jueves, 16 de abril de 2015

Gálvez Belmondo



Gálvez Belmondo era un tipo duro. ¡Quién no lo es en estas historias sórdidas! Cara de bestia, animal homicida, afilaba su faca gigante con la ayuda de una piedra. Mientras, soltaba cuesco tras cuesco, apoyado en una esquina obscura, llena de hiedra y basuras. Era menester soltar todos los gases de la fabada antes de entrar en danza. Afilada el arma blanca, la guardó y extrajo el pistolón del 9 largo. Automática en mano, descendió por los escalones adosados al muro en ruinas, hundiéndose en un bosquecillo de arbustos malsanos que se alimentaban de la basura lanzada en aquellos restos que fueron una casa. Esto era no lejos de las torres de Fécsa, una casa ruinosa en un dédalo de callejuelas que entornaban una Iglesia negruzca del humo de la Industria. Buen sitio para ver en acción a Gálvez Belmondo. No entraré en detalles, pero éste era un veterano lugarteniente de uno de los generales del Chamorro, había luchado en mil y una reyertas, siempre bajo las banderas del Emperador del Vicio. Era un caso raro. No había cambiado ninguna vez de campo, claro está que nunca le había hecho falta, combatiendo pa tan generoso mandamás. Por supuesto que esto acontece más o menos cuando el Imperio del Chamorro se desmorona definitivamente, marchando el generoso gitano al presidio y el olvido de Ávila.
Gálvez Belmondo se apostó en un ventanuco que aún  perduraba. Apartó las plantas que le tapaban la vista. Él estaba en la parte de dentro. Ante sus ojos se extendía el vecino solar, un vertedero en el que ocasionalmente montaban su tenderete unos chatarreros marroquíes. Tenía el arma apoyada como un rifle. Oscilaba como el cañón de un tanque hacia los lados de la panorámica que ofrecía la abertura. No se veía al enemigo, y aún era de día. En aquel momento pensó que aún tenía una oportunidad. Debía salir de aquella ratonera antes de que se pusiera todo oscuro. Sus perseguidores no tenían piedad con los que, como él, habían peleado a favor del Gitano Nº1 en las luchas intestinas del Hampa. Los nuevos dueños del Crimen en San Adrián aplastaban como alimañas a todos los Chamorreros que no se habían pasado a alguna de las otras bandas. Éstos que lo rodeaban eran del Rey del Rock…De todas formas, a él no le hubieran dejado colarse en otro gang: tenía demasiadas, cuentas pendientes con todos, tambien era buscado por la policía y por todos los Chorizos vencedores en la Guerra…
Entonces interrumpió sus pensamientos un crujido a sus espaldas. Se giró, nada: sólo el dédalo de ruinas negras y malolientes. Supo entonces que, aunque saliera de aquella ratonera, no llegaría vivo a San Roque; el santuario para los de su banda. Se movió otros dos o tres metros hacia delante. Estaba ahora en una habitación negra y yerbosa, sin techo y hecha polvo. Por la abertura superior se vislumbraba un barril de ésos para recoger agua, subido en una mínima estructura de madera y tubos. Era añejo de veras. Entonces, Gálvez Belmondo avanzó alargando la cabeza, pegado a la pared y sorteando las matas de hierbas bastardas. Otra vez un ruído. Gálvez miró hacia arriba, a la abertura por la que se veía el azul. El ruído venía ahora de arriba. No le pillarían desprevenido. Amartilló quieto su pistola. No se equivocaba: pronto apareció sobre el montón de basura que llenaba la ruinosa sala una sombra. Gálvez se quedó quieto. Apareció en el borde de la abertura una cabeza: era un gitano de raza feroz, con pelo rizo y unos patillones de padre y muy señor mío.
El lugarteniente chamorrero desdeñó el uso del arma de fuego. Sacó el facón. Como era buen lanzador, se aprestó a demostrar sus habilidades homicidas a los fantasmas de la barraca. Se oyó un silbido, un chuík y cae el fardo vestido de cuero. Gálvez Belmondo remató el acto con la llave inglesa. En un par de segundos el enemigo estaba listo, hincado el cuchillo en el hígado, borrada la cara a golpes y rotas las piernas. Deshincó el facón. Parecía un pirulí de fresa, brillante de sangre. Lo limpió en la yerba y siguió el Chamorrero adelante.
Salió de las ruinas. Miró hacia todos lados. Nada; ahora debía atravesar otro patio hasta llegar a la valla que daba a una callejuela desde donde podría perderse más fácilmente. De nuevo avanzó, las manos en los bolsillos.
Cuando estaba el tipo a mitad del patio, justo encima de una montaña de Mierda de Caballo, sembrada de matojos sin nombre, saltaron  de los umbrosos extremos de la ruina tres o cuatro enemigos: llevaban barras de hierro y cadenas. Se quedó helado; y seis segundos después tenía una pierna partida en siete trozos, tirado en tierra. Sobre él cayeron mil y un golpes y patadas. Todo intento de sacar las manos armadas de los bolsillos fue abortado instantáneamente. Le partieron los brazos, las manos, le rompieron los huesos de la cara y el cuerpo por todos los lados. Media docena de barrazos férreos le dejaron con las piernas acordeonadas. Los cadenazos le dejaron hecho papilla, y a la nariz y las orejas fluían oleadas de sangre negruzca, por lo espesa. No había perdido el conocimiento, e impotente en el suelo, revuelto entre excrementos, no esperaba ya Gálvez Belmondo que la muerte a manos de aquellos chorizos.
Entonces, haciendo un gran esfuerzo de voluntad, oprimió el gatillo de su pistola, con el dedo aplastado. A través de la tela, la bala disparada, expansiva, fue a estrellarse en la mandíbula del jefe del grupo, la mitad de cuyo cráneo salió volando con un ruído seco, y que cayó al suelo con la mitad de los sesos esparcidos.
La negrura y la contaminación se cebaban sobre la parte Trans-Autopista de San Adrián, aquella amplia zona semejante al Dublín de 1916. En la noche apenas se destacaban las interminables paredes de ladrillos rojos, los muros pintados con murales comunistas y los tejados de uralita, tejas, cemento, o cañas hediondas. Miles de chimeneas eran como torres ciclópeas en la oscuridad verdinegra-escarlata. En lo más recóndito de una manzana de abandono y vicio, en un tugurio pintado de fucsia, está el garito putero del gitano capón, feroz soprano que prostituye a sus veinte hijas pechugonas en aras de su bienestar y su escuadra del alfa-romeos mangaos o compraos a ladrones de coches. El local estaba animado; aquella noche, se oían risas sin cuento, gritos, taka-taka-tákas sin fin, mientras los vecinos protestaban por vez un millón y la policía, supertímida, no se atrevía a intervenir, también por vez un millón. Se abre la puerta de la Chabola de Tochos, nombre del dancing-club-tasca, y salen dos tipos con caras de vinagre y camisas floreadas. Es verano tórrido, más tórrido aún por la contaminación pegajosa y la proximidad del mar, no menos sucio y radiactivo. Un súbito resplandor, un coche que pasa, ilumina fugazmente la escena. Uno es el Manivela, gitano feroz tipo Sadat o Pelé, abrasilerado y gilipollas, el otro es su compadre, que va camino de ser ex, el gitano Robaburros, que no es gitano sino checoslovaco. Otra vez en la negrura, se traban en lucha sin cuartel, cuchillos en mano: una pistola con silenciador dirime la cuestión para siempre. Cae sin cara el gitano Roba-gallinas, una patada en el cuello lo remata.
Lo agarraron; aunque se debatía como loco, lo dominaron presto. El alto endomingado, veterano de todas las “guerras, le pateó los huevos con saña; el otro, bajo y aindiado (es decir, gitano) le trabajó la cara con llave inglesa. Lanzado contra una pared negruzca, su informe belfo sangriento estampó un mensaje sobre una pintada roja. Debajo asomaban un yugo y unas flechas calcadas a molde, no veía.
Juanillo el Chapuli, delator de tres Chamorreros, recibió aún varios puntapiés ferrados que le dejaron sin dientes. Como cayera de mala forma bajo el rudo ataque de los sicarios que le estaban ajustando las cuentas, el siguiente golpe le partió la columna. El alto, traje  terciopelero, lo advirtió. Cesaron los golpes; estaba el chivato en un abismo de placidez dolorosa, perdiendo el sentido por momentos.
Desde el fondo de un pozo, no pudiendo hablar por tener la boca llena de moco, sangre y vómitos: vio reír a los dos matones. El grandote y patillero gesticulaba, girándose en cada momento para vigilar, y el del chaquetón abría una botella de vidrio pequeña. El caído cerró los ojos instintivamente al ver que le arrojaban el contenido. Entonces sintió como el ácido le quemaba. Le quemaba mucho, pero se iba a marchas forzadas…cada vez más hondo…cada vez más lejos…
-Ocolo ha quedao chitao-dijo el Chunguito, guardándose el frasco de vitriolo.
-El que aquera, plasarí: dictaminó su jefe, Paco Chapucheros, mano derecha del Chamorro.
A la ronda del cuchillo, siguió la del salfuman, el otro agarró la botella de plástico, y, destapándola, arrojó su contenido a la cara del Pelele exalumno de Los Hermanos García el Ratolín se tambaleó en lo alto de la escalera, las manos en el rostro y un humillo surgiendo de entre sus dedos. Gritaba, lloraba y balbuceaba, cayó por fin, escaleras abajo.
Un  bar de ésa zona vaga entre San Adrián y Badalona en que antes los mercachifles montaban sus tenderetes. Es una zona de casas antiguas; no de edificios modernos y baratos. Es una zona que ya estaba urbanizada hace más de cincuenta años. Por lo menos, en parte, el Bar es moderno.
Agitanao, ventanas rotas pegadas con cinta aislante, ventiladorcillo parsimonioso. Lleno el escaparate de grandes pintadas. Bajo los monstruosos crustáceos, se lee en trazo verde: Hai ganvas.

El nombre del bar es La coñác, es el cuartel general de er Shapusso, álias El hijoputa, álias Mataor de Guardias, enemigo jurado de la Guardia Civil, a la que ha prometido exterminar y de todos los otros “capos” de San Adrián, por ser un candidato a la Supremacía del hampa en la ciudad a orillas del umbroso y contaminado Besós.
Las Guerras Chamorreras fueron cruentas, despiadadas. Fueron obscuras, arrabaleras; en sus batallas se liaban el tango suave y el heavy métal desenfrenado amalgamados con el flamenco ¡Qué decir!  ¡Mi rollo es el Rock! ¡Arsa! Se ha hablado lo suficiente sobre este tema, y entre la pléyade de cuentos de truco y de taba que circulan por las peligrosas regiones de los Municipios del Crimen: San Adrián, Badalona, Sta Coloma, Tiana…hay uno: el romance de Shamusho, que vale la pena rescatar. Existen seis versiones diferentes, y otros muchos anexos, más apócrifos aún, que demuestran lo nutrido y especiado de la imaginación popular. La que sigue es un compromiso entre las cuatro más completas, recopilada por un famoso gitanólogo, que escuchó y registró, para ello, miles de coplillas y decires que se estilan en los bares umbrosos y selváticos de ésa salvaje región. Circulaba en la séptima década del siglo XX una estampa tocamente fotocopiada con un dibujo donde la figura decía “Ese so sho”


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