El río Besós a su
paso por San Adrián, pongamos hacia la altura del Molinet, el día grisea un
poco, pero en la cima de las montañas del fondo, un sol rojo y redondo como una
naranja, ciega a quien lo mira, y baña, entre los girones grises y la neblina
contaminada, la cara del tipo, dándole un aspecto fantasmagórico. Sube por el
leve montículo informe hacia un nivel superior desde el cual se pueda pasar a
la cima del muro contra las inundaciones. Todo son desperdicios y mil cosas
revueltas; un cartel rojo llena cuatro metros de pared gris. Por fin logra
escalar sobre la montaña de basura, pasa sobre la muralla, el sol relampaguea
en los hilos de conducción eléctrica y en las altas torres metálicas. Un último
esfuerzo. Subido en una silla deleznable y tambaleante, da el último salto. Se
agarra al borde de cemento, raspa, él aguanta. Por fin logra pasar todo el
cuerpo sobre el malecón gigante. En aquella vereda sin asfaltar que resigue la
estructura de contención, descansa, no sin antes mirar a todos lados. Nadie lo
ha visto.
Ahora empieza lo
importante de su tarea; la consecución última de su destino fulgurante,
ensombrecido en los últimos dos años por el olvido y la humillación en la
cárcel de Ávila, separado de sus familiares y amigos y fieles. Pasan por su
mente la amargura de la traición y la captura, el suplicio del penal, la fuga
sangrienta y audaz. Palpa el contenido de su bolsillo. Todo bien: el pistolón
dispuesto y cargado, la faca afilada y lista, los peines llenos de munición.
Es gitano, alto,
delgado. Barba de una semana o dos, ojos chispeantes de coraje, surcos de
cetrinez y cuchilladas. Marrón el rostro y rugosa la nariz, delatan al adicto
al Machaquito, en la boca, una colilla añeja y húmeda, el traje oscuro y sucio,
roto y miserable, los zapatos, deshechos de podredumbre y vejez y larga
escapada, las solapas, subidas ocultando las facciones; el paso, firme y
decidido.
Otros días
mejores vieron vestido de terciopelo al Chamorro, Rey del Hampa de San Adrián
huido de prisión y dispuesto a todo para recuperar el Imperio y vengarse de
quienes lo enjaularon, que tiemblen los traidores y todos los otros jefes de
banda, la policía y la Guardia Civil: que tiemblen Fachón y el mismísimo
Alcalde, piensa el cuchillero, promete mentalmente. Y lo cumplirá.
Pronto ha llegado
a los Jardines. Tan tarde, un viernes, no hay niños ya, oscurece rápidamente.
Cerca del Puente, es ya de noche. En la otra orilla del río, sobre la franja
oscura de la muralla correspondiente, pueden verse las fantásticas estructuras
que son los edificios relucen horadados por mil y un destellos eléctricos
Se pierde en las
sombras de los caminos bunkerizados cercanos al Pulidor, pasa a la Rambleta.
Crujen las chinas bajo sus botas. Todo está cambiado. Los bancos están nuevos y
recién pintados; lucen, en la nocturnidad cercana a la laberíntica mole de la
piscina municipal, las farolas nuevas con aire de opereta parisién. Ya no es la
Rambleta aquel lugar salvaje y desierto, abandonado, librado a los que como él
vivían del coraje y el cuchillo. La iluminación es amplia ahora. Parejas
acarameladas pasean por allí, y niños y ancianos; han convertido su feudo
favorito en un paseo frecuentado, pero lo pagarán: el Ayuntamiento cobrará por
todas y cada una de sus culpas. La salida del nuevo Paseo está remodelada,
desconocida: ha perdido su encanto vetusto, repintadas sus barandas de
columnillas pétreas con un vago tono ocre: se escurre deprimido en el callejón
de la Piscina y Los Hermanos, convertido en algo que bien dice una pintada
amarilla junto a la puerta: Alcatraz, las farolas de ése paraje son aún de las
antiguas. No hay una sana. Por tanto, el vengativo y justiciero gitano,
dispuesto a todo, San Adrian o Morte podríamos decir: se pierde en la
oscuridad, desaparece en un mar de tinta china.
Era un día
excepcional ¡Qué día! Qué espectáculo: esos terrones rosas y azules, dorados
siempre, de los bloques de pisos, informes búnkers o montañas feraces y
fecundos vertederos, bajo aquel cielo intensamente azulenco, dorado, polvoriento,
tachonado de nubes rosáceas, lilas, levemente amarillentas…Y un vientecillo
jugosísimo, saturado de la sal dulzona del mar. La escena que sigue es un calco
de una de la serie El Marsellés (No es culpa mía, señores, la cosa fue así y me
limito a transcribir los acontecimientos, quizá la vida imite al arte, no sé)
Para describir el marco, o el escenario, más vale no ser prolijo en detalles,
que siempre confunden, olvídense de Badalona: aquello era Nápoles.
Cuando José Pérez
se proclamó Rey de Pep Ventura, se instaló a lo grande. Su Cuartel General era
un gigantesco edificio viejo, con un gran patio interior al que daban todo de
galerías cubiertas, llenas de tendederos. Por dentro y por fuera aquello era un
Alcázar. Allí se instaló con toda su banda: bagajes, enseres, armamento ¡Todo!
El y su hermano y lugarteniente, Er Mariquisha se repartieron los dos pisos
superiores, los rellanos enteros, que comunicaron mediante agujeros en los
tabiques. Allí llevaron toda clase de objetos placenteros, una pompa que quería
imitar a la del Emperador de San Roque, televisiones en color, pieles robadas,
trofeos de placas de autobuses, uniformes robados, fusiles de caza, el
contenido de tiendas de muebles desvalijadas de arriba abajo, narguilés y
cimitarras, vasos de cristal tallado, si me apuran, aunque predominaba el
duralex; como pachás vivieron los dos capos recién llegaos.
El talón de
Aquiles de la fortaleza era la misma vasta y heterogénea población que en ella
se instalaba. El patio, que daba a la calle por dos lados a través de arcadas
de la altura de tres pisos, era un nido de partidas de cartas, garitos y
puestos de mercachiflería colocados a la sombra de los poderosos Chamorros
Pérez de San Adrián (Como eran llamados por la choricería nativa) Otro foco de
inseguridad eran los terrados, aquello no había forma de vigilarlo o
fortificarlo…que si una tertulia flamenca entre las mujeres que iban a tender,
que si corrillos chafarderiles ¡Qué sé yo, aquello era un bazar! Eso sí: las
habitaciones de los jefes, y los pasillos y ascensores (había dos
antediluvianos) de la parte de viviendas propiamente dicha, eran búnkers
verdaderos repletos de mercenarios armados hasta los dientes.
Dos puestos por
los que entrar. Los sicarios de Chamorro el Viejo decidieron que la entrada sería
por los terraos tendederos. Y a ello pusieron manos a la obra. Al final, la
cosa fue así: harían entrada por dos partes del edificio. Unos cuantos, entre
ellos el mismo jefe de la operación, Er Manguitos, del que ya hablaré,
disfrazados de mujeres, debían organizar una algarada en los tendederos.
Mientras, por el sencillo (pero ruidoso) proceso de reventar los muros,
Sbadulud y otros cuantos, debían penetrar en el edificio desde el piso de al
lao, recorrer un pasillo, pasar una claraboya, y de allí al wáter de José Pérez
y allí, colocarle la bomba que le enviaría en brazos de Lucifer, generador de
su raza.
Aquellas ocho
mujeres debieron parecer raras a las otras que tendían en los terraos-caótica
meseta llena de toda clase de cachivaches, claraboyas, compartimientos, casetas
y tapias llenas de flores, estampitas de la Virgen o qué sé yo, pero no se
metieron, las gitanas fueron a lo suyo. Una gorda, madre o abuela de uno de los
tenientes de José Pérez se creyó con mando para hacer trabajar a aquellas ocho
desconocidas, que supuso eran mujeres o hijas, o madres de otros miembros de la
banda que servía de guarnición en aquella fortaleza.
Del sopapo se fue
de narices el viejo tonel…de narices en el suelo de la calle. ¡Qué esquichada!
Sacaron las pistolas y las navajas los chamorreros y la emprendieron a tiros
con las mujeres, sacaron cócteles molotóv y una bomba de mano y los lanzaron a
las torrecillas que servían de aspilleras a los vigilantes de las azoteas. Cayó
uno hecho una llama por un ventanal, en el centro del patio, donde cayó, había
un tenderete que ardió también. Rociaron de gasolina la ropa y había allí
cantidades industriales de ropa, entre ella varios de los trajes de terciopelo
que se había hecho hacer José Pérez y luego echaron cerillas encendidas ¡Qué
llamarada! Parapetados en una pequeña barrera de ladrillo del terrao, tras unas
macetas multicolores, resistieron allí un cuarto de hora los ocho guerreros que
mandaba Víctor Pollo, alias er Manguitos. Luego, el grupo se retiró a los otros
tejados, y en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron como apariciones que se
ven y no se ven, dejaban un par de hogueras, y las diez bajas, entre mujeres y
vigías, que les habían causado a sus enemigos, los secesionistas.
Con la primera
explosión del terrao se tapó el estallido en el cuarto piso (tres plantas más
abajo) por el boquete, pasaron cinco hombres dispuestos a todo, con
varios maletines negros y un par de rollos de cable, tenazas y tó eso. Andaron
los cuatro metros de pasillo enlosado burdamente, iluminados por un
fluorescente mortecino; detrás de la primera esquina pillaron desprevenido a un
guardia colocado al lado de una ventana interior, atento sólo al estallido que
oyera en la azotea. Le tajaron la tráquea, y luego, a través del ojo derecho,
le pincharon en el cerebro. Allí se quedó, flotando junto a sus sesos en el
gran charco de sangre que se formaba a marchas forzadas. Llegaron al cielo
abierto (el celobert) se asomó un gitano sanrroqueño, ágil y marrón, que rompió
la claraboya de la banda opuesta. Pusieron un tablón y pasó el grupito. El
último: un gitano llamado El Pringao, que siempre estaba trompa: resbaló y cayó
junto con el rollo de cable que llevaba atado a la espalda, como una pequeña
mochila. El cieloabierto era un tubo estrecho, y lo deficiente de la
construcción del vetusto edificio hacía que fuera una chimenea cónica, hacia
abajo. Boca abajo quedó el borracho atascado, moviendo las piernas. Antes de
que comenzara a gritar, otro de los dinamiteros, Er Colonia (por lo apestoso)
se sacó su pistola con silenciador. Apuntó un momento y se acabó el torpe que
no sabía beber. Todo antes de que Sbadulud saliera del pequeño trance en que
estaba desde el momento en que cayera el último del grupito. No sabía, en aquel
momento si seguir o volverse atrás. El pestilente Colonia lo empujó hacia
delante: abrieron la siguiente puerta. De color rosa. ¡Vaya horterada! Estaban
en el wáter de José Pérez. Además, no caía duda: hasta las toallas llevaban sus
iniciales ¡Uno al que le gustaba resplandecer! Terminada la faena, que llevaron
a cabo en diez minutos, volvieron sobre sus pasos. En el cieloabierto, para que
no sospecharan al ver un muerto atravesao, echaron una caja encima. Desde
arriba se veía tan sólo un cajón, como de ésos que contienen la fruta en la Plaza,
atrancado en la chimenea ya de por sí cegada y llena de telarañas. Y allí se
quedó para la simiente de rábanos.
Por el mismo
boquete que entraron, se fueron. Para comunicar la fortaleza, había muchos
pisos horadados. No se extrañarían. En cuanto al guardia muerto, lo arrastraron
hasta uno de los muchos trasteros del gigantesco búnker-Versalles, cubierto de
trapos y sacos, nadie notaría su falta.
Poco después se
reunieron con el grupo que mandaba Er Manguitos. Se apostaron en sus lugares
convenidos y estudiados y a esperar. A las doce y media, más o menos, entró
José Pérez en su perfumado cuarto de baño.
Un argentino que
conoció le había convencido de que era refinado que los machos hicieran uso del
bidet, como hacían las putas de lujo. Y no era poca cosa el ostentoso
lava-culos de oro que se había hecho instalar, digno de Luis XIV, le dijeron-Si
lo usa el presidente de Francia es que es cosa güena: pensó, le caía bien aquel
tipo altote de largos brazos y orejas de vampiro.
Se sacó los
campanones, las botitas y los calzoncillos de seda y oro y mugre. Le dio a la
agüilla y se sentó. De la manera en que estaba instalado el bombazo super
gigante, en cuanto se sentó, sintiendo el cosquilleo del agua y del oro,
reventó en mil pedazos junto con todo su piso. Desde lejos, por las ventanas
correspondientes a los aposentos de José Pérez, salían llamas de veinte metros,
cristales, paredes enteras que se desmoronaban, cayendo sobre el mercadillo
instalado en el patio y los tendederos y balcones internos. Se rompieron
paredes maestras y se desmoronó una parte del edificio, cayendo una lluvia de
cascotes y mil cosas y muertos revueltos en el patio y en las calles de
alrededor ¡Qué incendio y qué humareda! En medio del patio interior apareció,
ostentosa y volátil, la pesadísima cama de José Pérez y los restos pulverizados
(reventados como un ratoncillo pequeño) del putón verbenero que se había mercao
como aperitivo.
En toda la
edificación, durante y después de ése horrendo espectáculo, resonaban las
coplas inmortales de ése gran bardo, El Phali, vomitadas por un irreverente
transistor de la Portería, a todo volumen p´a surtir a todo el edificio y
aun a los circundantes y ahorrarse la luz p´a poder comprar navajas de
más calidad y en más cantidad. “Zefisha tufo una niñiiia, y le pusieron
Triaa-ÁAA-ÁAA-Aaaana…”
Nada más aquello
arruinaba prácticamente a la banda enemiga, pretendiendo descabezar a los
secesionistas, casi los habían borrado del mapa. Y es que al armenio se le
había ido un poco la mano. Mano en los prismáticos, él mismo se había
sorprendido de los devastadores efectos del bombazo en el bidet. Sobre todo
cuando, entre una vomitona de cascotes y yeso de proporciones gigantescas, vio
salir el gigantesco mueble que era la cama del pulverizado José Pérez. De ése no
se encontraron ni los anillos, ni la osamenta a la que mirar los dientes p´a
identificar al cristiano perdón, al gitano a que perteneció.
Pero la jefatura
de Pep Ventura era bicéfala prácticamente. Y simultáneamente a lo explicado,
otro grupo sanrroqueño al mando de Curro González “érrrr tóro” mano derecha de
Víctor Pollo, acechaba al hermano de José Pérez: el Mariquisha. Estaba como a
diez manzanas, en un edificio parecido al que era su alcázar fortificado.
Estaba con dos de los suyos examinando un peaje en que se habían puesto chulos
unos marroquíes de otra banda. Pero los moros, ya se sabe: todo el follón había
sido preparado por los sanrroqueños para pillárselo aparte.
Doce y cuarto:
entra er Maroquisha (tintineando sus pendientes y abalorios sobre el traje de
raso blanco, con campanones de 1,60 m de diámetro) en la casa reseñada. En la
azotea, fuera de la vista más que otro sitio de soplones y azules, le
esperaban, supuestamente, los moros. En realidad, en ése momento los moros
estaban a kilómetros. Justo al acabar de entrar, dejan los ocupantes de un
“850” negro pasar el tiempo suficiente para subir un piso o dos. Entonces salen
del coche montadas las ametralladoras. Inmovilizan a los dos guardaespaldas que
quedan en la puerta. Los meten en el coche y p´alante.
Mientras, er
Mariquisha: Antonio Pérez Chamorro, subía ágil cual sílfide de voz robinada y
cuerpo frondosamente peludo, oliendo a unguentos caros. Subió directamente
hasta la azotea. Aquel era, contrariamente a su alcázar, un piso tranquilo. No
le había visto nadie. Ni tampoco él había oído ruido alguno. No se extrañó. Sí
que lo hizo, en cambio, cuando no vio a nadie en la terraza. ¿Darle plantón a
él? En esto salieron tres sanrroqueños de detrás de un bidón, esgrimiendo
pistolones y navajas. Extrajo el maricón su pistola y abrió fuego. Una navaja
se clavó a escasos seis centímetros de su ojo izquierdo, en el yeso aún blando.
El traje estaba estropeado irremediablemente. Otros grupos salían por los
lados, entre las estructuras de los terrados. Tiró apuntando bien al que le
pareció el jefe. No tenía buen ojo clínico. Demasiados cursillos de esteticién.
El chorizo raso cayó a un patio interior, rompiéndose la columna vertebral
¡Pobre tipo!: Se le venían encima a Antonio Pérez, que tiraba a diestro y siniestro.
Huyendo, quedó en el borde de la azotea. Trabó un cuerpo a cuerpo con otro tipo
que se le vino encima. De un navajazo lo tumbó bien tumbao: se estrelló en el
fondo de un cielorraso, rompiendo una uralita. Se le trabaron al mariquiya, uno
le pegó un putazo en la cara, abriéndosela toda. De un tiro en el paladar se lo
sacó de encima Antonio Pérez, el bravo luchador. Se deshizo del otro sacándole
los ojos. Un patadón y lo echó al suelo, al del terrao: este no cayó.
Corrió por una
cornisa ancha el Mariquisha, suicidamente. Los Chamorreros reseguían su camino
disparándole. Uno le arrojó un bidón de gasolina vacío. Le dio al de blanco.
Éste quedó cogido por las manos del borde de la cornisa. El primer gitano que
se asomó recibió un tiro que le descerebró. El segundo le cortó los dedos de la
mano derecha al hermano de José Pérez. No era zurdo. Se oyó un grito
desgarrador en el vacío, se dio por muerto. Un segundo después, conmocionaba un
balcón, que se agitó al recibir el fardo que era Antonio Pérez. Antes de nada,
pegó un salto y, rompiendo todos los cristales, entró en una vivienda. Había un
matrimonio. Le pegó un tiro al tío entre ceja y ceja. Murió en el acto el
abogado laboralista. A la viuda desconsolada, la hizo callar a patadas mientras
mascullaba: ¡Calla, calla, perra! Se conmocionó otra vez el balcón, cayó
media docena de macetas de cannabis india al callejón de abajo, estrecho y
lóbrego. Dos de sus perseguidores estaban allí. Con la mano indemne y el muñón
informe, agarró el gran televisor del piso y se lo echó a los sanrroqueños. A
uno le dio de lleno, cayendo envuelto en una nube de chispas junto con la
entera barandilla del balcón tambaleante. El otro le disparó un par de ráfagas
al maricón vestido de blanco. Acribillado este, de un salto, se metió en un
pasillo en sombras: iba a encerrarse en un wáter cuando oyó la explosión que
mandó al otro mundo a su hermano y jefe, y a otros muchos de los suyos. Quizá
instintivamente, por una intuición, desechó el cubículo mierderi-cagadero y
salió al pasillo general del edificio. Desde abajo, por la escalera, subían más
enemigos. Subió otra vez las escaleras. En la 2ª puerta del rellano llamó
vigorosamente. Era el ático. Cuando abrieron la puerta, se coló dentro y la
cerró tras de sí. En ella se clavaron varias navajas de Albacete. Subían en
tropel sus perseguidores. Dentro del piso, no se fue a por puñetas. De un tiro
en la boca se sacó de en medio a una vieja y a su canario. Salió a una solana,
un pequeño patiecito interior, particular de aquel piso, un metro o así más
abajo del terrao del edificio. Allí se metió en una caseta blanca. Se cerró por
dentro: era el wáter de la vieja. Dentro, había una luz blanca y dorada,
reflejada en las paredes y en los encalados objetos. A ambos lados del cubo de
ladrillo habían sendas aspilleras de dos palmos o así, con unos postigos
miserables de madera pintada de verde.
Se sentó en el
bidet. Revisó como pudo su perdida mano derecha, destruida para siempre.
Llorando de rabia, pero sin perder la calma del todo, revisó asimismo su
pistola: vacía: se miró en los bolsillos. Nada; no tenía municiones. Oyó voces
y golpes alrededor de su bunkercillo. Tembló y sacó su facón. Por las ventanas
se colaron lanzas, sí, lanzas, y brazos con navajas y pistolas y metralletas.
Recibió un tiro en la oreja, que se la voló junto con el pendiente “pop-art” de
“medio kilo”. Le acribillaron, lanzó su navaja, falló. Al final
quedó ensartado en un bosque tupido como una telaraña de varas guarnecidas de
acero. Agonizaba, le echaban desde fuera basuras, botes de pintura, uno le echó
un frasco de vitriolo. Vomitaba sangre el maricón de la estirpe de los
Chamorro. Retiraron las espinas. Probaron más con la puerta. Cayó hecha
astillas. Le encontraron sentado en el enlozado y desportillado bidet Roca,
lleno de sangre hasta la mitad, y de tripas.
Aún respiraba, lo
levantaron y lo sacaron a la solanera de las doce y media y algo más. Extendido
en las losetas del terrao, anaranjadas y musgoso-polvorientas, murió Antonio
Pérez; alias er Mariquisha, Curro González le hizo pagar al cadáver las bajas
sufridas. Se le mearon en la boca, le cortaron la nariz y las orejas, los
labios, y le sacaron los ojos, luego le cortaron el pijo y los güevos y allí se
quedó el despojo, un riachuelo de sangre unía el cadáver con la sonbra del
wáter-cobertizo.
A los
sanrroqueños les había costado cuatro muertos y tres imposibilitados para
siempre, a los dos prisioneros también se lo hicieron pagar. Los cogieron, los
llevaron a un local adyacente a un patio, los desnudaron, los caparon y les
sacaron los ojos y les cortaron la lengua, luego les tajaron los tendones de
pies y manos y les rompieron todos los dientes. Los dejaron así; uno tendría la
desgracia de sobrevivir. Pero no por mucho tiempo, por suerte, al fin y al
cabo. Después, se reunieron los dos grupos de ataque. El golpe, pese a las
bajas, había sido sonao y brillante; correctísimo si cabe.
Tres días
después, un lugarteniente de José Pérez, vivo aún y con pelotas suficientes: se
entrevistó con plenipotenciarios sanrroqueños para proceder a la reunificación
del territorio de Pep Ventura y el Imperio de San Roque, liquidando la
secesión. Su habilidad e inteligencia hicieron que conservase la vida. Hábil y
listo, rápido y audaz, pronto Chamorro I el Venerable lo fichó para su escudería.
Era un jovenzuelo de 21 años llamado Pedro Púrre Gómez, alias Er Cáha.
Así pues:
Diciembre de 198… vió la paz en Badalona. Todas las últimas atrocidades habían
levantao una ola de protestas ante el Ayuntamiento Rojo, y éstos llevaron a
cabo una ofensiva anti-vicio. Pero ná: habían visto que los Chamorreros no se
andaban con chiquitas.

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