Tenía un nombre
extraño, para su profesión. Ebrio de cazalla su padre en el momento, tonta su
madre y no capacitada entonces, fue su tío quien dictó su voluntad a la hora de
ponerle el nombre al recién nacido. El apellido ya era de por sí raro:
Osimaira, de origen portugués; Osimara, p´a los del barrio; y el levemente
letrado tío escogió Alcibíades como nombre de pila. Un nombre que no usaría
casi nunca. Para todos sería Juan Nunchaku, Al-llave-Inglesa y para su jefe, un
obscuro gitano trajeado de terciopelo, que tendría un glorioso destino,
Alcibíades Osimara sería El Morcón.
Por lo alto, lo
cogieron en seguida de torpedo. Un día, en una pelea callejera, un puño de
hierro le estampó un sello rojo en la cara. En un tris estuvo de perder el ojo,
la cicatriz nunca le abandonaría. No se arredró por ello. Entendió que su
oficio sería aquel del coraje y el valor, con el cuchillo y la llave inglesa,
contrabandeando por las Torres de la Fécsa burlando la ley y el orden, como
habían hecho antes tantos de su calle.
Militó sin gloria
en obscuras peleas de sórdidos tugurios en la banda de El Pincho; diez hombres
bárbaros, diestros, vestidos de cuero y cadenas, hasta que, una noche sin luna
ni electricidad, se enfrentó su banda con la rival, veinte gitanos a las
órdenes de Er Shiquiyo de Cancanáles. Sin comerlo ni beberlo, un bate de
béisbol le borró la cara a Gerónimo El Pincho. En el suelo, polvoriento
entonces, vió Alcibíades a su jefe llorando, sangrando por un ojo-y la cuenca
del otro, que yacía al lado, por los belfos, por la boca, por las
orejas…Reaccionó rápido, sacando su cuchillo, que hundió en el pecho del gitano
más próximo, tendiéndole inerte. En la negrura seca y azulada, de medianoche,
entre la refriega en medio del callejón, paró a otro gordo que se le venía
encima con un nunchaku, le hincó los dedos en forma de V, convenientemente
armados, en los ojos. Cuando retiró la mano, notó que ya no tenía los
vacía-ojos: le habían quedado clavados profundamente al enemigo ciego que en la
negrura él tampoco podía ver. Con la puntera ferrada, su patadon subsiguiente
reventó las pelotas de alguien que se debatía en la melé. Alcibíades se
escurrió por la libre acera, arrastrádose lentamente. Los enemigos eran
superiores en número y convenía huir.
En la esquina vio
un cuerpo inerte, destruido: Leo Cabúnker, su vecino de escalera. Su cara
destrozada reposaba bajo el desagüe de una canaleta, bordeada de losillas de
color brillante, sólo el brillo podía ver, ya no los colores. En aquel momento,
una patada le rompió varias costillas. Él pinchó el muslo de la pierna tejana.
No pudo desclavar el cuchillo. Fue un relámpago de mil diablos. En un minuto,
rompió la tráquea del atacante. Otra vez estaba en el centro de la refriega.
Alguien le hincó una navaja en el fondillo de los pantalones. Luego, entre los
desgarros de muchas manos y brazos y piernas, se vio lanzado contra una valla.
Pegado a la puerta metálica, vio la reyerta ya casi terminada. En tierra yacían
unos doce cuerpos, varios de los de la banda de Alcibíades se debatían entre la
vida y la muerte. Algo duro le dio en la cara. Y húmedo. A sus pies vio tras el
velo azul que lo tapaba todo-un pene cortado, sangrante.
Se encaramó a las
rejas de la puerta. Daba a un estrecho terreno vago, dejado, de la
fábrica inmediata, abandonada a medianoche. Encima sus piernas se trabaron con
algo punzante. Enredadas en el alambre superior, pendió colgado por la parte
interior del muro. El alambre de espino no resistió mucho, y el chorizo cayó
entre los hierbajos, sangrando por mil sitios, mientras, en la calle, la
reyerta había terminado: los gitanos no remataron a los tendidos
supervivientes, solamente les destrozaron la cara a golpes de tacón. Semi
inconsciente, pudo oír que las voces de los gitanos se hacían cada vez más
lejanas: la pelea había terminado.
Poco después,
tras más de un mes entero sin llover, una tormenta se abatió sobre Badalona
dormida. Alcibíades Osimara notó cómo hasta su boca llegaba un hilillo de
líquido salado. La lluvia se mezclaba con su sangre. Tenía el rostro lleno de
raspaduras. Le dolía la oreja. Se tocó. Le faltaba el lóbulo. A duras penas se
levantó, bajo la lluvia. Como pudo, se desenroscó el alambre de espino.
Rasgones de sangre, profundos, marcaban sus pantorrillas como rayas de tigre.
La navaja del fondillo cayó al suelo, apenas manchada. La fuerte tela del tejano
habíale protegido las partes de la hoja. En ése sentido, estaba indemne. Cayó
al suelo, presa de un dolor indecible. Se había roto los ligamentos de ambos
pies al caer. Las costillas rotas le recordaron su presencia en medio de una
vomitona en la que no estuvo exenta la sangre. Tendido entre la hierba manchada
de vómitos y sangre, sonrió complacido. El miedo a morir había desaparecido.
Podía considerarse afortunado respecto de sus compañeros de armas. De pronto
recordó que al día siguiente, es decir, ya en aquel momento, cumplía diecinueve
años. Se permitió, para festejarlo, un par de minutos más descansando. Luego,
con férrea voluntad, salió del terreno vago y, sólo Dios sabe cómo, logró
volver a su casa en el barrio de La Mina.
Juan Nuncháku, de
la banda del Chirli, viejo gitano blanquipatillero y nariz rugosa rezumando
alcohol, recibió su encargo importante un día espléndido de Junio. Estaban
ambos tipos en una mesa del Bar “San Roque” tomándose una caña. El joven tenía
su oportunidad enfrente mismo, pero los nervios le tenían medio acoquinao.
Nunca había matado a sangre fría. En la reyerta, en el centro de las melées
choriceras, sí, puede que sí, o si no, había dejao arreglaos a más de siete. Y
su encargo estaba chupao. Rajarle el cuello a un tío que no quería pagar peaje
a su jefe, el más grande jefe de banda de toda la Autopista. El viejo
demostraba su confianza encargándole aquel trabajo a él: a un chulo inexperto
con ribetes de durito, debía confiar mucho, pues no se caracterizaba aquel capo
bandero por la poca precaución de mandar a un novato pa hacer una faena de
hombre.
Alcibíades
Osimara, que llamaban “El Morcón” cruzó en silencio la calleja. Era en
Badalona, no lejos de donde recibiera su bautismo de sangre. La tarde
tibia, excepcionalmente limpia, estaba envuelta por una brisa salada, marítima,
sugeridora y acompañante de un éter de tonalidades azulencas. El calor no era
excesivo, pero parecía surgir de cada uno de los poros de cada piedra de las
paredes, poderosamente iluminadas por el radiante sol de las cuatro y algo.
Las cuatro y
algo, recordando una cita, el chuchillero apresuró el paso en dirección a la
plazuela. El aire se había llenado de perfumes densos, florales. El tiempo se
había ralentizado, quién sabe si por efecto de la digestión, o por la
inminencia de algo. No era un momento determinado, era todo un mundo aparte
surgido de aquel momento, y en el que se adentraba cada vez más el otrora
lugarteniente del Ras de San Adrián.
Osimara lo
advirtió, no me pregunten cómo, pero supo que iba a morir. Cuando se tiene un
pie puesto en el otro mundo todo es más real, más tangible, más bello y sereno. Nunca pensó
demasiado, y por tanto pudo sentir la inminencia del fín. Y se alegró de poder
morir en aquel lugar, en aquel mundillo encantado y desierto.
Todo era antiguo,
venerable, mediterráneo. A medida que avanzaba, pendiente de un lado y de otro,
pudo ver que la reverberación desdibujaba los límites de las casas. Un silencio
rumoroso acompañaba su paseo. El ruido de sus pasos, seguramente, podía ser
oído a millas de distancia de aquel lugar.
Oyó pasos a su
espalda. No vio a nadie, revólver en mano, siguió andando por la calleja. Sobre las
casas, se destacaba una brillante cúpula que lanzaba destellos: varias agujas
góticas sobresalían, áureas a su lado. Osimara no recordaba que allí hubiera
ninguna iglesia. Sólo una fábrica, que…De nuevo pasos, nada otra vez.
Caminaba lento,
recreándose, aspirando la sal y el calor que lo llenaban todo. Creyó por un
momento, en medio de una asfixia dulce, estar dentro de una pecera, o de una
burbuja gigante de calor plácido, uterino…
Llegado a una
encrucijada, una puerta abierta le tiró más que las otras. Sobre un muro habían
yerbas y hiedra, y un musgo polvoriento. El rodapiés del umbral lo componían
losanges verdes, amarillos, rojos, violetas…
Tras la puerta
había un patio, con las antañosas piedras del pavimento invadidas de hierbas, a
tramos secas, a tramos húmedas, del agua que se filtraba del subsuelo.
Oía el sordo
mugir del mar. Al patio lo cerraban varias construcciones y una torrecilla invadida
de hiedra destacaba tras los tejados rojos y musgosos, cortando el azul del
cielo. Al fondo había un pozo. Se acercó y los gatos huyeron; unos gatos
canallas, atigrados y pícaros…Daban allí varias puertas, algunas de recargado
ornamento y gruesas llaves pétreas en el umbral, otras más sencillas, llenas de
hierbas o claveteadas de maderos.
Al fin cedió una
a su presión, y se abrió con un crujido. Osimara
recorrió varios patios, todos comunicados, y en uno creyó ver detrás de una
columna, a un viejo. Pero sólo fue un momento.
Pasó al lado de
pozos cerrados, con inscripciones y brocal invadido de vegetación, escaleras y
árboles se elevaban hacia el cielo, encerrados en patios estrechísimos
perpetuamente ensombrecidos; en otros patios quemados por el sol, su sombra
alargada dibujó extraños silogismos de enrevesada luz en conjunción con las
manchas del suelo y la silueta de las chimeneas.
El asombro iba ya
remitiendo. La placidez lo tomó. En un cartelón pudo ver una inscripción en no
sé qué jerga. Algo decía allí de un tal Boca Dorada. Pasos a su
espalda. Un cuchillo que se hinca en la próxima pilastra de madera. Osimara
tiró a ciegas. Luego saltó el muro más cercano. Corrió por un extraño
paraje, entre dos altos muros a los que no se veía principio ni fin, invadido
de hierbajos de un intenso olor a manzanilla. Unas extrañas mariposas
revoloteaban entre los chorros de luz de oro.
Por fin, otra
puerta. Árboles y yerbas, pozos y barriles de depósito …campaniles y gótico
veneciano. Pasó a un gran patio, casi una plazoleta. Al fondo había una
escalera de piedra, con extrañas esculturas adosadas y una estrella de seis
puntas grabada en la pared.
Salió por la
abertura más cercana. Allí estaba la iglesia: el dorado del
paisaje se acentuaba aquí, no sé si el polvo o el oro de que se construyen los
sueños y los espejismos tenían algo que ver.
Envuelto en una
humedad calurosa, medio dormido (un extraño cansancio le trababa el movimiento)
Alcibíades Osimara se sentó en un banco de piedra adosado a la iglesia, se
notaba que el mar estaba a dos pasos ¿Gaviotas?.
Un lejano reloj
de hierro daba la hora con rítmico estruendo, recostó la cabeza en el muro
poroso. Era casi blandura, y cerró los ojos.
A Alcibíades Osimara
lo encontraron cerca de la playa de Badalona, entre un dédalo de callejuelas
sucias, donde largas filas de casas bajas han sido desahuciadas para levantar
bloques de pisos cuya construcción la crisis ha aplazado sine die una década, y
donde las fábricas semiderrumbadas y desiertas alojan a toda clase de
indigentes y viciosos, de cuatro cuchilladas lo habían enviado al otro barrio.
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