jueves, 16 de abril de 2015

Alcibíades Osimara



Tenía un nombre extraño, para su profesión. Ebrio de cazalla su padre en el momento, tonta su madre y no capacitada entonces, fue su tío quien dictó su voluntad a la hora de ponerle el nombre al recién nacido. El apellido ya era de por sí raro: Osimaira, de origen portugués; Osimara, p´a los del barrio; y el levemente letrado tío escogió Alcibíades como nombre de pila. Un nombre que no usaría casi nunca. Para todos sería Juan Nunchaku, Al-llave-Inglesa y para su jefe, un obscuro gitano trajeado de terciopelo, que tendría un glorioso destino, Alcibíades Osimara sería El Morcón.
Por lo alto, lo cogieron en seguida de torpedo. Un día, en una pelea callejera, un puño de hierro le estampó un sello rojo en la cara. En un tris estuvo de perder el ojo, la cicatriz nunca le abandonaría. No se arredró por ello. Entendió que su oficio sería aquel del coraje y el valor, con el cuchillo y la llave inglesa, contrabandeando por las Torres de la Fécsa burlando la ley y el orden, como habían hecho antes tantos de su calle.
Militó sin gloria en obscuras peleas de sórdidos tugurios en la banda de El Pincho; diez hombres bárbaros, diestros, vestidos de cuero y cadenas, hasta que, una noche sin luna ni electricidad, se enfrentó su banda con la rival, veinte gitanos a las órdenes de Er Shiquiyo de Cancanáles. Sin comerlo ni beberlo, un bate de béisbol le borró la cara a Gerónimo El Pincho. En el suelo, polvoriento entonces, vió Alcibíades a su jefe llorando, sangrando por un ojo-y la cuenca del otro, que yacía al lado, por los belfos, por la boca, por las orejas…Reaccionó rápido, sacando su cuchillo, que hundió en el pecho del gitano más próximo, tendiéndole inerte. En la negrura seca y azulada, de medianoche, entre la refriega en medio del callejón, paró a otro gordo que se le venía encima con un nunchaku, le hincó los dedos en forma de V, convenientemente armados, en los ojos. Cuando retiró la mano, notó que ya no tenía los vacía-ojos: le habían quedado clavados profundamente al enemigo ciego que en la negrura él tampoco podía ver. Con la puntera ferrada, su patadon subsiguiente reventó las pelotas de alguien que se debatía en la melé. Alcibíades se escurrió por la libre acera, arrastrádose lentamente. Los enemigos eran superiores en número y convenía huir.
En la esquina vio un cuerpo inerte, destruido: Leo Cabúnker, su vecino de escalera. Su cara destrozada reposaba bajo el desagüe de una canaleta, bordeada de losillas de color brillante, sólo el brillo podía ver, ya no los colores. En aquel momento, una patada le rompió varias costillas. Él pinchó el muslo de la pierna tejana. No pudo desclavar el cuchillo. Fue un relámpago de mil diablos. En un minuto, rompió la tráquea del atacante. Otra vez estaba en el centro de la refriega. Alguien le hincó una navaja en el fondillo de los pantalones. Luego, entre los desgarros de muchas manos y brazos y piernas, se vio lanzado contra una valla. Pegado a la puerta metálica, vio la reyerta ya casi terminada. En tierra yacían unos doce cuerpos, varios de los de la banda de Alcibíades se debatían entre la vida y la muerte. Algo duro le dio en la cara. Y húmedo. A sus pies vio tras el velo azul que lo tapaba todo-un pene cortado, sangrante.
Se encaramó a las rejas de la puerta. Daba a un estrecho  terreno vago, dejado, de la fábrica inmediata, abandonada a medianoche. Encima sus piernas se trabaron con algo punzante. Enredadas en el alambre superior, pendió colgado por la parte interior del muro. El alambre de espino no resistió mucho, y el chorizo cayó entre los hierbajos, sangrando por mil sitios, mientras, en la calle, la reyerta había terminado: los gitanos no remataron a los tendidos supervivientes, solamente les destrozaron la cara a golpes de tacón. Semi inconsciente, pudo oír que las voces de los gitanos se hacían cada vez más lejanas: la pelea había terminado.
Poco después, tras más de un mes entero sin llover, una tormenta se abatió sobre Badalona dormida. Alcibíades Osimara notó cómo hasta su boca llegaba un hilillo de líquido salado. La lluvia se mezclaba con su sangre. Tenía el rostro lleno de raspaduras. Le dolía la oreja. Se tocó. Le faltaba el lóbulo. A duras penas se levantó, bajo la lluvia. Como pudo, se desenroscó el alambre de espino. Rasgones de sangre, profundos, marcaban sus pantorrillas como rayas de tigre. La navaja del fondillo cayó al suelo, apenas manchada. La fuerte tela del tejano habíale protegido las partes de la hoja. En ése sentido, estaba indemne. Cayó al suelo, presa de un dolor indecible. Se había roto los ligamentos de ambos pies al caer. Las costillas rotas le recordaron su presencia en medio de una vomitona en la que no estuvo exenta la sangre. Tendido entre la hierba manchada de vómitos y sangre, sonrió complacido. El miedo a morir había desaparecido. Podía considerarse afortunado respecto de sus compañeros de armas. De pronto recordó que al día siguiente, es decir, ya en aquel momento, cumplía diecinueve años. Se permitió, para festejarlo, un par de minutos más descansando. Luego, con férrea voluntad, salió del terreno vago y, sólo Dios sabe cómo, logró volver a su casa en el barrio de La Mina.
Juan Nuncháku, de la banda del Chirli, viejo gitano blanquipatillero y nariz rugosa rezumando alcohol, recibió su encargo importante un día espléndido de Junio. Estaban ambos tipos en una mesa del Bar “San Roque” tomándose una caña. El joven tenía su oportunidad enfrente mismo, pero los nervios le tenían medio acoquinao. Nunca había matado a sangre fría. En la reyerta, en el centro de las melées choriceras, sí, puede que sí, o si no, había dejao arreglaos a más de siete. Y su encargo estaba chupao. Rajarle el cuello a un tío que no quería pagar peaje a su jefe, el más grande jefe de banda de toda la Autopista. El viejo demostraba su confianza encargándole aquel trabajo a él: a un chulo inexperto con ribetes de durito, debía confiar mucho, pues no se caracterizaba aquel capo bandero por la poca precaución de mandar a un novato pa hacer una faena de hombre.
Alcibíades Osimara, que llamaban “El Morcón” cruzó en silencio la calleja. Era en Badalona, no lejos de donde recibiera su bautismo de sangre. La tarde tibia, excepcionalmente limpia, estaba envuelta por una brisa salada, marítima, sugeridora y acompañante de un éter de tonalidades azulencas. El calor no era excesivo, pero parecía surgir de cada uno de los poros de cada piedra de las paredes, poderosamente iluminadas por el radiante sol de las cuatro y algo.
Las cuatro y algo, recordando una cita, el chuchillero apresuró el paso en dirección a la plazuela. El aire se había llenado de perfumes densos, florales. El tiempo se había ralentizado, quién sabe si por efecto de la digestión, o por la inminencia de algo. No era un momento determinado, era todo un mundo aparte surgido de aquel momento, y en el que se adentraba cada vez más el otrora lugarteniente del Ras de San Adrián.
Osimara lo advirtió, no me pregunten cómo, pero supo que iba a morir. Cuando se tiene un pie puesto en el otro mundo todo es más real, más tangible, más bello y sereno. Nunca pensó demasiado, y por tanto pudo sentir la inminencia del fín. Y se alegró de poder morir en aquel lugar, en aquel mundillo encantado y desierto.
Todo era antiguo, venerable, mediterráneo. A medida que avanzaba, pendiente de un lado y de otro, pudo ver que la reverberación desdibujaba los límites de las casas. Un silencio rumoroso acompañaba su paseo. El ruido de sus pasos, seguramente, podía ser oído a millas de distancia de aquel lugar.
Oyó pasos a su espalda. No vio a nadie, revólver en mano, siguió andando por la calleja. Sobre las casas, se destacaba una brillante cúpula que lanzaba destellos: varias agujas góticas sobresalían, áureas a su lado. Osimara no recordaba que allí hubiera ninguna iglesia. Sólo una fábrica, que…De nuevo pasos, nada otra vez.
Caminaba lento, recreándose, aspirando la sal y el calor que lo llenaban todo. Creyó por un momento, en medio de una asfixia dulce, estar dentro de una pecera, o de una burbuja gigante de calor plácido, uterino…
Llegado a una encrucijada, una puerta abierta le tiró más que las otras. Sobre un muro habían yerbas y hiedra, y un musgo polvoriento. El rodapiés del umbral lo componían losanges verdes, amarillos, rojos, violetas…
Tras la puerta había un patio, con las antañosas piedras del pavimento invadidas de hierbas, a tramos secas, a tramos húmedas, del agua que se filtraba del subsuelo.
Oía el sordo mugir del mar. Al patio lo cerraban varias construcciones y una torrecilla invadida de hiedra destacaba tras los tejados rojos y musgosos, cortando el azul del cielo. Al fondo había un pozo. Se acercó y los gatos huyeron; unos gatos canallas, atigrados y pícaros…Daban allí varias puertas, algunas de recargado ornamento y gruesas llaves pétreas en el umbral, otras más sencillas, llenas de hierbas o claveteadas de maderos.
Al fin cedió una a su presión, y se abrió con un crujido. Osimara recorrió varios patios, todos comunicados, y en uno creyó ver detrás de una columna, a un viejo. Pero sólo fue un momento.
Pasó al lado de pozos cerrados, con inscripciones y brocal invadido de vegetación, escaleras y árboles se elevaban hacia el cielo, encerrados en patios estrechísimos perpetuamente ensombrecidos; en otros patios quemados por el sol, su sombra alargada dibujó extraños silogismos de enrevesada luz en conjunción con las manchas del suelo y la silueta de las chimeneas.
El asombro iba ya remitiendo. La placidez lo tomó. En un cartelón pudo ver una inscripción en no sé qué jerga. Algo decía allí de un tal Boca Dorada. Pasos a su espalda. Un cuchillo que se hinca en la próxima pilastra de madera. Osimara tiró a ciegas. Luego saltó el muro más cercano. Corrió por un extraño paraje, entre dos altos muros a los que no se veía principio ni fin, invadido de hierbajos de un intenso olor a manzanilla. Unas extrañas mariposas revoloteaban entre los chorros de luz de oro.
Por fin, otra puerta. Árboles y yerbas, pozos y barriles de depósito …campaniles y gótico veneciano. Pasó a un gran patio, casi una plazoleta. Al fondo había una escalera de piedra, con extrañas esculturas adosadas y una estrella de seis puntas grabada en la pared.
Salió por la abertura más cercana. Allí estaba la iglesia: el dorado del paisaje se acentuaba aquí, no sé si el polvo o el oro de que se construyen los sueños y los espejismos tenían algo que ver.
Envuelto en una humedad calurosa, medio dormido (un extraño cansancio le trababa el movimiento) Alcibíades Osimara se sentó en un banco de piedra adosado a la iglesia, se notaba que el mar estaba a dos pasos ¿Gaviotas?.
Un lejano reloj de hierro daba la hora con rítmico estruendo, recostó la cabeza en el muro poroso. Era casi blandura, y cerró los ojos.

A Alcibíades Osimara lo encontraron cerca de la playa de Badalona, entre un dédalo de callejuelas sucias, donde largas filas de casas bajas han sido desahuciadas para levantar bloques de pisos cuya construcción la crisis ha aplazado sine die una década, y donde las fábricas semiderrumbadas y desiertas alojan a toda clase de indigentes y viciosos, de cuatro cuchilladas lo habían enviado al otro barrio.

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