Gálvez Belmondo
era un tipo duro. ¡Quién no lo es en estas historias sórdidas! Cara de bestia,
animal homicida, afilaba su faca gigante con la ayuda de una piedra. Mientras,
soltaba cuesco tras cuesco, apoyado en una esquina obscura, llena de hiedra y
basuras. Era menester soltar todos los gases de la fabada antes de entrar en
danza. Afilada el arma blanca, la guardó y extrajo el pistolón del 9 largo.
Automática en mano, descendió por los escalones adosados al muro en ruinas,
hundiéndose en un bosquecillo de arbustos malsanos que se alimentaban de la
basura lanzada en aquellos restos que fueron una casa. Esto era no lejos de las
torres de Fécsa, una casa ruinosa en un dédalo de callejuelas que entornaban
una Iglesia negruzca del humo de la Industria. Buen sitio para ver en acción a
Gálvez Belmondo. No entraré en detalles, pero éste era un veterano
lugarteniente de uno de los generales del Chamorro, había luchado en mil y una
reyertas, siempre bajo las banderas del Emperador del Vicio. Era un caso raro.
No había cambiado ninguna vez de campo, claro está que nunca le había hecho
falta, combatiendo pa tan generoso mandamás. Por supuesto
que esto acontece más o menos cuando el Imperio del Chamorro se desmorona
definitivamente, marchando el generoso gitano al presidio y el olvido de Ávila.
Gálvez Belmondo
se apostó en un ventanuco que aún perduraba. Apartó las plantas que le
tapaban la vista. Él estaba en la parte de dentro. Ante sus ojos se extendía el
vecino solar, un vertedero en el que ocasionalmente montaban su tenderete unos
chatarreros marroquíes. Tenía el arma apoyada como un rifle. Oscilaba como el
cañón de un tanque hacia los lados de la panorámica que ofrecía la abertura. No
se veía al enemigo, y aún era de día. En aquel momento pensó que aún tenía una
oportunidad. Debía salir de aquella ratonera antes de que se pusiera todo
oscuro. Sus perseguidores no tenían piedad con los que, como él, habían peleado
a favor del Gitano Nº1 en las luchas intestinas del Hampa. Los nuevos dueños
del Crimen en San Adrián aplastaban como alimañas a todos los Chamorreros que
no se habían pasado a alguna de las otras bandas. Éstos que lo rodeaban eran
del Rey del Rock…De todas formas, a él no le hubieran dejado colarse en otro
gang: tenía demasiadas, cuentas pendientes con todos, tambien era buscado por
la policía y por todos los Chorizos vencedores en la Guerra…
Entonces
interrumpió sus pensamientos un crujido a sus espaldas. Se giró, nada: sólo el
dédalo de ruinas negras y malolientes. Supo entonces que, aunque saliera de
aquella ratonera, no llegaría vivo a San Roque; el santuario para los de su
banda. Se movió otros dos o tres metros hacia delante. Estaba ahora en una
habitación negra y yerbosa, sin techo y hecha polvo. Por la abertura superior
se vislumbraba un barril de ésos para recoger agua, subido en una mínima
estructura de madera y tubos. Era añejo de veras. Entonces, Gálvez Belmondo
avanzó alargando la cabeza, pegado a la pared y sorteando las matas de hierbas
bastardas. Otra vez un ruído. Gálvez miró hacia arriba, a la abertura por la
que se veía el azul. El ruído venía ahora de arriba. No le pillarían
desprevenido. Amartilló quieto su pistola. No se equivocaba: pronto apareció
sobre el montón de basura que llenaba la ruinosa sala una sombra. Gálvez se
quedó quieto. Apareció en el borde de la abertura una cabeza: era un gitano de
raza feroz, con pelo rizo y unos patillones de padre y muy señor mío.
El lugarteniente
chamorrero desdeñó el uso del arma de fuego. Sacó el facón. Como era buen
lanzador, se aprestó a demostrar sus habilidades homicidas a los fantasmas de
la barraca. Se oyó un silbido, un chuík y cae el fardo vestido de cuero.
Gálvez Belmondo remató el acto con la llave inglesa. En un par de segundos
el enemigo estaba listo, hincado el cuchillo en el hígado, borrada la cara a
golpes y rotas las piernas. Deshincó el facón. Parecía un pirulí de fresa,
brillante de sangre. Lo limpió en la yerba y siguió el Chamorrero adelante.
Salió de las
ruinas. Miró hacia todos lados. Nada; ahora debía atravesar otro patio hasta
llegar a la valla que daba a una callejuela desde donde podría perderse más
fácilmente. De nuevo avanzó, las manos en los bolsillos.
Cuando estaba el
tipo a mitad del patio, justo encima de una montaña de Mierda de Caballo,
sembrada de matojos sin nombre, saltaron de los umbrosos extremos de la
ruina tres o cuatro enemigos: llevaban barras de hierro y cadenas. Se quedó
helado; y seis segundos después tenía una pierna partida en siete trozos,
tirado en tierra. Sobre él cayeron mil y un golpes y patadas. Todo intento de sacar
las manos armadas de los bolsillos fue abortado instantáneamente. Le partieron
los brazos, las manos, le rompieron los huesos de la cara y el cuerpo por todos
los lados. Media docena de barrazos férreos le dejaron con las piernas
acordeonadas. Los cadenazos le dejaron hecho papilla, y a la nariz y las orejas
fluían oleadas de sangre negruzca, por lo espesa. No había perdido el
conocimiento, e impotente en el suelo, revuelto entre excrementos, no esperaba
ya Gálvez Belmondo que la muerte a manos de aquellos chorizos.
Entonces,
haciendo un gran esfuerzo de voluntad, oprimió el gatillo de su pistola, con el
dedo aplastado. A través de la tela, la bala disparada, expansiva, fue a
estrellarse en la mandíbula del jefe del grupo, la mitad de cuyo cráneo salió volando
con un ruído seco, y que cayó al suelo con la mitad de los sesos esparcidos.
La negrura y la
contaminación se cebaban sobre la parte Trans-Autopista de San Adrián, aquella
amplia zona semejante al Dublín de 1916. En la noche apenas se destacaban las
interminables paredes de ladrillos rojos, los muros pintados con murales
comunistas y los tejados de uralita, tejas, cemento, o cañas hediondas. Miles
de chimeneas eran como torres ciclópeas en la oscuridad verdinegra-escarlata.
En lo más recóndito de una manzana de abandono y vicio, en un tugurio pintado
de fucsia, está el garito putero del gitano capón, feroz soprano que prostituye
a sus veinte hijas pechugonas en aras de su bienestar y su escuadra del
alfa-romeos mangaos o compraos a ladrones de coches. El local estaba animado;
aquella noche, se oían risas sin cuento, gritos, taka-taka-tákas sin fin,
mientras los vecinos protestaban por vez un millón y la policía, supertímida,
no se atrevía a intervenir, también por vez un millón. Se abre la puerta de la
Chabola de Tochos, nombre del dancing-club-tasca, y salen dos tipos con caras
de vinagre y camisas floreadas. Es verano tórrido, más tórrido aún por la
contaminación pegajosa y la proximidad del mar, no menos sucio y radiactivo. Un
súbito resplandor, un coche que pasa, ilumina fugazmente la escena. Uno es el
Manivela, gitano feroz tipo Sadat o Pelé, abrasilerado y gilipollas, el otro es
su compadre, que va camino de ser ex, el gitano Robaburros, que no es gitano
sino checoslovaco. Otra vez en la negrura, se traban en lucha sin cuartel,
cuchillos en mano: una pistola con silenciador dirime la cuestión para siempre.
Cae sin cara el gitano Roba-gallinas, una patada en el cuello lo remata.
Lo agarraron;
aunque se debatía como loco, lo dominaron presto. El alto endomingado, veterano
de todas las “guerras, le pateó los huevos con saña; el otro, bajo y aindiado
(es decir, gitano) le trabajó la cara con llave inglesa. Lanzado contra una
pared negruzca, su informe belfo sangriento estampó un mensaje sobre una pintada
roja. Debajo asomaban un yugo y unas flechas calcadas a molde, no veía.
Juanillo el
Chapuli, delator de tres Chamorreros, recibió aún varios puntapiés ferrados que
le dejaron sin dientes. Como cayera de mala forma bajo el rudo ataque de los
sicarios que le estaban ajustando las cuentas, el siguiente golpe le partió la
columna. El alto, traje terciopelero, lo advirtió. Cesaron los golpes;
estaba el chivato en un abismo de placidez dolorosa, perdiendo el sentido por
momentos.
Desde el fondo de
un pozo, no pudiendo hablar por tener la boca llena de moco, sangre y vómitos:
vio reír a los dos matones. El grandote y patillero gesticulaba, girándose en
cada momento para vigilar, y el del chaquetón abría una botella de vidrio
pequeña. El caído cerró los ojos instintivamente al ver que le arrojaban el
contenido. Entonces sintió como el ácido le quemaba. Le quemaba mucho, pero se
iba a marchas forzadas…cada vez más hondo…cada vez más lejos…
-Ocolo ha quedao
chitao-dijo el Chunguito, guardándose el frasco de vitriolo.
-El que aquera,
plasarí: dictaminó su jefe, Paco Chapucheros, mano derecha del Chamorro.
A la ronda del
cuchillo, siguió la del salfuman, el otro agarró la botella de plástico, y,
destapándola, arrojó su contenido a la cara del Pelele exalumno de Los Hermanos
García el Ratolín se tambaleó en lo alto de la escalera, las manos en el rostro
y un humillo surgiendo de entre sus dedos. Gritaba, lloraba y balbuceaba, cayó
por fin, escaleras abajo.
Un bar de
ésa zona vaga entre San Adrián y Badalona en que antes los mercachifles
montaban sus tenderetes. Es una zona de casas antiguas; no de edificios
modernos y baratos. Es una zona que ya estaba urbanizada hace más de cincuenta
años. Por lo menos, en parte, el Bar es moderno.
Agitanao, ventanas
rotas pegadas con cinta aislante, ventiladorcillo parsimonioso. Lleno el
escaparate de grandes pintadas. Bajo los monstruosos crustáceos, se lee en
trazo verde: Hai ganvas.
El nombre del bar
es La coñác, es el cuartel general de er Shapusso, álias El hijoputa, álias
Mataor de Guardias, enemigo jurado de la Guardia Civil, a la que ha prometido
exterminar y de todos los otros “capos” de San Adrián, por ser un candidato a
la Supremacía del hampa en la ciudad a orillas del umbroso y contaminado Besós.
Las Guerras
Chamorreras fueron cruentas, despiadadas. Fueron obscuras, arrabaleras; en sus
batallas se liaban el tango suave y el heavy métal desenfrenado amalgamados con
el flamenco ¡Qué decir! ¡Mi rollo es el Rock! ¡Arsa! Se ha hablado lo
suficiente sobre este tema, y entre la pléyade de cuentos de truco y de taba
que circulan por las peligrosas regiones de los Municipios del Crimen: San
Adrián, Badalona, Sta Coloma, Tiana…hay uno: el romance de Shamusho, que vale
la pena rescatar. Existen seis versiones diferentes, y otros muchos anexos, más
apócrifos aún, que demuestran lo nutrido y especiado de la imaginación popular.
La que sigue es un compromiso entre las cuatro más completas, recopilada por un
famoso gitanólogo, que escuchó y registró, para ello, miles de coplillas y
decires que se estilan en los bares umbrosos y selváticos de ésa salvaje
región. Circulaba en la séptima década del siglo XX una estampa tocamente
fotocopiada con un dibujo donde la figura decía “Ese so sho”

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