina. Iba dejando sembrado de esas pequeñas
porquerías todo el campo de entrada del canódromo, la grava, la escalera de
cemento…En el canódromo no hay palomas.
Surcado pero no
cetrino, Cabalgoso: aparentaba unos cincuenta y cinco años, algo gordo y muy
alto, con el cuello larguísimo, la pelambre rapadilla rubia, con canas como
púas de cerda, labios gruesos color gusano o larva, ojos hundidos, azules, en
el fondo de cráteres de color encendido. Había entrado lento, casi tambaleante,
en la sala de las taquillas, la gran pieza única del Canódromo, proyectándose
su sombra alargada en el pavimento desierto. No había nadie, todavía, o sí: al
fondo, sentados en un banco, dos jóvenes de aspecto discordante para el lugar,
hojeaban despreocupadamente varias publicaciones indeterminadas con sendos
vasos de horchata en la mano. En los bancos de la parte de afuera, separados de
la primera por la gran cristalera que hacía de fachada, un viejo vegetaba y dos
niños indeleblemente calés correteaban por las gradas que eran puro fuego.
Giraban, exactos, eternos, los ventiladores de aspa en el techo alto. Las
taquillas cerradas, con los precios, y con inscripciones groseras.
Detrás, acaso
algún movimiento: uno que otro vendedor de boletos, que ya preparaba lo
necesario. Estaba Cabalgoso parado en la parte primera de la sala, andó un poco
más y se sentó en un banco de la parte interior. Sentado, sobresalía la
prominente barriga dura, como si el tipo estuviera relleno de perdigones o
garbanzos duros. Puede ser. Dejó el paquete de maíz al lado, resbaló entre dos
de los listones de madera del banco, y el contenido cayó al suelo, primero con
un cierto ruidillo y clic clic, luego pausadamente, en silencio. Cabalgoso se
desentendía claramente, o quizá no se diera cuenta. Con un pañuelo se secó el
sudor. Dejó el sombrero blanco, francamente llampante, encima de la paperina.
Se palpó el sobaco izquierdo. Allí, el reloj estaba parado, el reloj, digo, del
canódromo.
Del bar lejano
provenía un rumor de vasos y un olor a fritanga: pimientos. El olor a
podredumbre no se percibía: impregnaba la edificación entera y se dejaba sentir
a cincuenta metros a la redonda. Al entrar en el canódromo, ya se habían
acostumbrado las olederas. La nariz larga y ancha se contrajo en un gesto de
desagrado, así como el entrecejo y la boca tumefacta. Los ojos mostraban una
suerte de capa transparente, amarilla, como barniz rancio, sin brillo en la
pupila y sí en lo blanco, volvió lento la cabeza y el morrillo dibujó varios
morcillones nuqueros erizados de púas amarillas y blanquillas. En el suelo se
dibujaban grandes zonas de luz, de los ventanales, y de sombra. Las taquillas,
todas, quedaban en la sombra. A él, la luz le quemaba la espalda. Faltaba aún
un rato para el comienzo de las carreras de galgos.
Se levantó y
salió por donde había entrado, por la última (o la primera) de las grandes
puertas acristaladas. Abrió por la terraza de cemento, atisbando, junto a la
cerrada caseta de los helados, por un ventanuco que sólo ofrecía oscuridad y
peste, se asomó a la baranda verde. Ante él, ése mar de hierbajos, el muro y la
carretera detrás, el otro muro y el otro terreno vago, las grúas, los autos,
gente a lo lejos, muy lejos. La sombra, a sus pies, del canódromo sobre la
yerba. Edificios de ladrillo rojo, como cubos de juguete, las torres de la
Fécsa asomando. Intentó imaginar el mar. No pudo. Pero sabía que detrás de unas
pocas manzanas, allí estaba: la playa de Badalona. Con su arena sucia y su vía
oxidada del tren, con la cercana zona fabril, compartida, de San Adrián. Vió
pasar un dos caballos, en dirección a Montgat; hasta el tráfico era escaso, a
ésa hora, eran las 4 y poco de la tarde.
Andó por la
terraza de cemento y se sentó en una de las gradas, a pleno sol, dió un vistazo
a las dos perreras de salida, el armatoste circular con la blanca liebre
abstracta, descabezada, blanca. Los Cañones se destacaban en su montaña, el
suburbio de alrededor se había convertido en un asunto de cuadros blancos,
azules, amarillos, árboles y poco más, como los informes bloques de pisos que
sobresalían detrás de la montaña de Los Cañones. Los niños saltaban de un lado
para otro. Se oían otras voces: voces gruesas, de cazalla. Mucho gitanerío.
Natural. Dos tipos con camisas floreadas, uno sesentón, andaban por el pasillo
de grava entre dos filas de árboles. Un maricón feo con una bata de paño azul
de mono corría de un lado para otro haciendo no sé qué. Una que otra taquilla
mostraba agitación: ya estaba el personal situándose en sus marcas.
Los jóvenes de
los tebeos (ahora lo veía bien), hablaban con uno de los taquilleros. El
elegante se alcanzó hasta el bar, donde mandó que le sirvieran ginebra. Había
un plato con tajadas de pescado podrido. Un horror. A eso de las cinco y
cuarto, la fauna que animaba con su bullir pudente el edificio de cemento era
vistosa: chocarreros gitanos, pobres de todos los tipos, hampones y
apostadores, muchachos jóvenes heavymétals, ése día sin las muñequeras
claveteadas, un par de mods que miraban recelosos a todas partes. Hombres
jóvenes, normalmente playeros y bigotudos, con morenez de playa, llevando de la
mano a niños rubitos y bien alimentados. Otros niños desastrosos pululaban de
una parte a otra. El cincuenta por ciento de los presentes eran mayores de
sesenta años, e iban vestidos al uso de ésa clase. Se veían algunos sombreros
de paja, bastones, trajes de viejo estilo Tito. Algún que otro elegante:
chocarrería o gangsterismo de Jolivú. Chorizos los había a manta. Una sóla
mujer vió; una gordísima y achaparrada comadre verosímilmente nicaragüense.
Cabalgoso apenas desentonaba en este retablo. Iba la coñá a tope y algunos tíos
iban francamente cocidos, pero cocidos de verdad, no se explicaba esta
situación ante unas miserables carreras de perros. Cabalgoso no apostó.
1983
